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OSVALDO GONZÁLEZ REAL

  EL PRINCIPE LUSTRABOTAS y OTRA VEZ ADÁN - Cuentos de OSVALDO GONZÁLEZ REAL


EL  PRINCIPE  LUSTRABOTAS y OTRA VEZ ADÁN - Cuentos de OSVALDO GONZÁLEZ REAL

EL  PRINCIPE  LUSTRABOTAS y OTRA VEZ ADÁN

Cuentos de OSVALDO GONZÁLEZ REAL

(Asunción, 1938)

 

Poeta, crítico de arte, ensayista y narrador. Profesor de lengua inglesa, historia del arte y literatura en varias instituciones educacionales del país, González Real es uno de los pocos escritores hispanoamericanos -y especialmente para­guayos- que cultivan el género de la ciencia-ficción. Aunque es autor de una vasta obra creativa y crítica, gran parte de ella se encuentra dispersa en periódi­cos y revistas literarias nacionales y extranjeras. Traductor de Ray Bradbury y de poesía inglesa, conocedor de la filosofía oriental de los maestros del Zen, ha colaborado, en diversas épocas, con las revistas Alcor, Péndulo, Epoca, Criterio y Diálogo. Hasta la fecha, ha publicado seis obras. En 1980 apareció su primer libro, Anticipación y reflexión, una antología de ocho cuentos (la mayoría de ciencia-ficción, pero de "inspiración ecológica", según el propio autor) y ocho ensayos literarios. En 1999 dió a luz El Mesías que no fue, una colección de cuentos (reeditada en 2010 con el título de El Mesías que no fue y Otra vez Adán). Su primer poemario, Memoria del exilio, data de 1984, al que le siguió, más de dos décadas después, Poema Sutra (2008), un segundo poemario. Tam­bién es autor de Escritos sobre literatura y arte del Paraguay (2004), un libro de ensayos y reseñas bibliográficas, y de El Príncipe Lustrabotas (2005), un relato infanto-juvenil.

 

 

 

EL  PRINCIPE  LUSTRABOTAS

 

         Corría el año 1930. Un hombre larguirucho, de bigote bien cuidado y expresión melancólica, entró a la Plaza y comenzó a recorrerla lenta­mente, como para aspirar mejor el aroma de los jazmines y azahares. Acababa de llegar de Concordia, donde había bajado su avión, todavía con olor a trueno y lluvia. Era un piloto excepcional: volaba sobre la cordillera de los Andes, sobre el desierto del Sahara y sobre el mar, para repartir las cartas de los enamorados.

         Se llamaba Antoine. Cuando surcaba los cielos de tormenta -en medio de las nubes- siempre recordaba su ciudad natal y los dulces besos de su madre, que lo esperaba, allá lejos, en la vieja casona rodeada de añosos árboles.

         Había venido a este país desconocido, a este extraño lugar, para distraer su alma cansada de esperar que los mecánicos repararan su má­quina averiada. Al pasear por la bella avenida circundada de cocoteros, se acercaron a él las chiperas y vendedoras de aloja, ofreciendo a gritos su mercancía. Algunos soldaditos, de franco, fumaban furtivamente cigarri­llos baratos, mientras esperaban la llegada del tren que los iba a llevar a los cuarteles.

         Los fotógrafos ambulantes se zambullían en sus cajas negras para fijar por siempre el amor de las parejas. Uno de ellos, por señas, ofreció sus servicios.

         El recién llegado decidió sentarse en un banco de hierro forjado, donde también se encontraba un joven de traje desaliñado y zapatos gas­tados, con un libro entre las manos. Parecía estar aguardándolo. Después de un cordial saludo, le dijo:

         - Usted debe ser extranjero...

         - Así es- respondió el hombre, taciturno-. Luego de haber aterrizado en la Argentina, después de realizar un vuelo nocturno a través de las montañas, he llegado a Asunción por tierra. Soy el capitán Antoine de Saint-Exupery, a sus órdenes.

         El interlocutor, sorprendido por el nombre y el porte del forastero, que hablaba fluidamente el español, preguntó por curiosidad:

         - ¿Ha vivido en América mucho tiempo?

         - He estado en el Sahara, donde tuve muchos amigos españoles cuando era jefe de una base de aviones en las fronteras del desierto.

         El hombre miró a lo lejos, con aire distraído, y continuó:

         - Todavía tengo fresca en mi memoria esa forma de andar por el desierto, a lomo de camello, entre los nómadas que llevaban sus tiendas a cuestas. Me siento asombrado ante su ciudad. Es bajita pero hermosa.

         La selva no la ha dejado del todo. Todavía crece la hierba entre las baldosas de las veredas.

         En ese momento un achacoso tren llegaba a la estación del ferroca­rril, mezclando el negro humo de la locomotora con la fragancia de las flores. Traía mercancías desde las destartaladas estaciones que jalonaban los pueblos del interior. Se escuchó el silbido de la máquina y, resoplando como un dragón cansado, el tren se detuvo en el andén. Las chiperas corrieron en dirección a los pasajeros que bajaban. Los soldados también se encaminaron hacia la explanada.

         El capitán venido del cielo observó ese revoltijo de gente que arriba­ba a la ciudad, y se dirigió nuevamente a su acompañante:

         - Me gusta su chambergo de artista. Me encanta este sitio. Detesto los edificios de cemento con su ingenua soberbia de torres de Babel. Por eso escogí los caminos del aire, donde me deslizo con soltura, como el pájaro que busca una nube donde anidar. ¿Cómo es su nombre?

         - Soy Hérib Campos Cervera. Estoy escribiendo un poema sobre mi tierra. Lo envidio a usted, que puede contemplar este bajo mundo desde las alturas, como un dios.

         - Yo también estoy escribiendo un libro sobre la condición humana. Se va a llamar El Principito, y narrará las aventuras de un niño en un planeta desconocido dijo con voz ronca-, aspirando una bocanada de humo de su pipa de madera.

         De súbito se acercó a ellos un chico andrajoso con un cajoncito al hombro. Sus ojos hundidos y el rostro macilento hablaban de aventuras poco amables. Tendría ocho o diez años.

         - Lustre, patrón! -exclamó con una voz de adulto curtida por la necesidad. Se arrodilló ante el que parecía turista, ofreciendo humilde­mente sus servicios.

         Al capitán Saint-Exupery le sorprendió que el pequeñuelo estuviera en la calle a una hora en que debería estar en casa, rodeado de sus padres, jugando o estudiando en la escuelita de su barrio. Lo miró paternalmente y aceptó el ofrecimiento.

         - En el Paraguay explico el poeta, sentado a su derecha- existen muchos niños huérfanos y abandonados, que tienen que ganarse la vida de este modo.

         El recién llegado rememoró el castillo de Provenza donde transcu­rrió su infanciabuscando tesoros escondidos en el inmenso parque que rodeaba la mansión. A través de su maravillosa vida había procurado mantener intacto su corazón de niño feliz, tratando de recuperar aquel paraíso perdido en el tiempo.

         El jovenzuelo, que escuchaba atentamente el diálogo, se fijó en el visitante venido de las alturas, y se preguntó si había perdido sus alas.

         - Usted debe ser alguien que camina poco -dijo el chico, con mirada de experto-. Las suelas casi no están gastadas, salvo en las puntas. ¿Es conductor de automóviles, quizás?

         - Bueno, casi -respondió el aviador-. Soy piloto y estoy siempre pisando pedales y moviendo palancas. Eres un niño muy listo. ¿Puedes conocer el oficio de tus clientes a través de sus zapatos?

         - Por su aspecto, señor. Los políticos tienen calzados puntiagudos y de charol para impresionar a los votantes. Los delatores tienen plantillas de goma para seguir a sus víctimas en silencio. Los mandones de turno usan botas con tacones que resuenan sobre el pavimento y los estudiantes y maestros llevan mocasines agujereados. Ni qué hablar de los que sólo podemos usar zapatillas baratas para no ir descalzos.

         El francés escuchó atentamente los comentarios del chiquillo, que rezumaban sabiduría y sentido común. Pensó que, en efecto, los zapatos retrataban al ser humano y sus costumbres. Posó una mirada tierna sobre la cabeza del niño, e interrogó:

         - ¿Cómo te tratan los clientes? Porque tendrás muchos en esta plaza tan concurrida. Te dejan buenas propinas? ¿O son avaros?

         El niño sonrió irónicamente y contestó:

         - Depende de su profesión. El político me prometerá más propina para la próxima vez. El comerciante me regateará el precio. El policía se irá sin pagarme. El turista me dará unos pesos, como lo hará usted.

         Luego de esta lección magistral, Saint-Exupery pensó en los enor­mes ejércitos de soldados de la Primera Guerra Mundial, cuyas botas relucientes se pudrirían en las trincheras. ¡Qué desperdicio!, dijo al mirar los gastados zapatos del poeta que, azorado, se ponía de pie al tiempo que decía:

         - Estos inquilinos de la plaza son grandes Filósofos. Podemos apren­der de ellos, porque sin ir a la escuela han llegado a los límites de la experiencia humana.

         El representante de la Empresa Aeroespacial de Sudamérica se le­vantó también, y pasándole un billete de cien pesos al pequeño, se despi­dió estrechándole la mano mientras le regalaba una cajita de lápices de colores como propina. El aviador, quien era asiduo dibujante, iba a ilus­trar algún día su propia obra. Dijo:

         - Hijo mío, pensaré en ti durante mi travesía por los cielos de Amé­rica, sabiendo que estás abajo, mirando esperanzado las estrellas.

         Al pequeño se le ocurrió por un momento que su cliente era una especie de ángel, de visita entre los hombres. De su presencia brotaba una gran nobleza.

         Al día siguiente, cuando Juancito -que así se llamaba el lustrabotas- ­se dirigía a su humilde morada en los lindes de la ciudad, un plateado avión cruzaba raudamente el espacio sobre su cabeza. Recordó al miste­rioso turista cuyo avión resplandecía como la cola de un cometa.

         Contempló la máquina con admiración, imaginando cómo serían los zapatos de los ángeles, y soñando que él era un principito en busca de su reino perdido.

 

         Nota: El capitán francés Antoine de Saint Exupery desapareció con su avión cuando volaba sobre el mar Mediterráneo, en una misión de com­bate, durante la Segunda Guerra Mundial.

 

         DE: El Príncipe Lustrabotas (Asunción: Editorial Servilibro, 2005)

 

 

 

 

OTRA VEZ ADÁN

 

         "El tiempo es el polen del Universo"

 

         Mahabarata

 

         "La tierra: ¿es el infieino de otro planeta?"

 

         H. G. Wells

 

         El cohete partió con un estruendo. A bordo de la nave, el Dr. Axes -un hombre anciano, testigo de los comienzos de la Nueva Civilización­- se ajustó los cinturones de seguridad y habló a los tripulantes:

         - Esta es una misión nury delicada dijo con seriedad-. Debemos tener cuidado. Hay algo misterioso en relación con ese árbol. Circulan leyendas sobre su invulnerabilidad. Nuestros antepasados, por alguna extraña razón, no pudieron echarlo abajo -observó-. Se ha convertido en un mito peligroso desde que las expecliciones anteriores fracasaron. Nun­ca se supo realmente lo que pasó. Esta vez trataremos de cortarlo con el laser o, en su defecto, lo destruiremos con un proyectil atómico.

         Después de escuchar con atención al profesor, uno de los especialistas en láser exclamó en tono de suficiencia:

         - Pierda cuidado, Dr. Axes, las nuevas cortadoras son insuperables. No hay nada sobre la faz del planeta que las pueda resistir. Nuestros antepasados del año 2000 quizás eran muy supersticiosos o, tal vez, sus sierras no eran suficientemente duras -añadió con una pequeña sonrisa.

         - Puede ser -respondió el profesor- pero, de todos modos, tengan mucho cuidado con la radiación de los alrededores. No se olviden que hay desperdicios atómicos por todas partes. No sé si nuestros líderes estuvie­ron acertados al aislarnos en las ciudades, bajo las cúpulas, y contaminar el resto del planeta. Quizás sea el precio de la civilización -comentó como para sí mismo. En cuanto a los semisalvajes que merodean en esa zona, no creo que se atrevan a enfrentarnos. Viven en un estado de desnudez primitiva, y son impotentes contra las armas que llevamos.

         - No se preocupe, profesor -dijo el otro especialista, con voz similar a la de su colega-; sabemos cuidarnos, somos expertos en el oficio. He­mos estado cortando árboles desde hace años.

         La expedición a la lejana comarca sudamericana -donde se encon­traba el último árbol sobreviviente de la Gran Poda del año 2000- estaba al mando del eminente científico, al que acompañaban dos expertos en el manejo del láser y un joven de 17 años, Mario Adam, alumno aventajado del profesor. El muchacho nunca había visto un árbol, salvo en los viejos libros de la biblioteca privada de su maestro, y esperaba con ansiedad contemplar uno auténtico.

         La Gran Poda fue la primera medida tomada por los Industriales Avanzados, con el fin de demostrar que el hombre ya no dependería del mundo vegetal.

         Con la destrucción de los árboles, se habían ido el otoño, la prima­vera, las aves, y con ellas, el canto. Nadie podría ya encender una fogata en medio de la noche estrellada para contar extrañas historias, ni sentarse ante una mesa de sólido roble, frente a un cuenco de frutillas. Todas las rosas y su mudo lenguaje del amor desaparecieron, implacablemente segadas por los jardineros de la muerte.

         En el Nuevo Orden sólo se toleraban las flores de plástico y los sabores sintéticos. Todo un cosmos de poesía fue sepultado en el olvido. El Sol quemaba, incontrolado, una tierra sin sombras. La humanidad había perdido-quizás para siempre- el antiguo perfume de los naranjos, el sabor agridulce de los limones, la sidra de los manzanos. Los árboles ya no tenían cabida bajo las gigantescas cúpulas opacas que cubrían las ciudades. Los soles artificiales brillaban sin ocaso en un mundo donde no existía la noche. Sólo en las yermas tierras del exterior -devastadas por los residuos atómicos de las grandes industrias- el ciclo continuaba su marcha.

         El hombre, en su orgullo tecnológico, había roto un equilibrio logra­do a través de millones de años.

         Los tripulantes de la nave estaban embargados por el sentimiento de la importancia histórica de su misión:

         ¡El último árbol...! -se decían, sin ocultar el orgullo que sentían por haber sido elegido para la gran empresa.

         Sólo un miembro de la expedición no parecía contento. El joven estudiante no comprendía del todo los verdaderos motivos de la expedi­ción. Estaba escuchando la conversación entre el profesor y los expertos cuando, súbitamente, como si lo asaltase una duda, se incorporó en su asiento y preguntó:

         - ¿Es absolutamente necesario que lo corten, doctor?

         - Por supuesto -respondió el científico-. Es el único ejemplar vi­viente de la Era Ecológica y nuestros gobernantes no desean que algún ciudadano decente, que por algún desperfecto de su vehículo descienda fuera de las cúpulas, lo descubra accidentalmente y comience apreguntar. Estas preguntas ocasionarían muchos problemas a las autoridades y, qui­zás, hasta podrían provoca una revolución -afirmó, con seriedad, el ancia­no-. Podrían ponerse en duda los fundamentos mismos de nuestra civili­zación y sus grandes logros -agregó-. Además, no hay que olvidar a los salvajes...

         El profesor Axes se refería al grupo de hombres y mujeres rebeldes que habían sido deportados fuera de las cúpulas por haberse opuesto a la Gran Poda. Estos seres marginados habían instaurado, aparentemente, una especie de culto a la naturaleza. No se sabía a ciencia cierta si adora­ban al viejo árbol, o simplemente se reunían a su sombra para celebrar sus extraños ritos. Se mantenían en base a una agricultura incipiente, gracias a algunas semillas salvadas de la destrucción por ciertos exiliados. Existía la sospecha de que esta colectividad rebelde había redescubierto el amor; una desagradable costumbre desterrada en el Nuevo Orden y reemplaza­da por la obediencia.

         El muchacho, después de la explicación del Dr. Axes, no pareció satisfecho con la respuesta e insistió, diciendo:

         - ¿Es entonces, un árbol, algo muy peligroso? Las reproducciones que usted me mostró en aquellas viejas láminas no lo pintan así.

         - No, por favor exclamó sonriendo el profesor Axes-; los árboles no son terribles en ese sentido. Sólo que no llenan ninguna función en nuestro sistema. Antiguamente servían para algo. Sus frutos eran comes­tibles y de la madera podían fabricarse objetos hermosos; pero también garrotes, lanzas y horcas. Se la usaba tanto para calentarse en invierno como para quemar brujas y herejes. Un dios antiguo fue crucificado sobre uno de estos troncos -remató el científico, con aire de historiador.

         - Ay, ya comprendo -dijo Mario, con inocencia-, un árbol era algo que servía tanto para el bien como para el mal y no como los elementos de nuestro mundo nuevo, que sólo sirven para el bien -subrayó.

         - Efectivamente -dijo complacido el jefe de la misión-. El conoci­miento de la diferencia entre el bien y el mal, y la posibilidad de elegir libremente, son atavismos ya superados. Sólo pueden ocasionar proble­mas al perfecto funcionamiento de una sociedad que ha llegado a la Tran­quilidad Absoluta, y de donde se ha desterrado el pensamiento, por con­siderárselo innecesario -agregó, ajustándose los lentes.

         La interesante conversación fue repentinamente interrumpida por el piloto del cohete, quien anunció que ya se aproximaban a destino.

         - Estamos sobrevolando la región que los antiguos llamaban Chaco -hizo notar el piloto-; nuestro objetivo se encuentra cerca de la confluen­cia de dos ríos -añadió con voz impersonal.

         La nave disminuyó considerablemente la velocidad y comenzó a descender en línea recta.

         El Dr. Axes se acercó inmediatamente al telescopio de mando y observó cuidadosamente la región. Una tenue silueta se recortaba en medio de la llanura.

El milenario ejemplar, que había resistido los embates de las tormen­tas y los repetidos intentos de parte de varias expediciones, se mantenía aún en su sitio.

         - Sí, tal como lo describen, allí está dijo el profesor, con cierta emoción-. Todavía se yergue majestuosamente, a pesar del transcurso de los siglos. Por estos mismos lugares vagaban hacen miles de años tribus casi prehistóricas que buscaban un soñado paraíso terrenal, la tierra donde no existía el mal: el "Yvy maraẽ'y", como lo llamaban, concluyó el Dr. Axes, haciendo alarde de su erudición en lenguas arcaicas.

         - Bajemos inmediatamente -ordenó el piloto-. Veremos si el árbol es tan duro como dicen. Y no se olviden de sus armas -agregó-; no correremos ningún riesgo.

         Un grupo de hombres semidesnudos, reunido en las inmediaciones del árbol, huyó apresuradamente hacia el desierto al notar la proximidad del cohete.

La nave descendió suavemente acierta distancia de su objetivo. Las ramas del árbol se estremecieron por unos segundos bajo el viento repen­tino generado por los motores. El sol, en el ocaso, se nubló por un instante, en un torbellino de polvo.

         El primero en descender fue Mario.

         El joven caminó rápidamente hacia el lugar en que se encontraba el extraordinario ejemplar. Jadeante, se detuvo a unos pasos de distancia, y luego se acercó despacio, asombrado, como ante la presencia de un dios desconocido.

         Mario contempló el árbol con su corazón adolescente, y lo encontró hermoso. El grueso tronco, de durísima corteza, se alzaba hacia el cielo en una frondosa copa verdioscura de ramas flexibles y ondulantes. Abajo, sus fuertes raíces se introducían en la tierra como serpientes enfurecidas. Ver esta noble estructura mecerse al viento como un viejo navío con velas desplegadas fue para el joven un espectáculo maravilloso y único: una verdadera revelación.

         Mientras lo contemplaba, se sintió perturbado por una sensación extraña. Algo indefinible se desperezaba en el fondo de su ser, como una marca sin nombre, y le susurraba palabras misteriosas y lejanas. El mucha­cho, extendiendo la mano, se acercó aún más al tronco y, casi temblando, lo tocó. Un súbito resplandor -como un relámpago- le recorrió la sangre. Era como un fuego serpentino, traspasando su cuerpo. Asustado, retroce­dió, mirándose la palma de la mano, como buscando alguna señal. Sólo las lineas del destino que surcaban su piel parecían más claras y profun­das. El joven, desconcertado, apretó el puño con fuerza y pensó que su imaginación le estaba jugando una mala pasada.

         Un momento después sintió las pisadas del profesor, que se acer­caba.

         - Ah. Ya lo has examinado de cerca -dijo-. Parece que te ha impre­sionado bastante. Estás pálido -miraba fijamente al muchacho-. ¿Te sientes bien?

         Mario no respondió. Volviendo a mirarse la mano, se alejó como en trance en dirección al cohete.

         - Bueno, parece que lo sorprendió un poco -se dijo el profesor-; sin embargo, mirándolo bien, es tan sólo un árbol muy viejo, que no se resig­na a morir -pensó, mientras observaba el árbol con cierta compasión.

         Entretanto, los hombres encargados de cortarlo habían llegado al sitio donde se encontraba el doctor.

         Éste, dirigiéndose a ellos, hizo un ademán hacia el nudoso árbol:

         - Ahí lo tienen: examínenlo con atención. No me parece nada excep­cional, creo que no tendrán problemas. Además, no hay rastros de sus adoradores. Los pobres deben estar muy asustados. No deben ver cohetes como el nuestro muy a menudo -comentó, con un dejo de ironía.

         Los dos especialistas sonrieron y se acercaron al árbol con mirada profesional, como para medir su potencia. Después de un corto examen, uno de ellos se dirigió al profesor:

         - Es un árbol antiquísimo; la madera parece casi petrificada. No creo, sin embargo, que resista a nuestros aparatos -dijo con presunción.

         - Aún así, nos llevará cierto tiempo cortarlo -observó su colega-. Creo que será mejor hacerlo mañana. Pronto oscurecerá y no es prudente arriesgarnos, teniendo a sus adoradores en las cercanías.

         - Tiene razón; esperaremos hasta mañana -respondió el doctor mi­rando al árbol una vez más-; es una lástima que tenga que desaparecer. Podría conservárselo como monumento a nuestro pasado.

         Mario, sentado en la escalerilla del cohete, intentaba en vano orde­nar sus pensamientos y calmar su excitación. El árbol ejercía sobre él una oscura seducción. Ya no podía aceptar la idea de que lo fuesen a cortar. El muchacho había sucumbido ante los encantos secretos de la naturaleza y su prohibida hermosura.

         Viendo al joven tan ensimismado, el profesor se acercó a la escale­rilla y, tomando a Mario por el brazo le dijo:

         - No te preocupes, hijo mío: los hombres lo cortarán sólo mañana. Así lo podrás contemplar por más tiempo. Adivino que le tienes simpatía. Ahora regresemos a nuestro compartimento: ya oscurece, y la noche en estas regiones es bastante fría.

         El joven musitó algo ininteligible y, levantándose, siguió obediente a su maestro.

         Esa noche, después de comunicarse con la base para informar sobre el desarrollo de la misión, el profesor y los demás tripulantes se introdu­jeron en sus literas y, debido quizás a la excitación y ansiedad ocasionadas por el trascendental viaje, pronto quedaron dormidos.

         El muchacho, por su parte, sabiendo que le sería difícil conciliar el sueño, se ofreció a hacer la primera guardia. Asaltado por oscuros presa­gios, se paseaba de un lado a otro, mirando constantemente a través de la enorme ventana de la nave en dirección al árbol, no pudiendo resistirse a su encanto. Allá, a lo lejos, se podían adivinar sus contornos, iluminados ligeramente por las luces exteriores del cohete.

         Mario comenzó a pesar que todo lo sucedido esa tarde había sido sólo fruto de su imaginación exaltada, cuando creyó distinguir un raro resplandor proveniente de las ramas del árbol.

         El joven se concentró intensamente y observó con redoblada aten­ción. En efecto, era una luz pálida y brillaba intermitentemente.

         Pero, no; no podía ser. Era como si le estuviesen haciendo una señal; como si lo estuvieran llamando.

         Y era como si él hubiera estado esperando ese llamado desde siem­pre.

         Volvió a sentir el fuego abrasador recorriéndole las venas y ya no pudo resistir más...

         Afuera, el viento de la noche obligo a Mario a bajar la visera de su casco para protegerse el rostro. A la luz de la luna y bajo el suave resplan­dor de la nave, el árbol parecía la sombra de un arcángel. Hipnotizado por los destellos, el joven se aproximó lentamente. A pocos metros de distan­cia, se detuvo para sacarse las botas. La luz aumentaba en intensidad y su hechizo era como el de la estrella polar para los náufragos. El muchacho se quitó el casco transparente y lo arrojó a sus pies. Estaba ya bajo las ramas; sus plantas hollaban tierra sagrada. Sintió que un vértigo exquisito se apoderaba de sus sentidos y pensó, por un instante, que tal vez soñaba.

         Pero no. Allí, ante sus ojos asombrados, pendiendo de una rama y balanceándose al viento de la noche, colgaba una fruta. El muchacho no recordaba haberla visto antes. Sin embargo, ahí estaba, brillando tentado­ra a la luz de la luna.

         Dudó un momento... Unos segundos después Mario la arrancó.

         Al día siguiente, los tripulantes de la nave se levantaron al amanecer. Extrañados por la ausencia del joven -quien no había despertado al que debía relevarlo- bajaron rápidamente de la nave y se dirigieron al árbol. Apenas llegaron junto a él, fueron sorprendidos por un insólito espectá­culo. El árbol se había secado totalmente y sus ramas colgaban marchitas. Sus hojas se esparcían en remolinos, arrastradas por el viento del nuevo día. Cerca del tronco estaban el casco y las botas del muchacho. Más allá, sobre la vena calcinada, se veían claramente impresas las huellas de unos pies descalzos que se internaban en el desierto.

         El doctor y sus acompañantes no atinaban a comprender lo sucedi­do. Por un momento, sospecharon que el joven había sido secuestrado por ­los salvajes. Pero al anciano profesor, al examinar con mayor detenimien­to las proximidades del árbol, descubrió, repentinamente, los restos de la fruta.

         - ¡Pero qué es esto! -exclamó sorprendido el profesor-. Pensé que el árbol era estéril.

         El Dr. Axes iba a seguir las huellas todavía frescas, cuando se detuvo y, como tratando de alejar de la mente un terrible recuerdo -perdido hacía muchísimo tiempo en los más remotos confines de la memoria-, mur­muro:

         - ¡No! ¡No es posible! ¡No por segunda vez, Dios mío!

         El profesor miró ansiosamente en dirección al desierto y luego, gi­rando repentinamente sobre sí mismo, se dirigió apresuradamente a la nave.

         Los demás hombres, aún sin comprender, lo siguieron en silencio.

 

         Asunción, 1972

 

        DE: El Mesías que no fue y Otra vez Adán (Asunción: Editorial Servilibro,2010)

 

 

 

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 LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY . TOMO I (A – H)

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Teléfs.: 496 991 - 449 738;

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Asunción - Paraguay. 2011 (424, Tomo I)

 

 

 

 

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