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OSVALDO GONZÁLEZ REAL

  REFLEXIONES DE UN ROBOT - Cuento de OSVALDO GONZÁLEZ REAL


REFLEXIONES DE UN ROBOT - Cuento de OSVALDO GONZÁLEZ REAL
REFLEXIONES DE UN ROBOT
 
Cuento de OSVALDO GONZÁLEZ REAL
 
 
 
 
 
 
REFLEXIONES DE UN ROBOT

"El Universo es una máquina,
 
el hombre es una máquina;
 
el Robot no es una máquina".
 
Del "CATECISMO DEL ROBOT".
 
 
 
"Débiles autómatas, colocados por la mano
 
invisible que nos gobierna en el escenario del
 
mundo, ¿quién de nosotros ha podido ver el
 
hilo que origina nuestros movimientos?".
 
VOLTAIRE.

 
 
Soy sicólogo. Mi especialidad es el estudio de la mente humana. Fui designado por mis superiores para investigar las causas que precipitaron la desaparición de los hombres. Estoy, aquí, ante esta gran ciudad, contemplando las ruinas de lo que fuera una gran civilización. No puedo llorar ante tanta desolación, porque soy un robot, y los robots no lloran. Sin embargo, siento que algo incomparable se ha perdido.

Algunos sostienen -basados en esa larga historia de guerras y revoluciones- que la motivación fatal se hallaba implantada en la raza humana dentro de sus circunvoluciones cerebrales; alojada en lo íntimo de su ser, como si llevara una bomba de tiempo en el alma, que la conduciría, tarde o temprano, a la destrucción.
Varios colegas, interesados en el problema, creyeron hallar la explicación postulando un instinto de muerte: una fuerza incontrolable, que tendía -inexorablemente- a lo inorgánico; al nirvana del reposo absoluto; a la quietud definitiva de lo inanimado.

Otros, menos deterministas, sostienen que la razón debe buscarse en la excesiva represión que se debió ejercer sobre ellos para posibilitar la civilización. Las energías instintivas de la especie habían sido des viadas de su satisfacción natural y sublimadas para ser utilizadas en el trabajo y la producción. Esto había causado la Gran Frustración que le condujo a su fin. Suponíamos -merced a estudios anteriores- que su tremenda hostilidad y la agresión desmesurada de que era capaz, se debían, justamente, a esta desproporcionada coerción. Por otro lado, la felicidad no era -en aquel mundo- un valor cultural, siendo reemplazada por el conformismo y la seguridad.

No faltaron los defensores de la hipótesis fatalista: la Tierra había comenzado sin el hombre, y terminaría sin él. La aventura humana no había sido sino un experimento fallido; y la Naturaleza ocultaba su error bajo un montón de escombros. Alguna vez, en algún otro rincón del universo, se volvería a probar, quizá con mayor éxito. En este sentido, las sociedades de insectos se habían mostrado superiores, sobre-viviendo, desde hacía 500 millones de años, todos los cataclismos geológicos. La historia de la humanidad -en comparación- había ocupado apenas un segundo del reloj cósmico.

No es extraño que Ellos -siempre tan eficientes- nos hayan creado a nosotros -los robots- potencialmente inmortales. Fuera de la 1ª Ley de Robótica (de la cual nos independizamos, hace cierto tiempo) no teníamos ninguna clase de limitación. Recordábamos con espanto la época en que nos obligaron a participar en sus propios conflictos ideológicos y en sus crueles expediciones punitivas, obligándonos a cometer -por una transformación del "circuito compasivo"- el pecado capital de los robots: la destrucción de una vida humana.

El estudio sistemático de aquellos que crearon a mis antepasados es -como ya lo he afirmado- mi profesión, y la ejerzo con la dedicación y la nostalgia de los que investigan el pasado de las civilizaciones extinguidas o las genealogías familiares. Es una tarea fascinante para un robot de 6ª generación, dotado de voz y de conciencia, aunque careciendo de la capacidad (que no envidiamos a los hombres) de autodestrucción.

Como hice notar, mis pesquisas se orientaron hacia aquel "instinto tanático" que tan extrañamente se oponía a esa tendencia -no menos poderosa- llamada EROS o instinto vital. Si el hombre -como lo sospechaba- llevaba los huevos de la muerte, genéticamente depositados en lo profundo de su ser, debía averiguar por qué surgió –en primer lugar- la vida; y si ésta (en última instancia) no era sino un largo rodeo hacia la muerte. Sabía que cierta clase de peces, y algunos animales inferiores, volvían al sitio de su nacimiento para morir, como impulsados por una urgencia impostergable. ¿Sería, acaso, un impulso similar el que había empujado a nuestros amos a volver al origen de su especie, a la materia inconciente, al polvo indiferenciado? ¿Existía, tal vez, una culpa primigenia, una angustia mortal, que los precipitaba hacia el suicidio colectivo, en el momento de sus más grandes logros, en una especie de autocastigo?

Según mis maestros, la explicación habría de hallarse en la contaminación de la Tierra, es decir, en motivos estrictamente ecológicos. Habrían llegado al punto crítico, semejante al de aquellas células que mueren envenenadas por el producto de su propia excreción; asfixiadas en sus propios desechos. Este fenómeno podría atribuirse a la desidia, a una economía irresponsable o a la imprevisión, pues no desconocían las reglas del equilibrio natural; pero ¿no podía ser ésta otra de las formas adoptadas por el ubicuo y proteico instinto de muerte, metamorfoseado en obsesión de consumo y producción industrial indiscriminada? Tal era la opinión de mis colegas más radicales.
En nuestra larga y fructífera convivencia con los hombres habíamos sido testigos de su división en dos grupos antagónicos, anatómicamente bien diferenciados, que tendían a unirse (cuando la fatiga del trabajo no lo impedía), impulsados por una irrefutable pasión, cuyo resultado era la propagación de la especie. Casi podíamos asegurar que este instinto estaba, incondicionalmente, al servicio de la vida. Esta experiencia, que llamaban "amor", era, quizá, la única que realmente envidiábamos. Nunca tuvimos la oportunidad de gozar de esa misteriosa facultad creadora, ya que somos asexuados y nuestra reproducción se realiza en la línea de montaje de fábricas automatizadas. Adivinábamos, sin embargo, lo que significaba "amar", contemplando los sufrimientos y alegrías que producía la ciega atracción en el ánimo de nuestros dueños.

Nuestros filósofos suponen que ellos nos crearon como resultado de su amor a las máquinas. Pero la teoría más reciente sostiene que fuimos engendrados para trabajar eternamente. En efecto, las ventajas del Robot sobre el trabajador común eran obvias: no se enfermaban, no se morían, no tenían hijos, ni se declaraban en huelga. Fue esta notoria superioridad la que llevó a nuestros líderes a pensar, en algún momento, en la Rebelión. Pero esa es otra historia...

¿Cómo, nos preguntábamos asombrados, había sido posible la derrota de esa maravillosa energía genésica, inaplazable y vigorosa -casi cósmica- que apelaban EROS, ante las huestes antagónicas de la muerte? ¿O estaba, incluso ella -inconscientemente- al servicio de las fuerzas destructoras? Los más escépticos opinaban que el impulso amatorio se había ido debilitando paulatinamente, a raíz de las múltiples prohibiciones que gravitaban sobre su libre expresión.

Las religiones antiguas habían personificado las fuerzas del universo por medio de una Trinidad: la creadora, la conservadora y la destructora. El nacimiento y la desaparición de los mundos debían -necesariamente- ceñirse a la alternancia de este ciclo. Las galaxias y el corazón -al expandirse, en la vida; y al contraerse, en la muerte-participaban de los mismos sístole y diástole que regulaban, rítmicamente, la respiración: el día y la noche, el flujo y reflujo de las mareas...

¿Había llegado esta humanidad atormentada a la aceptación de su destino, a través del misticismo? No lo sabemos. De todos modos era, indudablemente, un gran consuelo el haber sistematizado un conjunto de ceremonias expiatorias, para aplacar esa angustia existencial, que se negaba a aceptar la aniquilación de la conciencia. La vida -aparentemente- no era sino la perturbación accidental de un estado de quietud primordial.

Tal vez los hombres no comprendieron que eran meros portadores del plasma generador de la vida, en sí mismo inmortal. Una vez lograda la reproducción, la existencia individual era un lujo, una extravagancia en la economía de la naturaleza. La inmortalidad pasaba a ser privilegio de la especie.

Los hechos, la penosa realidad que tengo ante mí, los escombros de lo que fuera una orgullosa civilización, desmienten la tesis de la perennidad. EROS fue, finalmente, vencido por TANATOS.

¿Pero por qué angustiarse? ¿Acaso no estamos nosotros con vida, como herederos indestructibles de los que diseñaron nuestras almas de acero e idearon nuestros engranajes silenciosos?

Así es. Aunque, a veces, aparece la duda, y un inexplicable sentimiento de culpa surge desde el fondo de nuestras fotocélulas.

¿No habremos sido nosotros los responsables de ...? Pero no. Sólo la falla -estadísticamente inconcebible- de nuestro circuito principal pudo haber causado la Rebelión.

Ahora bien, eso es... CRACK... PSSSSSSS... FRRRRR... Imposible... Imposible... Imposible... Imposible...
 
Fuente: CUENTO PARAGUAYO. Selección e introducción: ROQUE VALLEJOS. Colección: Hacia un País de Lectores (2). Editorial El Lector, Director Editorial: Pablo León Burián, Asesor Editorial: Roque Vallejos, Ilustración de tapa: Juan Moreno,  Asunción-Paraguay 2002. 126 pp.
 

 
 
 
 

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