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RENÉE FERRER


  CUENTOS ESCOGIDOS - Cuentos de RENÉE FERRER


CUENTOS ESCOGIDOS - Cuentos de RENÉE FERRER

CUENTOS ESCOGIDOS

 

Cuentos de  RENÉE FERRER

 

Colección: Biblioteca de Obras selectas de Autores Paraguayos – Volumen 14

 

 

© RENÉE FERRER

Cuentos escogidos

Editorial SERVILIBRO

25 de Mayo Esq. México

Telefax: (595-21) 444 770

E-mail: servilibro@gmail.com

www.servilibro.com.py

Plaza Uruguaya -Asunción –Paraguay

Dirección editorial : Vidalia Sánchez

Presentación : Carlos Villagra Marsal

Selección y prólogo : Osvaldo González Real

Tapa : Carolina Falcone

© SERVILIBRO

Esta edición consta de 14.000 Ejemplares

Asunción, enero 2012

Hecho el depósito que marca la ley N° 1328/98

 

 

PRESENTACIÓN

Mi amiga Vidalia Sánchez me ha pedido que escriba una presentación de carácter general de los dieciséis títulos, ya definidos, de la BIBLIOTECA DE OBRAS SELECTAS DE AUTORES PARAGUAYOS que, en volúmenes sucesivos, aparecerá en algunas semanas bajo el sello editorial de SERVILIBRO, difundiéndose al público lector junto con un periódico nacional de vasta circulación. Con grande voluntad acepto la solicitud porque, entre otras virtudes, esta colección literaria ha sido integrada con criterio selectivo -su propio nombre así lo señala-y no meramente antológico; en efecto, las antologías suelen programarse subjetivamente, vale decir en atención al gusto e incluso al capricho de quienes las preparan, mientras que la selección objetiva de textos en ese ámbito maneja criterios diferentes y diferenciados, tomando en cuenta en primer lugar la excelencia lingüística uniforme, por así decirlo, de todos los autores, dentro naturalmente de la estilística de cada quien (el estilo es el hombre); en segundo término, una selección ha de considerar la representatividad palmaria de tales obras en relación con la época y la generación cultural a las cuales pertenecen y, en fin, toda colección seleccionada de libros de naturaleza similar a la que hoy tengo a honra presentar, tiene que incluir la pluralidad de los géneros y subgéneros literarios; en igual condición, la BIBLIOTECA ... ofrece el arcoiris cumplido: lírica, cuento, novela corta, teatro, recopilación de narrativa oral anónima, ensayos con intención estética y hasta poesía bilingüe en versión original o traducida, ello como justiciero tributo a nuestra lengua materna, el guaraní paraguayo.

Las mencionadas demostraciones están marcando un propósito central: el de ampliar y diversificar el placer (que en rigor es uno solo) de la lectura: afición, hábito, adicción que, a semejanza del buen comer y de los actos del amor, producen en sus practicantes la extraña sincronía de la felicidad espiritual con el gozo físico.

Carlos Villagra Marsal

Última Altura, a principios de agosto de 2011

 

 

RENÉE FERRER

Nació en Asunción, Paraguay. Es poeta, narradora y Doctora en Historia por la Universidad Nacional de Asunción, con una tesis titulada "Desarrollo socio-económico del núcleo poblacional de Concepción".

Miembro fundador de la So­ciedad de Escritores del Para­guay, de Escritoras Paragua­yas Asociadas, del PEN Club del Paraguay y de la Asociación de Literatura Infanto-Juvenil del Paraguay, pertenece al Instituto de Investigaciones Histó­ricas, actualmente integra el Consejo de la Alianza Francesa y es presidenta de la Academia Paraguaya de la Lengua Es­pañola. Es Académica de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua.

Entre sus numerosas distinciones podemos mencionar conde­coración "Caballero de la Orden de las Artes y las Letras", otorgada por el Ministro de la Cultura y de la Comunicación de Francia. Premio Municipal de Literatura 2010 y Premio Nacional de Literatura 2011

OBRA POÉTICA

Celebración del cuerpo y otros cantos. (2007)

Las cruces del olvido (2001)

Poesía Completa hasta el año 2000 (2001)

El ocaso del milenio (1999)

De la eternidad y otros delirios (1997)

El resplandor y las sombras (1996)

Itinerario del deseo (1994)

El acantilado y el mar (1992)

De lugares, momentos e implicancias varias (1990)

La voz que me fue dada (Poesía 1965-1995)

Antología. (1996)

Viaje a destiempo (1998)

Nocturnos (1987)

Sobreviviente (1985)

Peregrino de la eternidad (1985)

Campo y cielo (1985,2010)

Galope (1983)

Desde el cañadón de la memoria (1982)

Cascarita de nuez (1978)

Voces sin réplica (1967)

Hay surcos que no se llenan (1965)

Las moradas del universo Servilibro, Asunción, 2011

OBRA NARRATIVA/CUENTOS

Entre el ropero y el tren (2004, 2010)

Desde el encendido corazón del monte (1994,1998, 2007)

Por el ojo de la cerradura (1993)

La mariposa azul y otros cuentos (1987,1997)

La seca y otros cuentos (1986,1999, 2005)

NOVELAS

Los nudos del silencio (1988, 1992, 1998, 2000,2003)

Vagos sin tierra (1999, 2007)

Las andanzas de un anhelo (2003)

 La Querida (2008)

DRAMA

La colección de relojes (2001, 2006)

El misterio de la mariposa azul (2004)

Salvemos el lago (2008),

De cómo un niño salvó un cedro. Servili­bro, Asunción, 2011

ENSAYO HISTÓRICO

Un siglo de expansión colonizadora. Histórica, Asunción, 1985.

 2da, ed CEADUC. Asunción, 2008

Los orígenes de Concepción (1086, 2010): La narrativa paragua­ya actual, dos vertientes (Washington, 1994)

 EN COLABORACIÓN

Poetisas del Paraguay. Voces de hoy (Madrid, 1992) con Miguel Ángel Fernández

 

 

PRÓLOGO

Los cuentos de Renée Ferrer se caracterizan por un amplio espectro temático, lo cual implica un amplio horizonte de sensibilidad y un multifacético registro de las pasiones humanas. Su sensibilidad poética le ha capacitado para bucear en las recónditas profundidades del alma, recuperando para el arte la voz oculta y sumergida de personajes sin habla a quienes ella ha prestado una voz liberadora. Personajes marginados de la sociedad como Helena recostada en su catre del Buen Pastor-, o el pobre pensionista de la Casa del Cuadro, son típicos ejemplos de abandono.

Debemos subrayar que la mayor parte de los cuentos de Renée tiene personajes femeninos salidos de las más diversas capas sociales: amas de casa de la clase media, empleadas domésticas, matronas de la Guerra Grande, mujeres bíblicas, heroínas de nuestra historia, abuelas, artistas, secretarias, prostitutas. La más variada gama de sentimientos del corazón femenino, un auténtico compendio de la psicología de la mujer paraguaya y de la mujer universal, surgen de estos relatos escritos en base a una sabia introspección y a una ácida comprensión de la situación de la mujer en una sociedad alienada y frustrante como la nuestra.

La preocupación social tampoco es ajena a estos cuentos. En el caso de La seca, auténtica  Luvina paraguaya, se nos presenta la verdadera situación de los desheredados, de los campesinos abandonados a su suerte, de la injusticia y de la miseria que nos aqueja. No vamos a encontrar en la obra de Renée alardes estilísticos ni hueca retórica. Sus cuentos han sido escritos con la convicción de estar presentando retazos de vida palpitante,

de vivencias auténticas, a través de una vocación sincera que no rehúsa mostrar la cara oculta de nuestra realidad. Si vamos a caracterizar el elemento principal, el nervio fundamental de la sensibilidad de esta escritora, encontraremos que es la suprema conciencia del sufrimiento del prójimo, por un lado; y por el otro, el sentido de justicia y libertad como meta constantemente añorada.

En cuanto a los géneros manejados por Renée, la gama es, también, amplia: el género fantástico, el sobrenatural, el basado en la crónica histórica, el social, todos ellos tratados con técnica moderna en cuanto al manejo del tiempo y las secuencias narrativas; a veces fragmentadas; a veces paralelas, tratadas a través del mero fluir de la conciencia, con "flash-backs" y monólogos, alternados. Una prosa límpida y funcional donde las diferentes voces narrativas transcurren como las notas contrapuntísticas de una sinfonía que trata de reproducir la totalidad de la conciencia del mundo, sin caer en el artificio preciosista ni en digresiones, oscurecedoras del sentido.

Para concluir, señalaremos que: Reinas o sirvientas; amas de casa o secretarias; Penélopes o Circes; las mujeres-en la narrativa de Renée- son seres que están en el proceso de adquirir conciencia de sí mismas y de sus circunstancias; de las redes en que están prisioneras y que, en parte, se las han tejido ellas mismas.

Cuando, finalmente, descubren la punta del ovillo, de esa madeja que es su propia vida no vivida, llegan-repentinamente- a la iluminación; a la realización de que pueden ser las tejedoras de su propio destino; de su propia historia, sin trabas ni postergaciones. En este sentido El ovillo es el cuento clave dentro de la polisémica obra de Renée. El ovillo que teje la madre del cuento, es una metáfora de la condición de la mujer en nuestra sociedad. La mujer postergada es, finalmente porqué no decirlo ­un símbolo de su condición, en este momento crítico de nuestra historia. La lucha por la liberación femenina, es también la lucha por la liberación del hombre.

 

ÍNDICE

Presentación

Datos biográficos

Prólogo

Cuentos:

Aquí en Jerusalén

El vigía

La muertita

Se lo llevaron las aguas

Casa de Salud

Hay que matar un chancho

Le diré al señor Juez

Vuelta de llave

Crónica de una muerte

Helena

La colección de relojes

La exposición

Tarde de domingo

El ovillo

La casa del cuadro

La confesión

La seca

Partido de Fútbol

La Carlanca

 

 

 

 

 

 LA MUERTITA 

 

No era prudente lo sabía podía costarle el apresamiento y estaba poniendo en peligro al grupo entero pero si lo agarraban no diría nada o tal vez no pudiese soportarlo y empezara a gritar no no no mientras dejaba escurrir los nombres la dirección del aguantadero los detalles del plan y hasta las señas de Lisa con la mata de pelo siempre sobre la frente la mano reiterándose en ese gesto de despejarla ¿delatarlos? nunca a menos que los golpes pudieran con él ¿pero cómo se le podía ocurrir semejante cosa con el tiempo que llevan juntos y las garroteadas y los sueños y las madrugadas compartidas? te acercas cuando le pescaron al Flaco era de no creer la manera en que cayó y lo que soportó el pobre y él, ¿aguantaría? claro el miedo que le entra a uno sería mejor volver enseguida o no volver nunca aunque eso era imposible habiendo hecho el compromiso de luchar hasta el final.

¿Por qué le sonaría en la cabeza aquel chasquido y después el vacío como un buche de silencio? y el chasquido otra vez dentro de esa sensación que no entendía rondando la camita de su hermana tan menuda y casi transparente tan dulce desde sus ojos como de miel doncella como él le decía para halagarla con unas chispitas negras dorados e inmensos sus ojos bajo del matorral de las pestañas nunca había visto pestañas tan arqueadas y aquella manera de mirarlo desde su corta inocencia de hermanita venida después de muchos años y él siempre en la calle pero prometiéndole un caramelo al salir porque se ponía triste cuando se iba y como si llorase sin lágrimas desde la fijeza de sus ojos bien abiertos y hoy sin saber por qué tuvo ganas de verla de alzarla en sus brazos dejando caer a un lado la cabeza de mechitas rubias y del otro las canillas finas con los piecitos largos hamacándose cuando se dormía con la red azul de las venas bajo la piel.

No sabía por qué vino precisamente esa noche venirse para acá qué curioso y encontrarla en la cama con aquella fiebre y el sobresalto de mi madre al verme y la alegría florecida sólo por un instante en sus ojos enormes como de miel clarita Yo sabía que ibas a venir ¿no ves cómo está? me agradece y yo me acerco tomándole la manita apagada alzándola hasta mi boca para plantarle un beso le gustaba jugar al billar con esas manos donde apenas le cabían las fichas porque el viejo había comprado un billar para toda la familia y nos encantaba jugar por las noches ¡qué puntería tenía la chiquilina! con esos tacos tan largos que la sobrepasaban en altura y sus lentes redondos entonces yo me fui porque quería cambiar el mundo o tal vez solamente echar abajo esa dictadura de mierda que nos subió encima cuando yo no recuerdo si ya había nacido o era apenas un suspiro en el enamoramiento de mis padres éramos como veinte al principio y ahora quedábamos diez pero en el escondite frente a la iglesia San Cristóbal sólo cinco porque algunos ya estaban adentro y otros se acomodaron y era mejor no verlos por las dudas y la pobre quejándose frente a mí como cuando tenía pesadillas y yo me levantaba para sacarla del susto me abrazaba entonces moviéndose sobre mi pecho como si nadara hasta que volvía a dormirse y yo le colocaba la cabeza en la almohada despacito para no despertarla diciéndole como ahora que su ángel de la guarda ya estaba parado a la cabecera de la cama donde mamá le había colgado aquella pila diminuta de vidrio y plata con la imagen de Santa Rosa de Lima en la que traía el agua bendita que le daban en la capilla del Sanatorio Español donde escuchaba misa todos los domingos ¡tan chiquita ella! retrasándose después en los corredores del convento del fondo sintiéndose Jacinta, la pastorcita de Fátima y jugando con las palomas. Yo soy Jacinta me aseguraba en éxtasis y Dorita Lucía y por supuesto yo debía ser ya no me acuerdo el nombre del muchachito aquél pero ella estaba convencida de todo eso y se enojaba si me reía ¡ya era creyente la chicuela! rezando el Padrenuestro por las noches con las manos juntas mientras mamá le arreglaba el mosquitero y yo me acercaba como si estuviera enojado para decirle hay que lavarse la boca caramba porque si no van a venir las hormigas a comerse el dulce de guayaba que te quedó en los labios y le limpiaba la cara con la sábana aunque ya no tenía nada del pegote aquel y sólo lo hacia para mimarla porque me gustaba después de verla embadurnada hacerle creer que no se había lavado bien.

Ahora entiendo la urgencia de venir justamente esta noche en que están organizando los detalles del atentado no se sabía todavía para cuando y mejor no saber pero sería pronto por eso les extrañó sobremanera mi partida a pesar de confesarles que me comía un desasosiego extraño y había sido por vos, Norita, por esos ojos inmensos que ahora se abren desde el fondo dorado de tu cariño.

Habían llamado al doctor cuando vieron que la fiebre no bajaba, y mi madre lo estaba haciendo pasar mientras papá se acercaba también desde la sala, con el arrastre de sus zapatillas cansadas. Entonces se incorporó extendiendo la mirada sobre nosotros, como si quisiera meternos a todos allí adentro, para llevarnos con ella a alguna parte.

Con un gesto, más que con palabras, el doctor lo confirma, aunque yo lo supe antes que abriera la boca por esa reticencia de sus ojos en mirar a mamá, después de estarse largo rato con la muñeca de Norita entre los dedos rastreándole el pulso, el estetoscopio en procura de algún latido. Entonces mamá grita, y el médico suelta los hombros vencidos, y yo me interpongo. Los demás nos miran desde el umbral en tanto la sostengo, colocándomela sobre el pecho, con los brazos abandonados hacia atrás, de puro sueño, parecía. Que cosa extraña es la muerte: todo aparenta igual, el color de las mejillas, la tibieza emanando de la piel como si nada, como si sólo estuviese dormida. Pero ya está muerta, muerta sobre mí, saliéndose de mi cuerpo y sin embargo adentro: El médico, mi hermana mayor y los otros me la piden. Yo me niego, abrazándola: inmóvil, cálida aún, lánguida, traslucida, casi inmaterial en su blancura, sobre mi hombro, desmayada.

El reloj da las once. Pienso que ellos estarán terminando de aprontarse para salir, cada cual con las órdenes precisas: la hora, el lugar, Manuel con la bomba, jugada ya nuestra suerte; las cabezas bajas después de reiterar el juramento y entonar nuestro himno en el silencio infranqueable de la noche, casi sin voz para no ser descubiertos, los labios imantando el aire de una fe rabiosa.

Y yo, con mi muertita sobre el pecho, incapaz de separarme de ella. Es imprescindible que vuelva. ¿Qué me pasa? Algo extraño me clava en el centro mismo de este dolor casi tangible. El reloj, en la otra pieza, me recuerda las campanadas de la iglesia. Quiero evadirme, pero no me puedo apartar, con mi hermanita desbordando mi abrazo.

Ya voy a dejarla en la cama para que la velen los demás, cuando empieza a moverse. Sin abrir los ojos ondula un bracito, luego otro, se acomoda en mí; mi madre grita y el doctor se aproxima; la ausculta por la espalda, porque no puede desprenderla de mi torso; menea la cabeza; mi madre se desespera y Norita se detiene también. Una ilusión, una esperanza, un delirio nuestro de tanto querer que viva: eso fue. Trato de mirar su rostro, pero no me deja; lo ha metido en el ángulo de mi cuello; persiste en él con una fuerza sin violencia, increíble para sus años. Los demás se acercan, se desorientan; ya está nuevamente como nadando con una precisión que me perturba. Mi madre ríe, grita, llora: Vive, ha movido una pierna, y la otra, Señor. El doctor vuelve a revisarla mientras se contonea, para luego confirmar desalentado: está muerta. Mamá se desmorona en sollozos, mi hermana quiere alzarla. ¡No! Pero no soy yo quien lo dice, es ella que se me aferra y con una dulzura extraña me somete. Me siento en la cama con el movimiento lento de sus brazos en mi nuca. Es como una batalla de caricias un fondo de mar participando en la danza de un cuerpo que no se enfría. Está viva, grita otra vez mi madre, en tanto papá vuelve sus convulsiones hacia el otro cuarto porque no puede más, y creo que yo tampoco.

En el reloj dan las doce. Mi madre insiste. El doctor intenta explicarle que no lo entiende. Se trata de un fenómeno desconocido para él. Nadie entiende por qué Norita se mueve, si ya está muerta. Y yo no puedo alejarme. Algo me lo impide. Ella me lo impide, mientras el péndulo desgrana una, dos, tres campanadas, sin que consiga sustraerme a ese juego de desperezamientos y envoltura que me sujeta.

Al principio no me doy cuenta. Una sensación de desencuentro se esparce en el ambiente, es como si el tiempo hubiera dejado de respirar. Algo incierto me estrangula y me doblega. No estoy aquí o los demás se están yendo. Súbitamente lo comprendo: Norita ha dejado de moverse. Paulatina, imperceptiblemente, ha ido tomando su posición definitiva. Ya quieta la sombra de sus pestañas, sus piernas, sus bracitos. En el centro del círculo formado en torno a nosotros ha dejado de nadar sobre mi pecho. Nadie lo nota, al principio, absortos como están en buscarle el movimiento, que a todos se les antoja más tardo, imperceptible; una quietud provisoria anterior al desplazamiento. Pero no. Ya no se mueve. Nadie comprende. Sucedió simplemente, eso de quedarse tiesa y más tiesa hasta perder del todo el calor, desplomando sobre mí un abrazo rígido.

¿Por qué será que los muertos se aferran a la vida de los otros mientras continúan muriéndose en sus brazos? En el escondite mis amigos se preguntarán por qué no vuelvo sin saber que es por vos que me quedé ¿por qué así chiquita por qué'? pero ellos saben de sobra que si no vuelvo es porque no puedo y tal vez sea eso lo más hermoso de lo nuestro como con vos Norita que podía contarte lo más increíble del mundo y no se te ocurría que pudiese engañarte yo te quería jugando: a ser Jacinta toda la vida acertando las buchacas del billar con esas fichas que apenas te cabían en las manos ¡si ni habías empezado a crecer todavía! doncellita.

Nadie llora cuando la dejo en la cama ni siquiera mamá que está totalmente anonadada. La habitación entera se hinca ante su cuerpo, y todos rezan, menos yo: solamente me fluye la tristeza.

A la mañana siguiente me enteré de que durante aquella noche la Policía descubrió el escondite, rodearon la casa intimándoles rendición. En la puta vida, para que nos destrocen en Investigaciones, los escuchaba decirse entre sí, y yo pienso lo mismo. Devolvieron el fuego y en la balacera cayó Pascual; Manuel arrastró la pierna como pudo hasta la iglesia, donde trataron de refugiarse sin pensar que el sacerdote los entregaría bajo la promesa de que no les harían nada- lo cobarde que puede llegar a ser la gente. Katia tuvo su hijo en la cárcel; los padres recibieron a Miguel amoratado y sin vida. Y Lisa, mi Lisa, se fue yendo heroicamente sin pronunciar mi nombre.

Caracas, junio, 1991

 

 

 

SE LO LLEVARON LAS AGUAS

 

Para Rubén Bareiro Saguier

 

Gabriel se levantó temprano, sacó los ojos por la ventana y los dejó sobre el resplandor que amarilleaba el horizonte.

Otro día empezaba para agrandarle la desesperación y la espera. Mateó un rato, dejando que el calor del agua se le quedara adentro. Después, maneando sus pensamientos, empuñó la azada y salió con todo su desgano encima. El vacío deambulaba en el rancho como una sombra tangible y compañera. Sobre la tierra cuarteaba, cubierta de una arcilla suave, los pasos de Camila se habían ido borrando, arrasados por el aliento recalcitrante del verano. Únicamente el loro escupía su nombre con voz agreste de vez en cuando, como si la extrañara igual que él. Él, que consistió en su partida.

Un viento obstinado le chupaba de a poquito el cerebro; secaba la pulpa de las frutas en las ramas, llevándose los aullidos de los perros, que se quedaban por horas suspensos en el aire empañado. Ni recordaba el momento en que comenzaron a extrañar la lluvia sobre los plantíos balbucientes de la capuera. ¡Hacía tanto tiempo que la tierra se había bebido los últimos charcos! Cuando se agotó el pozo Camila se fue, y ahora estaría llegando a Celador, donde pensaba agenciarse alguna ropita para el hijo, que no podía demorarse demasiado.

Gabriel miró el cielo donde remolineaban las nubes y comenzó la carpida con esa lentitud que acarrea quien no tiene ni un hilito de esperanza. Aquella negrura se había vuelto tan común y engañosa que ya no le prestaba atención. Al principio solía avivarle una alegría pasajera, como de ilusiones sueltas; pero pronto comprendió que ese sorbito de confianza se lo tragaba el viento norte, dejando cuando se iba una reverberación que hacía crepitar las hojas con un ruido como el llanto entrecortado y sin consuelo.

Un sol implacable se salía de a ratos de aquella cerrazón para mover sus hábitos desde arriba. Iba de un lado a otro, según estuviera, arrastrado nada más por la costumbre. Comer, dormir, hacerle arañazos a la tierra; cualquier cosa daba lo mismo, entre frases masculladas para nadie, y el vientre de Camila como abriéndose paso antes de irse.

De vuelta al rancho agrupó los rescoldos esparcidos en un rincón de la culata que les servía de cocina y puso a hervir en la olla de hierro un resto de mandioca; reservó los porotos para el día siguiente, y el quesito en el sobrado, para después. Eso era todo lo que le quedaba para no morirse de hambre hasta que Camila volviera. Echó de menos su andar cansino, las palabras descolgadas de su conversación haciéndole agujeros al silencio mientras le cebaba el tereré, las pausas prolongadas entre los sorbos de agua verdosa y fresca. Aquello fue antes que se secasen los malvones y la aguada se quedara en puro lecho reseco, con los peces hinchados hediendo en el fondo. Esos peces que aparecen como por milagro de santo en los tajamares dormidos dentro de la distancia. Espantó su hambre de tenerla para cuando se soltaran las lluvias y todo volviera a ser como antes.

Después de comer se tiró al catre, la vista fija en la paja gris, hasta que se apaciguara el calor. Así como estaban las cosas no podía tardar en llover. Entonces saldría al descampado con todo su cuerpo para que el agua lo mojara, lavándole la amargura de tanta espera. ¡Diez meses sin llover, y los sembrados casi muriéndose! Adentro se le removían los recuerdos: tardes y tardes de resol con los ojos amarrados al horizonte; los labios de Camila moviéndose lentos, suplicantes, entregados, como ella misma que siempre andaba con la resignación prendida a la espalda. Apretó entre los dientes su rabia inútil y suspiró.

Ellos siempre andaban al acecho de los antojos del tiempo: chapoteaban con el agua en los tobillos sobre la mata podrida de los pastos, o la seca se los comía sin piedad.

La cerrazón comenzó a revolcarse de un lado a otro. Y esos tumbos se le metieron en el pecho como una esperanza convaleciente que se levanta después de guardar cama. Dejó correr los ojos sobre los lamparones chamuscados de tanta desolación; los dejó flotar sobre cl silencio, parándolos fijamente sobre un pájaro desbaratado por la muerte, de donde se dispersaron de repente las moscas sorprendidas, y reconoció en huida la inminencia del agua. La sintió en su aliento quieto; en todo ese campo que se le metía por la mirada.

Tibios gotearon comenzaron a caer estampando en el patio las manchas redondas de su bendición. Entonces respiró hondo el olor generoso que despide la tierra cuando se moja después de andar sedienta, y pensó que allá, en Celador, Camila movería los labios también.

Cargaditas de rezos y maldiciones las nubes se deshacían, por fin, a ramalazos sucesivos, con rabia, sin descanso, corno desquitándose. A Camila se le acalambraron los pies de tanto caminar; pero estaba contenta de mojarse cl vientre enorme, la cara, el pelo, y los atados también. Contenta de que cayera el agua y no fueran a morirse de hambre, justito ahora que iba a tener un hijo, y los pechos se le vaciarían de leche si no comía. ¿Cómo iba a amamantar al inocente si no comía?

Los bultos le pesaban no porque fueran muchos, sino porque sentía como cuchilladas por lo bajo. Entonces comprendió que debía apretar bien los puños, morder sus gritos y llegar cuanto antes adonde estaba el bote, no fuera que esas punzadas le impidieran avanzar y se hiciese la noche. Ni demorarse a llorar, ni hacerles caso. Eso es lo que tenía que hacer. Y siguió caminando con la misma obstinación de la tormenta, mientras sorbía ese gusto a cántaro disuelto: la ropa adherida al dolor, la boca abierta hacia arriba, la lengua plana de avidez y la gratitud aflorando debajo de la cara crispada. Hubiera querido estar con Gabriel; salir a mojarse juntos, antes de rezarle a la Virgen de Caacupé, como había prometido. Y no estar sola y a punto de parir un hijo a la intemperie.

Las aguas se enfurecen cada vez más, soltando una saña contenida. Se refugió como pudo bajo el karanda'y. Entre su follaje tieso, de enormes hojas abiertas, se precipitaron las nubes, rotundas, como un alumbramiento. No podía tenerse en pie, apenas si arrastrar sus cositas, ni siquiera con su cuerpo podía. Se fue dejando caer con esa mansedumbre de bestia maltratada, agarrada al tronco espinoso y al silencio. Se quedaría así hasta que pasara el mal tiempo, hasta que aflojase un poco, solo un ratito, Señor. Entonces llegaría al río, al bote, al rancho, antes del anochecer.

Camila dejó sus gritos apretados en el fondo de ambas manos, como pedazos de voz que se guardan para cuando se acaban las fuerzas. Y resistió. Solo un poquito más, Virgencita, sólo un poquito más. Hasta que amainase la lluvia, hasta que se sacara el cielo, y pudiera levantarse con aquella ropita apretada contra el pecho. Entonces llegaría al río, al bote, al rancho quizás, antes del amanecer. Gabriel se limpiaría los rasguños con un trapo compasivo. Tendida en el catre, le empujaría hacia abajo el vientre lleno, para que naciera más pronto y ya no le doliera. Ella le alcanzaría después el hijo venido con la lluvia. Se lo entregaría envuelto en lienzo blanco, y ya limpio, de modo que lo viese bien y se pusiera contento. Muy junto al tronco se quedó quieta, rezando entre sus pensamientos.

Sobre el campo caía la lluvia y sobre el temporal la noche. A Gabriel, el rancho se le fue yendo de a poco: primero los mazos de paja arrancados de cuajo, los adobes disueltos después. En puro esqueleto nomás se le quedó, incapaz de retener el viento. Cuando vio que era inútil soltó la vaca para que no se muriera atada al poste. Le dio pena que se muriera mugiendo sin ninguna parte, mientras el loro mutilaba el desplome de las aguas con un grito como de mal agüero.

Sin que Gabriel lo notara, anocheció. A los tres días se desbordó al río, llevando en la corriente bultos de quién sabe dónde. Y de Camila, ni la sombra. No podía sacarse de los ojos su figura pausada, bamboleándose hasta que la tragaron sus pasos en la punta del sendero. Se le ensanchaba la culpa de tanto morder su ausencia. Aferrado al horcón, aguantó firme otro amanecer, viendo pasar sobre tablas más sombras sin rostro. Era inútil gritar. Mejor guardarse la energía para no morirse él también arrebatado por el torrente, antes de que Camila volviera.

A ella se le anegaron los rezos bajo el karanda'y. Órbitas ensombrecidas, labios blancos, el agua subiéndosele hasta los pechos. Aguantó como pudo apretando el deseo de tener a su hombre al lado. Aguantó y aguantó. A la fuerza de la correntada se mezclaron, de pronto, los empujones del hijo pugnado obstinadamente por salir. Hacía rato que sus cosas se hablan ido sobre el lomo del río, junto con los ruegos de que viniera Gabriel, por milagro, Virgen Santa, para ayudarle un poco en este trance. Cuando cl impulso irrefrenable de la vida por fin la desgarró, sintió el cuerpito tibio de su hijo deslizándosele blandamente entre las piernas.

No bien bajó la creciente, todo quedó forrado por una delgada piel de barro que el sol resquebrajó, como un lagarto que se descascara indiferente y somnoliento. La vio llegar un día, agrandándose desde el atardecer. La cara gris, cl cuerpo flaco, los brazos sueltos de abandono; la pregunta tascada sin poder trasponer la garganta, como si supiera desde ya la respuesta.

Camila soltó su desconsuelo sobre la chacra, su tapera, los giros circulares de los cuervos. Anduvo un trecho más sobre el silencio y entonces se lo dijo, sin llanto, desde el fondo, con un resto de voz:

-Se lo llevaron las aguas, Gabriel. Se lo llevaron las aguas, mientras estaba naciendo.

1998

Cuento finalista del 11 Premio Ana María Matute, 1989

Madrid -- España.

 

 

HAY QUE MATAR UN CHANCHO

 

Para Ana María Imizcoz

 

Sí. Esa mañana tenía que hacerlo, apenas él se fuera al campo tenía que hacerlo. Con la rabia caliente y con toda su fuerza, le hundiría el cuchillo un poco más abajo de la garganta, hasta alcanzarle de lleno el corazón, para que soltara junto con el berrido lento todita la sangre, y se le aplacaran los celos que la estaban dejando fuera del sueño y dentro del resentimiento.

No sería difícil agarrarlo, siempre somnoliento, en su complacencia embarrada de sol y de moscardones verdes. Un poquito de maña y otro de coraje para no errar el golpe. Eso necesitaba.

A ella no la iban a embromar así nomás, logrando que se burle todo el pueblo: tan altos como tenía los pechos todavía, y guardada en el rancho como rebozo en arcón. Porque desde que se casó con ella nunca más la mostró.

Entre el chiquero y el cacareo de las gallinas salpicando el atardecer, se le estaban reblandeciendo las nalgas con las que Eleuterio se solazaba de noche o a cualquier hora, no bien le entraran ganas, sin siquiera llegar al lecho matrimonial, donde decía el cura que no era pecado. Entre los liños de la capuera, la agarraba nomás. Y a ella hasta le gustaba tanta urgencia derramándose sobre su cuerpo rendido. Pero hoy: iba a matar un chancho.

Miró fijamente su decisión sobre la luna quebrada del espejo: tirándose los cabellos hacia atrás se los amarró con dos horquillas negras; se peinó las cejas -como lunitas nuevas alumbrando su frente- y pensó que durante la matanza se pondría cualquier ropa; pero después se cambiaría, para que la encontrara limpita, saliéndose por arriba y por abajo del vestido floreado que tanto le gustaba, un ramito de rcsedá escondido en el corpiño.

Con el sentimiento de dominio que le contagiaba aquel perfume se sentó a desayunar: cocido con leche más dos galletas cuartel, despacio, sin apuro. Porque ¿a quién se le ocurriría matar un chancho con el estómago vacío?

Ni el gusto del azúcar quemada consoló su amargura. Tiró el tazón en la batea, dejándolo sin lavar; ya habría tiempo para eso. Ahora lo importante era matar cl chancho. Eligió con cuidado un cuchillo eficaz, estudiando con pericia el filo del acero, y dejó que la determinación le moviera los pies.

EI cielo límpido, el sol convaleciente y aquel aire de abandono que tienen las cosas cuando se las deja solas, lo recordaron el día en que Eleuterio se la robó del rancho para llevársela a la iglesia, después de apaciguar por los yuyales unas calenturas que llevaban meses.

Así mismo estaba la mañana: fresquita por fuera y como pidiendo más. Ella era la mujer más cotizada del valle. Además de tener las carnes duras coma un yunque, poseía una gracia para decir no, que traía enloquecido a medio pueblo.

Esa mujer es mía, le contaron que dijo en cuanto la vio. Y fue entonces, subiendo la profundidad de su deseo, cuando decidió no entregarse. De eso hacía tres años, y ningún hijo le había desmoronado los pechos todavía. Engordó un poco, es verdad, pero aquello parecía condimentarle el entusiasmo a su marido. Por eso le costó creer lo que le contaron.

Aceleró el paso sobre los rescoldos del recuerdo y, divisando cl chiquero, lo eligió desde lejos: bastante gordo, pero no demasiado, tenía que ser.

Si existiera alguna duda, siquiera un rayito de duda, aún habría tiempo de desistir. Pero no. Su comadre le confirmó que Eleuterio, así de grande y rubicundo, la envidia de sus amigas y su tesoro mayor, andaba prendado de la maestrita recién llegada, delgadita, carisanta y letrada, para más.

La muerte quedó resonando en el bananal, en la sangre que le untaba las manos y el vestido, en la sombra agujereada de los mangos, hasta terminar coagulando el chillido del animal.

Se lo llevó a rastras hasta el rancho. Una vez carneado, le fue derramando a chorritos el agua hirviendo sobre la pelambre sucia; le separó la cabeza, luego el cuerito con el tocino y todo, hasta llegar a la carne sonrosada y tierna.

En el tatakuá, donde se doraban las sopas de sus aniversarios, metería la cabeza, las palas y el costillar en espera de su marido. Con que ella tenía la grupa más ponderada del pueblo, con que mi reina, y mi corazón. Algo que no era ella se revolcaba en su interior a medida que el aroma invadía la mañana.

Aquella siesta, lo vio creer, sofocado, emergiendo del horizonte bajo el sol furibundo que quemaba el verano. Aunque Eleuterio era fuerte como un toro, Boní no dejaba de pensar en su mal de corazón. Tenés que cuidarle, de familia luego es, le advirtió la médica.

-Buenas, ¿qué se huele por aquí? -saludó, mientras ella le tendía el tereré antes de desensillar.

-Algo rico, nomás-le respondió con sonrisa prometedora.

-Y a qué se debe ¿,si se puede saber?

-Había que matar un chancho. Para vos, che karaí -agregó, poniendo tal grado de coquetería en las caderas y en la voz, que Eleuterio no pudo menos que sentirse el señor absoluto de su rancho.

No bien se lavó la cara, con la camisa oliendo todavía a virilidad y a cansancio, se sentó a la mesa preguntando otra vez, por halagada, lo que había de comer.

Después de una hora mirándolo engullir haciendo amagues con el tenedor ensimismado sobre el plato sin probar bocado, se levantó y se metió en su cuarto. Esperó todavía media hora antes de verlo entrar, golpeándose la barriga con palmaditas risueñas.

El brazo se le quedó a mitad de trayecto con el asombro colgado de la sábana, cuando la vio: pura blancura su cuerpo, todo desnudo, para encenderle el deseo. Sin que mediara una pausa, se tiró sobre su mujer, hundiendo la cabeza en medio de aquellos pezones que, erguidos como dos rosas, le enmarcaron la cara.

Agotadas las recurrentes astucias del amor, la puerta se abrió, lenta, como entristecida, al filo del atardecer.

Aquella noche, entre los velones encendidos, los comentarios de circunstancia y las condolencias de las amigas, las mejillas de Bonifacia brillaban ardidas por el llanto.

                                                1990

 

 

 

CRÓNICA DE UNA MUERTE

 

 

Sintió la lanza y el chasquido de los huesos a un costado de la espalda, su grito suspendido tensamente en el aire; y después el eco como si rodasedando tumbos por una pendiente dilatada. Y allá en el fondo la impaciencia de verlo el coqueteo de los pliegues de su vestido al moverse bajo los caireles lucientes, el murmullo almidonado de los miriñaques.

La sangre empapaba sus andrajos; y lejos, muy lejos recobro sobre la trémula mano extendida, el calor de sus labios el diálogo prolongado de sus ojos. Ese líquido pegajoso, que corría siguiendo la huella de la columna vertebral, las caderas y las piernas, la devolvió al corro apretujado que la miraba en silencio. Una irremediable tristeza le desterró la sonrisa cuando se enteró de la orden. Faltando tan poco para la boda, el General lo mandó comisionado a la campaña; las amonestaciones leídas en la iglesia y su ajuar perfumado de azahares en el arcón.

El dolor de la carne abierta le retardó la respiración y vio cómo giraban, nebulosos, los rostros de las mujeres, los oficiales y la tropa, alrededor del descampado donde se desatinaban sus pasos. Se dejó ir tras cl dolor rozando un tiempo envejecido. Las tertulias sin él se contagiaron de sombras. El General la acechaba como antes del viaje a Europa, tal vez más, a pesar de la mujer que se trajo consigo. Esta lo observaba todo desde una distancia altiva. Si el General se le acercó varias veces: galante, impetuoso, pero ella no era mujer para compartir lechos, ni era propenso al olvido su corazón.

Otro golpe, y de nuevo los gritos se le escapaban sin que se diera cuenta. Cómo tardaba, cómo tardaba en llegar la muerte compasiva. Capricho firme el del General, o tal vez. fuese cierto, pero no le hicieron vacilar su voz grave ni su jadeo trabajoso. Aquella fogosidad impetuosa dio paso al hosco resentimiento del hombre omnipotente desdeñado. No le importó.

Y seguían haciéndole agujeros en la carne. La guerra con sus patéticas ausencias la inundó como a todos. Poco a poco se despoblaron los salones y se fueron entornando de duelo las persianas. Sus pasos buscaban diariamente la huella de la casa paterna al hospital de Sangre, del hospital a su casa, con el tembloroso y contradictorio deseo, siempre a cuestas, de encontrar al ausente una mañana, tendida entre los lienzos blancos.

Reconoció el olor caliente de la sangre, derramándose densa esta vez desde un hombro. El dolor perduraba en su piel, como aislado de tan intenso, como si fuese ajeno y ella pudiera presenciar desde afuera su propia muerte. Le gustó al General desde muy joven eso siempre lo supo: insinuaciones veladas primero, francas proposiciones después, la avidez de su mirada, no dejaban dudas al respecto. Alguna invitación se reiteraba tercamente de vez en cuando, ahondando la afrenta del rechazo. Ella se complacía en el desdén.

Un nuevo desgarramiento la restituyó al centro de ese círculo donde, cada vez más vertiginosamente, giraban los rostros, los harapos, los escuálidos sobrevivientes de aquella macabra caminata. Sentada a la mesa del Mariscal comió vívidamente una noche. En la negrura de sus ojos relumbraba aún el deseo insatisfecho ante su cuerpo marchito. Reiteró a la vista de todo su viejo galanteo. La subiría a las carretas. No más cáscaras de naranja agria para saciar el hambre, ni espinas desgarrándole los pies. Los labios de la Madama estrangularon una mueca.

El Mariscal insistía. Jamás, jamás de él; jamás del hombre que inventó su desdicha. Con el ajuar perfumado de azahares y las amonestaciones leídas frente al altar.

Perdió el equilibrio cuando otra lanza le destrozó un tobillo. La arena se le adhirió a los labios; un barro oscuro se le pegoteó en los cabellos cuando se quedó echada cara al suelo, rogando que acabaran de una vez de matarla. Tan mala puntería en lanceros veteranos le reveló una crueldad demasiado siniestra para ser fortuita. Sintió que el alma se le iba escapando de las carnes. Los ojos de la Lynch refulgían como acero cuando se levantó de la mesa insultando el mantel con el vino derramado. El temor fue rodando por las miradas hasta que el silencio se estacionó sobre la concurrencia. Los enojos de la Madama arrastraban consigo negros presagios. El asedio del Mariscal duró hasta el alba. Jamás, jamás del hombre que inventó su desdicha.

La orden de lancearla fue dada a la mañana siguiente, pero Pancha Garmendia nunca supo quién firmó la sentencia.

 

 

 

LA SECA

 

En un lugar desolado del trópico había un pueblo parecido a Luvina, por su tristeza polvorienta y porque hacía años que no llovía La gente vagaba por las calles como husmeando el tiempo, con un sabor persistente a tierra en la boca y los ojos redondos como platos trancados en la claridad demasiado intensa. Los campos ardían por combustión espontánea, y en los troncos de palmeras desmochadas, ennegrecidos por los incendios, se paraban los cuervos taciturnos hasta que se les evaporaban las carnes y los derribaba el viento. Hacía tiempo que era un páramo ese pueblo borroneado en la desolación del trópico. Fantasmales los rostros se pegaban a los huesos tomando la expresión estática de las máscaras. Se bebían los orines y las lágrimas, y cuando nacía un niño, rara vez sobrevivía a la lactancia, porque no faltaba un hermano o el propio padre para tomarse la leche de la madre. Se morían nomás, sin dar trabajo, los niños con el grito detenido en la sequedad de los labios; los viejos, de puro resecos, bajo el alero de los ranchos. No había entierros desde la seca porque la tierra, cada vez más dura, no se abría ya al golpe de los picos. El sol, por otra parte, no daba tiempo a que se pudriesen las carnes; al poco rato del deceso la piel quedaba tensa como cuero estaqueado y los muertos cobraban el aspecto de momias desenterradas.

En las orillas del pueblo se escurría hasta el horizonte una vía por donde, de tanto en tanto, un tren aguatero dejaba sentir su rítmico traqueteo. No resultaba tan pavorosa la tristeza como la esperanza el día del paso. Hacinada al costado de la vía, la gente lo aguardaba tratando de encaramarse a las lisas paredes de su tanque, lo miraba pasar después, e irse sin remedio con su fresca y custodiada resonancia. Bocas abiertas y manos implorantes nunca pararon el tren. Se anunciaba desde lejos con un breve pitar entrecortado y se perdía como había aparecido, llevándose las esperanzas muertas.

Esa tarde volvió más cansado que nunca. El calor lo asaba en su piel. La frente, las axilas, le hervían como a todos desde la seca. Afiebrados y enloquecidos de sed ya no contaban los años. Él sabía que no habían muerto hasta entonces porque aprendieron a beberse las heridas: se tajeaban las piernas y los brazos cuando ya no podían, y así llevaban los miembros listados de rojas aberturas. No era fea la sangre después de todo. Cuestión de acostumbrarse, no pensar en el agua. Recordaba el año de la seca cuando los árboles dejaron de brotar, y los que había se agacharon como amedrentados para protegerse de un sol locamente enardecido. Se fueron secando poco a poco, salvo algunos que sobrevivieron retorcidos y espectrales, donde se podía hallar de vez en cuando alguna fruta sin pulpa, pura cáscara y carozo, donde posar los labios lentamente para beber del jugo inexistente un sabor olvidado.

El tren pasó esa tarde después de tres meses; y él tenía tres hijos desparramados sobre el catre. Con este calor era preferible estarse quieto. Pobres hijos con sus ojos como pozos vacíos en la cara, y la boca agrietada bamboleándose de un lado a otro. El más chico nunca conoció la lluvia. El pueblo se quedó como estacionado en un tiempo sin agua, sin nubes, sin viento. Los que continuaron vivos fueron perdiendo esos recuerdos bajo el aire recalcitrante que se cernía compacto sobre las calles, los corredores y los cuartos. Un sol despiadado se inmiscuía dentro de los ranchos, donde cada rendija era de acero. Las cobijas ardían al menor descuido y los utensilios se enrojecían sin necesidad del fogón. Nadie cocinaba en ese pueblo parecido a Luvina desde que faltaba el agua. Se comían las raíces, los pájaros, las ratas que quedaban.

En los rostros dormidos de sus hijos se veían las vertiginosas bolitas de los ojos, moviéndose bajo los párpados. El menor casi murió cuando él le chupó los pezones a la madre. Después le tuvo pena; pero ella se fue enseguida, de todos modos. Al principio apilonó los huesos contra una tapia, los ordenó una y otra vez cuando se desarreglaban, pero cuando vio que era inútil, dejó que sus hijos jugaran con ellos, y así terminaron desperdigados por el patio.

La gente había perdido la noción del tiempo y aquello duraba ya bastante, pero él sabía que el tren había pasado nueve veces con intervalos regulares. Lo malo era que no paraba y les revolvía las esperanzas. Tantas señas que le hicieron esa tarde para nada. Venía y se iba pitando hasta perderse en la última raya de los campos con la fresca agitación que ellos sabían encerrada en su vientre de metal. Las secuelas de su paso eran nefastas. Silvano murió de desesperación la tercera vez que lo vio alejarse; Marcelina no tuvo tiempo de salirse de enfrente cuando se interpuso en la vía; y así tantos otros. Ahora faltaban tres meses. Parece tan largo el ciclo de la noche y el día cuando se está esperando.

Desde la seca nunca más sopló el viento en este pueblo tan parecido por su congoja a Luvina; no había ramalazos quebrando la quietud ardiente. Por las noches la luna eyaculaba su luz sobre los ranchos convirtiéndolos en sombras encanecidas.

Faltaban tres meses. Y tenía tres hijos. Ya no quedaban muchos en el pueblo. La sed los fue matando, aunque todavía nacían algunos infelices engendrados con la esperanza de la leche. Y se morían nomás los recién nacidos sin que sus madres pusieran resistencia: o no tenían fuerzas o les daba lo mismo.

Una vida es una vida. Hijos, padre, compañero, palabras cuyo sentido se perdió con la seca. Todo era igual ahora. Se volvieron de piedra, cada vez más insensibles y esqueléticos. Se seguían bebiendo los orines y las lágrimas. Era ya costumbre. Pero el tren reaparecía escrupulosamente con la fresca agitación de su vientre y los enajenaba. Les devolvía el recuerdo de otras aguas, de lluvias estivales, del arroyo sorbido por la tierra. Ese tren les ponía desoladas las mejillas e impotentes los brazos. Era una maldición cada tres meses, como la seca inacabable, como el primer angelito que se quedó sin leche.

Alternancias de sol y luna, rueda de hábitos que no cesa, algunos muertos más y algún aislado nacimiento. Así pasaron los meses. Y tenía tres hijos. Por aquel tiempo trataba de mantenerlos siempre cerca, por si escuchaba algo de improviso.

Aquella siesta, cuando sintió el silbato, estaban en el patio como de costumbre. Los tomó como pudo a los tres por los brazos; los forzó a caminar a paso rápido hasta la vía, sacó una cuerda que llevaba bajo la camisa y los ató muy juntos uno al otro sobre los durmientes. Los vecinos se aglomeraron a su lado esperando la primera imagen. La esperanza les aceleraba el pulso mientras los niños miraban el cielo, enmudecidos, con los ojos tremendamente grandes. Lo vieron entrar en la distancia, cobrar forma, acercarse, parar de a poco como si dudara todavía.

El asalto fue rápido. El maquinista tardó un poco más en morir porque Eleuterio era inexperto en el manejo del cuchillo y tuvo que clavar dos veces. Se atolondraron contra el tanque, le buscaron la tapa a tientas con los dedos crispados; entre empujones y codazos se asfixiaron unos cuantos. El pueblo entero se apretujó para beber primero. Se saciaron de agua, de frescura, de líquida transparencia, y se fueron muriendo revolcados en el dolor del exceso, sin acordarse de desatar a los niños que seguían mirando fijamente el cielo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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