JUVENTUD
No es raro que la palabra juventud no aparezca en los autores clásicos, que no elogiaban esta edad más que para las destrezas marciales y los juegos olímpicos. La Biblia y el Corán carecen de consejos para ella. El mito de la fuente de la eterna juventud se refiere al anhelo de recuperar la salud y conservarla más que al anhelo de permanecer eternamente joven. Tampoco fue esto lo que Fausto pactó con Mefistófeles, sino la posesión del conocimiento.
Lo que realmente se ansía en verdad, es recuperar las ventajas de la edad joven, aunque sin sus muchas desventajas; nadie desea volver a padecer las angustias de la inestabilidad emocional, la ansiedad por la incertidumbre del futuro, las amargas secuelas de la temeridad o el tormento de los amores vanos o efímeros, los fracasos causados por los errores y el desconocimiento del mundo. Si se elimina todo esto, lo poco que queda es lo apetecido.
El concepto juventud es cosa nueva. Antes, a las mujeres las casaban muy temprano o las encerraban en templos y conventos. A los mozos los entrenaban para la guerra o para el sacerdocio; si eran campesinos, para la agricultura o el servicio personal; si villanos, como aprendices en talleres de artes y oficios, como soldados o marineros. Exclusivo para los jóvenes aristócratas era el privilegio de escoger entre la nobleza de las armas, de la toga o del báculo. Nadie permanecía bisoño mucho tiempo; ni le convenía.
Desde el siglo XX se ofrece al consumo la mercadería de la juventud, estereotipada como la edad de la belleza y salud físicas, del idealismo moral, la alegría, la fraternidad, la diversión permanente y el dinamismo inagotable, en fin, divino tesoro, flor, albor, primavera de la vida. La imagen así construida ganó fácilmente el mercado. De esta mano, la diosa juventud bajó del cielo y se hizo carne en la publicidad. Hoy en día, ya no es posible publicitar ni siquiera una batería eléctrica sin que la exhiba una chica sexy.
Se inventó una clase social y nos vimos forzados a referirnos a ella. Pero, ¿qué individuos la integran? ¿Se puede acaso ubicar en el mismo concepto a los jóvenes que se divierten en las discotecas caras junto a los que se emborrachan con cerveza barata en las estaciones de servicio suburbanas? ¿Puede observarse a los que manipulan crack en los bañados con las mismas lentes empleadas para los que comparten un porrito a la salida del colegio con bachillerato bilingüe? ¿Los jóvenes de Kurusu de Hierro ven y juzgan el mundo del mismo modo que los jóvenes menonitas, los guayakí, los hijos de colonos brasiguayos, en fin, los que van a Disneyworld en viaje de fin de curso? No. Nada en común más que la edad.
A despecho de la primavera, las flores y todo eso, la ONU fijó el 12 de agosto Día Internacional de la Juventud; a su vez, la Organización Mundial de la Salud optó por dar al concepto un cariz estrictamente biológico. Prescribe que uno está en edad joven entre los diez y los veinticuatro años, aunque subdivida en pubertad (10 a 14), adolescencia (15 a 19) y juventud plena (20 a 24). A partir de los 25 somos adultos, hasta los 65, cuando, según la OMS, nos convertimos en adultos mayores, uno de los muchos eufemismos para viejos, abuelos, ancianos, gerontes, vejestorios, carcamales, decrépitos, cascajos, etc., etc. Hay un centenar de sinónimos castellanos para senectus, pero tan solo unos cuantos para iuvenis.
La legislación también se desorienta. Le exige a jóvenes menores el servicio militar, entrenarse en armas, explosivos y combates, conducir aeronaves o blindados, ir a la guerra y dar la vida si necesario fuere; simultáneamente, le prohíbe beber cerveza. Se obliga a menores a hacerse cargo de un hijo y a sostenerse económicamente, pero se les veda el ingreso a bares, casinos y a ciertas páginas de internet. Mientras algunos celebran su juventud destruyéndola, otros no tienen siquiera la oportunidad de enterarse de que están en ella. Y muchos más, sin merecerlo, se atribuyen la condición de jóvenes sin dar más prueba que su documento de identidad.
¡Oh Juventud! ¡Cuántas tonterías se cometen en tu nombre!
Fuente: ABC Color (Online)
www.abc.com.py
Sección: OPINIÓN
Domingo, 21 de Setiembre de 2014
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