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MARIO ANÍBAL FERREIRO S.


  EL TRANVÍA - Cuentos de MARIO FERREIRO - Año 2009


EL TRANVÍA - Cuentos de MARIO FERREIRO - Año 2009

EL TRANVÍA

 

Cuentos de MARIO FERREIRO

 

CRITERIO EDICIONES

Asunción-Paraguay 2009

 

Foto de tapa:

FERNANDO ALLEN.

 



"EL TRANVÍA" es el primer libro de cuentos de Mario Ferreiro, conocido hasta hoy como conductor de televisión y columnista de diversas publicaciones de prensa escrita.          

Así como en el ámbito periodístico televisivo, Ferreiro ha demostrado su versatilidad, eso mismo sucede con los cuentos de este volumen. En ellos el autor pulsa diferentes cuerdas o temáticas y sale airoso en todas las ocasiones, porque lo que no cambia es su esencia de buen escritor y buen observador.

"EL TRANVÍA''; cuento que da nombre al libro, es una semblanza de otros años donde la protagonista es la juventud de los personajes que, llenos de sueños e ideales, como todos los jóvenes, pretenden cambiar el mundo en el que viven. Lo mejor de la historia es la capacidad de Ferreiro de reproducir las emociones vividas en ese proceso.

Hay cuentos históricos, como "LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD", donde el autor toma distancia de un episodio tan gravitante para el Paraguay como fue la Guerra de la Triple Alianza, y reproduce una entrevista fundamental entre Mitre y López.

Entre los otros relatos se destaca “EL PROYECTO MANHANTAN”, título muy evocador, que atrapa al lector desde sus primeras líneas, porque quien está allí, desesperado y, al mismo tiempo, lleno de expectativas, es un hombre muy similar a Ferreiro.
 


PALABRAS PRELIMINARES DEL AUTOR

Escribir duele. Provoca una insistente molestia en la boca del estómago y muchas veces ese dolor viaja al centro mismo de la cabeza o llega de un modo agresivo hasta las ramificaciones más remotas de los nervios de la espalda. Hasta que se produce el alivio liberador de un final, una conclusión con la que, por cierto, jamás estaremos conformes, pero nos resignamos a aceptar como una fatalidad.

En mi caso siempre ha sido así, más allá de la sana costumbre de hacerlo desde chico -aunque, por suerte, sin publicar- y más como una necesidad terapéutica antes que literaria. Leer para luego escribir. Vivir y después contarlo. Esas fueron algunas de las instrucciones que me fueron dadas desde muy temprano, como fórmulas para no enloquecer. Puede que me hayan salvado la vida.

Sin embargo, ese instinto de supervivencia a través de la palabra escrita nunca antes había escapado de los confines de mi mundo privado, a excepción de algunos concursos literarios dispersos en el tiempo o bajo el escudo generosamente protector del ejercicio diario del periodismo, esa excusa infalible en la que nos refugiamos aquellos que no hemos alcanzado las elevadas exigencias técnicas y creativas de la verdadera literatura.

Aún así, ya no sé si por vanidad o por simple resignación, llega un momento en que uno decide publicar, superando el miedo al ridículo y al hecho siempre frustrante de saber que no se compartirá genialidad, sino apenas el cruel testimonio de nuestra propia incapacidad para abarcar el universo.

En ese trabajoso proceso concurren los recuerdos de toda una vida. Distorsiones de una memoria cada vez menos precisa. Distintas etapas de una existencia común y corriente que se permite el lujo de apelar a recuerdos propios e inventados para contar fábulas (de hecho estos cuentos fueron escritos en un lapso que comprende treinta años) y las influencias que uno ha recibido de todas partes, desde la gran literatura hasta la música popular.

Mi modesta literatura le debo tanto a ese padre castrador y omnipotente que es Borges, como a Charly García, los Beatles, Chico Buarque o Joaquín Sabina. Al fin y al cabo somos hijos del perverso tiempo final de la dictadura y el inicio, todavía a gatas, de la democracia de este país del fin del mundo del que nadie jamás se acuerda.

Finalmente, como nos enseñó Josefina Plá, siempre se escribe sobre los dos únicos misterios de la vida: el amor y la muerte, y siempre se cuenta en tiempo pasado, incluso aquellos relatos que pretenden adelantar el futuro.

En la mirada borrosa de aquella vieja maestra, dictando cátedra de literatura en el sótano de la Universidad Católica, creo interpretar, como hace treinta años, que la palabra escrita -aquella que duele, que nos va matando de a poco- es paradójicamente la que hoy es capaz de mantenerme vivo. Todos los días le agradezco a la vida por haber encontrado esa puerta de entrada y también, por qué no, de salida.

MARIO FERREIRO

Noviembre de 2009
 

 

 

EL TRANVÍA - Cuento de MARIO FERREIRO

 

Éramos absurdamente jóvenes. Y claro, teníamos el mundo y la vida por delante. El tiempo no era un problema, y los días pasaban sin prisa frente a nuestros ojos ávidos de nuevas aventuras. Aún así, la mera reiteración permanente nuestros deseos no evitaba que muchas veces nos derrotaran la molicie y el aburrimiento, esos dos grandes enemigos de la, por entonces, abundante jovialidad.

Quizá por eso decidimos iniciar las reuniones para fundar "El Tranvía". Cada vez que hablábamos del tema, nuestras miradas se encendían y las voces elevaban naturalmente su volumen. Era el único tema que nos movilizaba de verdad, hasta tal punto que muchos abandonábamos nuestras largas horas de contemplación solamente ante la inminencia de una nueva reunión.

Es cierto que esas reuniones eran caóticas y la mayoría de las veces ni siquiera éramos capaces de llegar a conclusiones elementales. Sin embargo, la intensidad de cada debate, la ilusión de cada propuesta, la supuesta genialidad de cada idea, nos aseguraban largas horas de excitación.

Al principio no sumábamos más de tres o cuatro integrantes. Con el tiempo, cada uno fue trayendo nuevos adeptos, y en su mejor momento "El Tranvía" contó con un staff de no menos de 20 jóvenes llenos de entusiasmo y dedicación a la causa.

Lo primero que se nos ocurrió fue un modesto pasquín semiclandestino y mimeografiado. Yo mismo ofrecí la posible colaboración de un tío que tenía una vieja Gestetner con la que imprimía panfletos revolucionarios y dictados de Geometría para los colegios secundarios. Recuerdo haber aprendido trabajosamente teoremas y fórmulas de Geometría Plana y del Espacio en esos primorosos cuadernillos publicados en hoja tamaño oficio con tapas de cartulina celeste y amarilla, respectivamente. Además, mis modestos estudios de dactilografía en el Instituto Anamir me habían instruido correctamente en el uso del stensil y el corrector.
Más tarde, alguien habló de una imprenta tradicional, con linotipos, clisés y letras de molde de plomo. Cuando comenzamos a pensar en el moderno offset, ya nos sentíamos en las puertas del propio paraíso editorial.

No teníamos, por supuesto, experiencia alguna, pero todos hablábamos como expertos. El que no sabía, inventaba, aunque más no fuera para impresionar a alguna compañera de lánguida mirada, pero de unas convicciones revolucionarias tan fuertes como sus juveniles y bellas piernas.
No sé si, en realidad, queríamos o sabíamos muy bien cómo publicar algo. Tampoco estoy seguro de una determinada ideología que dominara al grupo. Algunos fungíamos de hippies tardíos y otros abrazaban un marxismo de pacotilla, apenas sujetado en un par de slogans tomados a préstamo de los graftis de la universidad.

Recuerdo, a propósito, uno que hasta ahora me causa gracia. Apareció una mañana en la entrada de la facultad con la frase "Pan y Abrigo para el Pueblo", fruto e inspiración de algún valiente grupo estudiantil que se arriesgó durante la madrugada para concretar tan contundente mensaje antidictatorial. Sin embargo, como éramos esencialmente irresponsables y no podíamos tomar nada en serio, a la noche siguiente fuimos en un grupo a corregir el mensaje con la siguiente contrafrase: "Pan sí, pero ¿abrigo para qué, si hace calor?". La travesura, por supuesto, nos costó la enemistad de los compañeros más radicalizados de la facultad, pero quedó entre las anécdotas más divertidas de aquellos años.

Mientras tanto, sin pensar mucho en esos detalles, el entusiasmo subía de tono. Creamos comisiones y sub-comisiones. Repartimos cargos que por poco no hacían sino reiterar el mismo número de integrantes del grupo. De hecho, en un momento dado, había tantos cargos como integrantes del ambicioso proyecto editorial.

Las reuniones se hacían en el patio de naranjos de los Galluppi o al lado del austero aljibe de los Meza. Llevábamos un acta con todo lo dicho en cada sesión -hasta lo más baladí, incluso comentarios jocosos, chismes y ocurrencias varias-, y planteábamos problemas que había que resolver siempre en la próxima reunión. Comenzamos en un largo verano del 74 o el 75, y seguimos hasta un par de inviernos más adelante.

En su etapa más activa, "El Tranvía" insumía no menos de cuatro reuniones por semana. Dos bien largas los sábados y domingos, que de tan prolongadas parecían retiros profanos en donde lo que menos se cultivaba era la santidad. Las otras se hacían siempre a la noche, con largas charlas en las que predominaba el humo del tabaco y que, por lo general, derivaban a algunos bares de la época, como El Tano, el Rubio, el Punta del Este o El Amanecer, sobre la avenida Colón, que los muchachos habían rebautizado como "El Amanecer", por su oscuro récord de peleas, alguna que otra con derivación fatal.

Recuerdo que llegamos a organizar un par de bailes que no sirvieron más que para desviarnos del objetivo central y provocar no pocas controversias amorosas en torno a las pretensiones que absolutamente todos teníamos sobre las 2 ó 3 únicas y escasas chicas lindas del equipo. El resto de las féminas había optado por un look a lo Mercedes Sosa, de fuerte contenido revolucionario, pero de escasísimo sex-appeal entre la muchachada.

Lo nuestro, evidentemente, no era un grupo de fiestas ni de entretenimientos banales y burgueses, sino de profundo razonamiento, con sinceras aspiraciones intelectuales. Sin saberlo muy bien, queríamos ser como Proa o Sur, aquellos grupos de escritores rioplatenses de comienzos del siglo. Pero tropezábamos con un grave problema: en realidad, nadie, o casi nadie había escrito nada aún. O sea, no teníamos en nuestras filas a los equivalentes de Borges, Bioy Casares o las hermanas Ocampo, ni mucho menos.

Había excepciones, por supuesto. Recuerdo que Costas trajo un furibundo artículo sobre los padecimientos de los choferes de ómnibus en el Brasil. La nota explicaba que estudios científicos efectuados sobre los trabajadores del volante de aquel país habían concluido en la casi segura influencia de la vibración de los motores en la creciente impotencia sexual que dichos obreros sufrían con mucha frecuencia en ese ámbito.

Costas provenía de una familia de terratenientes, pero vestía igual que los campesinos desalojados por sus antepasados de los vastos cañaverales del Guairá. Su mirada era siempre esquiva, parecía eternamente atento al peligro. No fue extraño saber que terminó escapándose del país al asilarse primero en la embajada de Venezuela, hasta donde llegó escondido en el maletero de un automóvil, para luego radicarse en el Brasil, en donde vive hasta hoy, militando en el Movimiento de los Sin Tierra de ese país.

Creo que Natalia escribió también algo sobre artes plásticas, pero no se animó a mostrárselo a nadie más que a mí. El artículo no era gran cosa, pero, como yo estaba tan perdidamente enamorado de ella, estoy seguro que no perdí la oportunidad de alabar su escrito con un comentario exageradamente elogioso que ella, por supuesto, desdeñó ipso facto por oportunista y complaciente, dos licencias que la militancia revolucionaria de aquellos días jamás permitían aceptar. El halago era, por supuesto, una debilidad pequeño-burguesa inaceptable, por lo que mi principal arma de conquista quedaba debidamente anulada y archivada.

Los más cómodos prometíamos poemas y cuentos breves, esas dos maneras de evitar un trabajo creativo superior y, sobre todo, más arduo. Cada vez que nos preguntaban acerca de la marcha de esas obras, mentíamos sobre la supuesta inminencia de su conclusión, no sin antes ampararnos en el derecho sagrado de los escritores de aguardar pacientemente la visita de las musas.

Otros directamente trajeron fotocopias de algunos semanarios under de España, de la Argentina e, incluso, de México. Recuerdo haber visto copias de "O Pasquím" de Brasil, "Marcha" de Uruguay, y hasta ahora conservo celosamente mis números de "El Ratón de Occidente" y el "Expreso Imaginario" de Buenos Aires. Claro que también a escondidas la mayoría leíamos las revistas "Pelo" y "Dimensión", argentina y mexicana respectivamente; verdaderos textos sagrados del rock de aquellos tiempos.

Tampoco faltó el desubicado que, recordando vicios juveniles recientes, trajo algunos ejemplares de "Rico Tipo", la antigua "Playboy" original, en inglés, y la pseudocientífica "Luz Sexual", presentándolas como supuestos ejemplos válidos por su excelente diagramación y la riqueza aparente del contenido de sus notas. Escribo "aparente" porque, en verdad, ninguno de los varones del grupo se había tomado jamás el trabajo de leer artículo alguno de esos verdaderos paraísos del onanismo juvenil en los que solo importaban las ilustraciones y fotografías.

De aquellas épocas conservo todavía algo maltrecha una foto en tono sepia de Nélida Lobato que recorté de una de esas revistas. La recordada vedette argentina está de espaldas, pero con la cabeza y la mirada girando hacia el objetivo de la cámara. Tiene una malla de dos piezas, media tipo red y zapatos altos con tacos de punta fina. Hasta hoy, el solo recuerdo de esa pose me despierta un sentimiento intermedio entre la turbación y la ternura.

Teníamos un departamento gráfico impecable, comandado por Ramón, y creo que también logramos atraer a Kiko, que ya hacía sus primeras armas en los diarios de la capital. Ellos tampoco traían gran cosa a la reunión, pero disfrutábamos de sus garabatos y de algunos bocetos que, en realidad, eran de uso estrictamente particular y no tenían nada que ver con lo que planificábamos. No sé si llegamos a convocar a Lester, pero es seguro que lo mencionábamos en todo momento como una figura imprescindible por sus raíces libertarias y su eterna rebeldía.

Aún así se montaron no menos de dos exposiciones de aquellos dibujos, unos a lápiz y otros hechos a tinta, en los que terminamos todos borrachos opinando sobre cada cartulina como si fuéramos grandes críticos de arte. La motivación principal de aquellas disquisiciones se centraba en los desnudos femeninos, verdaderas piezas de precisión anatómica en las que no pocos creíamos identificar alusiones más que explícitas a las bondades físicas de algunas compañeras. El especialista en esos temas era Gabriel, otro dibujante de mirada chispeante y baja estatura que siempre andaba merodeando las reuniones con su tablero y sus bártulos a mano.
La verdad es que la pasábamos muy bien. En poco menos de un año habíamos creado nuestro propio circuito de cócteles, vernissages y fiestas, además de pensar cada semana en cómo cambiar el mundo a través de un ¿semanario? Esto último todavía no estaba definido, pero "El Tranvía" seguía su rumbo sin pausa hacia la anhelada posteridad. De eso, por lo menos, no teníamos dudas: la publicación nos garantizaba, en el menor de los casos, la inmortalidad.

Uno de nuestros momentos más gloriosos fue la creación del "Tendedero de Poemas", que organizamos en el patio de los Galluppi. Único en su género para un medio tan pacato como el nuestro, el evento consistió en la disposición de grandes cartulinas blancas colgadas en el tendedero de ropas de la familia anfitriona. Allí, en medio de un bosquecillo mágico, invadido por la música de Jimi Hendrix, Frank Zappa y Piazzolla, los poetas del grupo y algunos invitados improvisábamos versos con pintura fresca sobre los grandes pliegos de papel, yo escribí mi "Poema sin título", con la evidente intención de impresionar a Natalia, quien ni siquiera se tomó el trabajo de leerlo. Aún así, jamás olvidé la intensidad de esas estrofas ardorosamente juveniles que rezaban 1 siguiente:
 

POEMA SIN TÍTULO
 

Entre cajas vacías y cartones despedazados
va la mujer de mis sueños,
fabricando senderos de papel
volcando sobre sí misma la poesía natural.

Entre cortinas desgarradas por el tiempo,
sobre techos torcidos por el viento,
va la mujer de mi vida
fabricando el camino jamás transitado
por mujer alguna de este mundo.

Entre vajillas por lavar
y sueños a punto de realizar,
va la mujer de mis noches
agitándose en este, horizonte inmóvil,
brillando como nadie bajo el cielo oscuro.

Entre cajas de regalos descuajadas por el apuro
y gritos sorpresivos...
va la dueña de mis poemas
revolcándose en mi alma,
avanzando en mi corazón hasta atravesarlo
eternamente.

Al segundo año, sin una sola página jamás impresa, el ánimo de algunos comenzó a decaer. Los más convencidos, sin embargo, no nos dejamos arrastrar por esa actitud que consideramos débil y seguimos adelante. Tras algunos cambios drásticos, como, por ejemplo, la supresión de una fecha límite de publicación, no se nos ocurrió mejor idea que continuar ampliando el concepto y el alcance de la futura publicación, que, por supuesto, no sería igual a ninguna otra nunca antes publicada en el país.

Habilitamos secciones nuevas y les dimos mayor vuelo a aquellas que por su complejidad habían generado la mayor cantidad de debates en las reuniones. Las páginas de política, arte y filosofía se multiplicaron, respetando la diversidad ideológica y las distintas procedencias de los futuros redactores. La de deportes se redujo a una columna, y la de música moderna y "progresiva" se confinó a la contratapa, con la expresa obligación de no hablar ni por si acaso de grupos "complacientes" o "comerciales".

La página editorial estaría a cargo de Enrique, un paraguayo-alemán que solo leía a Nietzche y proponía la lucha armada como única salida para la agobiante dictadura que asolaba al país desde décadas atrás. Ya no sé si es un invento de mi desmemoria, pero creo ver a Enrique fumando una eterna pipa semiapagada, enfundado en unos antejos de gruesos marcos y cristales, al estilo de Salvador Allende. Solo recuerdo con seguridad que era de poco hablar y nunca participaba de la parte festiva de nuestras aventuras.

Las mujeres no tardaron en pedir más participación, algo que democráticamente les fue denegado en una votación que perdieron 17 a 3. En el momento del sufragio, vale la pena recordar que justamente habían asistido las últimas tres chicas que permanecían en el grupo, por lo que no es difícil inferir que la moción fue votada por el sí solamente por estas últimas sobrevivientes del sector femenino. Nunca más se habló del tema y, al cabo de unos meses, dos de ellas se marcharon y la tercera se aquerenció con nuestro corrector, pasando a cumplir funciones de servidumbre para el resto del equipo. El feminismo, tan en boga por entonces en todo el mundo, no había causado evidentemente efecto alguno en nuestro grupo.

Pasábamos noches enteras discutiendo temas como si era justo criticar al capitalismo previendo vender nuestra publicación, si era apropiado vender publicidad y si no había que integrar a redactores del sector obrero y campesino.

Claro que, al provenir de familias acomodadas de la clase media-alta, ninguno de nosotros había tratado jamás con personas de esos sectores sociales, pero la intención era igual honesta y sincera. Es más, el equipo redactó un histórico comunicado repudiando la gran represión campesina del 76, pero, como no teníamos revista, nunca la pudimos publicar. Eso sí, nuestra "CARTA ABIERTA A LA DICTADURA" fue objeto de largos debates y no pocos enfrentamientos entre los más radicales y los que aprobaban un lenguaje más intelectual que combativo.

Habremos perdido unos seis meses en la redacción del documento, que desde luego nunca supimos como iríamos a publicarlo. Por cierto, cuando por fin votamos por el documento más racional y más profundo en materia de convicciones políticas, los efectos de la revuelta habían sido totalmente anulados, y la rebelión en el campo había sido reprimida a sangre y fuego, ante el silencio cómplice de la mayoría de la sociedad.

Al ingresar al tercer año de reuniones muchos comenzaron a flaquear. Algunos aducían compromisos laborales, otros contrajeron relaciones afectivas más absorbentes y el resto simplemente se fue borrando sin dar mayores explicaciones. Todavía recuerdo la última reunión una fría noche de julio en lo de Emilio. Su mamá nos había preparado un té con leche y galletitas verdaderamente reconfortante, mientras sonaba de fondo el disco de Charles Mingus "Something like a bird", que terminé robando de su colección algunos años más tarde cuando emigró para siempre a los EE. UU.

Esa noche esperamos un largo tiempo hasta que solo apareció Pedro. Apurado como siempre, nos dijo que había aceptado una cátedra como profesor de fotografía en la universidad y que, por lo tanto, también se abría definitivamente del proyecto. Creo que fue también él quien nos confirmó que Oscar, el único periodista del grupo que ya trabajaba en una emisora como "movilero", le había comunicado de su misteriosa deserción.

Hace poco me enteré por los diarios de que, en verdad, Óscar estaba afiliado al Partido del Gobierno desde 1975, por lo que no me sorprenden su actual situación económica ni su posible función de informante durante aquellos funestos días. Era un riesgo calculado que, además, no representaba gran cosa para una dictadura hambrienta de encontrar o inventar guerrilleros más peligrosos que nosotros, simples hijos de papá fungiendo de revolucionarios, incapaces de matar un mosquito.

Emilio no dijo palabra alguna, y yo simplemente asentí con un movimiento de cabeza y con los ojos brillosos. Es casi seguro que el golpe anímico en ese momento haya sido fulminante, porque ni siquiera recuerdo si nos dijimos algo o si simplemente nos despedimos con el abrazo fraterno de siempre. En el depósito de la casa de los Meza quedaban apiladas decenas de cuadernos con actas puntillosamente anotadas de no menos de tres años de reuniones, debates, intrigas y decisiones sobre los más diversos temas.

Eran crónicas detalladas de nuestras largas noches de insomnio en las que, paradójicamente, no parábamos de soñar despiertos en cambiar el mundo con la fuerza de nuestras ideas.

Si hoy me preguntan qué fue "El Tranvía", contestaría que no constituíamos una logia o un club, pero nos reuníamos periódicamente para sacar a la luz una re vista que nunca existió. Desde ese punto de vista, cualquiera puede decir que fue una tontería o incluso un fracaso. Es más: yo mismo llegué a pensar así apenas se produjo la derrota por abandono de aquel hermoso proyecto.

Sin embargo, luego de todos estos años, mirando con inevitable nostalgia aquel tiempo de ilusiones juveniles, tengo la certeza de que esos fueron mis mejores días. Recién ahora entiendo que, para aquel legendario tranvía, lo importante no era el pretendido destino de grandeza, sino la fantástica travesía hacia ningún lugar.

Casi medio siglo después de aquella aventura, entiendo por fin que este tranvía transportaba nuestros sueños. Ya ni siquiera importa si estos se concretaron o se rompieron en mil pedazos al chocar con el duro frontón de la vida. Lo bueno es saber que los teníamos y que vivíamos en función a ellos.

Hoy sé poco o nada de los tripulantes de aquel mágico vehículo en el que viajábamos llenos de una ilusión casi infantil. Ni siquiera comprendo por qué, en medio de la nada, en una noche cualquiera de primavera y con más de media vida vivida, la nostalgia se apoderó de mí -como siempre, sin aviso previo- y me trajo a la memoria aquel viaje hecho de sueños que ya no vuelven.

Solo sé que, en ese caótico periplo recorrido con tanta pasión juvenil, pasé mis mejores días, un tiempo que ya no vuelve, como el propio tranvía urbano que se fue para siempre del paisaje de la ciudad, dejándola sin su música barullenta, tan llena de vida, como las páginas de aquel otro "TRANVÍA" jamás publicado.
 

 

MARIO ANÍBAL FERREIRO SANABRIA : Nació en Asunción, Paraguay, el 30 de mayo de 1959.

Realizó sus estudios primarios y secundarios en el Colegio Cristo Rey, y su formación universitaria, en las facultades de Arquitectura y de Lenguas de la "Universidad Nacional de Asunción". Cursó y aprobó cursos superiores de inglés en las universidades de Tulane, New Orleans y Wichita State University del Estado de Kansas, en los EE. UU.

Realizó cursos de literatura con Josefina Plá, Osvaldo González Real y Jacobo Rauskin. Entrevistó, entre otros, a Augusto Roa Bastos, Joaquín Sabina, Mercedes Sosa, Vicente Fox, Rafael Correa, Luis Alberto Spinettá y Joan Manuel Serrat. Presentó en vivo a Juan Pablo II en el acto de "Los Constructores de la Sociedad" en 1988, y fue el moderador del Debate Presidencial transmitido por CNN en Español en el 2008.

Se inició en radio y prensa escrita en el año 1979. Un año después lo hizo en la televisión como columnista de programas del Canal 9. Desde aquellos años hasta la actualidad, Ferreiro ha trabajado en ocho estaciones de Frecuencia Modulada, una de Amplitud Modulada y dos canales de televisión, abarcando campos relacionados con la cultura, la política, artes y espectáculos, entretenimientos y reportajes especiales.

En el desarrollo de dicha tarea, Ferreiro ha ganado varios premios, incluso el Paraná de Oro, así como la obtención de varias menciones de honor en concursos literarios locales. También se desempeñó a principios de los años 90 como profesor de la cátedra de Radio y Periodismo en la Escuela Municipal de Locución y fue invitado por el Departamento de Estado de los EE.UU. a una pasantía en canales de televisión de ese país durante 2 meses en 1989.

Actualmente, Mario Ferreiro es Director de Radio Aspen FM de Asunción y conduce los programas "La Mañana de Cada Día" y "Noticiero 24 Horas", de Canal 9. Además, se desempeña como columnista de las revistas del diario ABC Color, Te Veo y Vos.

Este año, Mario Ferreiro, en coincidencia con sus 50 años de vida, cumple 30 años de presencia en los medios de comunicación del Paraguay. "EL TRANVÍA" es su primer libro de cuentos.

 

 


 ÍNDICE:
Dedicatoria
Palabras preliminares del autor
EL TRANVÍA // EL PROYECTO MANHATTAN // LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD // EL TESTAMENTO // ESTRELLA FUGAZ // EL MAR Y LA AUSENCIA // EL REDACTOR DE FINALES INGENIOSOS.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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