INVENTARIO LUNAR
Autora: FIDES GAUTO
Editorial: EDICIONES DE LA PAZ
ISBN: 9-786313-1808-20
Cantidad de páginas: 93 PÁGINAS
Año: 2026
Libro Paraguayo
Inventario lunar es el segundo poemario de Fides Gauto, una obra que reúne poesía y prosa en un recorrido íntimo por las fases de la memoria, el amor, la pérdida, la duda, la esperanza y la búsqueda de una voz propia. El libro se organiza en dos grandes momentos: “Luna Nueva”, integrado por poemas, y “La otra cara del inventario”, compuesto por relatos.
Desde el prólogo de Susy Delgado, la obra es presentada como un “luminoso inventario poético”, donde la autora despliega una mirada sensible sobre sus inquietudes, sus recuerdos, sus vínculos y sus preguntas más profundas.
En los poemas, la luna funciona como símbolo de cambio, misterio, revelación y permanencia.
La autora construye un universo atravesado por imágenes de vuelo, espejos, libros, ciudades, estaciones, silencios y palabras que duelen o salvan. Madrid, Montevideo, Barcelona y Asunción aparecen como territorios afectivos, espacios donde la experiencia personal se convierte en materia poética.
La escritura de Gauto combina delicadeza e intensidad: habla del deseo, de la nostalgia, de la fragilidad, de los pensamientos oscuros, pero también de la decisión de no abandonarse, de resistir y de seguir creyendo en la palabra como brújula.
La segunda parte del libro amplía el inventario hacia la narración, con relatos que recuperan escenas familiares, recuerdos de infancia, figuras entrañables, homenajes y episodios marcados por la memoria afectiva. Textos como “El dueño del libro”, “Los mangos de Doña Isabelita” y “El idealista” dialogan con la historia personal y colectiva, con los libros, la educación, la Guerra del Chaco, la figura paterna y los pequeños acontecimientos que revelan grandes verdades humanas.
Así, *Inventario lunar* se presenta como una obra madura, emotiva y luminosa, donde Fides Gauto afirma una voz literaria que mira hacia adentro, pero también hacia el mundo, con sensibilidad, inteligencia y hondura.
POEMAS:
1.
El vuelo
¿Valdrá la pena el vuelo?
Al alzar las alas,
puede pasar que haya un viento adverso.
Puede pasar lo peor.
La tarde puede astillarse
en tantas partes.
Puede que tengas que sostener
todo aquello,
como se sostiene un trozo de espejo:
con amor y dolor,
hasta sangrar.
2.
Me animo
¿sabés?
a dar el salto
y si aún no fuera suficiente
invento el tiempo
desordeno los meses
la secuencia de los años
descompongo los calendarios
y ajusto todos los relojes
al ritmo de mi corazón
que te pertenece.
3.
Ahora
En este preciso momento
mi pecho está vacío
literalmente
consistentemente
no sé ni a quién dedicar un poema,
ni un pensamiento,
ni una pena siquiera...
no sé si esto es bueno o malo
solo puedo decir que es algo raro
un raro vacío
una rara paz.
¿Será que estoy madurando?
O bien,
¿estoy muriendo?
O es que en realidad todo eso
pasa siempre
al mismo tiempo.
4.
A tu lado
A tu lado descanso,
como a la vera de un río.
La ciudad parece lejana,
un murmullo apenas...
nada.
Ese justo punto de calor,
una quimera alcanzada,
una tregua necesaria,
una tarde de domingo.
5.
No te abandones
Me pedí a mí misma
lo anoté en mi libreta
para no olvidar:
no te abandones
no te oscurezcas
no te traiciones
eternamente.
6.
Haikus del instante
Escribiré
más poemas que curen
esas heridas
*
Esa mirada
ayer te dejó en vilo
nada fue dicho
*
Arde la vida
se esparce en mil destellos
muere el instante
7.
Susurro nocturno
Cantaré para ti
cuando duela la sombra
no me desoigas.
¿Entenderás mi mensaje?
¿Me estarás esperando?
¿Sabrás quién soy realmente?
Ninguna certeza.
Puedo parir mil hijos contigo
versos y melodías
y seguirá siendo un misterio para ti
cada nota que suene
cada noche que dure mi canto.
8.
El arquero
Cuesta mantener la postura
no es fácil tender el arco invisible
no dudar
dar en el centro del cosmos
enfocar
ser
estar
respirar la certidumbre
suprimir el vértigo
en medio del caos.
RELATO
1.
El dueño del libro
Para los que nacimos en las últimas décadas del siglo XX,
entrar a la era digital, así repentinamente, fue como caer
por el pozo que llevaba a Alicia al país de las maravillas. En
medio del vértigo de los cambios, no es raro que de pronto
salte el conejito de la nostalgia, murmurando frases como:
“antes nosotros jugábamos en las calles y plazas, no en las
pantallas; estudiábamos de otro modo...” En fin, la vida,
como diría un amigo.
De todas las transformaciones de estos tiempos, la
que más me sacudió fue la llegada de los libros digitales.
Mi afición por las letras nació con los libros impresos, y
me resisto a desprenderme del afecto que les tengo. Aún
hoy, cada vez que puedo, entro a una librería “para mirar
nomás”, aunque al final siempre termino llevándome
algún tesorito a casa.
Me gustan sobre todo las librerías de usados. Amo ese
olor a vainilla que tienen los libros antiguos —aunque me
haga estornudar diez veces seguidas—. Supongo que, así
como los vinos o los cafés tienen sus particulares aromas,
también los libros huelen distinto, no solo por razones
químicas, sino por razones del alma.
Cuando me sumerjo en esas librerías, me gusta imaginar
el camino que cada ejemplar recorrió hasta llegar allí. No
me molestan las frases subrayadas; al contrario, las siento
como un diálogo con quien leyó antes que yo. En más de
una ocasión encontré pequeños tesoros entre sus páginas,
por ejemplo, una invitación amarillenta a un concierto
de violines para el 15 de abril de 1955, y unos pétalos casi
transparentes escondidos en un libro de ensayos de
Virginia Woolf.
Y todo esto lo cuento para llegar a lo que me ocurrió hace
unos años. Andaba por una librería cuando me topé de
frente con un pedazo de mi infancia. [FG12.1]Era un librito
de cuentos titulado Leyendo cuentos en la plaza. Sentí un
mareo, lo juro. Ese libro había llegado a mi casa décadas
atrás. Mi papá, que solía viajar mucho, lo había comprado
para nosotros.
En aquel entonces vivíamos bastante aislados del
mundo, allá en la campiña sampedrana. No teníamos
televisión y la radio pasaba música aburrida o noticias
que no parecían del todo reales, sobre todo cuando
la transmisión se cortaba para dar paso a La voz del
coloradismo. Mi papá enseñaba filosofía y tenía la
bendita costumbre de decir lo que pensaba, de hacer
reflexionar a los jóvenes en plena época de dictadura...
así que estábamos lejos de todo, lo más lejos posible de la
“superioridad”.
Aquel librito fue un regalo del cielo. Lo leímos cien veces,
cada uno de mis hermanos y yo. Inventamos un juego que
llamábamos “el dueño del libro”: uno de nosotros debía leer
un fragmento, y los demás debían adivinar de qué cuento
se trataba. Quien acertaba se convertía en el nuevo dueño.
Con el tiempo, el juego se volvió cada vez más difícil,
porque el “dueño” buscaba fragmentos que no delataran
tan fácilmente el cuento.
Todos sabíamos que el gnomo de las uvas se llamaba
Uvaldo, que Rosita conoció a un ángel en su jardín muy
temprano, que Roque’i perdió el premio del palo enjabonado
—un pollo asado—, que el señor de la Bolsa era en realidad
don Robustiano volviendo de la chacra con mandioca, y
que una niña liberó los pájaros pintados en su blusa.
Se agolparon los recuerdos. Apenas pude contener las
lágrimas al leer el más que cursi fragmento de La ciudad
de las hormigas: “y allí nomás se abrazaron y se pusieron a
llorar”. Esa frase me había hecho perder el juego tres veces.
Fue entonces cuando apareció el dueño de la librería, con
esa mirada inquisitiva de quien se pregunta: ¿vas a llevarlo o no?
Caí en la cuenta de que debía disimular mi emoción. Si
el señor se daba cuenta de lo que significaba para mí aquel
libro, estaba frita: me cobraría lo que quisiera. Así que, con
mi mejor cara de indiferencia, pregunté el precio.
El librero tomó el libro, lo hojeó y comentó: —Está en
buenas condiciones, para ser tan viejito.
Asentí con una sonrisa que seguramente no parecía muy
natural. Al final me cobró poco, casi nada: veinte mil. Salí
de allí con el corazón en la mano —y también con el libro—,
caminando apurada por si el librero cambiaba de opinión.
Lo primero que hice fue mandar una foto al grupo de
mis hermanos. La reacción fue inmediata: emojis, stickers,
exclamaciones. Una fiesta total. Después me quedé
pensando en mi “actuación” frente al librero. ¿Realmente
no se dio cuenta, o decidió ser benevolente conmigo? No
lo sé.
Era agosto, ahora que lo pienso, estoy segura. Al final
decidí tomarme un tiempo y releer el libro bajo la sombra
malvarrosa de los lapachos floridos de la Plaza Uruguaya.
Ya no necesitaba disimular mi emoción: al fin y al
cabo—a mucha honra— era la dueña del libro.
2.
Los mangos de doña Isabelita
Aquella esquina siempre nos daba un poco de miedo.
Siete cuadras separaban nuestra casa de la escuela
parroquial de Benjamín Aceval, y en medio de ese camino,
justo donde la calle se curvaba en una esquina, estaba la casa
de doña Isabelita: una casa casi invisible, rodeada por una
muralla viva de plantas espinosas. Eran como suculentas
gigantes, verdes y filosas, tan densas que apenas dejaban
ver el interior del patio. Pero todos sabíamos que allí
dentro había mangos, mangos grandes y dulces, a nuestro
parecer, los mejores del barrio.
Nosotros éramos cuatro hermanitos, en realidad somos
siete, pero mi hermana iba a la escuela por la tarde, y
los dos menores aún eran bebés, así que éramos cuatro
los que íbamos a la escuela por la mañana. Pasábamos
cada día por esa esquina tratando de disimular el deseo,
mirando de reojo entre las hojas, calibrando en silencio las
posibilidades de entrar.
Nadie conocía bien a doña Isabelita. Decían que era de
mal genio, que no le gustaba la gente, que no dejaba entrar
a nadie. Algunos chicos contaban que había espantado
a pedradas a un grupo de curiosos que quisieron robarle
gallinas. A mí, la verdad, me parecía más triste que mala.
Su casa tenía un aire de abandono digno, de esas cosas que
se resisten a desaparecer.
Aquel mediodía de noviembre de 1984, salimos
más temprano de la escuela porque era época de
exámenes, el calor caía a plomo y los mangos brillaban
ya maduros sobre las ramas. Nos detuvimos en la
vereda, bajo la sombra flaca de un lapacho joven. —¿Y
si pedimos permiso? —dije yo, que era la mayor, la de
cuarto grado, la que “sabía hablar con los grandes”.
Mis hermanos me miraron como si estuviera loca. Pero la
tentación fue más fuerte que el miedo.
Nos acercamos. Espiamos por una rendija en la cerca
viva. Y entonces, sin aviso, el portón de madera se abrió
con un chirrido seco. Allí estaba ella: doña Isabelita, de pie,
pequeña, con un vestido gris y un pañuelo en la cabeza.
Con el ceño fruncido y los ojos semicerrados no miraron
uno a uno, yo estiré las mangas de mi guardapolvo para
que no se viera tan arrugado.
—¿Y ustedes qué quieren? —preguntó, con una voz
grave, más cansada que enojada.
Nadie respondió. El más chico casi se puso a llorar.
Yo tragué saliva y, temblando, le expliqué que queríamos
pedir permiso para juntar algunos mangos, si a ella no le
molestaba.
Doña Isabelita nos miró un rato largo, tan largo que
pensé que nos iba a echar. Pero de pronto, sus labios se
curvaron en una sonrisa inesperada.
—Claro que sí —dijo—. Los mangos son de todos los
que sepan agradecerlos.
El alivio fue tan grande que casi gritamos.
Entramos despacito, con respeto, y el olor denso
y dulce de los mangos maduros nos envolvió de
inmediato. Mientras mis hermanos corrían al fondo
a juntar los mejores frutos, ella me tomó del brazo.
—Vení mi hija —me dijo—. Quiero mostrarte algo.
La seguí hasta la casa. Adentro hacía fresco y había
penumbra. Muebles antiguos, un retrato de San Roque, un
crucifijo de madera, un olor a vainilla, como el de los libros
antiguos, un ventilador mudo.
Pero lo que más me llamó la atención fue la heladera,
blanquecina y redondeada, con imanes negros circulares,
los que se suelen quitar de las radios viejas, sosteniendo
varias fotos antiguas: mujeres con cofia blanca, hombres
con uniforme militar, un grupo de soldados sonriendo en
medio del polvo.
Doña Isabelita se acercó despacio y señaló una de las
fotos. —Yo fui enfermera durante la guerra del Chaco —
dijo con una mezcla de orgullo y melancolía—. Allá por el
treinta y tres... Cuando el agua era un milagro y los hombres
morían de sed.
Yo la miré con asombro. Me pareció imposible que
esa viejita tan frágil hubiera estado en una guerra. Ella
sonrió, y sus ojos se iluminaron con un brillo que no era del
presente.
—Y yo fui la novia del mariscal Estigarribia—agregó
casi en un susurro y un tono cómplice.
Me quedé muda. Pensé que estaba bromeando, pero
ella señaló una foto más: varios oficiales posando con dos
enfermeras. —Mirá bien —me dijo—. Ese soy yo, esa... y
ese, el mariscal.
No supe qué decir. La foto era vieja, borrosa, pero había
algo en su voz, una ternura contenida, que hacía imposible
no creerle.
—Nunca me casé —dijo al rato, como hablando sola—.
La guerra se llevó muchas cosas. Hasta los besos que no se
dieron.
Afuera, mis hermanos reían juntando mangos. Adentro,
el tiempo se había detenido.
Cuando salimos, ella nos despidió desde el portón.
—Lleven los mangos nomás —dijo—. Y cuando los
coman, acuérdense de mí.
Después de aquel día, cada vez que nos veía pasar, doña
Isabelita nos saludaba con su infaltable pantalla de colores.
Nunca volvió a hablar del mariscal, ni de la guerra. Pero su
heladera, con las fotos pegadas con imanes, seguía siendo
su manera de decir que lo que se ama, aunque se pierda, no
desaparece del todo.
Fuente: La Autora 2026