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CARLOS R. CENTURIÓN


  HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS - TOMO I, 1947 - Estudios de CARLOS R. CENTURIÓN


HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS - TOMO I, 1947 - Estudios de CARLOS R. CENTURIÓN
HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS – TOMO I 
 
 
ÉPOCA PRECURSORA - ÉPOCA DE FORMACIÓN
 
EDITORIAL AYACUCHO
 
BUENOS AIRES-ARGENTINA (1947)
 

  


PREFACIO

Para realizar el estudio de las letras paraguayas, hemos dividido su historia en cuatro períodos, a los cuales denominamos, respectivamente, época precursora, de formación, de transformación y autonómica.


La primera abarca desde los más remotos orígenes hasta la revolución de la independencia nacional, vale decir, hasta el 14 de mayo de 1811. Es una era comprensiva de tres centurias, o más, que se caracteriza por el ensamble de dos razas y todas sus consecuencias naturales y lógicas, como la aparición del nuevo linaje, la gestación del lenguaje criollo y el nacimiento de una nueva civilización y de una nueva cultura. El análisis de ese prolongado y todavía no iluminado lapso pretérito, nos condujo a averiguar el posible comienzo de la prosa paraguaya, así como el de la poesía en sus variados aspectos; el de la historia y del teatro; el de la oratoria y la didáctica, etc. También hemos dedicado nuestros afanes al idioma guaraní, considerado como expresión del pensamiento y del sentimiento vernáculos y como motivo de investigación científica.


Tampoco hemos olvidado la necesidad de diseñar el escenario en que se desarrollaron las letras primigenias, queremos decir, el Paraguay de la conquista y la colonia. De ahí la narración objetiva y cronológica de los hechos más importantes de aquel tiempo.


La instrucción pública, desde la fundación de la primera escuela en el solar guaraní, es también motivo de un recuerdo especial, así como las actividades de los sacerdotes, sean ellos jesuitas, franciscanos, mercedarios o dominicos.


La revolución de los comuneros y el Colegio de Monserrat constituyeron igualmente temas que han absorbido nuestra preocupación.


El segundo periodo, iniciado en 1811, se cierra en 1870. Es la época de formación. Pertenecen a su estudio la discriminación de las causas y consecuencias del movimiento político emancipador de mayo, la semblanza de sus adalides y la indicación y el examen de los valores literarios cuya aparición se marca en el cuadrante de aquel tiempo.


La dictadura larga, monótona y penumbrosa, del taciturno de Ybyray – José Gaspar de Francia – es, asimismo, motivo de análisis, al igual que el gobierno patriarcal de Carlos Antonio López. La biografía sintética y la bibliografía, todavía escasísima, de los intelectuales de ese período son expuestas sin exageradas pretensiones críticas.


El historial del Himno Nacional, los principios del periodismo vernáculo, el desarrollo de las actividades democráticas, la musa popular, los mitos, tradiciones y leyendas, constituyen temas de sendos capítulos.


Finalmente, la guerra de defensa que sostuvo el Paraguay contra la triple alianza, desde 1864 hasta 1870, es estudiado desde el punto de vista político y literario y, especialmente, como causa de la aparición de oradores, poetas, historiadores, periodistas, etc., y como razón – paradoja de siempre – de evolución cultural. Esta etapa final de la era de formación se caracteriza por los motivos épicos que esencializan la floración intelectual.


La tercera época, la que denominamos de transformación, comienza entre las ruinas de la gran tragedia cuya más alta cima exornan las pétreas y boscosas serranías de Cerro Corá.

Los poetas que aparecieron en la treintena postrera del siglo XIX se inspiraron principalmente en la patria; lloraron sus infortunios, cantaron, con voz doliente y quejumbrosa, las penurias y los penares del pueblo. Casi todos ellos han abandonado la lira a poco de haberla pulsado. La han trocado, al llegar a los veinte años, por la pluma del periodista, la toga del abogado, el escalpelo del médico o el silencio sin esperanzas. Pero también aparecieron en aquel tiempo prosadores que debían de señalar rumbos en la historia y en la crítica; doctrinarios que diseminaron nobles ideales; oradores elocuentes que arrastraron a las masas populares.


Son también estudiados en este período los orígenes del gobierno provisorio de 1869-1870; la Convención Nacional Constituyente y sus más esclarecidos voceros; la iniciación real de las luchas democráticas; el desarrollo del diarismo; los primeros gobiernos de la transguerra; la formación de los partidos políticos llamados tradicionales, vale decir, el Partido Liberal y el Partido Nacional Republicano o Colorado; la hegemonía de cada uno de ellos; la evolución de la enseñanza en todos sus grados; las actividades comiciales; los museos, archivos y bibliotecas; la cultura jurídica y otros aspectos del desarrollo intelectual del Paraguay.

La corriente literaria, que más influencia ejerció entre los escritores del siglo XIX fue la romántica. El clasicismo casi no tuvo representante en nuestro país durante aquellos años de su historia. Ya en las primeras décadas del siglo XX aparecieron ciertos devotos de la misma, así como algún simbolista. No se anota la presencie de ningún naturalista; empero, el prestigio del decadentismo se hizo sentir al influjo de Rubén Darío.


La época autonómica – la llamamos así por el afán de independencia de sus representantes, tanto en los motivos autóctonos en que se hallan inspirados como en la manera de tratarlos – arranca de 1913, año en que fue fundada en la Asunción una revista de caracteres sobresalientes. Se llamaba Crónica. A su sombra se cobijó un grupo numeroso de selectos valores juveniles, destinados a desarrollar importante labor intelectual. Entre los integrantes de esa pléyade, aparecieron discípulos fervorosos de todas las tendencias literarias, siquiera siempre en mayoría romántica. También en esa caravana han de hallarse a los autores teatrales y a los novelistas iniciadores y portaestandarte de tales géneros en el Paraguay contemporáneo. Los temas preferidos, desde 1920, han sido los de carácter político-social.


Al estudiar el panorama general de la nación durante este periodo, nos ocupamos de los acontecimientos más interesantes. El grupo de 1918; la generación de 1923; el estudio de la lengua guaraní; el desarrollo del teatro; la revolución de 1922-1923; la evolución de la prensa; las luchas por el derecho obrero; la guerra del Chaco, sus causas, su desarrollo y sus consecuencias; los institutos privados de enseñanza; la revolución del 17 febrero de 1936; la revolución del 13 de agosto de 1937; la reforma de la Constitución Nacional de 1870, constituyen, además de otros, capítulos especiales de este libro.


Son también motivos de investigación las entidades paraguayas de alta cultura; las justas electorales desde 1917 hasta 1944; la obra civilizadora de los centros estudiantiles; la instrucción pública; las actividades radiotelefónicas en nuestro país y la hegemonía política del "nacionalismo".


Todos los valores intelectuales aparecidos en este período, como los anteriormente surgidos, son citados en orden cronológico, agrupados y examinados, someramente, como cabe en un trabajo de esta índole, desde el punto de vista de sus obras y de sus orientaciones y tendencias.


Sin renunciar al derecho de hacer crítica, hemos escrito este libro animados de un espíritu benévolo. De allí que contengan sus páginas nombres que, rigurosamente controlados, no podrían aparecer en una obra de selección. Pero nuestro propósito principal es presentar un panorama integral de la evolución de las letras paraguayas, con sus aciertos y sus errores, sus méritos y sus defectos, sus luces y sus sombras.

Cinco años de labor constante, vividos sin treguas ni descansos, ora sobre los caminos del destierro, ora en las soledades de prisiones y confinamientos sufridos en holocausto de ideales democráticos y de ensueños ciudadanos, se han plasmado en este libro. Pero no se busque en sus páginas el acíbar del odio, ni el rescoldo del despecho, ni la acidez de la envidia. Ninguna de esas pasiones, a Dios gracias, ha enturbiado jamás la serenidad de nuestro espíritu.


Hoy, al poner esta obra al alcance del público, la entregamos también al Paraguay. Quiera la Divina Providencia que ella sirva a la Patria, siquiera modestamente, para decir al mundo que todo su valor y su fuerza no sólo se afinca y se condensa en el acero de su espada – criterio equivocado –, sino también en el pensamiento de sus doctrinarios, en el canto de sus poetas, en el verbo de sus tribunos, naturales voceros de nobles ideales que son luminares de sus minaretes y atalayas, inspiradores de sus avatares y blasones de su tradición y de su historia.
 


HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS - Tomo I

VERSIÓN DIGITAL BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY (BVP)
 

  • Capítulos del I al V (220 kb.)
  • Capítulos del VI al X (202 kb.)
  • Capítulos del XI al XV (304 kb.)
  • Capítulos del XVI al XIX (207 kb.)

 

 

CONTENIDO DEL TOMO I

Dedicatoria

Reconocimiento

Prepacio

ÉPOCA PRECURSORA

I.– Los días iniciales de la conquista y de la colonia. / II.– Los primeros gobiernos coloniales. / III.– Otros precursores del siglo XVI. / IV.– Los gobiernos coloniales del siglo XVII / V.– La lengua vernácula. / VI.– El aporte cultural de las misiones jesuíticas. / VII.– La revolución de los comuneros. / VIII.– La instrucción pública en el Paraguay colonial. / IX.– Los últimos gobiernos coloniales. / X.– Las letras al finalizar el siglo XVIII. / XI.– El colegio de Monserrat.


ÉPOCA PRECURSORA

XII.– La revolución de la independencia. / XIII.– El período dictatorial de José Gaspar de Francia. / XIV.– El período gubernativo de Carlos Antonio López. / XV.– El himno nacional. / XVI.– Bajo el imperio de Melpómene. / XVII.– Los orígenes del periodismo paraguayo. / XVIII.– Las actividades democráticas hasta 1870. / XIX.– La musa popular - mitos - tradiciones - leyendas.

 

 

ÉPOCA PRECURSORA (FRAGMENTO)

ÉPOCA PRECURSORA

 

I.– Los días iniciales de la conquista y de la colonia. /

II.– Los primeros gobiernos coloniales. /

III.– Otros precursores del siglo XVI. /

IV.– Los gobiernos coloniales del siglo XVII /

V.– La lengua vernácula.

 


I

LOS DÍAS INICIALES DE LA CONQUISTA Y DE LA COLONIA

Vasta zona es la del Paraguay, situada en el centro de la América del Sur, como si fuera, por su forma y la generosidad de su savia, el corazón de estas regiones. Cubierta por azul y luminoso cielo, regada por los ríos más caudalosos y pintorescos del mundo, exornada de cordilleras montuosas y coquetas serranías, con llanos fértiles y amplios, abiertos a los rayos de oro de un sol espléndido, la rica tierra paraguaya es un edén paradisíaco, sahumado por la exquisita fragancia del más variado ramillete floral que la naturaleza ofrecer puede a los hombres. Y si sus días son irisados de puros y variados colores, sus noches, de serenidad profunda y frescura acariciante, poseen extraño y seductor embrujo.

Originariamente habitado por los guaraníes, raza leyendosa, cuyos orígenes remotos – entroncados con los karaive o karive (1), sigue constituyendo un motivo de apasionante interés para las ciencias contemporáneas – desde el año 1523, tiempo en que el lusitano Alejo García, llegado de las costas del Brasil en pos de las tierras ignotas del rey blanco, la descubrió en todo el esplendor de su belleza, ha sido el solar de una nueva raza, de la estirpe criolla, del tipo paraguayo, mezcla armoniosa de la sangre hispana, conquistadora y romancesca, y de la guaraní avasalladora, sentimental y cauta.

Este nuevo linaje ha heredado de los españoles sus costumbres, la fe en Dios, su altivez indomeñada, el individualismo intransigente y esa hermosa lengua lírica "en que se inspiraron sus periplos y pensaron sus místicos y cantaron sus poetas"; y de los aborígenes ha heredado también sus mitos, sus tradiciones y leyendas, su abnegación extraordinaria, su sobriedad estoica y el encanto de un habla onomatopéyica, gutural y extraña, en la que se pueden expresar sentimientos delicados y atrevidas concepciones. De ambas razas le vienen, asimismo, su aptitud para la guerra y su vocación romántica.

El origen de las letras paraguayas debe buscarse en el hogar primigenio del conquistador hispano y de la india, en el decurso histórico de la primera mitad del siglo XVI. Tal vez se lo halle en la copla tarareada por el español, al descuido, como en el recuerdo de la patria lejana; acaso en la canción entonada en la lengua regional de donde proviniese, al son de la guitarra, en los atardeceres melancólicos; quizás, en el aprendizaje del idioma eterno de Cervantes a que se dedica la india pensativa y el pequeño mestizo que nace a la vida; probable fuere que se lo descubra antes, en el inicial diálogo extraño, hilarante, sostenido por el soldado de España, altanero y audaz, y 1a taciturna y desnuda emperatriz de los toldos aborígenes que ofrece al deseo y a la admiración del blanco el encanto de su carne morena, tersa y bruñida, y el fascinante hechizo de su mirada, lánguida y profunda. Puede ser, finalmente – ¡quién lo sabe! –, que se anide en las primeras mímicas cambiadas, en los gestos prístinos y recíprocos de estos seres de mundos tan dispares que se encuentran, sorpresivamente, en una región salvaje y armoniosa, aromada, iridiscente y llena de misterios.

La fundación de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, el 15 de agosto de 1537 (2), es un hito que señala el comienzo de la evolución literaria del Paraguay.

Juan de Salazar y Espinosa, al levantar "la casa de madera en esta dicha ciudad", en cumplimiento de la promesa contraída con los guaraníes, a su arribo hacia Candelaria en busca de Juan de Ayolas y sus compañeros, asentó el primer peldaño del proceso histórico de las letras paraguayas. Porque ha de recordarse que las actividades de conquistador no fueron obstáculos para que este fundador de la "ciudad madre de ciudades" buscase en la lectura un refugio a sus preocupaciones y pesares, y formase la primera biblioteca asuncena de que hacen memoria los historiadores. Escribió también, Salazar y Espinosa, algunos romances, con los que engarzó "cierta cadena de amor" de que hablan crónicas antiguas.

Al dictar su testamento, en 1557 – documento éste que permaneció ignorado durante tres siglos en el Archivo Nacional de la Asunción –, el famoso conquistador dejó a sus hijos para que "partan hermanablemente entre sy los libros de Romance y de mano de lectura que yo tengo escribto". Legó también a su mujer, "para su consolación", un Flos Sanctorum y las Epístolas de San Gerónimo.(3) Hasta hoy nada se tiene averiguado de los aludidos romances.

JUAN DE SALAZAR Y ESPINOSA era castellano, burgalés, nacido en Medina de Pomar, en 1508. Vino a América en la expedición de Pedro de Mendoza. Fue capitán del galeón Anunciada. Fundó la histórica "casa fuerte" a que ya hicimos referencia. Acompañó al adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su espectacular derrocamiento, y con éste regresó a Europa. En prueba de su lealtad, Carlos V le concedió un escudo, diciéndole, en cédula real: "Vos poblásteis la ciudad de la Asunción y por eso tendrá por arma vuestro escudo una torre de oro." Regresó al Paraguay, ya casado con Isabel de Contreras, y aquí, reanudada su amistad con Irala, se le nombró tesorero real.

El fundador de la Asunción falleció en dicha ciudad, pobre, casi desvalido, el 11 de febrero de 1560.(4)

He aquí un fragmento de la famosa carta de Salazar dirigida al Consejo Real de Indias: "Asumpcion, 20 de Marzo de 1556. Muy poderosos señores: De Santos y San Biçeynte scriví postreramente con Françisco Gambarrota, genoues, que venía del Paraguay para yr á ese Consejo Real de Yndias, y con él enbié çierto metal que me enbiaron del Paraná para muestra. Visto que de Portogal no venia el despacho para nos dexar yr al Paraguay, y tan malas esperanças de nuestro remedio, y la neçesidad de cada día mayor y muchas molestias que no se podían sufrir, traté con el Çiprian de Goes, hijo de Luis de Goes, que avia poco era venido de Portugal á estar en vn yngenio del padre, que nos viniesemos al Paraguay, por dél entendí tener voluntad de lo hazer. Y así lo hezimos, con una dozena de soldados que comigo estaun y otros seis portogeses que salieron con Çiprian de Goes; y asi, truxo la muger y yo a Ysabel de Contreras, con quien me casé, y dos hijas suyas, y otras tres mugeres casadas..." (5)

Sigue cronológicamente al "capitán poeta" – cuya obra literaria probó Viriato Díaz Pérez – en sus veleidades literarias, en Nuestra Señora Santa María de la Asunción, un clérigo, natural de Placencia, en la provincia de Cáceres, España. Su nombre era Luis de Miranda de Villafañe y cultivaba el romance, género preferido en América, por aquel tiempo, para narrarse los sucesos de la conquista. Este clérigo poeta era hijo de Antonio de Miranda y de Catalina Álvarez de Villafañe. Vino al Nuevo Mundo también en la expedición de Pedro de Mendoza y fue actor en la fundación de la primitiva Buenos Aires, en donde ofició la primera misa. "Su nombre aparece mezclado en los iniciales disturbios de la colonia." Fue protagonista de un incidente escandaloso con Diego de Leyes, en 1536, en aquella ciudad recién levantada, a causa de una "mujer enamorada". Abandonó dicha población en 1541. En 1544 pretendió incendiar algunas casas de la naciente Asunción, afanoso de libertar a su amigo, el adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, quien, en 1545, regresaría preso a España a bordo de la primera carabela botada al agua en esta parte de América, y que se llamaba Comuneros. (6) Esta carabela fue construida por orden del mismo Alvar Núñez. Duraron los trabajos desde 1542 hasta 1545, y el constructor fue Hernando Baez, "maestro de hacer navíos". (7)

El aludido propósito delictuoso atribuido a Miranda de Villafañe, descubierto por las autoridades asuncenas, valióle ocho meses de prisión. Éstos y otros parecidos sucesos diéronle fama de "hombre de muy poco sosiego".

Luis de Miraada de Villafañe escribió los versos a que nos hemos referido, durante su estada en la futura capital del Paraguay. Romance Indiano llamólos Ricardo Rojas; Coplas los denominan otros autores americanos. Dichos versos hállanse, en manuscrito, al final de un expediente del año 1569, existente en el Archivo General de Indias e intitulado Relación de los españoles que residen en el Río de la Plata procedentes de las expediciones de Mendoza, Cabeza de Vaca y otros. (8) Son "octosílabos de pie quebrado y aunque menos correctos y menos cortesanos, los versos de Miranda tienen el sabor de las famosas coplas de Manrique". Relátanse en ellos el drama del hambre y los padeceres de los habitantes de la originaria Buenos Aires, así como otros sucesos de la conquista.

Hélos aquí:

Año de mil quinientos / que de veinte se decía / cuando fué la gran porfía / en Castilla, / sin quedar ciudad ni villa, / que a todos inficionó, / por los malos, digo yo, / comuneros: / que los buenos caballeros / quedaron tan señalados, / afinados y acendrados, / como el oro: / Semejante al mal que lloro, / cual fué la comunidad / tuvimos otra, en verdad / subsecuente / en las partes del Poniente, / el Río de la Plata, / conquista la más ingrata / a su señor; / desleal y sin temor, / enemiga del marido, / que manceba siempre ha sido / que no alabo. / Cual los principios el cabo / aquesto ha tenido cierto, / que seis maridos ha muerto / la señora; / y comenzó la traidora / tan a ciegas y siniestra / que luego mató al maestre / que venía. / Juan de Osorio se decía / el valiente capitán, / fueron Ayolas, Luján, / y Medrano, / Salazar por cuya mano / tanto mal nos sucedió. / Dios haya quién los mandó / tan sin tiento, / tan sin ley ni fundamentos, / con tan sobrado temor, / con tanta envidia y rencor / y cobardía. / Todo fue de mal en mal / en punto desde aquel día, / la gente y el general / y capitanes. / Trabajos, hambres y afanes / nunca nos faltó en la tierra / y así nos hizo la guerra / la cruel. / Frontera de San Gabriel, / a do se fizo el asiento: / allí fué el enterramiento / del armada. / Jamás fué cosa pensada, / y cuando no nos catamos / de dos mil aún no quedamos / en doscientos. / Por los malos tratamientos / muchos buenos acabaron, / y otros los indios mataron / en un punto. / Lo que más que aquesto junto / nos causó ruina tamaña / fue la hambre más extraña / que se vió; / la ración que allí se dió, / de farina y de bizcocho, / fueron seis onzas u ocho / mal pesadas. / Las viandas más usadas / eran cardos y raíces, / y a hallarlos no eran felices / todas veces. / El estiércol y las heces, / que algunos no digerían, / muchos tristes los comían / que era espanto; / allegó la cosa a tanto, / que, como en Jerusalén, / la carne de hombre también / la comieron. / Las cosas que allí se vieron / no se han visto en escritura: / ¡comer la propia asadura / de su hermano! / ¡Oh juicio soberano / que notó nuestra avaricia / y vió la recta justicia / que allí obraste! / A todos nos derribaste / la soberbia, por tal modo, / que era nuestra casa y lodo, / todo uno. / Pocos fueron o ninguno / que no se viese citado, / sentenciado y emplazado / de la muerte: / más tullido el que más fuerte; / el más sabio, el más perdido; / el más valiente, caído / y hambriento. / Almas puestas en tormento / era vernos, cierto, a todos / de mil manera y modos / ya penando; / unos continuo llorando, / por las calles derribados; / otros lamentando echados / tras los fuegos; / del humo y cenizas ciegos, / y flacos, descoloridos; / otros desfallecidos, / tartamudos. / Otros del todo ya mudos, / que el huelgo echar no podían / ansí los tristes corrían / rabiando. / Los que quedaban, gritando / decían: Nuestro general / ha causado aqueste mal, / que no ha sabido / gobernarse, y ha venido / aquesta necesidad. / Causa fué su enfermedad, / que si tuviera / más fuerzas y más pudiera, / no nos viéramos a puntos / de vernos así trasuntos / a la muerte. / Mudemos tan triste suerte / dando Dios un buen marido, / sabio, fuerte y atrevido / a la viuda.

Existe una carta de Miranda de Villafañe dirigida al rey desde la cárcel de la Asunción, el 25 de marzo de 1545. Se cree que regresó después a España y que retornó posteriormente al Paraguay, pues, en 1570, residía en estas regiones, según se desprende de otro documento, fechado aquel año y también en la Asunción, en el que el arcediano Martín del Barco Centenera le recomendaba al Consejo de Indias para la provisión de cargos como "docto y de buena vida y mucho servicio en la tierra". Es la última noticia que se tiene de "su vida desasosegada".

Antes de pasar adelante, conviene recordar que una antiquísima tradición de los guaraníes hace memoria de la existencia de un poeta o ñe'e-êpapara, en la lengua vernácula. Llamábase Etiguará.

Durante el período de la conquista española, en los tiempos de la catequización del indio guaraní, parece que existió otro poeta del mismo nombre. Para Narciso R. Colmán, en realidad, éste es el mismo del que se ocupa la antañona noticia. "Cierta tradición recuerda – dice Colmán – que en épocas remotísimas existía un bardo guaraní con el título de Etiguará. Sus obras poéticas, sin embargo, aún permanecen en los misterios de algún jeroglífico. En época de la conquista vimos aparecer en escena a otro Etiguará, sometido a la religión cristiana, pero nos inclinamos a creer que no se trata sino del mismo Etiguará de la antigua leyenda, cantor de la naturaleza del reino de Tupã, convertido en cristiano, según el autor, el padre jesuita José Guevara, que hace alusión de este personaje guaraní en los siguientes términos: "Aquel gran padre de misericordia y celador eterno de la salvación de las almas, levantó años atrás un indio guaraní de nombre Etiguará, de la ceguedad del gentilismo a la inefable luz de su conocimiento, instruyéndole de los divinos misterios y preceptos del decálogo. Dotóle misericordioso del don de profecía y de apostólico celo, para anunciar a los paisanos el camino del cielo y como precursor suyo empezar a correr el terreno anunciando las verdades que Dios, sin intervención del maestro, le enseñaba. Decíale cómo era enviado del Altísimo para preparar los caminos a sus verdaderos ministros, que presto llegarían a sus tierras los profesores de aquella fe, que sus mayores recibieron de Paí Zumê, y aquellos varones celestiales, hermanos suyos propagadores de su doctrina, que tantos años hace esperaban en fe de la palabra que le dejó empeñada. Exhortaba a que recibiesen con amor a los cristianos y a los predicadores evangélicos, que no tuvieron más que una mujer y que no se mezclasen entre sí los parientes. Ordenó cantares en su lengua, cuyo contenido era la observancia de los divinos preceptos." (9)

Además del romance indio de Miranda de Villafañe, conócense otros, recogidos por obra de la casualidad. En 1910, Ciro Bayo, escritor español contemporáneo, autor del Romancerillo del Plata y de Los Césares de la Patagonia, fallecido en 1942, descubrió de boca de un capataz paraguayo, en una estancia de Tapalqué, un romance antiquísimo en el que se relata la muerte de Ñufrio de Chávez, "la flecha humana", que diría Manuel Domínguez. El romance a que nos referimos, según lo afirma J. Natalicio González, aún suele escucharse en la región guaireña. Es este que se transcribe a continuación:

 

ROMANCE DE DON NUÑO

El conde don Nuño
madrugando está
porque a su casita
quiere ya llegar.
Al Perú se fué
dos años hará;
del Perú ya es vuelto
aquí al Paraguay.
Plata y oro trae
y perlas del mar,
diez pares de ovejas,
de cabros un par.
Las ovejas balan,
balan sin cesar.
Pregunta don Nuño:
– ¿Por qué balarán?
Llévenlas al río
quizá sed tendrán.
Las ovejas balan,
balan sin cesar.
Pregunta don Núño:
– ¿Por qué balarán?
Llévenlas al pasto
quizá hambre tendrán.
Las ovejas balan,
balan sin cesar,
– Vayan, soldaditos,
échenmelas sal.
– No puede ser esto,
señor capitán,
que ladran los perros
en el palmeral.
Don Ñuño y los suyos
acuden allá;
los indios los matan;
murió el capitán.
Tristes las ovejas
balan sin cesar. (10)

También se debe a Ciro Bayo este otro romance centenario que "contiene la versión teatina del civilizador guaraní que enseñó a la raza las virtudes de las plantas. En los versos finales se incurre en la adaptación de un mito Kechua: Santo Tomás se aleja sobre las aguas del Paraguay, en idéntica forma que Huirakhocha, que se perdió en el poniente, caminando sobre las olas del Pacífico como si transitara un claro camino de cristal":

 

SANTO TOMÁS EN EL PARAGUAY

Santo Tomé iba un día
orillas del Paraguay,
aprendiendo el guaraní
para poder predicar.
Los jaguares y los pumas
no le hacían ningún mal,
ni los jejenes y avispas
ni la serpiente coral.
Las chontas y motacúes
palmito y sombra le dan;
el abejón le convida
a catar de su panal.
Santo Tomé los bendice
y bendice al Paraguay;
ya los indios guaraníes
le proclaman capitán.
Santo Tomé les responde:
– "Os tengo que abandonar
porque Cristo me ha mandado
otras tierras visitar.
En recuerdo de mi estada
una merced os he de dar,
que es la yerba paraguaya
que por mí bendita está."
Santo Tomé entró en el río,
y en peana de cristal
las aguas se lo llevaron
a las llanuras del mar.
Los indios, de su partida,
no se pueden consolar,
y a Dios siempre están pidiendo
que vuelva Santo Tomé. (11)

Explícase que el romance haya venido de preferencia a estas tierras con los conquistadores españoles. En 1524, fecha en que se descubrió el Paraguay, y en 1537, tiempo en que se echaron las bases fundamentales de Nuestra Señora Santa María de la Asunción, comenzaba a brillar el oro mas puro de las letras en la España del siglo XVI. Y eran aquellos días iniciales de grandezas, cuando el descubrimiento de América daba nuevos motivos a las narraciones de hechos estupendos, época también de romances populares y semipopulares. Se recordaban sucesos de remotos pasados, reviviendo las virtudes de antaño en los paladines de hogaño. La guerra de Granada fue uno de los motivos salientes de aquel período espléndido del españolismo. "Ningún caballero, dice Andrés Navagero, relatando su viaje a Granada en 1526, dejaba de tener su dama. Las damas asistían a todos los lances de la guerra, y con sus manos daban las armas a los que iban a combatir, los entusiasmaban con buenas palabras y les pedían que demostrasen su amor con proezas... Puede decirse que fue el amor quien venció en esta guerra." (12) Los romances fronterizos, de los que dice Ramón Menéndez Pidal que eran "poemitas nacidos en medio de la guerra, relatos históricos, cuadros brillantes y concisos, instantáneas tomadas por los combatientes, vibrantes diálogos que más bien parecen oídos que contados, pinturas rápidas que parecen vistas más bien que descriptas", (13) continuaban en labios del pueblo "cantando a su modo la peripecia de la campaña". Es el más antiguo del período a que nos referimos el de la Pérdida de Alhama, traducida al inglés por Lord Byron:

Paseábase el rey moro / por la ciudad de Granada, / desde la puerta de Elvira / hasta la de Vivarrambla. / "¡Ay de mi Alhama!"

Para Ginés Pérez de Hita, autor español del siglo XVI, natural, según unos, de Murcia, y, según otros, de Mula, e1 Romance de la pérdida de Alhama es de origen arábigo o granadino, "cuyo autor de vista fue Habem Amin, natural de Granada". (14) Este Ginés Pérez de Hita dejó tres obras, entre las que se cuenta Las guerras civiles de Granada, que consta de dos partes. Para Salcedo Ruiz este libro "es una de las más encantadoras relaciones que posee ninguna literatura". (15) Se cuenta que Walter Scott se tomó el trabajo de aprender el castellano para leer el libro de Pérez de Hita, y es el norteamericano Washington Irving quien poéticamente escribe que, desde su primera juventud, desde el día en que a orillas del Hudson puso por primera vez sus ojos sobre las páginas de Las guerras civiles de Granada, ha sido esta ciudad el argumento de sus ensueños y, frecuentemente, ha paseado con la imaginación por las románticas galerías de la Alhambra.
Otro romance de aquellos tiempos es el de Boabdil, preso en la batalla de Lucena, el 21 de abril de 1483:

Por esa puerta de Elvira
Sale muy gran cabalgada.
¡Cuanto del hidalgo moro!

Es la salida del rey Chico de Granada.

El romance del sitio de Baza, también de aquella época, "tiene grandeza épica", y se ha conservado por la música:

Sobre Baza estaba el rey,
Lunes después de yantar,
miraba las ricas tiendas
que estaban en el real.

El romance al maestre de Calatrava, muerto en Loja, el 5 de julio de 1482:

¡Ay Dios que b»en caballero
el maestre de Calatrava...!

Y aquel otro que decía:

Con su brazo arremangado
arrojará la su lanza...

Y, finalmente, el romance en que se le atribuye a Garcilazo de la Vega la matanza del moro "que llevaba arrastrado de la cola de su caballo el rótulo del Ave María".

Estas y otras más que inundaban España en la época inicial de la conquista del nuevo mundo, explican cómo y por qué el romance anidó, quizás el primero, en estas regiones desfloradas por la planta audaz y dura del conquistador.

La copla llegó también a tierras americanas con los navegantes que la descubrieron y conquistaron.

La oposición tenaz contra el rey Enrique IV, en España, monarca débil y vicioso, profundamente repudiado por su pueblo, dio origen a la sátira política.

Corresponden, sin embargo, a la época del reinado de su antecesor, Juan II, las Coplas de ¡ay, panadera! – atribuidas a Juan de Mena, poeta nacido en Córdoba, en 1411. Pero recuérdase que fue Gómez Manríque, grave y circunspecto, quien censuró a Enrique IV, con su Exclamación o querella de la gobernación, popularmente conocida con el nombre de Coplas al mal gobierno de Toledo:

Todos los sabios dixeron
Que las cosas mal regidas
Cuanto más alto subieron
Mayores dieron caydas.
Por esta causa reselo
que mi pueblo com sus calles
Avrá de venir al suelo
por falta de governalles.

Las Coplas de Mingo Revulgo, atribuidas por el padre Juan de Mariana a Hernando del Pulgar, historiador y versificador español del siglo XV, nacido en Pulgar, en la vecindad de Toledo, secretario de Enrique IV y cronista de Isabel en 1482, fueron también popularísimos en aquel tiempo:

Andase tras los zagales
Por esos andurriales
Todo el día embebecido.

Y las Coplas del Provincial, escritas por varios, exuberantes de procacidad y malicia:

Vos, doña Isabel de Estrada,
Declaradme sin contienda,
Pues tenéis abierta tienda,
¿A cómo pagan la entrada?.

En la época de los Reyes Católicos, la copla seguía corriendo por los caminos de España...

¡Ay, Sierra Bermeja,
Por mi mal os ví
que el bien que tenía
con tí los perdí!
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mis ojos cegaron
De mucho llorar
Cuando lo mataron
Aquel d’ Aguilar.

Estos versos son posteriores al 18 de mayo de 1501, fecha en que fue muerto por los moros, en Sierra Bermeja, el hermano del capitán Diego de Aguilar.

Pero ya no era la copla, en esta época, solamente la que clavaba su aguijón. Además de éllas, las habían elogiosas, amables, llenas de sal, como las andaluzas, que ahora son clásicas. Las coplas a la muerte de su padre, el maestre de Santiago, de Jorge Manrique, eran popularísimas en la madre patria en el siglo XV. Han llegado hasta nosotros como un perfume del pretérito:

Recuerde el alma dormida, / Avive el seso y despierte / Contemplando / Cómo se pasa la vida, / Cómo se viene la muerte / Tan callando! / Cuan presto se va el placer, / Cómo después de acordado / Da dolor; / Cómo a nuestro parecer / Cualquiera tiempo pasado / Fue mejor.

Así como los romances épicos, derivados de los cantares de gesta, que comprenden los primitivos, son anteriores al siglo XV, caracterizan a éste los denominados juglarescos. Son todos ellos – dice un autor – tradicionales, históricos, populares y anónimos. (16)

Y son, precisamente, los romances juglarescos los traídos con preferencia por los conquistadores españoles a las vírgenes e ignotas regiones paraguayas, en los años medianeros del siglo XVI. Y aquí reflorecieron, abonados por la añoranza, estimulados por los sentimientos, atizados, quizás, los más, por el hechizo de la joven india, pensativa y taciturna, o por las rivalidades amorosas; inspirados, los otros, por la pasión política o por las rencillas localistas.

Simultáneamente con el romance y la copla nació la narración epistolar en tierras guaraníes. Es el origen de la prosa criolla. En cartas dirigidas a España y en las cambiadas entre los mismos conquistadores, en las que se hacían descripciones de lo visto y vivido en los primeros días de la conquista, se halla también el mojón inicial de la Historia en las letras paraguayas.

No podemos afirmar, a este respecto, con Margarita Nelken, que el "género epistolar solo a los archivos interesa, cual por ejemplo la famosa carta que doña Isabel de Guevara, desde Asunción del Paraguay, y con fecha 2 de julio de 1556, dirigió a la princesa gobernadora doña Juana". (17) Y no podemos hacerlo porque, contrariamente a lo creído por la autora de La condición social de la mujer en España, es innegable que la prosa tuvo su origen en América y, especialmente, en el Paraguay, en las primeras narraciones que de sus andanzas hicieron en misivas los hombres y mujeres venidos de España a estas comarcas. En dichas cartas, no solamente ha de observarse el lugar de su redacción para llamarlas paraguayas. Ellas trasuntan las primigenias emociones, los prístinos sentimientos y sensaciones vividos en estas tierras; contienen descripciones de hechos acaecidos en el Paraguay y de lugares situados en estas latitudes, y llevan también las primeras palabras del idioma guaraní, desconocido y difícil, pero destinado, en el correr del tiempo, a enriquecer el léxico español. Ya se hablaban en aquellas epístolas de Lambaré y Caracará, Paraná-y y Paragua-y. Y, así, llevando y trayendo palabras nuevas, descubriendo hazañas, grandiosas o pequeñas, y teatros ignotos, relatando aventuras y plañendo añoranzas, en cada una de ellas iba plasmándose la prosa paraguaya, la prosa criolla, con sus modismos propios, la que, si bien en esencia es la castellana, trasplantada a esta zona tropical, reverdeció con frescura de fontana y elegancia insospechada.

La oratoria también hubo de tener su origen, en las palabras del conquistador y del misionero, dirigidas a indios y españoles, ya sea desde la tribuna levantada en cualquier campichuelo disponible, en las márgenes del río Paraguay, o en el púlpito improvisado, de madera tosca, erigido bajo el rústico techo que cobijó, en Nuestra Señora Santa María de la Asunción, el emblema sacrosanto del cristianismo, techo alzado por el propio fundador de la ciudad que después habría de ser el "amparo y reparo de la conquista".

Solo en el correr de los años pudo haber aparecido el teatro. Para que este género tuviese ambiente era menester contar con intérpretes y, sobre todo, con un público capaz de comprender. Para ello necesario era el conocimiento siquiera somero del idioma. Y este conocimiento hubo de adquirirse mediante la enseñanza asaz paciente y muy posterior al tiempo prudencial requerido para dominar al indio, desconfiado y rebelde. Después, y mucho después de su sometimiento pudo haber venido el aprendizaje del español por los unos y del guaraní por los otros.

Sabidas son, por otra parte, las actividades del Cabildo de la Asunción y la de los sacerdotes para asentar las bases del teatro en estas zonas del Paraguay. Hasta el siglo XV, época del descubrimiento de América, el teatro español era aún embrionario. Las representaciones que primitivamente se denominaban autos sacramentales o misterios y farsas, y que emergieron de las ceremonias religiosas y de las fiestas burlescas que se realizaban en los templos, fueron superadas, al iniciarse el siglo XVI, por Juan del Encina. Vése, pues, que hasta ese período el teatro era arte casi privativo de los religiosos. Y fueron éstos quienes lo iniciaron en el Paraguay como fueron ellos quienes comenzaron a enseñar a los aborígenes, con jobiana paciencia, los rudimentos del saber humano. Julio Caillet Bois, en un trabajo que intituló El Teatro en la Asunción a mediados del siglo XVI, y que se publicó en la Revista de Filosofía Hispánica, correspondiente al primer trimestre de 1942, expresa que el Memorial del padre Francisco González Paniagua sobre los sucesos del Río de la Plata desde la llegada del Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca a la isla de Santa Catalina hasta la prisión y procesamiento del mismo, documento publicado en la Revista de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, proporciona curiosos datos referentes a la representación de una Farsa en la Asunción, a mediados del siglo XVI. Extrae de dicho Memorial, el siguiente párrafo: "Después de la prisión del governador (Alvar Núñez Cabeza de Vaca) el dicho Juan Gabriel de Lezcano, clérigo, compuso una farsa y él mismo la ayudó a representar tomando hábito de un pastor, día de Corpus Xrispti, delante del Santísimo Sacramento, la qual fue otro segundo libelo contra el governador llamándolo loco rrebaco e yupuniéndole otras cosas que aunque mas ocultas, yvan forjadas debajo de muy grandes malicias. Al fin fue tal la farsa que aquí, entre los que estaban libres de pasyón, fue mayor la ynfamia del Reverendo Padre que el servicio que hizo al Santísimo Sacramento."

Alvar Núñez Cabeza de Vaca quedó apresado el 25 de abril de 1544. Este año marca, pues, la fecha de dicha antiquísima farsa que, según se comprueba, fue escrita y representada en la Asunción. No hay memoria, que sepamos, de otra presentación escénica anterior.

¿Quién era el padre Juan Gabriel Lezcano o Lazcano, como se escribía su apellido? En la Memoria del escribano Pero Hernández, cítase a "Juan Gabriel Lezcano, vecino de Valladolid, e Francisco de Andrade, portugués, e Martín González Fouseca, vecino de Canaria, clérigos", quienes dieron su aprobación al apresamiento del Alvar Núñez, porque los corregía el Gobernador e hacía vivir honestamente... Sábese, además, que el padre Lezcano fue designado por Domingo Martínez de Irala, el 10 de junio de 1540, capellán de la iglesia, y que "el 26 de junio de 1543 fue nombrado cura de Asunción, junto con el P. Andrade, que era como nuestro autor, capellán de la iglesia". (18)

En la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, en la "Colección de copias de documentos del Archivo General de Indias", hállanse otros datos referentes al padre Lezcano. Así, por ejemplo, la evacuación de una consulta de Alvar Núñez, el 28 de mayo e 1543; la información testificada sobre el gobierno del mismo, en la que se le cita, así como en la acusación contra el adelantado, en 1544. Juan de Salazar y Espinosa, al vengarse del nombrado sacerdote expresa: "Se dezía publicamente aver dado pareser e consejo en su prisión", que oyó decir "que venía con ciertos soldados a la dicha prisión" y que escuchó de Lezcano "palabras feas en contra el dicho gobernador e mostrar aver holgado en su prisión". (19)

Sábese también que el padre Lezcano integró la junta de oficiales reales y clérigos constituida por el citado capitán Juan de Salazar y Espinosa, el 14 de marzo de 1544, con el propósito de "resolver las medidas que convenía adoptar para defenderse de los indígenas"; que fue "enviado por Irala con un requerimiento a los indios agaces, que continuaban en su hostilidad, el 1º de junio e 1545"; y que "volvió portador de las condiciones de paz que ofrecían los indígenas, pero no pudo ir en la nueva embajada que marchaba a darle satisfacción, por las obligaciones de su iglesia".

Ricardo Lafuente Machaín, en su trabajo sobre El gobernador Domingo Martínez de Irala, cita al padre Lezcano, recordando su intervención en el conflicto suscitado entre el gobernador Francisco de Mendoza, lugarteniente de Irala, y Diego de Abreu, que encabezaba a los leales. Martín del Barco Centenera lo llama malvado repetidas veces al reverendo padre y lo inculpa del fraude cometido en la elección del nombrado Francisco de Mendoza.

En el año 1556 ya no vivía en la Asunción. Su nombre no se registra en la Memoria de la gente quel dia de oy se tiene por ser y son bibos en las Provincias de los Ríos de la Plata, Paraguay y Paraná, redactada aquel año. (20) Supónese que regresó a Valladolid.

Otro dato importante que contiene el citado trabajo de Julio Caillet Bois es el extraído de la Memoria de Pero Hernández, del 28 de enero de 1545. En su párrafo veinte y seis dice que trae la noticia "de otra representación dramática del mismo tipo, que no es seguro sea la mencionada anteriormente". Refiérese, extensamente, al número de mancebas que poseía Irala y a la manera cómo perseguía por celos a los vecinos de la Asunción. Luego dice: "Porque Gregorio... en una farsa le reprehendió el dicho vicio a él e Alonso de Cabrera e García Venegas estando haciendo centinela junto a su casa, les mandó dar de palos e se los dieron Estevan de Vallejos e Pedro Méndez."

También el arcediano Martín del Barco Centenera en su Argentina y conquista del Río de la Plata, "después de referir, sumariamente, la prisión de Alvar Núñez, el gobierno de Irala y la consiguiente desgracia de los leales partidarios del Gobernador despuesto", dice en su canto V:

A tal punto llegó el atrevimiento / del vando de Yrala, que casando / Su hija con Vergara por contento / Y plazer, "un soldado suspirando / En una farsa sale descontento / Y roto, y pobre, y otro preguntando / Y el responde, diziendole, ¿quién era? / De los leales soy, que no deuiera / ¿Que de los leales sois? – le dize luego. / Mirad, pues, bien el pago que sacado / Aqueis de esta contienda y triste juego / Que tan contra razón aueis jugado, / Hermano, por ventura estáis ciego, / ¿Qué no véis que andáis de pie quebrado? / El triste del leal dize temblando: / Hermano, lo que si que estás penado" (21)

"Esta representación – dice Caillet Bois – debe fecharse después del regreso de Irala a la Asunción, es decir, a principios de 1551. No se trata en este caso de una farsa sacramental de Corpus, ya que el mismo arcediano nos informa que se representó con motivo de las bodas de doña Martina de Irala con don Francisco Ortíz de Vergara. Debe señalarse la circunstancia, porque muestra que aún la comuna pobre y guerrera celebraba acontecimientos oficiales y no religiosos y permite suponer una abundante obra dramática perdida." (22)

La verdad es, pues, que las más antiguas representaciones teatrales realizadas en Asunción fueron autos sacramentales, misterios y farsas religiosos semejantes a las piezas llevadas a la escena en los templos de la España lejana. Tiempo después, ese género salió de los dominios conventuales para transformarse en un motivo de fiestas paganas.

Información interesante también es la que se refiere al jesuita Alfonso de Barzana, provincial de la Compañía, poligloto y poeta, de quien nos ocupamos más adelante, autor de algunos pasos de comedia y de cantos sagrados para los niños y los indígenas.

Refiriéndose al teatro colonial, un autor escribe: "Las primeras representaciones revelan la importancia del aporte indígena, que se mezcla de íntima manera con lo que se podía adaptar del teatro español de la época. El influjo europeo se admite, ante todo, en el abandono de las tradiciones guaraníticas como argumento del drama. Esta orientación del naciente teatro paraguayo tuvo su origen en razones de índole política: exaltar las glorias de la raza dominada, fomentar su orgullo, era peligrar la estabilidad de la colonia, exponiéndola a las subversiones libertadoras." (23)

Es posible que algo de todo eso haya habido; empero, mas que tales razones, creemos que existen otras, como el desconocimiento de la lengua autóctona – repetimos – por quienes preparaban obras teatrales, así como la ignorancia de las tradiciones guaraníes. No ha de olvidarse que, aún en nuestros días, el idioma guaraní, tan rico en matices, tan flexible y dulce, no se deja dominar muy fácilmente, y, por el contrario, es tema que apasiona en los laberintos filológicos y casi un misterio en sus reconditeces para el investigador científico. En cuanto a las tradiciones indígenas se hallan todavía, a cuatro siglos de distancia del descubrimiento del Paraguay, ocultas, en gran parte, en la sombra de lo desconocido.

Por los documentos que pueden hallarse, ya sea en los archivos de Buenos Aires, Río de Janeiro o la Asunción, se sabe que desde fines del siglo XVI, los cabildos costeaban las representaciones escénicas, que ellas tenían lugar al aire libre y que atraían numeroso concurso de espectadores.

La canonización de San Ignacio de Loyola, en 1622, dio origen a una de estas exhibiciones. Bajo la dirección del misionero Roque González de Santa Cruz, más de cien niños se iniciaron, como protagonistas de la escena. Formaban dos bandos: uno de cristianos y otro de infieles. "Simularon una batalla, dice la crónica; los idólatras iban adornados de ricos plumajes y armados con arco y macana; los cristianos peleaban con una cruz. La música regulaba los movimientos de los infantiles ejercicios. Era de ver cómo éstos se juntaban o separaban, dividían el campo en dos partes iguales o simulaban acometidas. Pasado algún tiempo, la batalla se declaró en favor de los cristianos, quienes llevaron a los vencidos, hechos prisioneros, delante del gobernador eclesiástico, primero, y luego del civil. Estos se echaron en el suelo, pero alegremente, cual convenía a cautivos voluntarios, saltando de cuando en cuando."

La Compañía de Jesús era, aparte del Cabildo, la animadora más entusiasta de las representaciones teatrales en el siglo XVII. En 1634 esta compañía de religiosos celebró el centenario de su fundación, ocurrida en la iglesia de Montmartre, en París. Bien es cierto que su bautismo, con el nombre de Compañía de Jesús que aún conserva, se realizó, años después de su creación, en 1537, el mismo, casualmente, de la erección de Nuestra Señora Santa María de la Asunción.

El primer centenario jesuita a que nos referimos dio lugar a grandes festividades en el Paraguay. En los diversos pueblos misioneros se levantaron arcos triunfales y grandes tablados y hubo discursos en latín y en guaraní. La muchedumbre, enardecida por los juegos, aplaudía frenéticamente "las danzas y los ejercicios de palestras". "Soldados que llevaban en su escudo una de las letras que componen el nombre de Ignacio, bailaban formando con ellas diversos anagramas."

El padre Nicolás del Techo, en su Historia de La Provincia del Paraguay y de la Compañía de Jesús, narra una de las más suntuosas fiestas realizadas en la ocasión aludida. Es la celebrada en la reducción de Encarnación, en el Guairá. "Salió de improviso un gigante llamado Policronio – escribe el padre Techo –, vestido de colores, con larga barba y cabellera blanca; significaba el centenario de la Compañía de Jesús y llevaba cien niños pintados; éstos eran los diferentes cargos de la Compañía; con armonioso canto celebraron las alabanzas de Policronio; la escena tenía lugar en un paseo de la población; mas adelante había un rebaño de cien bueyes; después cien arcos de triunfo con emblemas que estaban en el camino de la iglesia; a la puerta de ésta se ofrecieron cien panes; en el altar mayor lucían cien velas."

"Se trataba de una fiesta más pagana que religiosa – dice J. Natalicio González –, en la que las reminiscencias místicas se mezclaban sacrílegamente con las miserias humanas. El monstruoso orgullo jesuítico se manifestó en toda su crudeza en la parte final de la pantomima. La Compañía, simbolizada por una mujer vestida de blanco, apareció en lo alto de un carro de triunfo; descansaban a sus pies seis mansos monstruos; pontífices, reyes, emperadores y ángeles se precipitaban a su paso para brindarles sus aplausos, y finalmente apareció Jesús, seguido de su madre, para acogerla y glorificarla, a los ojos de los indios asombrados que no salían de su estupefacción al ver al propio Dios de los blancos, rindiendo homenaje a los hijos de Loyola." (24)

El proceso evolutivo del teatro vernáculo exigió el concurso de la danza. El movimiento rítmico, al compás de música primitiva, daba mayor movilidad a las escenas y contribuía a despertar el interés de españoles, aborígenes y mestizos. Así llegó a transformarse en vasto espectáculo coreográfico. "Se trataba de lo que en el siglo XVII se llamó danza de cuenta, es decir, bailes que simbolizaban hechos guerreros o religiosos." He aquí someramente expuestos el origen del teatro paraguayo.

 

II

LOS PRIMEROS GOBIERNOS COLONIALES

 

Conviene conocer el panorama político y social del Paraguay del siglo XVI. Bien es sabida la historia de su descubrimiento. A ella nos hemos referido, evocando, en páginas anteriores, e1 viaje del lusitano Alejo García, quien partió de las costas del Brasil, cruzó el río Paraná y se internó, en el año 1524, en las regiones propiamente guaraníes. Sábese también la suerte corrida por el antiguo náufrago de Santa Catalina. A su regreso del Chaco, los indios dieron fin a su existencia en los montes aledaños del lugar en que, años después, se fundaría San Pedro de Ycuámandyyú.

Posteriormente, el 3 de abril de 1526, Sebastián Gaboto o Caboto o Cabot, de nacionalidad italiana, nacido en Venecia, en 1474, y muerto en Londres en 1557, embarcóse en Sanlúcar con rumbo al occidente. Llegó, luego de muchas incidencias, al Río de la Plata, lo remontó, fundó Sancti Spíritu, en la desembocadura del Carcarañá y, en el decurso de 1527, entró en las aguas del río Paraguay y arribó hasta la boca del Ypytá. Dejó en Sancti Spíritu ciento diez hombres al mando de Nuño de Lara, y regresó a España. Corría, en tanto, el año 1530.

Antes de la expedición de Gaboto, el 5 de enero de 1526, de Finisterre había salido Diego García, al mando de otra expedición. Ambas topáronse a treinta leguas más abajo de la desembocadura del río Paraguay. García regresó a España con antelación a Gaboto.

En cuanto a la suerte corrida por Sancti Spíritu, ella es histórica y leyendosa. Conocida es la tragedia de sus pobladores, perecidos en manos de la tribu de Mangoré, el cacique enámorado de Lucía Miranda, amor que quiso realizarlo valido de la traición, pero que costó la vida al caudillo indígena. Fue Siripo, hermano de Mangoré quien se llevó a la mujer blanca.

Hemos recordado también, antes de ahora, el añoso suceso de la fundación de Asunción. Manuel Domínguez, en un trabajo prolijo, evocó las andanzas de Juan de Salazar y Espinoza, y probó que el fundador de la capital paraguaya fue éste y no Juan de Ayolas, como sostuvieron Blas Garay, Cecilio Báez y otros historiadores paraguayos.

La fundación de la Asunción señala el hito inicial de la civilización paraguaya. Ella simboliza el entronque de dos razas distintas, cuyo vástago es el mestizo, y el entronque de dos historias que basamenta la tradición patricia.

El primer gobernador de estas regiones fue Pedro de Mendoza, "hombre de ilustre prosapia y de cuantiosa fortuna, habida en gran parte en el saqueo de Roma". En virtud de la capitulación celebrada con el rey de España, el 21 de mayo de 1534, partió de Sevilla, según unos, el 24 de agosto de 1535, y, según otros, de 1534. (25) Llegó al Paraná Guazú o Río de Solís; cimentó la primera Buenos Aires; navegó hacia el norte y llegó hasta Corpus Christi, fundado por Juan de Ayolas, y despachó a éste, desde dicho lugar, en busca del camino que, cruzando el continente, condujera al Perú. Meses después, Pedro de Mendoza, enfermo y desalentado, resolvió regresar a Europa. Dejó encomendado el gobierno del cual era titular, a Juan de Ayolas, su alguacil mayor, y, en su ausencia, a Francisco Ruíz Galán, y partió. Mas, no pudo llegar a España. Murió en alta mar. Y, así, el destino abrió "a su ambición inmensa la tumba también inmensa del océano".

Juan de Ayolas remontó la corriente del río Paraguay, pasó frente al cerro del cacique Lambaré, y después de muchas peripecias y duras peleas con agaces y guaraníes, llegó hasta un lugar que llamó Candelaria; dejó allí a Domingo Martínez de Irala, y se internó hacia el poniente misterioso. El Chaco, virgen planicie, fue hollado por sus plantas de conquistador. Llegó a escalar los contrafuertes andinos, y volvió. Pero los señores autóctonos no podían tolerar tanta audacia ni coraje tanto, que castigaron su temeridad con la muerte.

Después de aguardar en Candelaria durante seis meses el regreso de Juan de Ayolas, de acuerdo con lo prometido, vióse precisado a retornar Domingo Martínez de Irala. Al llegar a la Asunción fue apresado por Ruíz Galán por haber abandonado al compañero; pero recuperó la libertad con la promesa de viajar otra vez hasta Candelaria, e iniciar la búsqueda de Ayolas.

Mientras Irala penetraba en las regiones de occidente, Ruíz Galán tornaba hacia el Río de la Plata. En este viaje se encontró con el veedor Alonso Cabrera que venía de España y traía la famosa cédula real del 12 de setiembre de 1537. En dicho documento se ordenaba que, en caso de haber muerto Ayolas, "se le eligiese sucesor y se hiciera lo mismo, siempre que la gobernación quedara vacante, hasta ser provista por S. M."

Durante este período ocurrieron algunos sucesos de importancia. Fue abandonado Corpus Christi o fuerte de Buena Esperanza, como lo llamó Pedro de Mendoza, por la imposibilidad de defenderlo de los timbúes y caracaraes, quienes lo asediaron por largo tiempo, hasta el 3 de febrero de 1538, día consagrado a San Blas en el calendario católico. Los sitiados atribuyeron el hecho de su liberación a un milagro del santo. Díjose que se lo vio blandiendo flamígera espada cuyo brillo encegueció a los indios y les causó tanto pavor que huyeron. La tradición del milagro ha llegado hasta nosotros embellecida por la leyenda, que es el aroma de la historia. Desde aquella remotísima fecha, San Blas es el patrono del Paraguay.

Otro hecho considerable ocurrido en este período fue la despoblación de Buenos Aires. Los que allí quedaron, por decisión de Pedro de Mendoza, dejando una escasa fuerza, tomaron rumbo hacia la Asunción, entonces recién fundada por Juan de Salazar y Espinoza. Llegados a esta ciudad, topáronse con Irala, quien se hallaba de regreso de su expedición al Chaco, a donde fuera en seguimiento de Ayolas, cuya muerte comprobó. "Tratóse entonces de elegir el nuevo gobernador, al tenor de la real cédula, Irala supo manejarse de tal modo que triunfó de Galán, Cabrera y Salazar, que ambicionaban y solicitaban el cargo. Electo casi por unanimidad, Irala asumió el mando, y pronto demostró que lo merecía. Concentró en Asunción a los colonos de Buenos Aires y Luján, reducidos ya, de dos mil que fueron en un principio, a seiscientos; les distribuyó solares y les designó también para el cementerio, el templo y los conventos de franciscanos, mercedarios y jerónimos; venció a los lenguas o guaicurúes; fundó con los indios de Tapuá y de Ybyturuzú los pueblos de Areguá, Altos, Yois y Tobatí; con los del Monday, a Candelaria, Yborapariyá, Terecañy y Mbaracayú; y con los de Itatí, a Atyrá, Guarambaré e Ypané o Pitún; repartió a todos estos indios en encomiendas mitayas, llevándose muchos a la capital para que trabajasen en sus obras; impulsó eficazmente éstas; nombró los alcaldes y regidores de la ciudad; la señaló por armas las efigies de la Asunción y de San Blas, una casa fuerte y un cocotero; fortificó la población, rodeándola de estacadas y desbarató una conspiración de los guaraníes, complotados para exterminar a todos los españoles el Jueves Santo de 1539. De este hecho supo también sacar partido, pues sólo castigó a los principales conjurados y perdonó a los demás, quienes en prueba de gratitud entregaron a los españoles cuantas mujeres quisieron éstos, siendo Irala quien mas fomentaba con la palabra y con el ejemplo semejantes uniones." (26)

Las noticias recibidas en España, animaron a Alvar Núñez Cabeza de Vaca a solicitar y obtener del rey el gobierno de estas regiones, con la condición de que si viviese Juan de Ayolas le quedase aquel subordinado, inclusive la gente que le acompañaba y los buques y pertrechos que traería en la expedición. Alvar Núñez partió de Sanlúcar el 2 de noviembre de 1540 y ancló en Santa Catalina el 29 de marzo del año siguiente.

Antes de proseguir, conviene recordar que durante el gobierno de Domingo Martínez de Irala, entre los años 1538 y 1541, fue fundada la primera escuela municipal de la Asunción.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca determinó en Santa Catalina realizar a pie el viaje a estas regiones mediterráneas. La única embarcación utilizable – pues dos de las traídas por él se habían hundido en el lugar en que desembarcó el adelantado – al mando de Felipe de Cáceres, siguió viaje hacia el sur, pero con destino al Paraguay. El nuevo gobernador que había partido de Santa Catalina el 18 de octubre de 1541, después de un penosísimo viaje, llegó a la ciudad fundada por Salazar, el 11 de marzo de 1542. Asumió el mando en seguida de su arribo, y nombró a Irala maestre de campo. Prometió desarrollar una política de benignidad humanitaria con los indios y de tolerancia con los españoles; pero algunos antecedentes concitaron la general antipatía de éstos, y la crueldad demostrada en la persecución de aquellos, presto le atrajo el vengativo rencor de guaicurúes, agaces y otros indios.

No obstante los naturales conflictos suscitados por las causas antedichas, Alvar Núñez Cabeza de Vaca intentó el hallazgo del camino del Perú. Envió, a ese efecto, primeramente a Irala, el 20 de octubre de 1542. Este llegó a un puerto que llamó de los Reyes y se internó hacia occidente. Halagado por las noticias traídas por Domingo Martínez de Irala, a su regreso de la expedición exploradora, AIvar Núñez Cabeza de Vaca dispúsose a afrontar personalmente la difícil empresa. Antes de partir sostuvo un enojoso pleito con los oficiales reales a quienes mandó apresar y procesar. El 8 de septiembre de 1543 partió el gobernador hacia las regiones del noroeste, dejando en su reemplazo en la Asunción a Juan de Salazar y Espinoza. Llegó al puerto de los Reyes y luego siguió las rutas señaladas por Irala. Once jornadas fatigosas fueron cumplidas. Al finalizar esta etapa, los oficiales le impusieron el retorno. Así se hizo; mas, en el trayecto, cometió el adelantado tantas injusticias y arbitrariedades con españoles e indígenas que entró en la Asunción, "muy triste y enfermo, y tan de todos aborrecido, que por acuerdo universal le prendieron los oficiales reales, el 25 de abril y le cargaron de grillos y le depusieron". (27) Durante su prisión es que ocurrió el famoso incendio de la Asunción. (28)

E1 día siguiente, y por acuerdo casi unánime, Domingo Martínez de Irala reasumió el cargo de gobernador. Designó a los nuevos funcionarios y ordenó la preparación de la carabela que debía de conducir a Alvar Núñez Cabeza de Vaca de vuelta a suelo europeo.

No obstante el buen gobierno de Irala, los parciales del adelantado, unidos a los de Salazar y Espinoza, en quien aquel, al embarcarse, dejó delegado el mando, iniciaron una intensa campaña de oposición contra el gobernador. Este adoptó medidas enérgicas para impedir la subversión. Apresó a Salazar y lo envió a España. También mandó arrestar a otros caudillos. La revolución estalló en el mes de febrero de 1545.

Durante este gobierno, el Papa Paulo III, erigió a catedral la iglesia de la Asunción. Fue el 1º de julio de 1547.

Además e sofocar en forma sangrienta la rebelión aludida, Irala realizó una nueva expedición hacia el Perú. Partió de la Asunción en el mes de agosto de 1548, dejando en su reemplazo a Francisco de Mendoza. Llegó hasta trescientas setenta y dos leguas de la capital del Paraguay. Allí supo que el Perú era teatro de disturbios, en los que no quiso intervenir. Envió a Nufrio de Chaves a saludar a La Gasca, a ofrecerle sus fuerzas y a pedirle confirmación en el cargo que ejercía. La Gasca, sabedor de la presencia de Irala en aquellas apartadas regiones, antes de recibir a Nufrio de Chaves, escribió a aquel ordenándole que no siguiera avanzando. Retiróse entonces Irala a la provincia de Chiquitos, magüer los deseos de sus oficiales que deseaban unirse a Pizarro. Hallándose en Chiquitos, después de una permanencia de dos meses, recibió carta de La Gasca en la que le informaba haber designado para su sucesor a Diego Centeno. Grande fue el disgusto causado entre los suyos por la inesperada noticia; mas, Irala se sobrepuso a todos, y ordenó el regreso. Arribó a San Fernando en 1549, donde esperó el retorno de Chaves. Llegado éste, informó a Irala de la muerte de Diego Centeno y otros sucesos. A Chaves habían acompañado desde el Perú cuarenta soldados que La Gasca envió para minar la autoridad de Irala. A poco de venidos, fue descubierta la trama y castigados los principales culpables.

Conocedor Irala de algunos conflictos ocurridos en la Asunción durante su ausencia, determinó finalizar la expedición. De vuelta a la sede de su gobierno, encontró en ella grande agitación. Francisco de Mendoza, creyendo que Irala había muerto, luego de un año de haber abandonado la Asunción, convocó al pueblo para elegir al sustituto. Del sufragio resultó ungido Diego de Abreu. Mas, Mendoza intentó apresarlo; empero, se le adelantó aquél. Lo condenó a muerte y la sentencia fue cumplida.

Tiempo después, Irala anunció su regreso y notificó a Abreu la nulidad de su elección. Este intentó oponerse al viajero, pero no contando con la fuerza necesaria, determinó huir, internándose en los montes del Ybyturuzú, en donde fue muerto por sus perseguidores.

Siguió a estos hechos un largo período de paz propicio a la prosecución de la conquista. Lo aprovechó el gobernador y mandó hacer algunas fundaciones. En la embocadura del río San Lorenzo, próximo a la confluencia del Uruguay y del Paraná, echáronse las bases de San Juan, en 1553. No obstante, el año siguiente se la abandonó. En la costa oriental del mismo río Paraná, a1 norte de su salto principal, fue fundado Ontiveros.

Mientras todo lo dicho se desarrollaba en el Paraguay, el rey había designado a Jaime Rasquín para su gobernador. Esta designación fue ulteriormente anulada, siendo nombrado adelantado Juan de Sanabria, el 22 de julio de 1547. Murió Sanabria sin salir de España, y en 1549, tomó su hijo, para si, las obligaciones y derechos de su difunto padre. Envió en su representación a Juan de Zalazar, "quedando él en seguirle", promesa que no cumplió. En consecuencia de todos estos sucesos, el rey designó, en la villa de Cigales, el 25 de octubre de 1549, a Alanis de Paz como gobernador del Paraguay, el cual nunca tomó posesión de su cargo. (29)

Entre tanto, en estas comarcas la conquista había avanzado en medio de un sinnúmero de luchas y penurias. Fueron fundados varios pueblos, entre los que se cuenta Ciudad Real, a tres leguas al norte de Ontiveros.

Irala falleció en Itá, en el año 1556, y le sucedió en el gobierno Gonzalo de Mendoza, nombrado en el testamento del propio Irala, y en carácter interino. Después de vencer a los agaces que se habían sublevado, Mendoza falleció en julio de 1558. Le sustituyó Francisco Ortiz de Vergara. El hecho principal de este periodo constituye la lucha contra los guaraníes, los que fueron vencidos por los españoles, y la expedición al mando del mismo Vergara con destino a La Plata, de cuya audiencia deseaba obtener su confirmación. Al partir para aquella lejana ciudad, dejó en el gobierno de la Asunción a Juan de Ortega y en el del Guairá a Alonso Riquelme. En Chuquisaca Vergara hubo de afrontar una grave acusación fundada en la esterilidad de su viaje. Al final del pleito, perdió el mando, pues el virrey del Perú decretó su destitución. En su reemplazo fue designado, por el mismo virrey, Juan Ortiz de Zárate con el título de adelantado y con la obligación de realizar un viaje a España a fin de obtener la anuencia real. Ortíz de Zárate nombró a Felipe de Cáceres como teniente de gobernador y le ordenó que regresara a la Asunción, quien así lo hizo. En tanto, el nuevo adelantado tomó rumbo a España. Partió de Lima en 1567. Cáceres llegó a la capital del Paraguay en 1569 y en seguida tomó posesión del mando. Nombró para su segundo a Martín Suárez de Toledo.

Blas Garay relata así los sucesos ocurridos durante el gobierno a que nos referimos: "Pronto surgieron en la ciudad nuevos disturbios a consecuencia de la parte principal que tuvo Cáceres en la deposición de Vergara. Acaudillaba el Obispo el bando opuesto al gobernador; tomaron además partido en su contra los tobatines, que fueron fácilmente sometidos, y la Ciudad Real, que sostuvo en el gobierno a Melgarejo, hermano de Vergara, y se resistió a obedecer y puso preso a Alonso Riquelme, el nuevo jefe que le mandó Cáceres; la ausencia de éste, que por orden de Zárate fue a reconocer la embocadura del río de la Plata, prestó mayores bríos a sus enemigos. A su vuelta quiso castigar la rebeldía de Melgarejo; mas no lo pudo hacer, por la división de la ciudad. Apresó entonces a sus principales émulos, y volvió a bajar el río a esperar al Adelantado.

"Cuando regresó halló su prestigio mermadísimo, a tal punto, que le fue menester rodearse constantemente de una guardia de cincuenta hombres. Encausó a varios; condenó a muerte a Pedro Esquivel; prohibió las reuniones numerosas; depuso a Suárez, que se había convertido al contrario bando, y mostró en todo gran rigor, mas nada impidió que un lunes de 1572, al ir a oír misa con su escolta, 1e rodeasen ciento cincuenta españoles y después de una valerosa resistencia, abandonado de todos los suyos, menos de un extremeño, Gonzalo Altamirano, que murió de las heridas que en ella recibió, le desarmaran y prendieran, encerrándole con grillos en un estrecho calabozo, en donde fue sometido a todo género de vejámenes.

"Preso Cáceres, apoderóse del mando Martín Suárez de Toledo, a quien no reconoció el Cabildo hasta el cuarto día y sólo en concepto de teniente de Zárate. Inmediatamente nombró Suárez los suyos; repartió encomiendas; premió a sus adictos; llamó a la Asunción a Melgarejo para confiarle la custodia de Cáceres hasta España, y le mandó un sucesor que no fue recibido por los de Ciudad Real, quienes soltaron a Riquelme y le aclamaron por jefe. El 14 de Abril de 1573 salió Melgarejo con el preso, y habiendo tocado en San Vicente, determinó quedarse allí mientras Cáceres continuaba libre hasta España, en donde el Supremo Consejo aprobó su conducta.

"Enviado por Suárez, Juan de Garay fundó por Junio o Julio de 1573 la ciudad de Santa Fe de la Veracruz. El mismo día, mes y año, como a sesenta leguas de Santa Fe, estableció también Jerónimo Luis Cabrera, la de Córdoba del Tucumán, y poco después avanzó hasta el Paraná y se posesionó de Sancti Spiritus. Surgieron de aquí empeñadas contestaciones entre los dos capitanes acerca de la propiedad de este territorio, a las cuales puso término la Audiencia, resolviéndola en favor de los pobladores del Río de la Plata." (30)

Juan Ortiz de Zárate, entre tanto, había sido secuestrado por un corsario francés, hallándose en alta mar. Después de muchas peripecias arribó a España el 10 de julio de 1569. El rey aprobó su contrata "y le dió el hábito de Santiago" y, el 17 de octubre de 1572, embarcó en Sanlúcar con destino al Paraguay. Llegado a esta provincia, luego de inmensas vicisitudes, dictó numerosas resoluciones tendientes a devolver el orden a la administración, muy desquiciada por las arbitrariedades de sus antecesores. Mas, algunas de aquéllas, contrarias a los intereses de mucha gente de influencia política en la colonia, causaron tal descontento, que el gobernador fue envenenado. Murió en la Asunción, dejando como única y universal heredera suya a su hija Juana, radicada en la lejana Chuquisaca, y determinando que quien con ella contrajera matrimonio, debería ejercer el adelantazgo en estas regiones. En el mismo testamento, Juan Ortiz de Zárate designó para gobernador en su reemplazo a Diego Ortiz de Zárate y Mendieta, su sobrino, a quien asistiría en carácter de coadjutor Martín Duré. Para albaceas y tutores de su hija nombró a Juan de Garay y al citado Duré.

Diego Ortiz de Zárate confirmó a Juan de Garay en su cargo de teniente, pero se alejó del segundo de los nombrados. Era el nuevo gobernador de natural vanidoso y engreído. Concitó fácilmente el repudio popular. Hallándose en gira, en Santa Fe, se le obligó a renunciar. Fue preso y remitido a España. En el trayecto fue asesinado, según se dice, por los indios.

Garay, que estaba ausente de Santa Fe mientras ocurría lo antedicho, munido de poderes suficientes, partió con destino a Chuquisaca. En aquella ciudad casó a su pupila con el licenciado Juan Torres de Vera y Aragón, oidor de la Audiencia y preferido de doña Juana. (31) Serios y difíciles conflictos se suscitaron entre Garay y el virrey con motivo del matrimonio de la pupila de aquél. Mas, Juan de Garay ganó la partida y pudo llegar a la Asunción, "donde fue recibido como teniente del nuevo adelantado".

El historiador paraguayo ya citado, al recordar el período que nos ocupa dice: "No perdió momento Garay en extender la conquista. Por orden suya, Melgarejo, a fines de 1576, fundó a Villa Rica del Espíritu Santo, en el Guairá, a dos leguas de la costa oriental del Paraná, de donde fue trasladada más tarde a Curahiberá, junto al río Huibay, a ochenta leguas de Ciudad Real, y poco después diez más al oriente y treinta del Paraná, en la confluencia del Huibay con el Curubaty. Con los indios reducidos por los padres Alonso y Bolaños se hicieron también en 1580 dos pueblos, que asolaron los portugueses en 1632.

"A poco de la fundación de Villa Rica, Garay en persona condujo una expedición hasta los campos de Jerez, pasado el río Yaguaray o Ivinheima, de la que resultaron Jejuí y Perico Guazú. En l579 mandó a Adame Olabarriaga a reconocer la costa del Pilcomayo para hacer una ciudad en el Chaco, pero la encontró baja y anegadiza; y en 1580 envió a Melgarejo a fundar sobre el Mbotetei a Santiago de Jerez, que no subsistió mucho tiempo.

"Quiso, además, Garay hacer una ciudad en la desembocadura del río de la Plata, y el 11 de junio de 1580, con gente llevada de la Asunción, estableció la de la Trinidad y puerto de Santa María de Buenos Aires, en el mismo sitio elegido por Mendoza. Para darla incremento resolvió reunir en ella a los pobladores de San Salvador, en cuya busca fue en 1584, siendo muerto, cuando ya los traía por los Minuanes, que les sorprendieron durante el sueño. Los que salieron con vida, después de un naufragio en que perecieron otros cuarenta llegaron a la Asunción. Fue la muerte de Garay lamentadísima, porque su valor, su honradez y su generosidad le tenían ganado todos los corazones."

En 1585, a Juan de Garay sustituyó en el cargo un sobrino de Juan Torres de Vera y Aragón. Llamábase Alonso de Vera y Aragón. Por orden del adelantado fundó éste una población en el Chaco, a la que denominó Concepción de la Buena Esperanza. Hallábase situada en la costa del Ypytá, a treinta leguas al oeste del río Paraguay. Esta villa no duró mucho tiempo. Fue abandonada por sus pobladores. Otro hecho de importancia ocurrido en el tiempo a que nos referimos fue la prisión del obispo Juan Alonso de Guerra y su envío a Buenos Aires, bajo custodia.

El adelantado llegó al Paraguay, luego de muchas penurias, en el año 1587. Tomó posesión del mando y poco después despachó a Alonso de Vera y Aragón hacia el sur, con orden de fundar una ciudad en la margen izquierda del río Paraguay, a una legua y media de la desembocadura del Paraná. Esa ciudad fue llamada San Juan de Vera de las Siete Corrientes. A través del tiempo, sólo le ha quedado este último nombre. En el año 1591, el adelantado Juan Ortíz de Zárate renunció al cargo y retornó a España.

Vacante la gobernación, procedióse a la elección del nuevo titular. Resultó con mayoría de sufragios para teniente de gobernador y justicia mayor de la Asunción, Hernando Arias de Saavedra, el primer criollo elevado a tan alta jerarquía política. Fue el 13 de julio de 1592. Casi dos años duró su primer gobierno. Y son hechos que le caracterizan la gran victoria obtenida por sus fuerzas sobre una sublevación indígena, en la cual, según se cuenta, Hernandarias mató, en combate singular, al cacique que acaudillaba a los rebeldes. También mandó fundar los pueblos de Caaguazú, Tarei y Bomboi, en la zona de los itatines, y estimuló el comienzo del laboreo de la yerba mate en la provincia del Paraguay.

A Hernando Arias de Saavedra reemplazó Fernando de Zárate, en el año 1593. Entre los sucesos dignos de anotar en esta época, se hallan la población de la ciudad de Santiago de Jerez, a orillas del Yaguary, y la fortificación de Buenos Aires contra los piratas que la asediaban con sus constantes amenazas, Fernando de Zárate falleció en la Asunción en el año 1595. Sucedióle su teniente, Bartolomé Sandoval Ocampo, quien en una expedición contra los guaicurúes sufrió terrible derrota. A Sandoval reemplazóle el mismo año 1595, Juan Ramírez de Velazco. Gobernó tres años. Su administración fue absolutamente estéril.

Hernando Arias de Saavedra sustituyó a Ramírez de Velazco, en carácter interino, hasta el 8 de julio de 1599. En esta fecha tomó posesión del cargo de gobernador Diego Rodríguez Valdez de la Banda, quien sostuvo graves litigios con el obispo Vázques de Liaño. Valdez de la Banda, poco tiempo duró en el mando. Falleció en Santa Fe.

Es necesario recordar en este lugar y antes de proseguir estas narraciones, a quien cupo el honor y la gloria de crear la primera escuela en Nuestra Señora Santa María de la Asunción. Nos referimos a Domingo Martínez de Irala, llamado popularmente "el general". Oriundo de Vergara, villa de España levantada en la Guipúzcoa, a orillas del Deva, al sur de Placencia, era hijo de Martín Pérez de Irala y Marina de Toledo. Nació en el año 1512. Vino a América en la expedición de Pedro de Mendoza. Integró la de Juan de Ayolas, que se internó en el corazón del misterioso continente en pos de las Sierras de la Plata y del fabuloso reino de Paitití. Muerto Ayolas en las boscosas soledades del Chaco boreal, apareció Irala como el caudillo de aquellos aventureros gloriosos. Tuvo rivales de valer como Gonzalo de Mendoza, Juan de Salazar y Espinosa, Diego de Abreu, Ruiz Galán y Felipe de Cáceres. Pero su don de mando, su habilidad política y su capacidad de trabajo impusieron su autoridad.

Desde 1539 fue el jefe natural de los conquistadores. Si Juan de Salazar y Espinosa fundó la Asunción, Domingo Martínez de Irala la organizó como ciudad e hizo de ella el punto inicial de la cruzada civilizadora. Dióle, en 1541, su escudo como "emblema de nobleza y fuerza expansiva", y en ella organizó expediciones que habían de atravesar el Chaco en busca del Perú distante, y otras que debían de andar por el Guairá o fundar ciudades lejanas como San Juan, sobre el río Uruguay.

"Sensual y mandón, ejercía la autoridad con vigorosa firmeza. No deben buscarse perfecciones sino pujanzas en este rudo vizcaíno que comenzó su carrera como soldado de la expedición de Mendoza y terminó por ser el jefe de la colonia platina. Si el escenario hubiese sido grande, su figura hubiese competido con Cortés y Pizarro en fama y celebridad. Pero aventajó a los conquistadores de la primera época porque su obra no fue solamente de dominación, sino también de creación.

"Hombre de escasa cultura, comprendió, sin embargo, desde el primer momento, que la prosecución de la empresa exigía la cooperación de los guaraníes. En lugar de extinguirlos, como hicieron otros conquistadores, procuró atraerlos, respetando sus costumbres y creando vínculos sociales. Casóse con una india, la hija del cacique Moquiracé, conducta que fue seguida por sus compañeros. Dio por esposas a Gonzalo de Mendoza y Alonso Riquelme, sus hijas, nacidas del cruce. De este género de mezcla nació la raza paraguaya.

"Irala dedicó sus afanes a la organización de la naciente colonia; hizo edificar la iglesia de la Encarnación; fundó una escuelita, según refiere su nieto Ruiz Díaz Guzmán; implantó en las reducciones los cultivos tradicionales de los guaraníes; empeñóse en traer ganado mayor y menor del Brasil, para consolidar la actividad colonial; atravesó dos veces el Chaco; fundó los pueblos de Itá, Acahay, Yaguarón, Ypané, Altos, Atyrá, Areguá, Tobatí y Guarambaré. Ese impulso culminó con la fundación de Ontiveros sobre el Salto del Guairá y Jerez e la Frontera, en el norte; Nueva Asunción y Santa Cruz de la Sierra, en el remoto confín occidental. Llegó a ordenar que no se abandonara la bahía de San Vicente, en el Atlántico, como puerto natural de la conquista española." (32)

Domingo Martínez de Irala falleció en Itá el 3 de octubre de 1556.

Como curiosidad histórica, en lo referente al famoso conquistador, del primer tomo de las Actas Capitulares del Cabildo de la Asunción, compilación realizada por Aníbal Bareiro, extrajimos el párrafo que, copiado, dice:

"Es por los dhos señores Just a y Regidores vista la dha pet on dixeron q no a lugar lo q piden/ y qsta bien probeydo q lleven ciento y veynte cuñs y dos fanegas de maiz/ de cavalleja y no mas sop a de cada mill cuñas de la man da corrientes a cada uno por cada una vez mas precio cobraren/ y q so la dha pena sean obligados a hechar sus cavallos ni entren con ellos en regozijo alg o y que si fuere a sus recas no puedan qdar los cavallo fu a del pueblo a dormir es palm e quando ubiere yeguas a q se hechen y qsto es l oq se les m da y guarden y cumplan so las dhas ps a/ y q si testimonio qs qsieren q se les de con esta resp a y lo firmaron de sus ns e Domingo de Yrala."

 

 

III

OTROS PRECURSORES DEL SIGLO XVI

 

Hemos citado, antes de ahora, a Luis de Miranda de Villafañe, el clérigo poeta. Casi simultáneamente con éste, apareció en el Paraguay otro versificador reputado como eximio. Fue el portugués Gonzalo de Acosta. Se sabe de él que nació por el año 1500, vino a América en la expedición de Diego García, que vivió durante diez años en las costas de Santa Catalina y que regresó a España. Se sabe también que retornó al Río de la Plata acompañando a Alvar Núñez Cabeza de Vaca, con quien llegó a la Asunción en 1542. Tocóle, así, en este accidentado viaje, ser compañero de sacrificios de Ñufrio de Chaves y Felipe de Cáceres, famosos conquistadores, y de Alonso Riquelme de Guzmán, padre del historiador paraguayo Ruidíaz de Guzmán. Regresó nuevamente a España, y con Martín Orué, como capitán del bergantín Todos los Santos, retornó por tercera vez a tierras de América. Viajó de nuevo a la península; pero no resistió al llamado de las vírgenes regiones colombianas y cruzó, en viaje postrero, el dilatado Atlántico, en las naves de Jaime Rasquín. Los tupís, en las costas del Brasil, terminaron con su vida aventurera. Y fue Pedro Morel, un amigo de Gonzalo de Acosta, quien llevó a España sus "obras poéticas", de escaso valor desde el punto de vista puramente literario, pero de indiscutibles méritos como expresión de una época histórica de las letras paraguayas. (33)

Otro poeta contemporáneo del anterior fue Gregorio de Acosta. Natural de Lisboa, en el año 1545 integraba en la Asunción un coro de músicos, compuesto de Juan de Jara, Antonio Coto, Antonio Tomás y Antonio Romero, primera orquesta asuncena de que habla la historia. En 1560 fechó, en dicha ciudad, una Relación en la que se hacían cargos contra Domingo Martínez de Irala y Ruiz Díaz de Melgarejo. Existe una carta del año 1575 dirigida a Juan López de Velazco, cosmógrafo del rey de España, en la que puede leerse este párrafo: "Gregorio de Acosta, en el Río de la Plata, es hombre vivo y muy gran poeta." (34)

Cronológicamente corresponde este lugar a Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Natural de Jerez y vecino de Sevilla, actuó como combatiente en Flandes, en Navarra y en los campos de Villalar, contra los comuneros de Castilla. Acompañó a Pánfilo de Narváes en la expedición a la Florida, donde quedó prisionero de los indios, en 1527. Salvó la vida gracias a algunas extraordinarias curaciones practicadas a los aborígenes, hechos fantásticos a los que el historiador Pedro Lozano llama milagros. Atónitos los montaraces ante tales proezas, no sólo le dieron su libertad, sino le hicieron jefe, circunstancia que aprovechó para escapar hacia México, en 1537, vale decir, después de diez años de cautiverio. La relación de esta larga aventura se halla en su libro Los Naufragios, el que, según se supone, ya lo tenía escrito, aunque no publicado, cuando hizo su entrada en la Asunción como segundo adelantado del Río de la Plata, el 11 de marzo de 1542.

Alvar Núñez era de natural díscolo y autoritario, carácter que le contrajo la general antipatía de los mestizos, criollos y aborígenes, profundamente democráticos y altivos, y el repudio de los españoles, entre quienes se encontraban antiguos comuneros castellanos venidos al Paraguay algún tiempo después de la derrota sufrida en Villalar. El segundo adelantado buscó imponer su autoridad por la fuerza; empero, el poder de su espada quebróse en manos del común, e125 de abril de 1544.

La actuación de Alvar Núñez Cabeza de Vaca en estas comarcas, dio origen al libro titulado Los Comentarios, escrito por el escribano Pero Hernández y basado, al parecer, en datos y anotaciones del infortunado conquistador. Era Alvar Núñez Cabeza de Vaca – según testimonios de sus compañeros de armas – desdeñoso y apuesto, "de bellos ojos azules y ensortijada barba de oro, por quien suspiraban de amor las mozas del Duero".

Existe una edición de Los Comentarios cuya dirección estuvo a cargo del Instituto Paraguayo, aparecida en 1902, en la Asunción.

Tanto Los Naufragios como Los Comentarios fueron publicados en un volumen, en 1555, en Valladolid. El último libro de los citados, que contiene ochenta y cuatro capítulos, es la expresión de una época importante de la historia del Paraguay de la conquista. Su valor no ha de buscarse, precisamente, en la forma en que se halla escrito, sino en la documentación que contiene. Es una versión de acontecimientos americanos, cuyas causas profundas escaparon a la videncia del autor.

 

Hemos citado en páginas anteriores a Isabel de Guevara. De ella se sabe que nació en España y que vino a América en la expedición de Pedro de Mendoza. El 2 de julio de 1556 escribió, desde la Asunción, a la princesa gobernadora doña Juana, una carta en estilo espontáneo y lleno de ternura, en la que le hacía relación de la contribución espiritual y material de la mujer en la obra gigantesca de la conquista y colonización de estas regiones. Esta carta se halla editada bajo el título genérico de Pequeña Biblioteca Histórica. – Cartas Históricas y Curiosas. La publicó Blas Garay, en la Asunción, en 1895, y en cincuenta ejemplares. Héla aquí:

"Muy alta y poderosa señora: A esta probinçia del Río de la Plata, con el primer goubernador della, don Pedro de Mendoça, avemos venido çiertas mugeres, entre las quales a querido mi ventura que fuese yo la vna; y como la armada llegase al puerto de Buenos Ayres, con mill e quinientos hombres, y les faltase el bastimento, fue tamaña la hambre, que, acabo de tres meses, murieron los mill; esta hambre fue tamaña, que ni la de Xerusalen se le puede ygualar, ni contra nenguna se puede conparar. Vinieron los hombres en tanta flaqueza, que todos los travajos cargavan de las pobres mugeres, ansi en lavarles las ropas, como en curarles, hazerles de comer lo poco que tenían, alimpiarlos, hazer sentinela, rondar los fuegos, armar las balletas quedando algunas vezes los yndios les vienen a dar guerra, hasta cometer poner fuego en los versos, y a levantar los soldados, los questavan para hello, dar arma por el campo a bozes, sargenteando y poniendo en orden los soldados; porque en este tiempo, como las mugeres nos sustentamos con poca comida, no aviamos caydo en tanta flaqueza como los hombres. Bien creerá V.A. que fue tanta la soliçitud que tuvieron que, si no fuera por éllas, todos fueran acabados; y si no fuera por la honra de los hombres, muchas mas cosas escriviera con verdar y los dier a hellos, por testigos, esta relaçión bien creo que la escriviran a V.A. mas largamente y por eso sesaré.

"Pasada esta tan peligrosa turbunada, subir el río arriba, asi, flacos como estavan y entrada de ynvierno, en dos vergantines y los pocos que quedaron viuos, y las fatigadas mugeres los curavan y los miravan y les guisauan la comida trayendo la leña a cuestas de fuera del navío, y animandolos com palabras varoniles que no se dexasen morir, que presto darían en tierra de comida, metiendolos a cuestas en los vergantines, con tanto amor como si fueran sus propios hijos. Y como llegamos a vna generación de yndios quese llaman, tinbues, señores de mucho pescado, de nuevo los serviamos en buscarles diversos modos de guisados, porque no les diese en rostro el pescado, a cabsa que lo comían sin pan y estavan muy flacos.

"Despues, determinaron subir el Paraná arriba, en demanda de bastimento, en el qual viaje, pasaron tanto trabajo las desdichadas mugeres, que milagrosamente quieo, Dios, que biviesen por ver que hen ellas estava la vida dellos por que todos los serviçios del navío los tomavan hellas tan a pecho, que se tenía por afrentada la que menos hazía que otra, sirviendo de marcar la vela y gouernar el navío, y sondar de proa y tomar el remo al sondado que no podía bogar y esgotar el navío, y poniendo por delante a los soldados que no se desanimasen, que para los hombres heran los trabajos; verdad es que a estas cosas hellas no eran apremiadas, ni las haian de obligación ni las obligaua, si solamente la catidad. Ansi llegaron a esta ciudad de la Asunçión, que avnque agora esta muy fertil de bestimentos entonces estaua dellos muy necesitada, que fue necesario que las mugeres boluisen de nuevo a su trabajo, haziendo rosas con sus propias manos, rosando y carpiendo y senbrando y recogendo, sin ayuda de nadie, hasta tanto que los soldados guareçieron de sus flaquezas y començaron a señorear la tierra y alquerir yndios y yndias de su serviçio hasta ponerse en el estado en que agora esta la tierra.

"E querido escrivir esto y traer a la memoria de V. A., para hazerle saber la yngratitud que conmigo se a vsado en esta tierra, por que al presente se repartió por la mayor parte de los que hay en ella, ansí de los antiguos como de los modernos, sin que de mi y de mis travajos se tuviese nenguna memoria, y me hallar dexaron de fuera, sin que de me dar yndio e nenguno genero de servicio. Mucho me quisiera hallar libre, para me yr a presentar delante de V. A. con los servicios que a S. M. e hecho y los agravios que agora se me hazen; más no está en mi mano, por quesoy casada con vn cauallero de Sevilla que se llama Pedro d'Esquivel, que, por servir a S. M. a sido cabsa que mis travajos quedasen tan oluidados y se merenovasen de nuevo, por tres vezes le saqué el cuchillo de la garganta, como allá V. A. sabrá. A que suplico mande me sea dado mi repartimento perpétuo, y en gratificación de mis servicios mande que sea proveydo mi marido de algun cargo, conforme a la calidad de su persona; pues el, de su parte, por sus servicios lo merese. Nuestro Señor acreçiente su Real vida y estado por mui largos años. Desta çibdad de la Asunçión y de jullio 2, 1556 años.

"Serbidora de V. A. que sus Reales manos besa

DOÑA ISABEL DE GUEVARA.

 

Tiempo prolongado de silencio obsérvase al finalizar el siglo XVI en lo que a coplas y romances se refiere. Parece que algo de este fenómeno se debe a aquella real cédula del 4 de abril de 1531, que prohibía introducir en América "libros de romanze de historias vanas o de profanidad como son los de Amadís e otros desta calidad". Esta prohibición, como es sabido, fue reiterada el 14 de julio de 1536, en las instrucciones al primer virrey de México, y en la real cédula del 20 de septiembre de 1543, dirigida a la Audiencia del Perú. Al explicar las razones en esta última, se decía: "Nos somos informados que de lleuarse a esas partes los libros de Romanze de materias profanas y fábulas, así como los libros de Amadís y otros desta calidad, de mentirosas historias, se siguen muchos incouenientes; porque los Indios que supieren leer, dándose a ellos, dexarán los libros de sancta y buena doctrina, y, leyendo los de mentirosas historias, deprenderán en ellos malas costumbres y vicios: y demas desto de que sepan que aquellos libros de historias vanas han sido compuestos sin auer passado ansi, podría ser que perdiessen el autoridad y crédito de la Sagrada Escriptura y otros libros de Doctores, creyendo, como gente no arraygada en la fe, que todos nuestros libros eran de vna avtoridad y manera. Y porque los dichos incouvenientes, y otros que podría auer, se escusassen, vos mando que no consintays ni desise lugar que en esa tierra se vendan ni hayan libros algunos de los susso dichos, ni que se traygan de neuo a ella, y proueays que ningún Español los tenga en su casa, ni que Indio alguno lea en ellos, porque cessen los dichos incounientes."

Los sínodos de fines del siglo XVI se ocuparon de este asunto. Ismael Moya expresa que, "los romances del ciclo bretón, por ejemplo, llenos de sugestiones supersticiosas, de hechos super humanos, de hechicerías reñidas con los principios de la Iglesia, fueron los más perseguidos. Esta censura, recomendada luego por los sínodos del siglo XVI en América – hubo uno en Tucumán en 1597, por iniciativa del obispo fray Hernando de Trejo y Sanabria –, restringió de un modo agobiador la difusión del romance, y ésta es una de las causas por qué se advierte un paréntesis de silencio tan prolongado en la colonia y por qué no se registran en las hojas de la época los romances tradicionales que llegaban en boca de los inmigrantes y seguramente se repetían a sovoz en el seno del hogar".

 

En el año 1538 arribó al Paraguay Ulrich Schmidl. Nacido en Straubingen, en Baviera, a principio del siglo XVI, revistó entre los que llegaron al Río de la Plata con Pedro de Mendoza. Fue testigo presencial de la destrucción de Corpus Christi. Naufragó de regreso de una expedición al Brasil. En 1542 apareció en el puerto de los Reyes entre los soldados de Domingo Martínez de Irala. Fue protagonista en las luchas trabadas con el cacique Aracaré. Acompañó a Alvar Núñez Cabeza de Vaca en su expedición al Perú, en 1543. Más tarde exploró los Xarayes, "sobre cuyas aguas flotan áureas leyendas". En 1552, después de más de catorce años de aventuras, abandonó definitivamente el Paraguay. Se embarcó en San Vicente, el 24 de junio de 1553, y desembarcó en Amberes el 25 de enero de 1554. En su maleta llevó, posiblemente, los originales de su famoso libro Viaje al Río de la Plata. Esta obra fue editada por un librero de Francfort del Mein, en el año 1567. Las primeras ediciones se hallan escritas en alemán y en latín, y su divulgación fue precarísima en América. La que se conoció en el Río de la Plata, según afirma Manuel Gondra, fue la de 1625, incluída en la colección de De Bey. (35)

El libro del conquistador alemán es ameno, aunque exento de toda elegancia. Su mérito es más histórico que literario, pues contiene referencias de valor estimable sobre la conquista y colonización de las regiones de la América del Sud, escenario de sus andanzas.

El nombre latino de Ulrich Schidl era Fabro. Cuando su obra se tradujo del alemán al latín, Gotardo Artus, su traductor, vertió también su apellido a dicha lengua y trasmutó el Schmidl derivado de Schmid, que significa herrero en alemán, en Fabro, hablativo de "faber", que tiene igual significado en latín. Los jesuitas españoles, como Lozano, que ignoraban la lengua originaria de la discutida crónica, no conocieron sino la versión latina, de aquí que únicamente mencionan a Fabro y no a Schmidl. (36)

Resta sólo decir de Ulrich Schmidl que su nombre dio origen a apasionadas discusiones, no sólo en lo que atañe a su apelativo latino, sino a la nomenclatura de su apellido bávaro. Muchos lo llaman Schmidell; pero su verdadero nombre, tal como lo ha comprobado Andrés Lamas, al descubrir el documento ya editado anteriormente, con la firma del cronista alemán, es Schmidl. Así consta en el facsímil del mismo publicado por Bartolomé Mitre en los Anales del Museo de La Plata.

 

Supónese, con mejor acierto, que en el transcurso del año 1585 arribó al Paraguay el franciscano Luis de Bolaños. Este sacerdote, destinado a entrar en la historia como uno de los más famosos civilizadores del nuevo mundo, era oriundo de la Mancha. Nacido, probablemente, en 1560, ingresó siendo muy joven en el convento franciscano de Santa Eulalia, en Sevilla.

De esta casa salió con destino a la América del Sur. Ya en el Paraguay, su preocupación principal fue el conocimiento de la modalidad espiritual de los aborígenes. Para ello estudió su lengua, tarea en la que fue adiestrado por quien más tarde sería fray Gabriel de Guzmán. Luis de Bolaños cimentó poblaciones estables en el Paraguay, y en su cruzada evangelizadora visitó también Corrientes. Itatí se debe a sus afanes de fundador. Recorrió la actual provincia de Buenos Aires, echando las bases de la reducción de Baradero. "Tanto penetró éste en la modalidad de los indígenas, que bien pronto se halló capacitado para traducir al guaraní el catecismo de la Doctrina Cristiana, que aprobara el tercer concilio provincial del Perú, celebrado en 1583, en la ciudad capital. La traducción de referencia que hiciera Bolaños fue, a su vez, aprobado por el sínodo reunido en la Asunción, en 1603. Y es digno de recordarse que esa traducción, a la que el padre Roque González de Santa Cruz (S. J.) hizo, luego, algunos agregados complementarios, fue el texto adoptado por los jesuitas en sus célebres reducciones y aquel mismo que dio motivos a los ardientes choques doctrinarios entre los padres de la Compañía de Jesús y los que le eran poco afectos, y que terminaron con el justo triunfo de los primeros. Tal éxito resultó, por consecuencia lógica, un éxito también del texto de Bolaños." (37)

Fray Luis de Bolaños falleció en el convento de San Francisco, en la ciudad de Buenos Aires, el 11 de octubre de 1629. Su historia, llena de leyendas, es un ejemplo de abnegación apostólica y de moral cristiana.

 

En la expedición del adelantado Juan Ortiz de Zárate, viajó con destino a América Martín del Barco Centenera. Nacido en 1535, en Logroño, fue arcediano de la Asunción, protector de los indios y juez eclesiástico. Integró la expedición de Juan de Garay, en 1578, hacia el norte del Paraguay, y aparece como protagonista de las fundaciones de Jejuí y Perico Guazú, en cuyas regiones bautizó a numerosísimos indios Ñuasá, traídos de los campos de Jerez. En el año 1581, Martín del Barco Centenera visitó Santiago del Estero y Chuquisaca. En 1583 actuó en el concilio de Lima. Desde 1585 hasta 1588, cumplió en la ciudad de Cochabamba las funciones de comisario del Santo Oficio. Pero perdió este empleo a consecuencia de un proceso escandaloso, y retornó a la Asunción. Su regreso a Europa lo realizó algunos años después, y apareció en España entre la servidumbre del marqués Castel Rodrigo. Visitó Lisboa al cerrarse el siglo XVI y es en la capital lusitana donde, en 1602, se publicó su libro Argentina y Conquista del Río de la Plata y Tucumán y otros Sucesos del Perú, en veinticuatro cantos. Es una malísima crónica rimada de la conquista del Río de la Plata. Paul Groussac, en su libro Mendoza y Garay, al referirse a esta obra, así como a su autor, lo hace con mordacidad terrible. Siquiera muy acostumbrado por el antiguo director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires el mantear a quien le plugiese, en este caso es enojoso el hecho, porque al concepto acre que expresa une la intolerable acrimonia de su lenguaje.

El libro de Martín del Barco Centenera, escrito indudablemente en estas regiones, prueba que el comisario del Santo Oficio era un poeta detestable, como bien lo califica un escritor contemporáneo. (38) Mas, en sus páginas se hallan interesantes noticias de aquel tiempo heroico de la América española, algunas fantasías que embellecen el cuadro histórico de la conquista, extrañas supersticiones que inquietaban el espíritu oscuro y simple del aborigen, curiosos mitos de remotísimos orígenes y otros datos hoy valiosísimos para el investigador y el hombre de ciencia.

También en Lisboa, y en 1602, editóse su novela Desengaños del mundo. Martín del Barco Centenera falleció aquel mismo año, en la capital lusitana.

He aquí unas estancias de

 

ARGENTINA

 

Al pie de ochenta leguas adelante

El grande Paraguay entra famoso,

Con más quietud se muestra, y más semblante

A este río corriendo con reposo.

El Paraná se aparta allá á levante,

De á dó corre con fuerza muy furioso;

Del norte corre el otro, consumiendo

Las aguas que el Perú viene virtiendo.

 

Entrando el Paraná está Santa Ana,

De Guaranis provincia bien poblada.

Es tierra aquesta firme buena y llana,

Que mucha de la dicha es anegada.

Empero esta enjuta es muy galana,

De nuestros españoles conquistada;

Y así tienen aquí repartimiento

Los que en el Paraguay tienen asiento.

 

La peña pobre está más adelante:

Es alta como roca muy crecida.

Aquí han visto muchos un gigante

De gran disposición y muy crecida.

No está, según yo supe, el aquí estante:

Que allá la tierra adentro es su guarida;

Mas viene aquí a pescar muy a menudo,

De sus redes cargada, más desnudo.

 

Arriba de aquí están los remolinos,

Que es cosa de admirar y gran espanto.

En el medio del agua hay torbellinos,

Como suele acá en tierra: y esto tanto,

Que navegando algunos, los vecinos

Celebran sus exequias con gran planto,

Diciendo que Caribdis está a punto,

Para lo que viniere tragar junto.

Aquí muchas canoas se han perdido,

Y muchos en mi tiempo se anegaron.

Muy mal al de la Puente ha sucedido,

Y á aquellos que con él aquí bajaron.

Que habiéndoles Caribdis sumergido,

Las vidas y haciendas trabucaron.

Y aquellos que mejor les fué en la féria,

Aun lloran todabía su miseria.

El Salto ya me está gran priesa dando,

Diciendo este lugar ser propio suyo:

Y yo, solo en lo estar imaginando,

De miedo y de pensarlo de mí huyo.

Decir aqueste cuento procurando,

La mano está temblando, y lo rehuyo;

Por ser la cosa horrible y espantosa,

Y en todo el Paraná maravillosa!

 

Corresponde citar en esta página al primer criollo que ejerció las funciones de gobernador de la provincia del Paraguay, Hernando Arias de Saavedra. Hijo de Martín Suárez de Toledo y de María Ana de Sanabria, nació en la Asunción en el año 1564. Desde 1580 intervino activamente en las acciones militares tendientes a conquistar extensas regiones del Río de la Plata y Tucumán. Acompañó al gobernador Gonzalo de Abreu en su expedición a Elelín o la Tierra de los Césares; a Hernando de Lerma en la persecución y castigo de los indios de Casavindo; a Alonso de Vera y Aragón en la exploración del Bermejo; a Juan Torres de Vera y Aragón en la lidia fatigosa contra los guaicurúes, y a Juan de Garay en sus descubrimientos, conquistas y fundaciones. "En todas estas jornadas fueron numerosos sus actos de valor. Unía al ánimo esforzado una inteligencia despierta. Su personalidad comienza a perfilarse con la fundación de la ciudad de San Juan de Vera de las Siete Corrientes, indicada como una necesidad para la expansión del Paraguay." Salvó a Concepción del Bermejo de una amenaza siniestra de los guaicurúes.

El 13 de julio de 1592 fue designado por el Cabildo, teniente de gobernador y justicia mayor de la Asunción. "Ejerció el cargo con mucha paz y quietud y satisfacción de los vecinos, reedificando y levantando los templos y, asimismo, las obras públicas."

Cuando Hernando de Zárate llegó a Buenos Aires, Hernandarias descendía a esta población, donde fue nombrado, el 8 de marzo de 1594, capitán de las fuerzas." (39)

En enero de 1598 las autoridades y pobladores de 1a Asunción "eligieron y nombraron gobernador" a Hernandarias.

Existe una crónica vetusta de su llegada a la capital de la provincia. Era el 19 de julio de aquel año. Arribaron "su señoría el señor Gobernador Hernadarias y su hermano el reverendísimo señor don Fray Hernando de Trejo, obispo de Tucumán".

Por tres veces ejerció el ilustre criollo la gobernación del Paraguay. "Su vida fue una vocación para la gloria y una energía inagotable para el trabajo. Era de la madera de los grandes conquistadores."

"Estaba casado con doña Jerónima de Contreras, hija de don Juan de Garay, fundador de Buenos Aires. Buen criollo, modelo de honestidad y de constancia, vivió setenta años, de los cuales más de medio siglo lo dedicó al bien de la provincia, larga y fecunda existencia que se apagó en Santa Fe en 1634.

"Después de Irala fue el hombre más constructivo y organizador de esta parte del continente. Su nombre vale un ejército, decía una nota del Cabildo. Fue enterrado en la Iglesia de San Francisco, que él hizo construir." (40)

 

Hernando de Trejo y Sanabria, hermano mayor del anterior, del criollo Hernandarias, entre cuyos actos de gobierno debe anotarse también la división de la provincia del Paraguay en dos gobernaciones, la entrada de los jesuitas en estas regiones y el haber dado "traza para que los hijos de esta tierra tuviesen estudio y quien los adoctrinase y enseñase", Hernando de Trejo, decimos, debe ser tenido como un emblema de cultura, en la historia de las letras paraguayas. Nacido al parecer en la Asunción, a mediados del siglo XVI, era hijo del capitán Hernando de Trejo y de María Ana de Sanabria. Estudió en Lima. Ingresó a los quince años de edad en el colegio franciscano de la ciudad del sol, institución fundada en 1553. A los veintitrés años obtuvo las sagradas órdenes. "Como estudiante, era de grande y capaz entendimiento, admirable juicio, moderado y desembarazado. Pensaba y pesaba primero lo que había de hacer y decir, y así en los consejos y discusiones escolares valía mucho su voto por ser de ordinario el más acertado y el que mejor daba en el punto del asunto." (41)A los cuarenta años de edad fue confirmado en la misma ciudad de Lima como jerarca de la orden franciscana, después de haber dado pruebas evidentes de ser un "teólogo eximio, consumado canonista y famoso orador". De Lima se trasladó a Córdoba, donde fue designado para obispo del Tucumán, en 1592.

Dos obras fundamentales consagran su dedicación civilizadora en este período de su vida: la fundación del Colegio de San Francisco Javier, en 1613, al que después "se confió el nombre, derechos y privilegios de universidad real". Es la histórica universidad de Córdoba del Tucumán, creada de su peculio; y la resolución del sínodo de 1603, por la cual se dejaba en reposo la espada del conquistador para sustituirla por la persuasión evangelizadora de los sacerdotes. Este nuevo régimen, dice José Manuel de Estrada, que formara el espíritu del sínodo de Trejo y Sanabria, es el que su ilustre hermano, el gobernador Hernandarias, implantó en el Paraguay. Falleció en Córdoba, el 24 de diciembre de 1614.

 

Es también en los primeros años del siglo XVII que Reginaldo de Lizárraga brillaba desde el obispado de la capital del Paraguay. Nacido en Lima, en el año 1545, profesó entre los religiosos dominicos. "Fue presentado primero para la imperial de Chile, pero como en 1589 sucedía la rebelión de aquel reino, la matanza de los cristianos y la destrucción de la catedral, trasladó su sede a Concepción." El 8 de febrero de 1607 fue designado para obispo de la Asunción, ciudad en la que hizo su entrada el año siguiente. El obispo Lizárraga fue orador sagrado. Dejó, asimismo, algunas obras, entre ellas la Descripción y Población de las Indias. Ésta se halla citada en la Biblioteca Occidental del limeño Antonio León del Pinelo. Lizárraga falleció en la Asunción, en 1613.

Hemos de nombrar también a su sucesor en el obispado de la Asunción, el doctor Lorenzo Pérez del Grado, arcediano del Cuzco, presentado como jefe de la Iglesia de la provincia del Paraguay, en donde arribó en 1617. Fue un propulsor ponderado de la educación de la juventud, un mantenedor de la cultura.

Fueron contemporáneos del obispo Lizárraga, además del nombrado prelado, Rodrigo Ortíz de Melgarejo y Francisco de Guzmán, sacerdotes ilustres, nacidos en el Paraguay. Ambos eran hijos del conquistador Ruidíaz de Melgarejo, llegado a la Asunción en 1542.

Rodrigo Ortíz de Melgarejo, en 1604, servía, desde nueve años atrás, la plaza de provisor y vicario general del obispado de la Asunción. Fue orador sagrado. Pronunciaba sermones y predicaba fuera del templo, en castellano y en guaraní.

En cuanto a Francisco de Guzmán, sábese de él que sirvió el curato de la ciudad de Santa Fe y que fue secretario del sínodo de la Asunción, en el año 1603. En 1621 era cura doctrinante de los indios mbatarás y guacarás, de la jurisdicción de la ciudad de Concepción del Bermejo, en la época en que se sublevaron los infieles y asesinaron a los que se declararon adictos al cristianismo y leales a la amistad de los conquistadores y pobladores de aquella ciudad. De ésta, trasladóse a Santa Fe de la Vera Cruz. (42)

 

En 1554 nació en la Asunción Ruidíaz de Guzmán. Hijo de Alonso Riquelme, llegado al Paraguay en 1542, integrando la expedición de su tío, el segundo adelantado del Río de la Plata, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, y de Úrsula de Irala, hija de gobernador Domingo Martínez de Irala, y de una india llamada Leonor, Ruidíaz de Guzmán, a la edad de dieciséis años inicióse en los trajines de la conquista internándose en el Alto Paraná a las órdenes de Ruidíaz de Melgarejo. Esta expedición fue extraordinariamente rica en peripecias guerreras. Los tupís mostraron fiereza en la defensa de sus antiguos lares. No obstante los sufrimientos vividos en esta expedición, Ruidíaz de Guzmán prosiguió la ruda lucha. Fue uno de los conquistadores de la rica región guaireña y estuvo en el acto de la fundación de la Villa Rica del Espíritu Santo, en 1577. Posteriormente se trasladó a Salta, donde obtuvo el grado de alférez real. En 1584 ejerció el cargo de teniente en Ciudad Real, fundada por García Rodríguez de Vergara, en 1554, y el año siguiente, vale decir, en 1585, desempeñó el mismo cargo en Villa Rica. Participó también en el traslado de las dos citadas ciudades, y fundó Santiago de Jerez en 1593. "Parece una humana centella en su fuga incesante por las vastas comarcas rioplatenses. Visita Santa Fe y Buenos Aires en 1599; vuelve a Jerez en 1603; está en Tucumán en 1604, en La Plata en 1605, en Córdoba en 1607 y otra vez en La Plata de 1610 a 1612. En 1614 alcanza a ser gobernador y capitán general de los Chiriguanos y Llanos de Manso, y como tal funda San Pedro de Guzmán y erige dos fortalezas en las orillas del Palmar y del Magdalena. Los años se acumulan sobre sus hombros; siente el llamado de la tierra donde vio la luz, y en 1620 reaparece en Asunción. Sus coterráneos le reciben bien. Le hacen alcalde de primer voto. En tiempo en que desempeñaba esta función le sorprendió la muerte en su ciudad natal, en junio de 1629." (43)

Toda esta permanente actividad que caracteriza la vida de Ruidíaz de Guzmán no fue óbice para que, en los ratos de descanso, escribiese un libro que él mismo calificó como "primera fruta de tierra tan inculta y nueva". La obra intitulada Historia del Descubrimiento y Conquista del Río de la Plata, más conocida por La Argentina, fue terminada en La Plata, capital del Alto Perú, en el año 1612. Fue publicada, por primera vez, en 1835, en la "Colección de documentos para servir a la historia del Río de la Plata", editada por Pedro de Angelis. En 1845, en la Asunción, fue lanzada otra edición, que es la segunda, por disposición del presidente Carlos Antonio López. Posteriormente se hicieron otras, tales como la que apareció en el IV tomo de la Biblioteca del Comercio del Plata, y la dada a luz, en un volumen, en 1881, por Mariano A. Pelliza. Paul Groussac también publicó una quinta edición de La Argentina con "un comentario agrio, balbuenesco, que tiene mas concomitancias con el panfleto que con un estudio de investigación histórica".

 

La Argentinaes un libro ameno, pleno del sabor legendario de la conquista. Lleno de noticias traídas desde sus propias fuentes, escrito en estilo espontáneo y fresco, matizado por descripciones jugosas, y si bien plagado de errores, puede ser leído sin sufrir el cansancio que produce la pesadez de la añeja forma. Paul Groussac dice que no se conoce el manuscrito original de dicho libro. Pedro de Angelis expresa que solo conoce tres de los códices antiguos. El Manuscrito de Leiva sábese que sirvió para la edición príncipe de 1835. Enrique Finot, en suHistoria de la Literatura Boliviana, editada en 1942, informa que posee "uno de los poquísimos códices que existen de ese curioso documento". Cree que su origen data del siglo XVII, a juzgar por el papel, la escritura y la encuadernación en pergamino. Fue hallado en el archivo de una antigua familia de La Plata o Chuquisaca.

La última edición conocida es la del volumen veinte y cinco de la Colección Estrada, que trae un interesante prólogo y eruditas anotaciones de Enrique de Gandía. He aquí una página de La Argentina:

"Salido, pues, el bergantín, tuvo Mangoré por buena esta ocasión, y mucho más por haberse ido con los demás Sebastián Hurtado marido de Lucía, y así luego se juntaron por orden de sus caciques más de cuatro mil indios, los cuales se pusieron de emboscada en un sauzal, que estaba media legua del fuerte en la orilla del río, y para con más facilidad conseguir su intento, y fuese más fácil la entrada en la fortaleza, salió Mangoré con treinta mancebos muy robustos cargados con comida de pescado, carne, miel, manteca, y maíz, con lo cual se fue al fuerte, donde con muestras de amistad lo repartió, dando la mayor parte al capitán y oficiales y lo restante a los soldados, de quien fue muy bien recibido y agasajado de todos, aposentándosele dentro del fuerte aquella noche, en la cual reconociendo el traidor que todos dormían, excepto los que estaba de posta en las puertas, y aprovechándose de la ocasión, hicieron señas a los de la emboscada, los cuales con todo silencio se llegaron al muro de la fortaleza, y a un tiempo los de dentro y los de fuera cerraron con las guardias y pegaron fuego a la casa de las municiones, conque un momento se ganaron las puertas y a su salvo mataron a los centinelas y a los que encontraba de los españoles que despavoridos salían de sus aposentos a la plaza de armas sin poderse incorporar unos a otros, porque como era tan grande la fuerza del enemigo cuando despertaron ya unos por una parte ya otros por otra parte, y otros en sus mismas camas los degollaban y mataban sin ninguna resistencia..."

 

Finalmente, citaremos a Gabriel de Guzmán. Era hermano menor de Ruidíaz de Guzmán. Nació en 1560 y pertenecía a la secta de los franciscanos. Ordenóse en 1580. Sirvió como intérprete a fray Luis de Bolaños. Dominaba la lengua guaraní. Se supone que colaboró con aquel en la redacción de su famoso catecismo; fray Cristóbal Aresti, obispo del Paraguay y después del Río de la Plata, orador, citado por Lozano, Zinny y Larrazábal; y a fray Bernardo de Armenta, primer franciscano que con el cargo de comisario de otros cinco compañeros de la Orden, llegó al Paraguay, en 1538, por el puerto de Vera. Tanto fray Armenta como sus compañeros fueron predicadores y evangelizadores, y los primeros exégetas de la doctrina cristiana en estas tierras. Las crónicas de la época, según Trelles, daban a fray Armenta por la Asunción, en el año 1544.

 

IV

LOS GOBIERNOS COLONIALES DEL SIGLO XVII

 

A Diego Rodríguez Valdéz de la Banda, al filo del año 1601, sustituyó en el gobierno de estas regiones su teniente de gobernador, Francisco de Beaumont y Navarra. Ejerció el poder hasta el año 1602.

De acuerdo con una real provisión, datada el 18 de diciembre 1601, Hernando Arias de Saavedra hízose cargo, nuevamente, del gobierno de la provincia. Entre los actos principales de este período ha de ser citada la expedición a la región del estrecho de Magallanes. Este viaje no fue feliz. Caídos los expedicionarios en poder de los indios, Hernandarias pudo, después, liberarse con algunas fuerzas, validas de las cuales, luego de una encarnizada lucha, libertó a sus compañeros. El sojuzgamiento de los guaraníes es otra acción memorable de aquella época, así como las dos importantes expediciones contra los guaraníes del Paraná y del Uruguay. Pero el más notable de los sucesos ocurridos en el decurso de este gobierno del criollo asunceno fue la variación fundamental de la política de violencia aplicada para el sometimiento de los indígenas. De entonces en adelante se buscará la civilización de los autóctonos por los medios preconizados por el obispo Hernando de Trejo y Sanabria, vale decir, por la persuasión y el convencimiento, de cuya práctica se encargaron los sacerdotes.

En e1 año 1609 Hernandarias hizo tradición del gobierno a Diego Marín de Negrón, quien "residenció a Saavedra con resultado muy honroso para éste". Ocurrencia importante de dicha época es el arribo a la Asunción del visitador Francisco de Alfaro, autor de las ordenanzas de 1612, incorporadas después a la "Recopilación de las leyes de Indias". También durante esta era los jesuitas fundaron los pueblos de Caazapá, Loreto, Yuty y San Joaquín. Diego Marín de Negrón falleció en Buenos Aires en los primeros meses de 1615.

Sustituyó al fallecido el general Francisco González de Santa Cruz. Su misión consistió, principalmente, en hacer cumplir las ordenanzas de Alfaro y en fomentar las reducciones del Paraná.

Poco tiempo después, el rey designó nuevamente y por la última vez, a Hernando Arias de Saavedra como gobernador del Paraguay. El historiador Blas Garay al ocuparse de éste período dice que los actos más notorios de Hernandarias son los siguientes: "Consagró sus cuidados en este su último gobierno a la organización interior de la Provincia; mantuvo severamente los reglamentos de Alfaro; puso en fuga a un corsario francés que amenazó a Buenos Aires y reiteró al rey, por medio del procurador don Manuel Frías, las representaciones, ya hechas con anterioridad, para dividir en dos la dilatada gobernación. Así se decretó la real cédula del 16 de diciembre de 1617, separando del Paraguay la Provincia del Río de la Plata, con las ciudades de Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo, y dejando a aquella con el nombre de Guayrá, la de Asunción, Ciudad Real, Villa Rica y Jerez.

"Fue nombrado primer gobernador de esta última D. Manuel Frías el 22 de abril de 1618, y Hernandarias, después de dar posesión a su sucesor, se retiró a Santa Fe, en donde murió en 1634, pobre, pero con gloria." (44)

Y al referirse al gobierno de Frías, expresa: "La división decretada en 16 de diciembre de 1617 llevóse a cabo en 1618; mas Frías no entró en ejercicio hasta el 21 de octubre de 1621. Sus bellas prendas aseguraban un feliz gobierno, pero la esterilizó la conducta del obispo fray Tomás de Torres. Empeñóse éste en reconciliar a Frías con su mujer, de quien estaba separado hacía diez años; resistióse el gobernador; amenazóle el obispo; formáronse banderías por uno y por otro; el prelado se dio a excomulgar a sus contrarios, despreciando los recursos legales invocados en contra de sus desafueros, y tomó tamañas proporciones el escándalo, que la Audiencia de Charcas llamó ante sí a Frías, quien pasó a Chuquisaca en 1626, dejando en su lugar a su teniente D. Diego de Rego y Mendoza; pero la ciudad de la Asunción, reconocida a sus servicios, pues había vencido y escarmentado a los payaguáes y a los guaicurúes, representó en el mismo año a la Audiencia, suplicando que se le repusiera en el mando, y por esta razón, o por la muy notoria que le asistía, fue fallado el pleito a favor de Frías, y se le ordenó regresar a su gobierno, adonde no llegó, porque murió súbitamente en Salta en el año 1627." (45)

Sustituyó en el gobierno a Manuel Frías, Luis de Céspedes Xeria. Contrariando órdenes reales, entró éste por el Brasil, en 1628. Los mamelucos consiguieron sobornarlo, y a su amparo arrasaron el Guayrá, llevando sus pobladores para venderlos como esclavos. Céspedes Xeria, en el año 1631, fue preso y procesado, y en 1636 se dictó condena en contra suya.

Tras un buen interregno, tomó el mando de la provincia Martín de Ledesma Balderrama. Fue en 1633. Dos años después fundó este gobernador la nueva Villa Rica, poblándola con los habitantes de la antigua y con los de Ciudad Real. Afrontó, asimismo, duras luchas con los payaguáes a los que venció, y con sus antiguos amigos los jesuitas.

A Ledesma Balderrama reemplazó, en el año 1636, Pedro Lugo de Navarra. Combatió éste a los paulistas y los derrotó mediante el coraje de sus soldados, pues él los abandonó al iniciarse el combate. Intrigado por la Compañía de Jesús, fue llamado por la Corte. Falleció en el viaje de regreso a España, en 1641. Sustituyóle en el cargo, su segundo, Juan de Velazco Villasanti, quien hizo tradición del mando, el 27 de junio de 1641, a Gregorio de Hinestrosa. Se caracteriza el gobierno del citado por la ardiente lucha que sostuvo con el obispo Bernardino de Cárdenas. Reemplazó a Hinestrosa el maestre de campo Diego Escobar de Osorio, en 1647. Créese que éste fue envenenado por los partidarios de Cárdenas, pues falleció, inesperadamente, el 26 de febrero de 1649.

Fray Bernardino de Cárdenas fue entonces elegido para gobernador. Tomó posesión del mando el 4 de marzo de aquel año. Inauguró su administración, "destituyendo y desterrando a cuantos le eran desafectos; expulsando violentamente de su colegio a los jesuitas y ordenándoles evacuar todos los establecimientos que tenían en el Paraguay. Acudieron los padres en queja a la Audiencia y al virrey, logrando que fuera la conducta de Cárdenas censurada y enviado a reemplazarle el maestre de campo D. Sebastián de León y Zárate, con orden expresa de restituir a su colegio a los expulsos. Pero le fue necesario para entrar en la ciudad, vencer el 1º de octubre en sangriento combate a un ejército que levantó el obispo, quien, excomulgado, preso y depuesto de su dignidad por sentencia de un juez conservador, no recuperó su silla hasta 1662. El gobernador León repuso a los jesuitas en 1650, pacificó la provincia y venció a los indómitos payaguaes". (46)

Andrés León de Garabito, el 10 de octubre de 1650, tomó posesión del cargo de gobernador interino y juez pesquisidor. Procesó a su antecesor, Sebastián León de Zárate, quien estuvo veinte años en prisión. En ella falleció, en 1672, en momentos en que se dictaba a su favor sentencia absolutoria.

El gobernador León de Garabito fue reemplazado en el mando por Cristóbal de Garay y Saavedra, el 26 de julio de 1653. Era éste nieto del fundador de Buenos Aires. Su gobierno fue de orden y de progreso.

Juan Antonio Blásquez de Valverde sustituyó al anterior, en el año 1657. Su estada al frente de la provincia se caracterizó por la absolución de algunos jesuitas y por el perdón de los indios rebelados anteriormente contra la autoridad.

Relevó a Blásquez de Valverde, el 24 de diciembre de 1659, Alonso Sarmiento de Sotomayor y Figueroa. Es de esta época 1a sublevación de los indios de Arecayá – lugar cercano de la Asunción –, a quienes venció y castigó despiadadamente. Este hecho motivó la real cédula del 25 de agosto de 1662, que ordenaba la prisión y procesamiento de Sarmiento por el oidor de la Audiencia de Buenos Aires, Pedro de Rojas y Luna. Estuvo el gobernador dos años en prisión. Al cabo de ellos fue absuelto. Falleció siendo corregidor de Lipes, el 14 de mayo de 1687.

Juan Diez de Andino, sargento mayor de S. M., en 1663, reemplazó a Sarmiento en el gobierno de la provincia del Paraguay. Durante su administración fueron vencidos los payaguáes y guaicurúes que habíanse sublevado. En 1669 viajó con destino a Buenos Aires para defenderla de los franceses. Mas tarde ordenó que fueran trasladados a Santa Rosa las reducciones de los itatines. Este gobierno fue próspero y tranquilo.

En el año 1671 hízose cargo del gobierno de la provincia, Francisco Rege Corvalán.

El tantas veces ya citado Blas Garay dice, al elucidar este período: "A fines del año los guaicurúes asolaron el pueblo de Atyrá y otros, sin que tuvieran éxito las expediciones que contra ellos se hicieron; y a principios de 1676 los mamelucos cautivaron cuatro pueblos de indios; pusieron cerco a Villa Rica, se hicieron entregar todas las armas que había en la población y obligaron a sus moradores a abandonarlos. Con tantas pruebas de la ineptitud de Corvalán, el Cabildo se quejó a la Audiencia de La Plata, y ésta envió de pesquisidor al teniente de Corrientes, D. Juan Arias de Saavedra, quien encausó y remitió preso al gobernador a Charcas. Gobernó mientras el Cabildo, que fracasó también contra los mamelucos, y vio la ciudad reducida al último extremo por los infieles. En el mismo año de 1676 ejerció su comisión D. Diego Ibáñez de Fría, juez delegado de la Audiencia, encargado de empadronar a los guaraníes misionistas, como lo hizo con gran acrecentamiento de la real renta.

"No resultó culpable Corvalán y se le repuso en el gobierno, en el cuál fue esta segunda vez más feliz en la guerra; pero se manchó también con una traición abominable, asesinando a trescientos guaicurúes, a quienes engañosamente atrajo a la ciudad. Así consiguió de éstos una paz de dos años; pero los payaguáes volvieron a sus incursiones, y hubo que construir un nuevo fuerte en la frontera para sujetarlos." (47)

Juan Diez de Andino, por real cédula del 20 de abril de 1679, fue nuevamente nombrado para gobernador. Tomó posesión el 7 de octubre de 1681. Su segundo gobierno caracterizóse por la lucha sin tregua contra los indios. Falleció este gobernador en la Asunción, en el año 1684.

Reemplazó al anterior en el mando el maestre de campo Antonio de Vera y Mujica, quien tomó posesión el 18 de octubre de aquel año. Mas, al poco tiempo, se trasladó a Tucumán, durante cuya época arribó a la Asunción Francisco de Monforte, quien venía a sucederle. Entró éste en ejercicio del gobierno el 30 de octubre de 1685; "edificó una nueva iglesia catedral; llevó a cabo dos entradas contra los guaicurúes; desalojó de Jerez en 1688 a los mamelucos, y demostró en todos sus actos una honradez acrisolada". Falleció en la Asunción el 2 de agosto de 1691.

Fue Sebastián Felipe de Mendiola quien sucedió a Francisco de Monforte. Su gobierno se caracterizó por la arbitrariedad y el despotismo. Apresado por los criollos y remitido a Buenos Aires, se le instruyó un proceso. Quedó absuelto y repuesto en el cargo; pero, en este segundo periodo, bien escarmentado, optó por variar sus procedimientos.

El 4 de diciembre de 1696, tomó posesión de la gobernación de la provincia, Juan Rodríguez de Cota. Su actuación, siquiera benévola y progresista, fue odiosa para el pueblo. Entregó el mando en 1702.

 

V

LA LENGUA VERNÁCULA

 

El Paraguay es el único país bilingüe de América. Juntamente con el idioma traído por el conquistador hispano, la lengua rancia, colorida, dúctil y elegante con que el español rima sus endechas, llora sus tristezas, canta sus ensueños y plasma su pensamiento, en las regiones habitadas por los descendientes de los antiguos karaíves, se habla un idioma extraño, expresivo, gutural, pleno de giros raros y de onomatopéyicos sonidos. Es la lengua guaraní. Su origen se halla en el misterio de las selvas vírgenes, en el fondo obscuro de los siglos, en el arcano profundo y sugerente del alma aborigen. Creció en los toldos, ora en las riberas de grandes y caudalosos ríos, a plena y calcinante luz del sol de los trópicos; ora bajo el relente de las noches estrelladas, llena de murmurios, aromadas y tibias, en leyendosos solares de añosos caciques. Paseó por tierras ignotas en el carcaj del indio, de norte a sur, de este a oeste, de sur a norte, de oeste a este, de la Atlántida enorme, y no conocida por los blancos. Fue vínculo en la guerra y en la paz, melodía en el amor de la india, espíritu y materia aglutinantes de la unidad racial de la estirpe. Mediante ella predecían los autóctonos augures el sino misterioso del destino; de ella se valían los guerreros aborígenes en sus aprestos de conquistador. Sus voces sirvieron para adorar al Ñandeyara (48) de sus creencias, para rendir culto a sus muertos, para enseñar a sus hijos a andar sobre la tierra, para expresar su ira y su venganza y para rumiar su dolor.

Lengua florecida en la intemperie, como los árboles, sin temor a los vientos ni a las lluvias, fecundada por la observación de la naturaleza, enriquecida por la imitación del canto de los pájaros, del ruido de las alimañas pasajeras en la maleza, del desplome iracundo de las cataratas, de la canción eterna de las olas, del retumbar prolongado de los truenos, del espectáculo colorido de la aurora, del cobrizo paisaje del sol muriente.

Para desarmar al indio, en los días afanosos de la conquista, el español debía de aprenderla. Cuando la supieron, la llevaron consigo a las tierras gastadas de Europa. Pero ella no fue, como prisionera del ibero, en las cadeneras de las carabelas. Fue como vencedora, como nombre de regiones de extraña y fascinadora belleza, como títulos capitulares de acciones ciclópeas e imperecederas, como denominación científica de plantas medicinales y alimentos todavía desconocidos por los doctores del mundo antiguo. Así llegó al "Tesoro" de Montoya, a las graves asambleas de los sabios, a la historia universal.

Lengua dulce y expresiva, triunfadora de los siglos, cumplió en América la misión de la india. No se dejó matar ni olvidar por el conquistador. Su ternura, el encanto de su verbo le valió el amor del idioma castellano, y juntos fecundaron esta lengua paraguaya, la criolla, la nuestra, que tiene frescuras de fontanas y arreboles de un luciente amanecer. Porque el habla paraguaya no es la arcaica y flordelisada de Castilla. Sus voces son distintas, sus melodías diferentes. La lengua paraguaya, con base hispana e injertos guaraníes, tiene fragancia selvática, huele a pasto verde y húmedo, a jazmines y flor de caña. Modulada por los paraguayos, aparece con tonalidades insospechadas. Es más dúctil, más lozana, más americana.

El idioma guaraní, si bien se dio generosamente al conquistador, no se debilitó en su esencia. Siguió viviendo plenamente durante las centurias de la colonia. Mientras el indio, su creador, desaparecía – raro fenómeno – él se prendió al alma del criollo para internarse en los senderos del tiempo. Vivió el nativo trescientos años de epopeya, en el hogar y en la escuela, en las sementeras y en los vivaques. Fue expresión de sus anhelos y de sus padeceres, de su amor y de su odio. Anidado en la caja sonora de su espíritu, le fue leal en las horas inciertas y penosas de la vida y en los minutos rientes de la existencia, en los que espejea la esperanza y canta el corazón.

En 1811 sirvió al patricio para urdir la trama que nos dio la independencia. En esa lengua eterna, en voz baja, hablaron Fulgencio Yegros y Pedro Juan Cavallero. De ella se valieron José Montiel y Juan Francisco Recalde, Fernando de la Mora y Mariano Antonio Valdovinos, Mauricio José Troche y Juan Bautista Rivarola. Sus giros sirvieron para expresar la ira sagrada de Vicente Ignacio Iturbe en la Casa del Gobernador, y en guaraní se dijo el "santo y seña" que abrió las puertas del Cuartel de la Rivera a los hacedores de nuestra libertad. Y fue en la lengua vernácula que el pueblo de mayo cantó, por la primera vez, su emoción de patria y su fe en el destino perenne de la nueva nación.

La lucha por conservar la libertad ganada en 1811, y que se prolongó hasta el derrumbe glorioso de Cerro Corá, se la sostuvo al conjuro del guaraní. Era razón de autonomía más poderosa que los cañones; constituía un baluarte espiritual, una atalaya que se erguía, enhiesta y altiva, hermética y misteriosa, en actitud de defensa brava y constante.

La guerra de 1864 a 1870 se nutrió con la sonora armonía del idioma autóctono. Estaba en el lenguaje del héroe y en la canción de los campamentos; se hallaba en la orden del jefe y en la comprensión del soldado, en el recuerdo y en el penar de las madres, en la angustia de las esposas, en la tristeza de los niños. Irrumpía, marcial y vibrante, en el clarín triunfal de las trincheras y resonaba, alegre o melancólico, en las melodías de los campanarios. El drama hondo y terrible, la tragedia singular de aquella época lo sufrió, así, el pueblo paraguayo, en guaraní. Era la lengua en que lloraban las mujeres de la "residenta" y en la que odiaban y peleaban los varones de nuestra tierra. Era, en fin, el idioma confidencial de la raza paraguaya que dijera alguna vez de ella un fino espíritu del Brasil.

Los que reconstruyeron la Patria, después de Cerro Corá, supieron cuánto valor posee el idioma vernáculo. Con él se rimó el cantar de la fe sobre el osario, se enjugaron las lágrimas entre las ruinas, se curaron las heridas, se reedificaron los hogares derrumbados por el ígneo vendaval. El fue, entonces, algo así como la esencia reaglutinadora de la nación.

Y en la guerra del Chaco, conocen sus protagonistas cuánto servicio ha prestado en las trincheras. No solamente se lo utilizó para llevar y traer órdenes, para despistar al enemigo con sus claves ininteligibles y traviesas, sino arrulló las penurias del soldado, le dio ánimo y fervor en las horas de aflicción y de coraje, y tejió, sobre el cañamazo de sus tristezas, consoladoras esperanzas en el lenguaje eterno y etéreo del corazón.

La retaguardia se nutrió también con sus acentos. Las plegarias de las madres campesinas se rezaban en guaraní. En el dulce idioma, las novias añorantes del soldado del Chaco, suspirando, en voz baja, decían rõhechaga'u. Todo comentario, al fin triste o satírico, era más elocuente, satisfacía mas el ansia popular cuando se la hacía en la extraña y cariñosa lengua materna. Boquerón, Saavedra, Cañada Esperanza, Gondra, Campo Vía, Cañada El Carmen, Yrendagüe, Nanawa, Ballivián, Ingavi los vivió la raza en el idioma del cacique Lambaré.

Y los que pasearon por el extranjero, en peregrinaje feliz o en errabundo andar de desterrado, no olvidan ni podrán olvidar la emoción vivida al oír sus voces bajo cielos lejanos. Es como si en el silencio de la noche, en las horas de infortunio sufridas en la prisión, se escuchara, inesperadamente, las notas hondonas y enternecidas de una polca, la melodía instrumentada de una guarania o la triunfal y briosa carga del "Campamento Cerro León".

Y sigue andando el guaraní por las rutas del tiempo, prendida como una flor al espíritu de la estirpe. Va con ella a las altas cimas del poder y de la gloria o la acompaña en sus trajines por los atajos de la adversidad. Nada empaña sus encantos ni tizna su lealtad. Es la misma lengua virgen que viene trayendo en sí el embrujo de las tradiciones patrias, los sabores de dolores y alegrías de otros días, los jirones de añejos estandartes, las luces y las sombras que emergen de la historia; es la misma con que expresaron sus ensueños nuestros padres y hoy, nosotros, evocamos e invocamos ideales; es la misma que se enraíza en el pretérito, nos habla al corazón en el presente y se extiende, cautelosa, hacia el futuro. No le han dañado ni la indiferencia de los presuntuosos ni el desdén de los superficiales ni el desprecio de los ignorantes. Anda el guaraní atravesando siglos, ágil y armonioso, delicado y travieso, abrazado a su raza y en pos de su destino.

¡Salve lengua paraguaya, lengua inmortal!

 

NOTAS

ÉPOCA PRECURSORA

I– Los días iniciales de la conquista y de la colonia

1- MOISÉS S. BERTONI, La civilización guaraní. Historia y protohistoria de los países guaraníes.

2- MANUEL DOMÍNGUEZ, La fundación de la Asunción. FULGENCIO R. MORENO, La ciudad de la Asunción.

3- Testamento de Juan de Zalazar y Espinosa, M. S. Archivo Nacional de la Asunción.

4- VIRIATO DÍAZ PÉREZ, Juan de Zalazar y Espinosa. El Capitán Poeta.

5- M.S. Archivo Nacional de la Asunción.

6- RUIDÍAZ DE GUZMÁN, La Argentina, libro III, capitulo II. PAUL GROUSSAC, Notas a La Argentina.

7- M. S. Archivo Nacional. ALVAR NÚÑEZ, Comentarios. Relación.

8- C. L. FREGUEIRO, Historia documentada y crítica, La Plata. 1893. J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya, tomo I, Buenos Aires, 1940. S. BUZÓ GOMES, Índice de la poesía paraguaya, Buenos Aires, 1943.

9- NARCISO R. COLMÁN, Nuestros antepasados, San Lorenzo, 1937. JOSÉ GUEVARA, Historia de la conquista del Paraguay.

10- CIRO BAYO, Romancerillo del Plata, Madrid, 1913.

11- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya, tomo I. CIRO BAYO, Ob. cit.

12- Itinerario, Venecia, 1536.

13- La Epopée Castillane, página 172.

14- Las guerras civiles de Granada, tomo I.

15- La literatura española, tomo II.

16- T. VALDASPE, Historia de la literatura castellana, tomo I.

17- Las escritoras españolas – Ed. Labor, Barcelona –, Buenos Aires, 1930.

18- JULIO CAILLET BOIS, Ob. cit.

19- Documento citado por Caillet Bois.

20- RICARDO DE LA FUENTE MACHAÍN, Ob. cit.

21- M. DEL BARCO CENTENERA, Ob. cit.

22- J. CAILLET BOIS, Ob. cit.

23- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya, tomo I.

24- Ob. cit., tomo I.

II.– Los primeros gobiernos coloniales

25- MANUEL GONDRA, Hombres y letrados de América.

26- BLAS GARAY, Breve resumen de la historia del Paraguay.

27- BLAS GARAY, Ob. cit.

28- ALVAR NÚÑEZ, Comentarios.

29- ENRIQUE DE GANDÍA, Gobernadores que nunca gobernaron.

30- BLAS GARAY, Breve resumen de la historia del Paraguay.

31- BLAS GARAY, Ob. cit.

32-JUSTO PASTOR BENÍTEZ, La ruta.

III.- Otros precursores del siglo XVI

33- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

34- S. BUZÓ GOMES, Índice de la poesía paraguaya.

35- MANUEL GONDRA, Hombres y letrados de América

36- MANUEL GONDRA, Ob. cit.

37- RÓMULO B. CARBIA, Síntesis biográfica de fray Luis de Bolaños.

38- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

39- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, La ruta.

40- JUSTO PASTOR BENÍTEZ, Ob. cit.

41- FRAY JOSÉ LIQUERO, Fray Fernando de Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad de Córdoba, 1916.

42- TRELLES, Revista del pasado argentino.

43- J. NATALICIO GONZÁLEZ, Proceso y formación de la cultura paraguaya.

IV.- Los gobiernos coloniales del siglo XVII

44- BLAS GARAY, Breve resumen de la historia del Paraguay.

45- Ídem, ídem.

46- Ídem, ídem.

47- Ídem, ídem.

V.- La lengua vernácula

48- Nombre dado a Tupac por los marítimos o atlantes.

 

 

 

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HISTORIA DE LAS LETRAS PARAGUAYAS – TOMO II

Por CARLOS R. CENTURIÓN

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BUENOS AIRES-ASUNCIÓN (1948), 434 pp.

 
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