FIDES GAUTO

Foto de FIDES GAUTO
Nacimiento:
15 de Junio de 1974

INVENTARIO LUNAR - Autora: FIDES GAUTO

INVENTARIO LUNAR - Autora: FIDES GAUTO

INVENTARIO LUNAR

Autora:

FIDES GAUTO



*Inventario lunar* es el segundo poemario de Fides Gauto, una obra que reúne poesía y prosa en un recorrido íntimo por las fases de la memoria, el amor, la pérdida, la duda, la esperanza y la búsqueda de una voz propia. El libro se organiza en dos grandes momentos: “Luna Nueva”, integrado por poemas, y “La otra cara del inventario”, compuesto por relatos.
Desde el prólogo de Susy Delgado, la obra es presentada como un “luminoso inventario poético”, donde la autora despliega una mirada sensible sobre sus inquietudes, sus recuerdos, sus vínculos y sus preguntas más profundas . En los poemas, la luna funciona como símbolo de cambio, misterio, revelación y permanencia. La autora construye un universo atravesado por imágenes de vuelo, espejos, libros, ciudades, estaciones, silencios y palabras que duelen o salvan. Madrid, Montevideo, Barcelona y Asunción aparecen como territorios afectivos, espacios donde la experiencia personal se convierte en materia poética. La escritura de Gauto combina delicadeza e intensidad: habla del deseo, de la nostalgia, de la fragilidad, de los pensamientos oscuros, pero también de la decisión de no abandonarse, de resistir y de seguir creyendo en la palabra como brújula. La segunda parte del libro amplía el inventario hacia la narración, con relatos que recuperan escenas familiares, recuerdos de infancia, figuras entrañables, homenajes y episodios marcados por la memoria afectiva. Textos como “El dueño del libro”, “Los mangos de Doña Isabelita” y “El idealista” dialogan con la historia personal y colectiva, con los libros, la educación, la Guerra del Chaco, la figura paterna y los pequeños acontecimientos que revelan grandes verdades humanas. Así, *Inventario lunar* se presenta como una obra madura, emotiva y luminosa, donde Fides Gauto afirma una voz literaria que mira hacia adentro, pero también hacia el mundo, con sensibilidad, inteligencia y hondura. CUENTO Los mangos de Doña Isabelita Aquella esquina siempre nos daba un poco de miedo. Siete cuadras separaban nuestra casa de la escuela parroquial de Benjamín Aceval, y en medio de ese camino, justo donde la calle se curvaba en una esquina, estaba la casa de Doña Isabelita: una casa casi invisible, rodeada por una muralla viva de plantas espinosas. Eran como suculentas gigantes, verdes y filosas, tan densas que apenas dejaban ver el interior del patio. Pero todos sabíamos que allí dentro había mangos, mangos grandes y dulces, a nuestro parecer, los mejores del barrio. Nosotros éramos cuatro hermanitos, en realidad somo siete, pero mi hermana iba a la escuela por la tarde, y los dos menores aún eran bebés, así que éramos cuatro los que íbamos a la escuela por la mañana. Pasábamos cada día por esa esquina tratando de disimular el deseo, mirando de reojo entre las hojas, calibrando en silencio las posibilidades de entrar. Nadie conocía bien a Doña Isabelita. Decían que era de mal genio, que no le gustaba la gente, que no dejaba entrar a nadie. Algunos chicos contaban que había espantado a pedradas a un grupo de curiosos que quisieron robarle gallinas. A mí, la verdad, me parecía más triste que mala. Su casa tenía un aire de abandono digno, de esas cosas que se resisten a desaparecer. Aquel mediodía de noviembre de 1984, salimos más temprano de la escuela porque era época de exámenes, el calor caía a plomo y los mangos brillaban ya maduros sobre las ramas. Nos detuvimos en la vereda, bajo la sombra flaca de un lapacho joven. —¿Y si pedimos permiso? —dije yo, que era la mayor, la de cuarto grado, la que “sabía hablar con los grandes”. Mis hermanos me miraron como si estuviera loca. Pero la tentación fue más fuerte que el miedo. Nos acercamos. Espiamos por una rendija en la cerca viva. Y entonces, sin aviso, el portón de madera se abrió con un chirrido seco. Allí estaba ella: Doña Isabelita, de pie, pequeña, con un vestido gris y un pañuelo en la cabeza. Con el ceño fruncido y los ojos semicerrados no miraron uno a uno, yo estiré las mangas de mi guardapolvo para que no se viera tan arrugado. —¿Y ustedes qué quieren? —preguntó, con una voz grave, más cansada que enojada. Nadie respondió. El más chico casi se puso a llorar. Yo tragué saliva y, temblando, le expliqué que queríamos pedir permiso para juntar algunos mangos, si a ella no le molestaba. Doña Isabelita nos miró un rato largo, tan largo que pensé que nos iba a echar. Pero de pronto, sus labios se curvaron en una sonrisa inesperada. —Claro que sí—dijo—. Los mangos son de todos los que sepan agradecerlos. El alivio fue tan grande que casi gritamos. Entramos despacito, con respeto, y el olor denso y dulce de los mangos maduros nos envolvió de inmediato. Mientras mis hermanos corrían al fondo a juntar los mejores frutos, ella me tomó del brazo. —Vení mi hija —me dijo—. Quiero mostrarte algo. La seguí hasta la casa. Adentro hacía fresco y había penumbra. Muebles antiguos, un retrato de San Roque, un crucifijo de madera, un olor a vainilla, como el de los libros antiguos, un ventilador mudo. Pero lo que más me llamó la atención fue la heladera, blanquecina y redondeada, con imanes negros circulares, los que se suelen quitar de las radios viejas, sosteniendo varias fotos antiguas: mujeres con cofia blanca, hombres con uniforme militar, un grupo de soldados sonriendo en medio del polvo. Doña Isabelita se acercó despacio y señaló una de las fotos. —Yo fui enfermera durante la guerra del Chaco —dijo con una mezcla de orgullo y melancolía—. Allá por el treinta y tres… Cuando el agua era un milagro y los hombres morían de sed. Yo la miré con asombro. Me pareció imposible que esa viejita tan frágil hubiera estado en una guerra. Ella sonrió, y sus ojos se iluminaron con un brillo que no era del presente. —Y yo fui la novia del mariscal Estigarribia —agregó casi en un susurro y un tono cómplice. Me quedé muda. Pensé que estaba bromeando, pero ella señaló una foto más: varios oficiales posando con dos enfermeras. —Mirá bien —me dijo—. Ese soy yo, esa… y ese, el mariscal. No supe qué decir. La foto era vieja, borrosa, pero había algo en su voz, una ternura contenida, que hacía imposible no creerle. —Nunca me casé —dijo al rato, como hablando sola—. La guerra se llevó muchas cosas. Hasta los besos que no se dieron. Afuera, mis hermanos reían juntando mangos. Adentro, el tiempo se había detenido. Cuando salimos, ella nos despidió desde el portón. —Lleven los mangos nomás —dijo—. Y cuando los coman, acuérdense de mí. Después de aquel día, cada vez que nos veía pasar, Doña Isabelita nos saludaba con su infaltable pantalla de colores. Nunca volvió a hablar del mariscal, ni de la guerra. Pero su heladera, con las fotos pegadas con imanes, seguía siendo su manera de decir que lo que se ama, aunque se pierda, no desaparece del todo.

 



 

Fuente: La Autora 2026

 

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