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RENÉE FERRER


  LA COLECCIÓN DE RELOJES, 2001 - Teatro de RENÉE FERRER


LA COLECCIÓN DE RELOJES, 2001 - Teatro de RENÉE FERRER

LA COLECCIÓN DE RELOJES

RENÉE FERRER

 

Edición digital: 

Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

http://bib.cervantesvirtual.com

 N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), Arandurã, 2001.

 

 

PERSONAJES

ISABEL.

OMAR,   el marido.

ENCARNACIÓN,   la empleada.

UN DESCONOCIDO.

Dos enfermeras.

 

 

En el fondo del escenario varios paneles blancos a distintas distancias unos de otros. Adelante, en el centro, el dormitorio de ISABEL, con una banqueta frente a un toilettecon espejos, un equipo de sonido, libros, la cabecera de una cama de bronce, una hilera de vestidos colgados en un ropero abierto. Este espacio simboliza la realidad.

 A ambos costados del dormitorio, más adelante, dos paneles blancos de tela fina, donde se proyectará alternativamente, según las escenas, una pintura «Sin título» de Margarita Morselli, de la Serie de la Cábala, que se ampliará o reducirá a medida que aumente o disminuya la tensión y el sonido del tic-tac de los relojes.

Sobre el panel del lado izquierdo, que simboliza el mundo exterior, se proyectarán sucesivamente, según las escenas, la baranda de un puerto, una cruz, una pila de agua bendita, el campanario de una iglesia con un reloj parado, el marco de una puerta con la luz roja característica de los burdeles.

Sobre el panel de la derecha, que simboliza el enclaustramiento de ISABEL, se proyectarán de acuerdo a las escenas, un taburete, un piano, un reloj de pie, los demás relojes de la colección según vayan sonando, la puerta de entrada de la casa de ISABEL.

 

 

  ESCENA I  

 

ISABEL frente al espejo, sentada en la banqueta, en bata, se cepilla el pelo largo y pelirrojo, se lima las uñas, elige un pañuelo. Se la ve muy pulcra, muy convencional, una dama.

 

ISABEL.-  ¿Por qué será que nos parece que el tiempo vuela si es una rueda que gira sobre sí misma repitiendo un mismo círculo? Empezamos un día sin consulta previa, con el grito inicial rompiendo el aire, y de pronto resulta que te bebiste media vida, o la vida hizo un brindis contigo hasta ver el fondo.

Cómo me visto hoy, de gris, de lila, de marrón.  (Examina el guardarropa.)  Um, o me pongo un composé. Este conjunto lo usaba cuando iba a enseñar a la Universidad.  (Recordando.)  Éste no, porque..., bueno, eso ya no importa. A ver, aquí está.  (Elige un vestido lila.)  Sensual, pero con estilo. Todo debe combinar, hasta el bolígrafo y el armazón de los lentes.  (ISABEL sigue buscando qué ponerse en su guardarropa.) 

Pensar que el tiempo da vueltas me consuela, aunque corra el riesgo de duplicarme indefinidamente.

El eterno retorno tiene sus bemoles y sus ventajas; porque si te puede atravesar la misma espina, también es factible que la felicidad germine una y otra vez en tu piel.

La primavera de la vida es la mejor etapa, pero la más peligrosa, dictaminaba mi abuela cuando me miraba salir, como si yo llevara la promesa de no volver en la cara, o de volver con algún cambio en las partes ocultas.

El dedo de la experiencia me seguía hasta la puerta hincándome la sentencia en los oídos. «No sólo hay que ser sino parecer». Parecer, ahí está la punta del ovillo que nos enreda en una maraña de falsedades.  (ISABEL se pone un vestido de yersey muy ajustado, las medias del mismo color y un pañuelo al tono. Se pinta los labios, se peina.) 

A pesar del peligro de la reincidencia, prefiero el tiempo que retorna a la misma encrucijada. Por lo menos podés corregir tu propia biografía. Confiar que no hay nada irreversible nos asegura un por si acaso feliz. El tiempo en línea recta, por el contrario, me perturba con su prolongación indefinida huyendo como un tren que se detiene sólo para bajar los muertos. El ridículo, el crimen, las pasiones serían un asunto concluido sin posibilidad de redención.

Prefiero la esperanza de tachar mis equivocaciones y abolir los desencuentros.

Cómo duelen las personas que se buscan sin dar nunca la una con la otra. Si fijan un lugar para encontrarse, seguro que la esquina se desploma; si acuerdan una cita se cierran los reservados; el teléfono queda mudo, o la hora convenida es absorbida por un agujero negro, hasta que la espera se hace insoportable. Cada cual toma líneas divergentes, sin que se rocen nunca sus destinos.

Lo que importa ahora es salir de esta casa, donde las persianas clausuran la luz y los relojes no dejan de sonar nunca.  (ISABEL se mira en el espejo con aprobación.) 

Siempre me gustó respetar la armonía de los colores; la falda haciendo juego con las medias, los zapatos, la cartera y el cinto, el lápiz labial y el esmalte de las uñas.  (Se pinta, une los labios. Se vuelve a cepillar y mirar al espejo.)  Pero, eso sí, dentro de la gama de matices que combinan con mi pelo.

A los hombres les encantan las pelirrojas; les damos miedo, porque tanta voluptuosidad en la melena les trae presagios de malos pensamientos.

¿Nuestros o de ellos?

El tema es que me gusta sentirme linda.

Te olvidaste de aquel pelo fogoso que se amotinaba con el viento. Apenas te casaste lo remataste en un rodete, como si atártelo en la nuca fuera un seguro contra incendios.

¿No será que tenés miedo de tus propios pensamientos, Isabel?

De todas formas, atados o no, éstos son mis últimos pelos largos.  (ISABEL mira el reloj pulsera y se apresura.) 

¡Por Dios, qué tarde es! Aunque nunca se hace tarde para ir a ninguna parte.

Sin destino conocido no existe hora de llegada.

Es imperioso que me encuentre en la calle. Ni me atrevo a pensar lo que puede pasar, si me quedo.

Sabés muy bien lo que sucede, Isabel.

¿Comprendo realmente lo que me pasa? Basta de demoras, tengo que volar lo antes posible; y si nadie se entera, mejor.

Recordás, Isabel, cuando necesitabas tener algún testigo para que diera fe de tu buena conducta.

Esa obsesión perdura, me parece. Preferías que se detuviera el tiempo para evitar cualquier riesgo, o dar media vuelta antes de cruzar el puente. Hasta la muerte parecía un escape más seguro frente a las situaciones peligrosas.

¿No son las situaciones límite la única ocasión en que se hace contacto con el verdadero ser?

Acabemos, Isabel. La intimidad de una persona no necesita testigos.

Ciertamente, al fin y al cabo, mi testigo soy yo.

 

(Se escucha el tic-tac de los relojes subiendo de tono.)

 

Estoy sola en las habitaciones enormes de esta casa.

Peor, conmigo misma, y con el tiempo que se demora en la rutina.

Es terrible sentir cómo te camina encima dejándote sus huellas, sin que caigas en la cuenta de que el mundo ni comienza ni termina contigo.

La existencia es una suma de momentos que se escurren. De pronto te das cuenta de que los días ruedan cuesta abajo porque han llegado a una hipotética cima, y sólo resta emprender el descenso.

El descenso ¿hacia dónde?, Isabel. Hacia el descanso perpetuo; hacia la soledad, que se honda en la carne convaleciente y sin deseo.

No quiero escuchar más. Rápido. Falta muy poco para que den las doce.  (ISABEL siente un temblor.) 

Siempre me atrajo ir hasta la médula de las cosas, aunque después me paralice la posibilidad de reconocerlo.

Por eso me perturba lo que me pasa.

Es como si me llenara de sombras cada vez más densas; como si una presencia ambigua hubiese entrado en mi dormitorio, en los pasillos, acomodándose a la ausencia que me acompaña siempre.

Algo deambula en la penumbra, y me da miedo.

¿Quién habita del otro lado de la ausencia?

La realidad, Isabel.

La realidad transcurre paralela a mí, pero ajena a mi respiración, como si yo no formara parte de ella, ni ella tuviera que ver conmigo.

Sos una espectadora de losa que mira la vida desde atrás de un enrejado de ramas secas. ¿Quién conoce los ojos de la ausencia?

¿Y el primer surco en la frente?

¿Y la sonrisa que tapa la desdicha?

¿Y la alegría fugaz que no se intenta retener, y dejamos que se doblegue como un pabilo en la corriente, porque alguien le dará un soplo de todas formas en cualquier momento?

Y no te animás a defenderla con uñas y dientes.

¿Conozco verdaderamente lo que acontece más allá de las cortinas de mi casa?

El egoísmo es un bastión feroz, Isabel. Los demás mueren tranquilamente en la esquina limpiando el parabrisa de los autos, o del otro lado del mundo mientras te tomás un aperitivo frente al televisor.

¿Por qué será que no tengo recuerdos, salvo mi propio presente? Como si el viento hubiera dejado de cantar en mis sienes.

La verdad es que los demás te tienen sin cuidado.  (ISABEL mira la hora, se pone nerviosa.) 

No divagues más, Isabel. Lo importante es salir. Respirar el aire límpido de la mañana, ensimismada en las ranuras de las baldosas, evitando pisarlas como cuando jugabas al descanso; levantar el rostro para mirar a cualquiera sin disimulo, abiertamente.

Incluso besar un sapo por si se tratara de un príncipe encantado. Y si no lo fuera aceptar el chasco repugnante.

Bueno, basta de cuentos de hadas. Me voy.

 

 ESCENA II

 

Se escuchan las campanadas de un reloj dando las medias. ISABEL se levanta y sale de la casa. Camina. Llega al puerto, se inclina sobre una baranda a mirar el río.

 

ISABEL.-  ¡Qué lindo está el río!; los camalotes bajan como si supieran a dónde van. Hace meses que inicié este hábito de pasear sin rumbo. Suelo venir a contemplar las aguas; los barcos, con los banderines multicolores guiñándome un adiós desde lejos; las canoas dormidas sobre la corriente. Y esa gente que se afana prendida a una caña de pescar, con una mezcla de resignación y subsistencia.

Descanso y placer, te recomendó el médico.

Pero esos hombres no parecen dedicados ni al descanso ni al placer.  (ISABEL observa de lejos el barrio de la Chacarita.) 

Cómo vive esta gente, mi Dios; amontonada en casuchas de cartón; los niños resguardando la infancia a pelotazos. La ropa flamea allá abajo, mostrando una miseria desteñida.

Pero tu vida transcurre ajena a esa realidad que no te toca.  (De pronto ISABEL se marea, se inclina peligrosamente; está por caerse al agua.) 

DESCONOCIDO.-  Cuidado, señora, ¿qué le pasa? Se va a caer.

ISABEL.-  Me suceden cosas raras desde que me aficioné a andar sin hacer nada.

DESCONOCIDO.-  Señora, ¿se siente bien? Por poco se cae al agua.

ISABEL.-  No sé qué me pasó. Un vahído quizás. No es nada. Gracias. No se preocupe.

DESCONOCIDO.-  Los muelles pueden ser peligrosos para las mujeres hermosas.

ISABEL.-  Los muelles siguen siendo para mí el lugar donde se borra el tiempo, y comienza la ausencia. Las horas se independizan de la ternura cotidiana, se desatan, poniéndose a caminar por su cuenta.

DESCONOCIDO.-  Me permite acompañarla. Podemos sentarnos en algún lugar hasta que se reponga. Así me cuenta cómo es que anda sola encandilando al sol con su hermosura.  (ISABEL sigue pegada peligrosamente al borde del agua.) 

ISABEL.-  Sabe, mis recuerdos se diluyen en un tiempo que me resisto a recobrar. Un barco se bambolea en la tormenta, me tira contra las paredes del camarote. Soy una hoja que sacude el ventarrón, y llora.

DESCONOCIDO.-  Déjeme consolarla.

ISABEL.-  Pierdo pie, me voy cayendo al vacío, o hacia el sueño, ese otro tiempo donde la conciencia se toma un recreo y cede el paso a los fantasmas.

DESCONOCIDO.-  Apóyese en mí; no tenga miedo.

ISABEL.-  ¿Por qué me asedian los fantasmas ahora que no duermo?

DESCONOCIDO.-  Vámonos de aquí. El río es peligroso sobre todo cuando a la mente la enturbian los recuerdos. ¿Quiere que la lleve a alguna parte?

ISABEL.-  No, no, gracias.

DESCONOCIDO.-  Me preocupa verla así.

ISABEL.-  ¿Le parece? ¿Luzco tan mal? ¿Piensa que voy a suicidarme? Por favor, imagínese lo que sería suicidarme un domingo. Demasiado trabajo para los deudos.

DESCONOCIDO.-  No quise decir eso. Déjeme acompañarla hasta su casa.

ISABEL.-  No sé quién es usted. Por qué se empecina en hacerme volver. Yo no quiero volver.

DESCONOCIDO.-  Tengo el auto aquí cerca, venga, yo la llevo. Una mujer no debería andar sola a la siesta por la calle. Es una tentación para cualquiera.

ISABEL.-  Mejor me voy.  (Para sí misma.)  Este hombre se está poniendo peligrosamente insistente... O interesante, Isabel.

DESCONOCIDO.-  No, no, espere. No se vaya sin decirme su nombre, su número de teléfono. ¿Dónde vive? No se vaya así. Espere por favor.

ISABEL.-   (Para sí misma.)  ¿Y si no encuentro mi dirección en la memoria, y resulta que realmente no puedo volver?

Los recuerdos huyen de mí como pájaros ciegos. Y sé que yo también estoy huyendo. ¿Pero de qué?

De vos misma, Isabel. De la indiferencia que te retiene entre sus redes; de las horas que entretejen el itinerario de tu vida... Y de este hombre que te empieza a gustar.

DESCONOCIDO.-  ¿Por qué se escapa? Sé que está sola, yo no estoy ciego. Sus ojos ausentes la delatan.

ISABEL.-   (Para sí misma.)  Se me pierden los meses, los sitios, los veranos. El tic-tac de los relojes me asedia, como los tacones altos que vigilaban mi infancia, y las botas que ensayaban los desfiles, o las culpas que me dejaron fuera de la celebración. O los desconocidos que se ofrecen como tabla de salvación un día cualquiera, y le dan miedo.

 

(El tic-tac de los relojes va en aumento. ISABEL controla su reloj pulsera.)

 

Los minutos me cercan como ojos fijos, acusándome de algo que no recuerdo. O quizás se prolongan para que me quede un rato más con este hombre. Es tan lindo sentir que alguien se preocupa por mí.

 

(Se escucha el obstinado tic-tac de los relojes. ISABEL se escapa precipitadamente, vagabundea. El DESCONOCIDO la sigue.)

 

DESCONOCIDO.-  ¿Por qué se niega cuando todo su cuerpo estalla bajo la ropa?

ISABEL.-  Pero usted qué se cree.  (Para sí misma.)  Ayúdame, Señor, no me provoques. Libérame de esta alucinación insoportable. No soy yo... O no te reconocés hablando con un desconocido. Dónde se ha visto.

Seguro que Omar va a pensar que tenés un cortocircuito.

Entonces es mejor que vuelva a casa antes que se me apague la luz.

 

(El tic-tac se vuelve aterrador. ISABEL se agarra la cabeza.)

 

Tic-tac, tic-tac, ca-llar, ca-llar. ¿Por qué me resuena esa palabra como si fuera una mordaza en los oídos?

Porque no te animás a ser vos misma, Isabel.

No es tan difícil callar después de todo. Al fin de cuentas esta persecución sólo sucede cuando el sol cae a plomo sobre la tierra.

Recordándote que fuiste condicionada para cerrar la boca, ser monógama y no meterte en política, porque es peligroso.

DESCONOCIDO.-  Señora, espere. (ISABEL se aleja.) 

ISABEL.-  A veces me pregunto qué sería de mi vida si me hubiera atrevido a contarle todo a Omar. O si él se hubiese olvidado de darle cuerda a los relojes.

No entiendo cómo empezó este enredo, o acaso sí.

 

(El tic-tac va aumentando de tono. El DESCONOCIDO desaparece. ISABEL camina.)

 

Muchas veces quise decirle a Omar lo que me atemoriza pero...

No se puede adulterar la realidad, Isabel. Aunque la cubras con un manto de silencio, permanece como una oruga que engorda a costa de tu cerebro. Lo que sucede siempre está en el presente, como un alfiler atravesándote la lengua.

 

(El tic-tac sigue sonando.)

 

Esta obsesión comenzó gradualmente. Fue algo extraño, inquietante, progresivo. La sentí madurar como un grano que se llena de ponzoña. Me sucede cuando se achicharran las flores en el patio y el perro ladra, como si quisiera salirse de su propio cuerpo. Como yo, que también quiero salirme de mi piel, desentendiéndome de la repetición del tiempo.

¿Pero qué estoy haciendo en la calle?

 

(Se escuchan tres campanadas.)

 

No, no, no. No quiero escuchar más.

Vos no vas. No, se-ñor. Li-bre sos.

Libre sos, eso es lo que tenés que entender, Isabel. 

 

 

ESCENA III

 

Suena otra campanada. ISABEL cambia de actitud. En el panel de la derecha se proyecta una cruz y la pila de agua bendita. Se vuelve discreta y recogida. Entra en una iglesia, mete la mano en la pila de agua bendita, se persigna. Se escucha un fragmento de música gregoriana.

 

ISABEL.-  ¡Qué paz! Recordás, Isabel, cómo te gustaba soñar que ibas a encontrarte con la Virgen a la vuelta de la esquina, como los pastorcitos de Fátima.

Qué ocurrencia, pedir una aparición como regalo de cumpleaños.

¿Y por qué no?, ¿acaso no le sucedió a otras personas?

Nunca me resigné a la escasez de apariciones. Me gustaba contemplar las palomas recostada contra los balaustres de la capilla, olvidando aquel domingo en que el sacerdote se indignó: «La fe no se puede perder». ¡Qué ridículo! Cómo que no, si yo la había perdido. ¿Si no se puede por dónde andaba la mía? Que no se puede, hija. Me dieron ganas de buscarla debajo de su sotana, pero tuve miedo de encontrarla, y preferí quedarme en el molde. Desde entonces tuve que arreglar mis desatinos con el único sostén de la intuición. Más tarde aprendí que la realidad no se discute.

Se discute, Isabel, pero no se niega.

 

(Se escucha el tic-tac, tic-tac de los relojes.)

 

ISABEL.-  Qué puede importarte ahora lo que dijo aquel cura que habrá experimentado también los zarpazos de la duda entre confesión y confesión. Lo único que cuenta es que a las doce me da por acordarme de lo lindo que hubiera sido ser la elegida del Señor.

¿No te parece que te faltaba currículum para semejante distinción, Isabel?

Eso no te incumbe. Lo que sí me incumbe es que tengo que volver a casa antes que empiece a llover. No quiero mojarme, y mucho menos que Encarnación haga deducciones pecaminosas. Qué mujer inaguantable. Siempre hurgando con el filo de sus ojos.

El pensamiento es libre, y nadie tiene derecho a husmearle el rastro. Las fantasías no delinquen, de modo que cocinera a tu puchero.

Jamás me quiso.

Y cómo te va a querer, Isabel, si tenés todo lo que ella quiere y nunca va a tener. Su consuelo es sacar conclusiones maliciosas.  (ISABEL se levanta. Deja una limosna en la alcancía, camina hablando consigo misma.) 

Me gustaría contarle a Omar lo que me atormenta. Pero, ¿cómo?, después de las cosas que hice. ¿Dónde encontrar una cuña de tiempo que nos permita sentarnos a hablar tranquilamente?

Con él enfrente, por supuesto. Porque monologar con los espejos es inútil. Nunca te contestan, a no ser para denunciar alguna arruga.

Es contigo que necesito hacer contacto, Omar. Comunicarme, entendés. ¿Pero, en qué forma?

¿Por telepatía? ¿Dialogando en sueños?

No sé cómo salvar esta barrera de medias palabras. Siempre está afuera, irremediablemente apurado, cuando no lo destruye una incansable fatiga. La indiferencia lo convirtió en un desconocido crónico, sumido en las exigencias del poder. Los viajes, el sistema, las reuniones. Lo estiran a todas partes manteniéndolo lejos. No puede zafarse del orden establecido, de la rabiosa ambición que lo devora. O simplemente no quiere. Me deja sola. Sola con el tiempo y los relojes.  (En tono de parodia.) 

No entendés, Isabel, que así tiene que ser si quiere seguir agregándole ceros a su cuenta bancaria.

Implacable consigo mismo, lo es también con los demás.

La casa limpia. El perro atado. Las persianas herméticas.

Salvo cuando se mete a darle cuerda a los relojes, dejándome afuera. Nuestras orillas se fueron distanciando. Yo me refugié en la música; en mi galaxia privada; en un presente perpetuo sin mayores inquisiciones.

¿Cómo llamarle al tiempo que una se fabrica, Isabel? ¿Al minuto de la alucinación y del deseo?

No me interesan los nombres ni las definiciones.

Lo único que quiero ahora es que me dejen tranquila. Es hora de volver.  (ISABEL frente a la puerta de entrada de su casa. Busca la llave en la cartera, no la encuentra, se pone nerviosa.) 

¿Dónde están mis llaves?

De la cartera de una mujer se puede sacar una agenda, un celular, cigarrillos, elefantes, pastillas, tres palomas, y después, con suerte, encontrar las llaves.

Ah, aquí están. Se me pierden las llaves entre tantas cosas. ¿Será porque no quiero entrar?

¿O porque te causa pavor abrir las puertas de tus propios deseos?

Antes de que se enloquecieran los relojes era distinto; yo estaba sola; pero sin ningún signo de interrogación a la vista.

Preparando cenas para cuarenta invitados, sin mancharme el vestido, por supuesto; sentada al piano después del café, mientras Omar se jactaba de mis dotes musicales.

Es curioso. Según se comporta su mujer, así le va al hombre.

 

(Se escucha el tic-tac de los relojes.)

 

A mí también me gustaba estar impecable, no lo voy a negar.

Antes era distinto. La grieta entre esta vida convencional y la que transcurre en tu interior no se había abierto todavía, y lograbas conciliarlas a fuerza de cerrar los ojos.

Mantener la horizontal era una cuestión de estrategia. Simular un sentimiento o fingir no sentir nada, aunque por debajo se escondiera un volcán.

Ahora, todo se ve oblicuo. Y mi hijo ya no viene... y Omar está permanentemente en otra parte.

 

(Los relojes suenan más fuerte.)

 

La persistencia de la memoria se derrama igual que un jarabe espeso. Hay basura ensuciando la memoria; flores mustias en el sexo de una muerta. La memoria se deforma con el paso del tiempo.

 

(Se intensifica el tic-tac de los relojes.)

 

¿Qué otro desatino estás diciendo, Isabel? Entrá de una vez.

Es la primera vez que me cuestiono. Me fragmentan las horas. Se me pierden los recuerdos.

Ha llegado el momento de recorrer tus zonas oscuras, Isabel.

¿Te parece?

Basta de vacilaciones, Isabel. Para vivir no existe excusa.

 

(Tic-tac, tic-tac, tic-tac.)

 

El presente se impone desalojando los recuerdos.

Lo único que sobrevive es la persecución de los relojes. Sus latidos se me pegan como hormigas a la cara; ensañándose con mis recuerdos. Tic-tac, tic-tac.

 

(El tic-tac de los relojes sube de tono.)

 

¿Para qué sirven los recuerdos?

Tal vez para no sucumbir bajo las máscaras.

Quiero volver a mi memoria inicial, al territorio de una felicidad sin trabas, donde pueda identificarme.

¿Existe la felicidad o decretamos que existe?

La felicidad es irreal, Isabel, sobre todo si la hacen y deshacen los relojes.

 

 

ESCENA IV

 

ISABEL se presiona las sienes tratando de lograr algún alivio, trastrabilla. Entra a su casa sigilosamente, con gesto mesurado llega al dormitorio. Su voz es delicada, fingida, aunque a veces se vuelve sarcástica.

 

ISABEL.-  Nadie en casa. (ISABEL lo afirma atisbando algún ruido. La atmósfera de soledad tiene que ser patente. Se sienta en la banqueta, se desviste lentamente.) 

¿No llamó el señor? Encarnación, te pregunto si llamó el señor. Esta mujer se esconde cuando la necesito, y me espía cuando quiero estar sola. Nunca se sabe el instante en que aparecerá, ni por dónde. Bicha.  (Cambia de tono.)  Encarnación, ¿no llegó carta de Diego? No contesta.  (Rememora, mientras se saca las medias.) 

Diego... Cuando nació vivíamos en aquel departamento del centro, cálido y pequeño, donde aprendió a caminar.

Ah, el cuerpo tibio de mi hijo con su palpitación deliciosa me limpia el pensamiento. Estaba tan orgullosa de mi trocito de vida.

Y por supuesto me empeñé en ser una madre perfecta.

Todo debía estar a punto, como te gusta que se hagan las cosas, sin errores, ni omisiones, sin disculpas, ni retrasos.

Ahora, una trinchera de olvido me protege. Hay algo siniestro en esta casa, algo que se extiende por debajo de las alfombras, anegando los recovecos más oscuros; empaña los espejos, distorsiona el tiempo que transcurre idéntico a sí mismo, como una gran rueda que gira sin matices, tic-tac, tic-tac, sin matices, sin matices.

 

(Se escucha el tic-tac, tic-tac, tic-tac. ISABEL mira hacia ambos lados, se pone una bata, se vuelve a sentar en la butaca. Pone un disco en el equipo de sonido. Se escucha el primer movimiento de la Sinfonía N.º 101 «El Reloj» de Haydn.)

 

Todo empezó poco después de mudarnos a esta casa, cuando Omar trajo el primer reloj. ¿Empezó realmente entonces? ¿O ya éramos dos extraños? Fue lindo verlo entrar con el paquete. Era un reloj cucú con los cuernos de caza entrelazados en la parte superior y unas perdices colgando a los costados. Un auténtico reloj cucú, de esos que únicamente quedan algunos para enriquecer colecciones muy valiosas.

Increíble que haya pertenecido al cuidador de una torre que servía de prisión para los enemigos del estado, en un siglo que no recuerdo.

¿No te parece excitante tener aquí un testigo de tales hechos perversos, Isabel?

Me encantó aquel reloj, aunque no sabía dónde ponerlo. Finalmente Omar resolvió que el salón era indiscutiblemente el mejor sitio, aunque el cucú era un relojito menudo, más apropiado para un ambiente íntimo.

Acepté sin discutir, porque era más fácil. Además la pieza era extraordinaria y, aunque la sala resultaba inmensa, quedó bien cerca del piano. Omar no permitió que nadie lo tocara, ni siquiera yo. Un mecanismo tan delicado debe ser manipulado por una sola persona, dijo, y tuve que esperar varios meses a que lo pusiera en marcha. Un buen día, Omar lo despertó, y desde entonces le mantiene la vida. Así comenzó el asedio.

 

(Se escuchan las medias que marcan un cambio de tiempo y el ruido de la puerta de calle. Entra OMAR. ISABEL se sobresalta.)

 

Omar, ¿sos vos?

OMAR.-  Hola, Isabel. Aquí me tenés otra vez. ¿Qué tal? Bien, supongo.

ISABEL.-  En esta casa las cosas siempre andan bien.

OMAR.-  Aunque fue difícil... finalmente lo conseguí. No te imaginás lo complicado que resultó obtener la firma de los acuerdos como yo quería. Pero como bien sabés  (Con cierto humor.)  nadie se resiste a mi lógica implacable.

Mirá lo que traigo. No me vas a creer cómo descubrí esta maravilla. Estaba parado en una esquina sin saber para dónde tirar cuando de pronto las agujas se me clavaron en el medio de los ojos desde la vidriera. Fijate, Isabel, y decime si te hubieras resistido a semejante pinchazo. (ISABEL lo interrumpe.) 

ISABEL.-  Debe ser muy antiguo; una máquina inglesa de precisión victoriana. Pero no entiendo para qué necesitamos más relojes. Con el cucú en la sala y otro a pila en la cocina, más tu despertador que rompe los tímpanos cada mañana, tenemos de sobra. Pero en fin, las cosas hermosas no necesitan servir para algo; ejercen un placer tan intenso que eso simplemente justifica su existencia.  (ISABEL contempla el reloj con actitud extraña.) 

Sin embargo, algo me molesta. Tal vez el desacuerdo que hay entre ambos. No sé, me incomoda. Bueno, contame cómo estás.

OMAR.-  No tengo tiempo, Isabel. Debo salir enseguida. Me están esperando para almorzar. Ya sabés como es esta cuestión de las visitas oficiales. Si estás presente te comen con disimulo.

ISABEL.-  Y si no estás te devoran de verdad.

OMAR.-  Supongo que no querrás que hagan antropofagia con tu marido.

ISABEL.-  Me revienta que te tengan clavado a los horarios según sus conveniencias, y la tuya también; porque cuando no se quiere estar con la esposa cualquier artimaña es convincente, aunque nadie la crea.

OMAR.-  Los que están arriba siempre ganan, Isabel.

ISABEL.-  Los que están arriba manosean tu tiempo y te adormecen la conciencia.

OMAR.-  ¿No es acaso adormecer conciencias un asunto de estado?

ISABEL.-  ¿Vas a tomar conciencia de vos mismo alguna vez?

OMAR.-  ¿Y vos, descubrirás la tuya? Pero claro, para eso hay que decir basta a los compromisos de fachada, las recepciones oficiales, los encuentros fugaces, encantada de verlo, con los pies doloridos por el plantón.

ISABEL.-  Con la sonrisa bien educada en la superficie, mientras mi marido calcula la conveniencia de tener una mujer con estilo, y se escuda en el trabajo para darme la espalda después de cenar.

Alguna vez podrías perder el tiempo conmigo, y comernos mutuamente también nosotros. Hace tanto que no estamos juntos. Que no nos hablamos.

OMAR.-  Ahora no, Isabel. Ya habrá un momento propicio para las confidencias, y lo demás.  (Para sí mismo.)  Estas mujeres siempre tratando de probar si uno las desea o viene de otra parte. Son capaces de recurrir a cualquier truco con tal de conseguir una certificación y asegurarse de no perder sus privilegios de mujer casada. (OMAR se levanta y sale.) 

 

 

 

 

 

ESCENA V

 

 

Cambio de tiempo. Se escucha el tic-tac de los relojes. ISABEL entra en la sala y se pone a tocar el tema del segundo movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn. De pronto suenan las campanadas del cucú. Se sobresalta.

 

 

ISABEL.-  ¿Quién está aquí? Juraría que alguien me observa. Encarnación, ¿estás ahí? Ya te dije que no me gusta que entres mientras toco el piano. Siempre la tengo encima simulando diligencia, con las orejas como pantallas receptoras.

Qué será lo que quiere, como no sea controlarme por orden de mi marido. O por propia iniciativa.

Es increíble lo solícito que se pone el servicio doméstico cuando les pica la curiosidad, o algún pago extra, que no se descarta.  (En tono de parodia.)  ¿Le traigo un cafecito, señora? ¿Desea un vaso de agua, la patrona? Entre tanto los ojos implacables registran tus movimientos, tus suspiros, cualquier frase dicha a media voz.

 

(ISABEL se da vuelta pero no hay nadie. Suena el reloj inglés. La actitud de ISABEL se vuelve ausente.)

 

Pero ¿qué me pasa? Siento una presencia indefinida, me estoy cayendo hacia el fondo de un pozo sin poder atajarme.

 

(ISABEL sigue tocando el segundo movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn. Suena otra campanada. Se sobresalta.)

 

Basta, Isabel, no puede ser que te pongas así cada vez que suena un reloj.

Justamente ahora que podés disfrutar de tu posición, se te antojan estas cosas. Es como hacerse la película y arruinarle el final.

Hace demasiado tiempo que me acostumbré a las cortinas corridas, que aumentan la sensación de aire viciado. Porque Omar insiste en que la casa esté oscura para conservar el fresco, y sentir la diferencia de temperatura al volver de la calle.

Me tienen harta nuestras diferencias de temperatura. Y la penumbra.

La claridad es la compañera inseparable de la libertad, Isabel.

 

(Se escucha el tic-tac de los relojes.)

 

¿Cuántos días hará que se fue Omar? Ya perdí la cuenta. Ah, justamente.

 

 

(Se escucha la puerta. Entra OMAR con un paquete.)

 

 

OMAR.-  Hola. Llegué. Otra vez en la sala. ¿Qué tal? Estoy molido. No paré un minuto desde que salí, pero no me quejo. El fin justifica los medios.  (Se ríe desenvolviendo el paquete.)  Lo compré para vos. Perteneció a la sacristía de una iglesia medieval.

ISABEL.-  ¿Para mí? ¿Pero si ni siquiera me dejás tocarlos? ¿Pensás formar una colección?

OMAR.-  Para un fanático de recolectar cosas, cada reloj significa una conquista personal que agrega un condimento a la vida.

ISABEL.-  ¿Pero no me dijiste que era mío? ¿Es o no es un regalo? Éste te habrá costado una fortuna con semejante guarda de flores sobre el vidrio esmerilado y las columnas de madera lustrada.

OMAR.-  Todo lo tuyo es mío.

ISABEL.-  Muy conveniente. No entiendo por qué seguís trayendo relojes.

Cómo si no hubiera otra cosa que hacer además de fraccionar el tiempo.

Me gusta, no te lo voy a negar. Sin embargo me ponen nerviosa tantos relojes en la casa.

OMAR.-  Dejate de bobadas, Isabel. No tengo tiempo de cuestionarme para qué sirve un reloj, como no sea recordarme que no puedo llegar tarde. Demasiadas cosas en qué pensar para hacerme problemas por tonterías. Vos que siempre te quejás de estar sola, ahora ya tenés compañía. (Sale OMAR. ISABEL cambia de tono y dice para sí misma.) 

ISABEL.-  Flor de compañía. Lo que pasó después, ya es otra cosa. Si Omar supiera creo que dejaría de atiborrar la casa de relojes.

No te hagas ilusiones, Isabel. Aunque estos monstruos te obliguen a vivir al borde de un ataque de nervios, él no movería un dedo para hacerlos callar.

Seguiría repitiendo que es un absurdo.

La confrontación con una misma es más arriesgada que el propio absurdo.

O que el hecho de descubrirle tus temores a una persona que ni siquiera se percata de con quién está durmiendo.

 

(Suena un reloj. ISABEL se acerca al piano y mira fijamente los relojes.)

 

¡Qué silencio! Salvo el tic-tac de los relojes, todo es silencio en la casa.

 

(Se escucha el primer movimiento de la Sinfonía «El Reloj», de Haydn. ISABEL toca el piano, como un eco de la música de fondo. Empiezan a dar las doce del mediodía. ISABEL grita, se levanta, se lleva las manos al cuello porque siente que alguien le aprieta la garganta, según van sonando las campanadas.)

 

Por favor, me hace daño, socorro, déjeme, ay. ¿Pero qué hace? ¿Quién es? Déjeme, por favor, suélteme que me está ahogando.  (ISABEL se agarra la cabeza.) 

¿Qué se mueve allá afuera?

 

 

(En la ventana, tras la cortina aparece la figura de un ahorcado. Se escucha el ruido de una puerta. Entra la empleada.)

 

 

ENCARNACIÓN.-  ¿Llamó la señora? Me pareció escuchar un grito.  (Para sí misma.)  Ella siempre disimulando. Hipócrita.

Viva Jesús, muera el pecado, con tal de que no sean ladrones.

ISABEL.-  No seas tonta Encarnación. ¿Cómo va a entrar nadie a esta casa si está cerrada con triple llave? Dejame tranquila.

ENCARNACIÓN.-  Pero estoy segura de que la señora hablaba con alguien.

ISABEL.-  Cómo se te puede ocurrir que esté hablando sola.  (Para sí misma.)  Habrase visto, porfiarme a mí lo que vi o lo que no vi. Ni que fuera mis ojos.

Retirate y no vuelvas a entrar sin golpear. Para eso se cierran las puertas, para defenderse de las personas como vos. Atrevida. (ENCARNACIÓN sale.) 

 

 

 

 

ESCENA VI

 

 

ISABEL se levanta. Va al dormitorio, arregla sus cosas meticulosamente, se pone un camisón, se mira en el espejo. Pone el primer movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn. Se asusta.

 

 

ISABEL.-  ¿Qué son estos moretones que tengo en el cuello?  (ISABEL hace un gesto como despreocupándose.) 

Debe ser la sombra de los caireles.

 

(Se escuchan los relojes.)

 

Me está dando miedo esta sensación de que hay alguien en la casa; los minutos gotean como plomo derretido en mi cabeza, me siguen a todas partes. Le voy a decir a Omar que no traiga más relojes. Me ponen nerviosa los cuartos y las medias picando las horas como si fueran cebollas.

Lo único que te falta es ponerte a llorar, Isabel.

No sería nada raro si empiezo a deshojar recuerdos. Me indigna que Omar no me escuche.

Al verlo llegar de Montevideo con las manos vacías me puse contentísima; pero al rato me enteré de que el reloj de pie llegaría a la semana siguiente, procedente de un internado de señoritas.

 

(Se escucha el tic-tac de los relojes.)

 

Cuándo terminará de agregar relojes a mi desesperación.

 

 

(A ISABEL se la nota azorada. Se escucha el tic-tac de los relojes en aumento. Entra OMAR.)

 

 

OMAR.-  De una vez por todas ¿se puede saber qué te pasa, Isabel?

Estás blanca como la pared. Te conozco como si te hubiera parido, de modo que no trates de engañarme con la excusa que te duele la cabeza. ¿Por qué no disfrutás de la vida que te tocó, en vez de mirarme así? Decime de una vez qué sucede.

ISABEL.-  Nada grave. Simplemente estoy cansada de estar sola.

Además hace tanto calor.

OMAR.-  Una ducha fría, y santo remedio. Supongo que en estas dos semanas que estuve afuera se te habrá pasado la tirria contra los relojes. En el fondo te gustan.

ISABEL.-  Claro que me gustan. Sólo que me di un susto tremendo al ver el reloj de pie en el medio de la sala, esperándome como un gendarme para pedirme cuentas.

OMAR.-  Al costado del piano quedará bien. Decile al jardinero que lo coloque a la izquierda.

ISABEL.-   (Sarcástica.)  ¡Qué romántico! Del lado del corazón.

OMAR.-  No seas tonta.

ISABEL.-  Me agobian tantos relojes reiterando el paso de un tiempo que no transcurre.

OMAR.-  Pero Isabel, qué tonterías se te ocurren. Los relojes de pie ya no se consiguen así nomás. Además quedate tranquila porque se va a salir de la fila. Los otros en la pared y éste paradito.

ISABEL.-  Se pondrá donde vos digas. No se hable más. Las discusiones monocordes me cansan.

OMAR.-  Estoy tan orgulloso.

ISABEL.-  ¿De tu mujer, o del reloj con pinta de vigilante?  (Enojada.) 

OMAR.-  Pero, por favor, qué más quiere la señora, si hasta tiene un guardia privado. Consideralo un ángel que te aparta de las tentaciones, Isabel. Aunque a vos creo que se te acabaron los impulsos.

ISABEL.-  Mirá quién habla.

OMAR.-  Hay un tiempo en que al hombre ya no le interesa el coito con llanto.

ISABEL.-  Y a las mujeres se nos acaba la abnegación de las cocineras italianas.

OMAR.-  Se me hace tarde. No estoy para entrar en tus profundidades. Hasta luego. (Sale OMAR.) 

 

 

 

 

ESCENA VII

 

 

Cambio de luces. Suenan las medias. ISABEL está en la sala observando los relojes.

 

 

ISABEL.-  Estos relojes no caminan parejos, algunos atrasan, el de pie adelanta, varían con el calor. Mejor no digo nada. Que se queden como están. Si Omar se mete a sincronizarlos es capaz de no aparecer por el dormitorio hasta fin de año.

 

(Se escucha el tic-tac cada vez más fuerte.)

 

Me fastidia que se encierre cada quince días, con la gamuza y la llave maestra en las manos, a manera de escudo y lanza.

¡Si esa llave abriera las puertas del paraíso! Pero no.

Se demora como si le estuviera dando cuerda a esta vida que no cambia nunca.  (ISABEL se para frente al reloj de pie. Lo acaricia, le habla.) 

Qué notable. Al principio me molestaba el reloj de pie, pero ahora me gusta más que ninguno. Suena antes que los demás y me produce la alegría de una mujer apenas sazonada por la vida, como cuando nos conocimos, y no sabía que el círculo de la ausencia se iba a cerrar inexorablemente.

 

(Se escucha el tic-tac de los relojes.)

 

Omar no está nunca, Diego se fue, amigas casi no tengo.

 

(Suenan los cuartos. ISABEL arregla unas flores sobre el piano.)

   

(ISABEL está desmejorada y agita las manos continuamente. Está inquieta, se escucha un ruido como si hubiera roto un jarrón. Se escucha el tic-tac de un reloj.)

 

¡Qué torpe! No entiendo por qué se me resbalan las cosas; me olvido de las citas del dentista, los cumpleaños.

Te olvidás del compromiso de vivir, Isabel.

Unos ojos desnudan mis fantasías. ¿Dónde puedo esconderlas?

La mente es libre, Isabel. La libertad no se esconde ni puede dañarte.

¿Y el ahorcado tras los cristales, y las marcas en el cuello, son acaso un delirio de mi imaginación?

 

(Se escucha el tic-tac de los relojes.)

 

Las cosas que una hace sin prever las consecuencias. Yo misma le pedí a Omar el reloj oriental, cuando estuvimos en el Líbano.

 

 

(Se apagan las luces. Suena la primera campanada. Las luces se van encendiendo. ISABEL, frente al piano, siente que la miran, que se ahoga, se lleva las manos al cuello como para ahorcarse, lanza un grito, trastrabillando llega a su cuarto.)

 

 
 

 

(Entran la empleada y OMAR. Se quedan alrededor de la cabecera de la cama. Cambio de luces. Ella está en la banqueta como si fuera su otro yo.)

 

 
 

 

 

 

ESCENA VIII

ISABEL.-   (Para sí misma.)  Escucho que están ahí. Aunque no puedo abrir los ojos, los siento murmurar.

 

 

(La luz enfoca sólo a los que hablan. La pintura se proyecta sobre los paneles del fondo.)

 

 

ENCARNACIÓN.-  La señora está muy rara, señor. Se encierra a tocar su piano y cuando llega el mediodía, en vez de venir a la mesa, empieza a hablar sola. Yo no sé si está con alguien que entra por la puerta de su escritorio, o está loca nomás. Usted sabe que yo le voy a contar todo lo que vea, porque usted es el dueño acá, y lo que usted dice nomás tiene que hacerse.

ISABEL.-  Cómo puede ser tan maldita. Si pudiera levantarme y aplastarle la cara contra el vidrio.

ENCARNACIÓN.-  Le vi en el suelo apretándose su cuello con las manos. Casi casi nomás se estrangula, señor. Si yo no llego para salvarle se moría. Siempre le escucho hablar fuerte, pero ella no quiere que entre a la sala. Me asegura que ve lauchas, señor. En esta casa no hay ratones, yo le puedo asegurar, señor, porque limpio todo el día, y nunca veo ninguno.

ISABEL.-  Cómo se van a animar los ratones a aparecer frente a ella, con los bigotes que tiene.

OMAR.-  Me preocupa que pierda el control, Encarnación. Va a ser imposible recibir invitados, si existe el riesgo de que mi mujer se ponga a vociferar como una loca. Voy a llamar al doctor.

ENCARNACIÓN.-  ¿No le parece que está más flaca, señor? Y ese su pelo ya no brilla. Bueno, mejor también, señor, porque demasiado llamativa era su cabellera. Todo el mundo se daba vuelta a mirarle. Yo digo nomás si no será la menopausia, señor. Usted sabe, a muchas mujeres la edad les da con locura y todo. A mí me dio por la Legión de María, señor, pero cada caso es distinto.

OMAR.-  Silencio, Encarnación.

ISABEL.-  Dame fuerzas, Dios mío, para estrangularla. Me molestan estos dos parados al costado de mi desmayo, como si yo fuese una mercancía dentro del envoltorio de mi cuerpo. Quiero sacarla de aquí, ahora que la distancia entre Omar y yo se agrandó tanto. En cuanto me reponga la voy a echar a la calle. Entonces le contaré a Omar por qué le tengo miedo a los relojes. Es imposible que no me dé crédito después de tantos años de contrato matrimonial.

Con tratos y sin acuerdo se te fueron los años, Isabel.

 

(Se escucha el tic-tac de los relojes.)

 

¿Para qué sirven los años? ¿Para estar en el punto de partida con la misma desconfianza del principio? ¡Qué hábilmente tejió la red de oro para disimular su indiferencia! Ahora ya ni me pregunta de dónde vengo o adonde voy. Sería tan simple si Omar entendiera por qué tengo miedo.

 

 

(ENCARNACIÓN y OMAR se hacen señas relacionadas con el estado de ISABEL, cuchichean.)

 

 

ENCARNACIÓN.-  Usted no pensó que sería bueno mandarle a la señora a algún lugar para hacer un tratamiento, señor. Yo le puedo cuidar, pero digo nomás que a lo mejor se cura más pronto. Por la casa no se preocupe. Usted sabe que yo me diligencio acá mejor que la patrona. Porque ella pues es tan distraída.

OMAR.-  Déjeme pensar, Encarnación.

ISABEL.-   (ISABEL grita apretando los puños.)  ¡Ah!  (Hasta el final de la escena, ISABEL habla para sí misma.)  Hace mucho tiempo debí hablar. Pero la alegría que siento con la primera campanada del reloj de pie me detuvo. Es tan lindo sentirse joven, como la primera vez que se acude a un encuentro clandestino. Y los demás no existen, y la censura pierde fuerza, y sólo cuenta la determinación de ser feliz.  (ISABEL pone cara de felicidad alucinada y luego vuelve a caer en la desesperación.) 

ENCARNACIÓN.-  No le parece, señor, que sería bueno ponerle un chofer a la señora para que usted sepa por dónde anda. Porque es muy peligroso, señor, que desaparezca todos los días justito a la hora de almorzar, y con el pelo suelto para más. Digo porque se puede perder.

ISABEL.-  Cuando la soledad es tan grande que desborda la capacidad de estar sola, la infidelidad se convierte en una cuestión de terapia intensiva.

OMAR.-  No se descuide Encarnación. Yo confío en su eficacia. Aquí las cosas se harán bajo su control. Nada de salidas, ni sesiones de música, ni café.

ENCARNACIÓN.-  Si me pide una taza le traigo el descafeinado.

 

 

(Se vuelve a escuchar el tic-tac, de los relojes. OMAR busca papeles en su portafolio.)

 

 

ISABEL.-  Imbécil. El café descafeinado es como el sexo sin orgasmo.

OMAR.-  Cierre bien las persianas, Encarnación, que la señora se puede despertar con la luz, y en un descuido salir corriendo.

ISABEL.-  Claridad y libertad van siempre juntas, acordate, Isabel. Y se sabe que un exceso de luz es contagioso.

OMAR.-  Bueno, se me está haciendo tarde.

ENCARNACIÓN.-  A según el apuro del señor y la cara de la señora en esta cama nunca pasa nada.

ISABEL.-  En eso tenés razón, vieja bruja. En la puerta de entrada se tendría que colgar un cartelito que dijera: «En esta casa no se coge ni se canta».

 

(ENCARNACIÓN arregla la cama. OMAR sigue revisando papeles. Se escucha el tic-tac, de los relojes.)

 

Pero la invaden los relojes. No bien llegó con el de la esfera estrellada, su tic-tac te golpeó como un insulto. Fue de un capitán que naufragó sin dejar rastros en el mar de los Sargazos.

Era mejor aletargar el miedo y esperar la distracción del minutero.

 

(Aumenta el tic-tac de los relojes.)

 

Vana esperanza. A la asfixia inicial y la alegría se sumó la certeza de caerte de tu campana de cristal, donde el olvido de las vejaciones es el ingrediente cotidiano.

La indiferencia es el mayor de los desprecios.

 

(El tic-tac de los relojes sube de tono.)

 

De pronto me di cuenta de que si alguien no registra mis demandas, y deja que el silencio cumpla su labor de zapa, me está faltando el respeto.

Por suerte el reloj del circo, con su bombín levantado al dar las horas y un gran par de zapatos en la parte de abajo, me despertó el deseo de andar por los largueros de la cama, manteniendo el equilibrio con un palo de escoba en las manos.

ENCARNACIÓN.-  Mire un poco, señor, la cara de la señora; parece que sonríe. El que sólo se ríe de sus picardías se acuerda, señor.

ISABEL.-  Atrevida. Qué puede saber ella del rictus en la boca de una mujer. Siempre fue un misterio la sonrisa de la Mona Lisa, pero yo creo que le quedó así después de tragarse los sapos y culebras que le sirvió el marido como condimento de sus llegadas vacías.

 

 

(Se escucha el tic-tac. ISABEL se sobresalta.)

 

 

OMAR.-  Tengo que irme, Encarnación. Ya sabe, no debe dejar sola a la señora. Apenas se intranquilice le da el sedante para que siga durmiendo. Téngame la llave y la franela listas.

ENCARNACIÓN.-  A mí, que quiere que le diga, señor, me parece que la señora se aprovecha de usted.

OMAR.-  Por qué lo dice, Encarnación.

ENCARNACIÓN.-  Porque anda por su cabeza, señor, y se enoja mucho cuando usted se encierra con los relojes. Al fin y al postre su único entretenimiento es ése. Algo pues tiene que hacer un hombre que trabaja tanto cuando vuelve a su casa.

ISABEL.-  ¿Cómo ibas a imaginarte que estos mecanismos producirían un giro copernicano en tu vida, y que él se alejaría definitivamente?

 

(La desesperación de ISABEL se intensifica, junto con el tic-tac de los relojes que se siente cada vez más amenazador. Se escucha el primer movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn, sobre el sonido del reloj.)

 

Ya comienzan de nuevo. Acaso la solución sea clausurar la sala, o deshacerse de los relojes. ¿Pero cómo? Los péndulos me hipnotizan. No puedo más. Apenas me levante le voy a contar todo a Omar.

El peso del silencio es peor que cualquier riesgo, Isabel.  (ISABEL sigue de espaldas en la banqueta escuchando las últimas recomendaciones de OMAR a ENCARNACIÓN.) 

OMAR.-  Encarnación, no quiero que la señora vuelva a tocar el piano, me entendió. Tenga los ojos bien abiertos para evitar que se acerque a la sala. Usted ya sabe lo que dijo el doctor; que la excesiva concentración sobre el teclado puede ser la causa de sus alucinaciones, de modo que no la pierda de vista.

 

 

(Salen OMAR y ENCARNACIÓN.)

 

 

ISABEL.-  Ya sé por qué a las mujeres se nos afinan los labios con los años. Para no morir envenenadas cuando nos mordernos la lengua apretando el rencor.

 

 

 

 

ESCENA IX

 

 

Se apagan las luces. ISABEL está sola sentada en la banqueta del dormitorio, ensimismada. Luego se levanta.

 

 

ISABEL.-  Nunca van a conseguir que viva sin la música. Suficiente con haber cambiado los conciertos por el tálamo nupcial, sin percatarme de que eso equivalía a hacer el amor sin música. Me río de los dos. En el momento en que se meta al baño, zas, entro a escondidas y ya está. Afortunadamente ni las empleadas incondicionales se libran de las necesidades fisiológicas.

En la vida siempre hay una rendija por donde rescatar la libertad, Isabel, si no ya estaríamos muertos.

 

 

(ISABEL entra en la sala y toca el tema del segundo movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn.)

 

 
 

 

(Se escuchan las campanadas e ISABEL se deja arrastrar demostrando miedo, vértigo, alegría, misticismo, deseo, se aprieta el cuello con las dos manos, según van sonando. ENCARNACIÓN entra muy apurada.)

 

 

ENCARNACIÓN.-   (Para sí misma.)  Pero qué caprichosa esta mujer. La señora, por favor, el patrón me encargó que no te levantes. ¿Qué te pasa? Soltate ese tu cuello, y vení a acostarte. El señor me va a retar mucho si sabe que lo mismo nomás entraste a tu sala.  (ENCARNACIÓN habla consigo misma, mientras la lleva al dormitorio.) 

Qué pasa en esta casa, mi Dios. Asegún dijo el doctor no tiene ninguna enfermedad, pero para mí que demasiado mal está de su cabeza. Tenés que cuidarte, la señora. No ves que tu marido se va a meter con otra si te ve así. Ni permiso te va a dar para salir.

ISABEL.-   (Para sí misma.)  Yo no necesito permiso para romper un pacto que hace rato se rompió.

ENCARNACIÓN.-  Procurá un poco controlarte, sino te va a venir esa enfermedad rara, la depresión, no sé qué. Sentate. (ISABEL se sienta en la banqueta.) 

ISABEL.-  Ya otra vez con eso.  (Para ella misma en tono de parodia.) 

El peligro de la depresión es inminente. Es un trastorno nervioso. No se la debe dejar sola. ¿Y por qué me deja sola Omar?

 

(La interrumpe el sonido de los relojes. ISABEL agita las manos continuamente. Se agarra la cabeza. El tic-tac, tic-tac aumenta insoportablemente. ENCARNACIÓN revolotea alrededor.)

 

Encarnación basta de pisarme los talones. Te prohíbo que andes husmeándome para contarle al señor.  (Para sí misma.)  No se te antoje seguirme y mucho menos simular que te preocupa mi salud.

ENCARNACIÓN.-  Le voy a traer un té de tilo, señora. (Sale.) 

 

 

(ISABEL se mira las manos, se toca las mejillas, sopesando su aspecto. Se escucha el primer movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn.)

 

 
 

 

(ISABEL toma un libro, lo deja caer, aburrida.)

 

 

ISABEL.-  El tiempo cuando está vacío es el peor compañero de una mujer, sobre todo si le tiene miedo a los relojes. ¿Qué puedo hacer?

Ponerte un reloj pulsera para medir el aburrimiento, Isabel.

No leo, no pinto. Sólo los péndulos están presentes en mi mente, y esta mujer metiéndose en mi vida a cada instante, y Omar que no se mete ni por equivocación. Ni siquiera puede alegar que esta casa es la posada del guerrero, porque nunca reposa. Y de guerrero..., bueno.

 

(ISABEL agita las manos. Se escucha el tic-tac en aumento. Una idea ilumina el rostro de ISABEL.)

 

Tengo que inventar cualquier treta para escapar de Encarnación, de lo contrario me volveré loca.

Acaso si continuás saliendo a la calle la pesadilla termine.

 

 

 

 

ESCENA X

 

 

Se escucha el segundo movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn. ISABEL se levanta de la banqueta, se peina, luego se pinta las uñas, elige un conjunto verde, un pañuelo al tono, se anuda el pelo, se delinea los labios, se pone un perfume penetrante, lentes oscuros, y sale.

 

 

ISABEL.-  Ya ves, Isabel, esto es lo que hay que hacer. Abandonar la casa a la hora clave para disfrutar de un momento de tranquilidad, dándote permiso para ser feliz. Caminar. Comer salmón, tomar vino. Hacer un brindis de mesa a mesa con alguien que te mira. ¿No es el salmón el pez que pone los huevos en el río y vuelve a la libertad del mar?  (ISABEL camina sin rumbo.) 

Qué sensación más extraña. Alguien me sigue.

Son ideas tuyas, Isabel. Aunque sería hermoso comprobar que un hombre te desea. Mañana saldré otra vez y otra vez hasta evadir totalmente la tiranía de los relojes.

 

(Se escucha otra campanada. ISABEL toma una rama larga y recta, camina sobre el cordón de la vereda como si fuera un equilibrista. Se escucha el segundo movimiento -andante- de la Sinfonía N.º 101 «El reloj».)

 

Volver al circo. ¡Qué placer! Cuidado, Isabel, que estás actuando sin red. No mires abajo. Despacio. Sin distraerte. Así, así. Con los ojos fijos en un punto. Hay que caminar sin miedo, con gracia, como flotando hacia el encuentro de las nubes. Bien.

Gracias, gracias. Los aplausos me fascinan. Pronto alcanzaré el trapecio y surcaré el aire con el cuerpo desafiando la ley de gravedad. Nadie me entendió cuando a los ocho años dije que quería ser trapecista.

«Pero eso es tan grave como ser una mujer de mala vida». Me reí de la abuela. Ella no me iba a desinflar los sueños así nomás.

Vos sólo querías ser libre, mientras los niños se embobaban de miedo, pero terminaste olvidándote del tema.

Desde arriba el mundo se ve tan pequeño que parece estar afuera del tiempo. ¿Es el tiempo un segmento de la eternidad o la eternidad corre paralela al tiempo? Venimos de la eternidad, volvemos a la eternidad, estamos en la eternidad. Sólo que al plano de la vida le llamamos tiempo. El tiempo y la eternidad son las dos caras del devenir.

Pero la eternidad está quieta.

Y el tiempo también si te negás a vivir, Isabel.

Basta. Me encanta saltar en el alambre. Girar para un lado, girar para el otro cuando suena este reloj. Salirme de este tiempo que vegeta como una marmota.

O como vos, Isabel.  (ISABEL da vueltas.) 

El tiempo da vueltas. Igual que vos, Isabel. La eternidad entre tanto sigue inmóvil.

Si tu vida es el tiempo, la muerte debe ser la cara desconocida de la eternidad.

Prefiero el tiempo vivo, bueno o malo, pero vivo. Sólo que alguien me impide disfrutarlo.

Sos vos la que tenés que estar viva, Isabel.

¿Por qué se nos enseña a matar el tiempo en lugar de vivirlo?

Es más seguro. Si matás el tiempo, la rebelión es improbable.

Y las mujeres más fáciles de manejar.

 

(ISABEL da vueltas como una equilibrista. Se escucha el segundo movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn.)

 

El minuto presente es lo único que cuenta. ¿Qué pasa?

 

(Según suenan las campanadas se ven las transformaciones de ISABEL. Primero siente una alegría adolescente, luego el temor, después se aprieta la garganta como si alguien la atacara, más tarde tiene un mareo, luego comienza a rezar, y por fin siente deseos de un hombre. Cambia completamente de actitud, actúa como una prostituta, risas. Se levanta la pollera. Se abre el escote. Le muestra el sexo a un desconocido. El reloj da la última campanada.)

 

Otra vez estas ganas locas de acostarme. Cómo me gustás, muñeco. Vení para acá, vení, que te voy a mostrar lo que tengo escondido. ¿Querés que te haga gozar como nadie lo hizo jamás?

La realidad es una cuestión de opciones.

Y el deseo parte de la realidad.

 

(Risas. Entran a un burdel. Música de jazz. Al rato ISABEL sale corriendo totalmente alterada. Luchando entre la mujer convencional y lo que acaba de hacer, llora.)

 

¿Qué hice?

Volver a meterte en un lugar sórdido con cualquiera.

Mi Dios. El impulso fue superior a mis propias barreras. ¿Dónde quedó mi cordura?

Se le soltó la cuerda, Isabel.

No, no. Ésa no era yo. Prefiero pensar que fue mi doble usurpando una imagen errada de mí misma. Ahora sé que no hay escape, ni alivio, ni salida. Todo es inútil. Adonde vaya, me manejan los relojes.

No te engañes, Isabel. Cada una se maneja a sí misma.  (De pronto ISABEL se queda mirando fijamente el reloj parado de la Iglesia de la Encarnación.) 

Algo quiere decirme la esfera azul desde la torre de la Iglesia.  (La mira intrigada.) 

Pero claro, este reloj no funciona. Ahora entiendo. ¡Tal vez ésa sea la clave! Si en casa se paran los relojes mi vida volverá a ser como antes.

Los días calcados sobre el perfil de la rutina y sin ningún sobresalto.  (Con sarcasmo.)  ¡Qué lindo!

Si Omar tuviera piedad y detuviera los relojes estaría asegurada mi decencia. Hoy mismo le voy a pedir que deje de darles cuerda.

Entonces seguirás cuerda. Y evitarás el riesgo.

¿No te estará dando miedo la libertad, Isabel?

 

 

 

 

ESCENA XI

 

 

ISABEL vuelve a la casa esperanzada. Entra. Está sentada en la banqueta de su dormitorio. Se escucha el segundo movimiento de «El Reloj» de Haydn. Luego el ruido de la puerta. Entra OMAR.

 

 

OMAR.-  Hola, Isabel. Por fin terminó este viaje. ¡Qué agotador! No quiero cenar, ni saber quién murió, así que me doy una ducha y a dormir. ¿Supongo que no habrás salido de la habitación?

ISABEL.-  Omar, vení por favor. Perdé un ratito conmigo. Tengo que hablarte.

OMAR.-  A ver de qué se trata. Ya sabés que la plata no nos falta.

ISABEL.-  Es algo muy distinto, algo extraño que me está destruyendo. Quiero pedirte algo.

OMAR.-  Bueno, decime de una vez qué querés, Isabel, porque estoy bastante cansado, como para jugar a las adivinanzas.

ISABEL.-  Omar, ¿si yo te pidiera que dejaras de darle cuerda a los relojes, lo harías por mí?

 

 

 

OMAR.-  Pero qué estás diciendo. ¿Qué mosca te picó, si se puede saber? Así de sopetón como si se tratara de apagar las luces me planteás que me desentienda de mis relojes. ¿Por qué?

ISABEL.-  Es difícil explicarte el motivo, Omar, pero necesito que lo hagas. Por mi bien te lo pido.

OMAR.-  Cómo puede ser un bien parar mis relojes por un simple capricho. Te das cuenta de lo que pretendés. ¿Qué te sucede, Isabel? A dónde fue a parar aquella mujercita razonable con la que me casé. ¿Y tu cordura, Isabel?

ISABEL.-  ¿No entendés que los relojes me persiguen?

OMAR.-  Hace tiempo sospechaba que tenías un tornillo flojo, pero no creí que fuera tan grave. Ahora sé que estás loca de remate. Cómo te van a perseguir mis relojes. ¿Tienen patas o usan patines? No seas tonta, Isabel.

ISABEL.-  Ni tonta, ni loca. Necesito que me creas. Hay algo terrible en esas máquinas. Parece absurdo, pero a las doce del día me arrastran a lugares insólitos.  (ISABEL insiste, se desespera porque él no le hace caso, se levanta, se pone nerviosa.) 

OMAR.-  Nadie va donde no quiere, Isabel. No me vengas a decir que hiciste algo sin darte cuenta, porque ya estás grandecita. No insistas.

ISABEL.-  Es vital para mí.

OMAR.-  También es vital la leche descremada. Punto. Se acabó la discusión.

ISABEL.-  ¿Y mi vida, Omar? ¿No te interesa?

OMAR.-  Nadie se muere porque funcione una docena de relojes. Para mí hacer girar esas llaves se convirtió en un rito.

ISABEL.-  Es una manía, peor aún, un ensañamiento; como si los relojes fueran puertas a las que les echás llave para que no se escapen tus secretos. O se liberen los míos.

OMAR.-  Yo no tengo secretos.

ISABEL.-  Y entonces por qué no me dejás entrar cuando vas a limpiarlos. Gastás con ellos más tiempo del que ahorrás conmigo, les hablás como si estuvieran vivos. Yo soy la que estoy viva, Omar, y no te das cuenta.

OMAR.-  No me digas que estás celosa de esas maquinitas.

ISABEL.-  Idiota. Es tu indiferencia lo terrible. Los hechos hablan más que las palabras y los objetos menos que los besos.

 

 

(Suena muy fuerte el tic-tac de un reloj.)

 

 

ISABEL.-  Por favor, Omar. Terminá con este suplicio.

 

 

(ISABEL insiste, mientras se escucha el tic-tac de los relojes in crescendo.)

 

 

OMAR.-  Si por lo menos me dijeras el motivo. Pero así, lo único que puedo pensar es que se te soltó la cuerda, pom.

ISABEL.-  No puedo más, Omar, no puedo más, por favor, te lo suplico  (Llora.)  Nunca vas a entender que es como si la luz se hubiera hecho de repente en mi interior dejándome una piel nueva a la vista.

 

 

(ISABEL, enojada ante el fracaso, se da vuelta, le da la espalda. Sigue sonando el tic-tac, tic-tac.)

 

 

OMAR.-  Decime, ¿cuándo empezó esa luz a enturbiar la claridad de tu criterio?

ISABEL.-  ¿Cuándo exploraste el volcán que guardo adentro? Nunca supiste ver más allá del maquillaje.

OMAR.-  No es culpa mía. Nunca te mostraste como sos.

ISABEL.-  Sólo quiero que vuelva el silencio a mi cerebro.

 

 

(ISABEL llora, se agarra la cabeza aturdida por el tic-tac que va en aumento.)

 

 

OMAR.-  Siempre fui dadivoso contigo, Isabel.

ISABEL.-  Jamás lo negué. Es más fácil darle objetos exóticos a una mujer que colmarla de ternura.

OMAR.-  Isabel, qué desatino.

 

 

(ISABEL se refriega las manos, se sienta, se levanta. Música de Haydn, primer movimiento.)

 

 

ISABEL.-  Hace rato se me terminó el tino. Omar, tengo miedo.

Estoy sobre una cornisa de la cual me voy a caer en cualquier momento. Necesito que me sostengas, que pares de una vez esos mecanismos perversos.

OMAR.-  Vos lo que necesitás es una camisa de fuerza. (OMAR sale enojado.) 

 

 

 

 

ESCENA XII

 

 

Cambio de luces y de ambiente. En el fondo y centro del escenario los paneles completamente blancos. Ha desaparecido la pintura. Los muebles del dormitorio han desaparecido. Se escucha el ruido de una puerta que se cierra. ISABEL sentada en una cama de hospital con una bata blanca. El cabello corto, parado y duro. Está en un lugar diferente, aséptico. Se proyecta un ventanuco en un panel del fondo. Ambiente de hospital. Dos enfermeras cruzan el escenario continuamente.

 

 

ISABEL.-  Todo se volvió más doloroso desde que dejé la casa, donde el piano estará esperando el roce de mis dedos.

 

(Se escucha el primer movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn.)

 

El recuerdo de mi antigua rutina se me pega a la piel como una bufanda que me asfixia más que estas paredes donde no hay ventanas para mirar el sol. Quiero salir de este lugar horrible.

Sombras blancas me asedian con sus pasos silenciosos; se abalanzan sobre mí, hasta cazarme como a una mariposa que está a punto de emprender el vuelo, condenándome a esta cama de sábanas ásperas y barrotes fríos.

 

(Tic-tac, tic-tac, se escucha el tic-tac de un reloj cada vez más fuerte.)

 

No veo relojes por ninguna parte, sin embargo, siguen sonando en mi cabeza. ¿Cuánto hace que Omar no viene a verme?

Te visita cuando estás dormida. Es más cómodo, así no necesita hablarte.

Qué bien te veo, Isabel.  (Tono de parodia.)  Pronto estarás de vuelta.

¿Y los relojes Omar?

Siempre andando y desandando el tiempo de la ausencia y del desconocimiento.  (ISABEL está como alucinada.) 

¿Y Diego? ¿Dónde está Diego? ¿En el Brasil, en África, en la Argentina? Un día se fue sin consulta previa, cuando la novia se quedó embarazada, y Omar decidió que era lo más conveniente para él. Quiero ver a Diego. Sus cartas se demoran cada vez más, como si supieran que las estoy esperando.

El tiempo se pasea en mí como escarabajos que arrastran sus patas mientras espero las cartas de Diego. Tic-tac, tic-tac. Hijo mío, ¿dónde estás?

 

(Se escucha el tic-tac, tic-tac.)

 

¿Por qué no me dan las cartas de Diego? Hace tiempo que dejaron de entregarme las cartas de Diego. Y esa mujer de blanco se hace la tonta y tampoco me las da. Cuando le pregunto me sonríe, como si yo no supiera que todos me toman por loca, y ella también.

 

(El tic-tac va en aumento, luego disminuye.)

   

(ISABEL recobra el sentido. Música segundo movimiento de «El Reloj».)

 

¿Fue mejor callar? No tuve alternativa.

El silencio es la manera más segura de mentir, Isabel.

Ahora, con la lucidez que proporciona la locura lo comprendo. Al principio no le di importancia. Después me amordazó el placer de los encuentros clandestinos a los que fui arrastrada por los relojes.

O por tu propia voluntad, Isabel.

Prisionera entre estas cuatro paredes, soy libre. Ya no temo llegar al fondo de mí misma.

Ahora es demasiado tarde para explicarle a Omar por qué me atemorizaban los relojes.

La vida no puede limitarse a un plácido remedo de existencia, donde se pretende ignorar la realidad mirando por una ventana clausurada desde un supuesto paraíso.

Ya lo sé. Y aunque tenga que permanecer encarcelada, me niego a ser nuevamente aquella muñeca desentendida de la vida.

 

(ISABEL solloza. Comienzan a sonar las doce.)

 

A las doce todo recomienza. El golpe de libertad, las corridas con los brazos en alto, el candente murmullo de unos labios.

 

(Se escucha una campanada.)

 

Y el taladro, otra vez ese taladro en la nuca. Una recriminación me perfora, hurgando dentro de mi cuerpo. ¿Cómo escamotearle mis pensamientos? ¿Qué tiene adentro una mujer asediada por el tiempo?

Escucho pasos.  (Tic-tac, tic-tac.)  Alguien que no conozco me atormenta; siento su respiración cada vez más cerca, más cerca. No puedo respirar. La amenaza me come los talones.  (Tic-tac, tic-tac.)  Alguien se acerca, me ataca, socorro, sáquenme de aquí, suélteme. ¿Quién me mete en una celda?

Voces, golpes, sollozos. No quiero escuchar. Puedo oír mis pensamientos. Me estiran de un lado a otro. El agua brilla en círculos lejanos. El mandato de fingir me da vueltas en la cabeza.

 

(Suena otra campanada. La actitud de ISABEL cambia. Se marea.)

 

Socorro.  (ISABEL se desploma.) 

Me destrozo contra las casas de cartón allá abajo. Desde la bahía me saludan las sábanas tendidas, como si yo fuera una pandorga más en el vacío. Mis claudicaciones bajan también con el río. Las risas infantiles abofetean mi indiferencia. La realidad está ahí para que yo la vea.

 

(Suena otra campanada. ISABEL cambia de actitud. Se arrodilla en el piso.)

 

Me envuelve la paz de los conventos.

O de los cementerios.

 

(Se escucha otra campanada. ISABEL cambia. Parece una prostituta, se desprende la blusa, actitud provocativa.)

 

Ahora soy la dueña de mis actos. No le temo a los ojos de los otros ni a las lenguas. Ya no pido libertad, simplemente la tomo. Vení, vení, mirá lo que tengo para darte en este lugar humedecido por el deseo,  (ISABEL muestra las piernas, los senos.)  hundí tu boca en la fruta que te ofrezco. Tengo ganas de vos.

 

(Se escucha el cuarto movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn. Se proyecta la pintura en los paneles del fondo.)

   

(Se ilumina el ventanuco intensamente.)

 

Una luz me llama. Me acerco, me distancio, entro en ella.

La comprensión es una inmensa luz que canta. En el centro de la luz por fin me pertenezco.

 

(Suena otra campanada. Se apaga la luz del ventanuco. ISABEL cambia de actitud, atemorizada, se agarra la garganta. Las enfermeras continúan cruzando el escenario sin decir una palabra.)

 

Sálvenme de la que fui. Los relojes me llevan y traen irremediablemente desde aquel plácido barrio residencial a este lugar donde se mezcla el olor a soledad con los remedios, y sólo hay corredores prolongados y caras que me acorralan cuando las campanadas se disputan mi cuerpo liberando mi conciencia.

Ya nadie va a venir. Gozo del amparo del desamparo. La vieja carcoma se repliega en mi interior, mientras se descontrolan los relojes desbaratando mi antigua placidez de losa.

 

(Se escucha muy bajo el cuarto movimiento de «El Reloj» de Haydn. La luz vuelve a encenderse en el ventanuco.)

 

Dichoso el mediodía cuando reconozco la clave de mis pasiones y las trampas del sometimiento.

Soy vulnerable al fin; más amada que nunca por los ángeles, despreciada tal vez, sin importarme. Esta clarividencia dura sólo un instante, pero es tan contundente que me sirve para descifrar el resto de mi vida.

Acaso el conocimiento sea una de las formas más temidas de la locura, y por eso me encierran.

Bendita seas locura, llena eres de gracia.  (ISABEL recuerda casi con alegría. Se levanta, camina lentamente hacia el centro del escenario.) 

Aquí no tengo la protección de aquella vida lineal sin altibajos. ¿Dónde está mi razón?

¿La perdiste o los viejos esquemas se rebelaron?

Durante todo el día me comporto de la manera conveniente. Tomo las píldoras sin que nada turbe mi semblante. Sólo cuando suenan se derrumba la claudicación culpable dando paso al entendimiento, a la responsabilidad de vivir por cuenta propia.

Sí, tenías que haber hablado. No para detener los engranajes, sino porque el silencio es un pozo donde se pudre el sentimiento y se fabrican las máscaras.

El silencio nos engulle, aplastándonos la lengua y alejándonos de los otros, como si fueran extraños que miramos con ojos ciegos.

Todos persistimos en el silencio, ese cómplice solapado de la mentira. Salvo el tic-tac de los relojes nadie interrumpía mi soledad. Ahora sé que sin ellos el silencio me hubiera destrozado.  (ISABEL recuerda casi con alegría.) 

La última vez que me senté al piano, la pesadilla no había terminado. Apenas dieron las doce me colmó la alegría, el vacío, el misticismo, el mareo, el deseo, y aquellos dedos cortándome la respiración, hasta que Omar me separó las manos cuando casi me estaba ahogando, y me internó en este lugar donde no hay helechos, ni jardín, ni música.

 

(Se escucha el cuarto movimiento de la Sinfonía «El Reloj» de Haydn.)

 

Ahora estoy aquí, sola, pero sin miedo a los relojes. Nada ha cambiado en cierta forma, aunque nada es igual.

Los días se suceden como antes. Sé con exactitud la distancia que media entre cada minuto de esta realidad que me amordaza, entendiendo que tras ella existe la verdadera realidad, de la cual no me puedo desligar sin traicionarme.

 

(La música va en aumento. La luz invade el escenario.)

 

Mientras los relojes funcionen mantendré la compostura de antaño, salvo cuando me sacuden y encuentro a la que verdaderamente soy, reconociendo que los demás existen tanto como yo.

 

(La música se intensifica.)

 

¿Dónde estoy? Me pierdo en un laberinto, mi clarividencia se agiganta. ¿No escuchas el gran girasol que gime? Soy yo la que llora. Socorro. Me caigo. Me persiguen. Otra vez las ganas de rezar. Padre nuestro no me dejes. Un olor a hombre me perturba. Vení, acercá las manos, así, así. Abrazame fuerte, fuerte. Socorro. Las mujeres de blanco ya vienen de nuevo. Malditas.  (ISABEL lucha con las enfermeras.) 

No quiero. No quiero. Déjenme. No me aten los brazos. No.  (Le ponen una camisa de fuerza.)  No quiero ir. No, a esa pieza vacía, no.  (ISABEL patalea.)  No podrán conmigo, no podrán sujetarme otra vez.

Suéltenme. No. Basta. Esto terminó.

 

(Las enfermeras salen. El cuarto movimiento -finale- de «El Reloj» se escucha más fuerte. Los paneles quedan totalmente blancos.)

 

No sé cuánto tiempo seguiré sola, imposibilitada de hacer contacto con alguien, sabiendo que conviviré de ahora en más con esta lucidez irreversible, que me impide engañarme y me reclama. No sé si existe un final, o éste es el final donde comienzan a disolverse las ataduras, la enajenación, las máscaras.

La esperanza es la más obstinada de todas las virtudes. O el mayor vicio de los desamparados.

El único vicio es dejarse manipular por los demás.

Ahora mi único deseo es transitar el puente que se tiende hacia esa otra orilla de mi ser, escuchar el llamado de los otros, liberando de mi cantera de silencio el timbre genuino de mi voz.

 

(Una luz intensa llena toda la escena.)

 

No me importa que suenen. Este encierro es una mera falacia de la que lograré zafarme. Ni las campanadas ni el tiempo pueden hacerme daño; sólo enseñarme los múltiples rostros que se esconden detrás de una mentira existencial. Ahora yo soy la dueña de mi propio destino. Yo decido qué camino tomar.

Este estado me ha poblado de luz.

Con la luz vendrá la libertad y el valor de asumirla, aunque Omar, ajeno a mi existencia, siga atrapado en su manía de darle cuerda puntualmente a los relojes.

 

 

(Se escucha muy fuerte el cuarto movimiento de la Sinfonía «El Reloj». La escena queda totalmente a oscuras.)

 
 

 

 

 

 

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