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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ (+)

  HISTORIAS DE SOLDADOS - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


HISTORIAS DE SOLDADOS - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

HISTORIAS DE SOLDADOS

Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

 

 

 

TRAGOCHENKO

 

     ¡Qué embestida pegó nuestra División durante la Primera Ofensiva hacia Carandayty! Creíamos que sería el último empujonazo y que la cosa ya iba a terminar. Pero faltaba mucho todavía. Meses y meses de marcha, contramarchas y maniobras. De tanto andar agachados por los montes esquivando las ramas bajas que buscaban los ojos, nos habíamos olvidado de erguir la cabeza. Los montes y el cansancio nos tenían doblados hacia adelante. Y hacia adelante había que ir para dar, ya en los mismos contrafuertes de la cordillera, el jaque mate. Eso creíamos. Al menos yo, y Peralta, y también Ortiz, Martínez y el ruso. (¡Caramba! ¡Quién diría que hayan pasado ya treinta años!)

     Teníamos tanto polvo metido en los pulmones, en los tuétanos, en el cerebro, que costaba mucho pensar claro.

     Y había que seguir adelante, persiguiendo, día tras día. Sin embargo, cuando ordenaban detenernos, en algún anochecer menos caliente, el bosque se alegraba. Se podía encender fuego bajo los aromitas. El fresco de la anochecida hacía arder las llamas. Las galletas redondas estallaban quebradas por el revés de las cucharas. Eran las únicas detonaciones. Rancheaba la tropa. El enemigo estaba lejos, escapando. Había que alcanzarlo, sí, dentro de uno o dos días para alguna vez atraparlo encerrándolo en un cerco duro -el último- cuando las otras divisiones convergieran hacia el punto propicio cuya ubicación era todavía desconocida. Eso se vería después. No lo íbamos a decidir nosotros.

     El fuego siempre lo encendía el ruso. No quería ayuda de nadie. Él lo había encendido mil veces sobre la nieve y hasta sobre el agua, decía. Muy fácil era encenderlo ahora sobre la arena. Los ordenanzas sabían todo esto. Las llamas se le salían de entre los dedos como por magia. Y se formaba el círculo: Peralta, Ortiz, Martínez, el ruso y yo.

     Aquel hombrazo de Peralta, que era un bruto corajudo como él solo, tenía la manía de la limpieza. Entonces hacía semanas que no nos bañábamos. Nuestra ración de agua consistía en dos jarros por día. Y Peralta se quejaba del polvo, del sudor, de la ropa que no podía mudarse. Lo demás no le importaba.

     ¡Vida más perra! -bufaba- ¡Si no tuviéramos esta porquería de polvo y hubiera aunque fuera una aguada negra por ahí!

     Ortiz, que era petiso, tranquilo y blanco, lo admiraba, y trataba de calmarlo. Para él, con tal de andar con el gran tipo que era Peralta, copiándole su manera de caminar y dándole la razón en todo, las cosas estaban bien. Al moreno Martínez lo respetaba por lo de la guitarra. Tocaba mejor que nadie y tenía una voz impresionante. Con Tragochenko era reticente. No le gustaba la caña y Tragochenko lo obligaba a tomar con bromas algo pesadas.

     Yo tenía veintiún, no veintidós años recién cumplidos. Un chiquilín. Teniente 1º de Infantería. ¿Infantería? Todos éramos de Infantería. Hasta los de Caballería eran jinetes de nombre, no más. Y nada estaba motorizado. Ni los camiones. De vez en cuando veíamos uno o dos. Apenas podían alcanzarnos por aquellas picadas improvisadas o los arenales caldeados donde las ruedas se hundían por encima de los ejes.

     Todos los de nuestro grupo teníamos la misma graduación y la misma edad. Todos menos el ruso. El ruso andaría por los cuarenta y pico. Y era capitán. Y de carrera, es claro. Nosotros de reserva. Él, allá lejos, en su país, había llevado charreteras, espadas, casco. ¡Qué sé yo! Años atrás, se entiende, cuando el Zar.

     El monte se alegraba. Con el fuego lamiendo la lata del cocido y el jarro de aluminio en la mano, el ruso era otro. Pero él no tomaba cocido. Tenía algo mejor, siempre. Misterio cómo se las arreglaba.

     -¡Bueno, muchachos, ahora a sentarse un rato y a charlar y a chupar antes, durante y después de la cena! -solía decir. Invariablemente.

     Yo no sé si todos ustedes oyeron que había varios rusos peleando en el Chaco, a nuestro lado. En los diarios extranjeros se los llamó mercenarios. Mentira. ¡Qué mercenarios ni qué niño muerto! Eran militares de raza. El país que los recogió cuando el éxodo estaba ahora en guerra. Y se ofrecieron. Se los aceptó, hasta a los ya viejos. Se creyó que aquellos gringos podrían ser útiles en servicios auxiliares o para hacer mapas. No sé bien. ¿Pelear sin hablar guaraní y con esa pinta, algunos de ellos...? Pero resultaron para pelear. ¡Pucha si no resultaron! Pronto tuvieron comandos. Y se entendían bien con todos. Y sobre todo con la tropa, con los soldados rasos.

     Nuestro ruso era nervioso, rubio, delgadísimo, de estatura más que mediana. Ojos azules, muy azules y hundidos, separados por una nariz colorada, aguileña. Y el bigote amarillo tirando a blanco, moviéndosele con la risa. Porque siempre se estaba riendo y cuando empezaba a tomar se reía más todavía, se reía todo el tiempo. Los tragos le sacaban los ojos un poco más afuera y le alumbraban la nariz con luz roja como si se le encendiera dentro un foquito. Entonces comenzaba a contar cuentos.

     -Lo que pasó hoy al salir del pique me recuerda... -decía dándose un golpe en la rodilla con la mano no ocupada por el jarro- Lo de hoy me recuerda...

     Y poco a poco ya no estábamos en aquel monte ralo, ni cerca de aquella formación de cactos ni sobre la arena cubierta de ramitas rotas. Veíamos el regimiento, el de él, contra un horizonte de nieve o de cúpulas panzudas. Las caras brillosas de sudor de los que escuchábamos se quedaban serias y absortas. Sabía contar el ruso, Tragochenko. El prefijo -o lo que fuere- era nuestro. Lo de chenko era de él, o sea, la otra mitad de su apellido verdadero. Los tragos de la caña que chupábamos entonces, los únicos y muy seguidos que conseguimos durante meses, eran también de él.

     -¡Hay que darle a lo bueno, Ortiz, hay que darle! -gritaba cuando Ortiz quería pasar el jarro sin probarlo.

     Tragochenko nos traía sin falta la risa, las barajas, la caña y los cuentos. Empujaba lejos nuestro cansancio porque no se cansaba nunca.

     -De los flacos como yo -decía- no tiene dónde agarrarse.

     Y los bigotes amarillentos le flotaban sobre la risa convulsiva.

     Una vez comenzado el póker, su edecán -porque así llamaba a su ordenanza- nos presentaba un jarro lleno de caña que de la mano de Peralta pasando rápidamente por la de Ortiz, y con más demora por la de Martínez, llegaba hasta la mía. En aquel tiempo la caña no me hacía daño.

     Tragochenko nunca tomaba en nuestro jarro. Y no por asco, no, ¡qué diablos!: tenía uno propio, especial para él, que no se agotaba nunca, decía, y que no prestaba a nadie para no sacarle la virtud.

     -Si otro cualquier toma en mi jarro, ¡adiós! Y esta es una garantía no sólo para mí sino también para ustedes, señores. Y soltaba aquella risa rusa que sólo se interrumpía con los tragos.

     Apagado el fuego y consumida la ración de caña nos dormíamos duros como troncos de quebracho hasta la nueva marcha. No era fácil despertarse. Cuando lo hacíamos ya andaban por ahí la voz y la risa nerviosa de Tragochenko levantando a su gente y cuidando que todo estuviera listo, hasta el último cargador de sus livianas. Después, cada uno de nosotros seguía adelante en su batallón respectivo, por cañadones y por piques que abríamos a machete, hacia Carandayty.

***

     Nos alejamos tanto de nuestras bases que ni la radio del Comando nos alcanzaba. Eso se decía y era una manera de decir. O algo peor y malintencionado. Pero lo de la distancia era cierto.

     -Bueno, muchachos, ahora a sentarse un rato y a charlar...

     Tragochenko siempre llegaba el primero para formar el grupo a cada alto largo en la marcha. Llegaba con su risa. Y el edecán con los jarros y las barajas. Pero una noche sólo vinieron las barajas. Se habían vaciado las damajuanas que el ruso se agenciaba de algún modo. Tragochenko estaba desesperado. Tenía los ojos más hundidos que de costumbre y el bigote se le caía sin la risa ya sobre que apoyarse.

     Durante varias noches el edecán se sentó en cuclillas a unos metros de su jefe, con los jarros listos como en espera de un milagro que iría a alegrar la tertulia, ahora abstemia.

***

     Fueron Peralta y Tragochenko quienes, yendo en punta, coparon un destacamento que al darse cuenta de lo que pasaba, se defendía resuelto a escapar por alguna brecha abierta a fierro y plomo derretido. Tragochenko debió haber olido algo porque se multiplicó de modo increíble. Lo cierto es que el enemigo se creyó copado por fuerzas abrumadoramente superiores y al segundo día de tanteos desesperados capituló. Fue una pequeña batalla en grande en que Peralta y el ruso se lucieron. Especialmente el ruso, porque -después se lo dijimos- tenía sus razones...

     No los voy a aburrir a ustedes con detalles. Me limito a mencionar el botín: el parque sanitario de una División y, entre muchos desinfectantes y algodones y vendas y cosas por el estilo, una gran cantidad de latas de alcohol rectificado. Unas latas grandes, pintadas de rojo, como la nariz del ruso. Y lo estoy viendo, bailando alrededor de ellas, flaco, grotesco, frenético, feliz, a Tragochenko.

***

     Había, claro, que rectificar lo rectificado. Así aseguraba el ruso. Es decir, convertir en vodka aquellos espíritus demasiados ásperos. Tragochenko desapareció por dos días. ¿De dónde sacó el azúcar para hacer azúcar quemada y naranjas para emplear la cáscara en una receta que milagrosamente convirtió cada lata de rectificado en lo que según él resultó una vodka mejor que la tomada en todos los ejércitos de la Santa Madre Rusia? Nadie lo supo. Sabían a veneno, sin embargo, los primeros tragos de su vodka. Los primeros; después la cosa era diferente. Pero Ortiz esta vez se negó de plano a aceptar el jarro que le pasaba Peralta. Para todos, menos para el ruso, resultaba muy penoso levantarse al día siguiente y seguir la marcha.

     Sus recuerdos, por otra parte, se hacían más vívidos que nunca con la abundancia del chuping.

     -Estos tragos de hoy -dijo una noche en que estaba bien tomado- me hacen recordar unos que hace ya veinte años probé en la aldea de Mestechki. ¡Qué brindis, señores! Fue en una especie de castillo del general Ryabovich, un noble viejo ya retirado del ejército. Mi regimiento llegó a la aldea y el general, enterado, quiso invitar a todos los oficiales de nuestra unidad. Era el nuestro -pura casualidad- el mismo regimiento en que había servido cuando joven. La hija menor del general...

     -¡La hija! -lo interrumpió Peralta- ¡A vos nunca te interesó nada más que el trago!

     El ruso, entonces, de improviso, inexplicablemente, comenzó a sollozar. El edecán tuvo que sostenerle el jarro.

     Yo no pude escuchar más y no llegué a saber el final del cuento, aunque se lo pregunté después a Peralta varias veces. Peralta me cambiaba el tema. No supe nunca el final, digo, porque aquella noche me quedé dormido bajo el aromita raquítico desde donde le oí a Tragochenko lo del general, su hija y los brindis de Mestechki. Su vodka me golpeó demasiado fuerte. Y ni el lloro del ruso, tan inesperado, me pudo mantener despierto.

***

     En Algodonal se dio vuelta la tortilla. Nuestra Unidad, dividida como estaba en columnas ralas extendidas a lo largo de inmensas distancias como gomas que, de puro tensas, se van quedando sin cuerpo, se vio de pronto copada por fuerzas superiores.

     -¡En Algodonal! -gritaba el ruso- ¡En Algodonal! ¡Esto es sanitario! ¿Es que vuelve el alcohol al algodón? ¡No, jamás! ¡Tenemos que abrimos paso cueste lo que cueste!

     Peleábamos como bárbaros, y sin mayor resultado. Ya en Ysyporendá la cosa había sido dura. Tenían tropas de refuerzo, pero logramos salir del apuro. Ahora en Algodonal era peor. Pero fue en Yrendagüe donde la situación se hizo desesperada. Entonces el Comandante del Cuerpo ordenó la destrucción de la artillería y de la impedimenta. Vi a los artilleros destruir a hachazos las cureñas de los cañones. Mi batallón y el de Peralta, en la confusión, se entremezclaron con la batería mejor equipada del Grupo X. Peralta, que era un gigante y no podía estar inactivo, le sacó el hacha a un sargento e hizo pedazos de todo lo que era destruible en varios Vickers y Schneiders. Él y yo enterramos después los cerrojos de las piezas. Mientras tanto, llovían morterazos sobre nosotros y una escuadrilla de aviones nos derramaba chorros de bombas.

     -¡No van a poder usar nunca nuestros Vickers esos hijos...! -decía Peralta apisonando arena sobre los cerrojos enterrados y cubriéndola después con ramas secas. Estaba medio golpeado por una bomba de avión caída no muy lejos.

     Era una mañana caliente. Entre nosotros pasaban los camilleros llevando heridos. Pasaban continuamente. Corrimos a reforzar un camino atacado con furia. En una camilla vimos pasar a Ortiz con un balazo en la cara blanca, ahora sucia de sangre y barro, y rota la mitad de la boca. Le fingimos una confianza y un buen humor que no teníamos. Se nos estaban acabando las municiones. Se dio orden de no usar las automáticas más que cuando fuera indispensable. A eso de las tres de la tarde nos mandaron tomar un pique y desembocar en un cañadón donde estaba parte de la impedimenta, todavía no destruida. Teníamos que proteger los trabajos de destrucción.

     Llegamos a toda marcha. Y allí encontramos a Tragochenko, completamente borracho, defendiendo sus latas coloradas llenas de vodka. Martínez lo tomaba del brazo y trataba de llevárselo. El ruso se deshizo varias veces de los insistentes agarrones. Martínez no podía con él porque la borrachera le daba al ruso una fuerza increíble. Los dos estaban furiosos. El uno por el espectáculo que se daba a la tropa y la urgencia de cumplir la orden. El otro porque no quería perder su licor. Entonces intervino Peralta. Tomó en vilo al ruso y lo llevó hacia el pique.

     Tragochenko protestaba pataleando y echando espuma por la boca. Decía que la orden era un error, una estupidez, y que las latas serían nuestra única salvación.

     A una orden de Martínez los de la Plana Mayor hundieron las bayonetas en las latas y la vodka salió a borbotones por los agujeros formando un charco reverberante. Tragochenko, preso en los brazos enormes de Peralta, lloraba y maldecía en ruso, en castellano y hasta en su guaraní chapurreado.

***

     Nos salvamos también aquella vez, pero no sin grandes pérdidas. Después de un tiempo volvimos a la ofensiva. Carandayty cayó en nuestro poder. Cambiamos de clima. De la llanura desierta a la montaña todavía más desierta, a no ser por los cóndores.

     Y terminó la guerra. Regresamos del frente. Y pasaron varios años. De los cinco inseparables habían muerto dos en la última campaña. Ortiz y Martínez. Veinticinco años después de la paz -que tuvo mucho de guerra- fui por negocios a Encarnación. Quería también conocer la ciudad y ver el río Paraná que no había visto nunca.

     En el muelle, el día de mi llegada, me encontré con Peralta. Me reconoció en el acto pero yo no pude identificarlo en seguida. Había engordado mucho, mucho más que yo. Tenía el pelo gris y la cara colorada y como hinchada. Hablamos de la guerra y sobre todo de la primera marcha hacia Carandayty, en 1934.

     -¿Y qué será de Tragochenko? -le pregunté cuando ya en casa de Peralta, su mujer, una correntina gorda y tranquila, nos cebaba el mate.

     -Está aquí en Encarnación, más viejo y más borracho...

     -¡Aquí en Encarnación!

     -Sí, hombre, aquí mismo, con su uniforme raído, sin presillas, es claro, y creo que con las mismas botas de Yrendagüe.

     -¿Se lo puede llamar por teléfono?

     -¡Qué teléfono ni qué teléfono! ¡El pobre no tiene más domicilio conocido que un boliche de las afueras! Vive del pechazo.

     Clavado al mostrador, con un jarro grande todo abollado en la mano -jarro que de pronto reconocí, de aluminio- Tragochenko peroraba en un grupo de borrachos. Tenía ahora una barba larga y sucia. Vestía un irreconocible uniforme verde-olivo, que era un harapo. El cuero de las botas se veía descosido y lleno de parches.

     -¡Tragochenko siempre en punta y siempre brindando!

     Peralta lo abrazaba por la espalda y le decía a gritos que adivinase quién era el que venía a visitarlo con él, al boliche, «a su Puesto de Comando».

     Cuando se libró de los brazotes de Peralta, el ruso me echó una mirada insegura con sus ojos azules cruzados de rayitas rojas.

     -¡Vos también aquí... entierra-cañones y rompe-latas! -me dijo al cabo de un rato con una risa que ya no era la de antes.

     -Vamos a mi hotel a charlar y a chupar antes durante y después de la cena -le contesté con una sonrisa difícil.

     -¡Hoy no! Mañana. Hoy es el aniversario; hoy hace veinticinco años...

     -¿Veinticinco años de qué?

     -De la pérdida ignominiosa de nuestra vodka. Hoy terminaré aquí de recuperar... de recuperar... lo derramado en Yrendagüe...

     Babeaba. Le entró ataque de tos.

     -... cuando bayonetearon las latas.

     Diciendo esto apuró el jarro que estaba medio lleno.

     Y queriendo venirse hacia mí haciendo a un lado a Peralta con un codo para abrazarme con un solo brazo, el izquierdo, el sin jarro, dio un paso en falso y cayó entre los pies de los borrachos.

     Era efectivamente el aniversario de Yrendagüe. Lo comprobamos después. Tragochenko no volvió más en sí. Murió ese mismo día sobre su último recuerdo, con los harapos de su uniforme. Y con las botas puestas. Con lo que le quedaba de las botas.


 

 

JULIÁN TALAVERA

 

     Nada del otro jueves lo que voy a contar; no sé por qué nunca me olvido de un episodio en que mi ordenanza Julián Talavera fue protagonista. Suelo contar cosas más interesantes, de las pocas que recuerdo. Esta nunca la cuento porque no es nada sensacional; sólo a mí me interesa. Acabo de ver en un diario unas viejas fotos de Corrales y Toledo. ¿Cómo no me voy a acordar de nuestra primera escaramuza?

     Cuando revisté mi compañía en junio o julio de aquel año, pasé frente a mozos bronceados de no muy limpio uniforme verde olivo. Yo quería un ordenanza confiable. Me detuve ante el más limpio. Teníamos muy poca agua entonces.

     -Yo te conozco -le dije.- Tengo que haberte visto alguna vez. ¿De dónde sos?

     -De Villarrica, mi Teniente.

     -¿Cómo te llamás?

     - Julián Talavera, mi Teniente.

     -Vas a ser mi ordenanza -le dije.

     Ni alto ni bajo, tenía una expresión resuelta en una cara más o menos blanca, como cualquier otra; tenía una mirada noble. Adiviné una fortaleza incansable en sus dieciocho años. Esta era su edad. Los pilas más fuertes no son los que parecen más forzudos. Hasta los más desgalichados de aspecto, resultan muchas veces los mejores. Desde aquel día Julián Talavera fue mi ordenanza.

     Recibimos órdenes no muy claras de avanzar hacia Corrales. Nos pusimos en marcha. Yo desplegué mi Compañía conforme al Reglamento. Las tropas estaban bien entrenadas; nuestro Regimiento había sido formado sin apuro, durante la paz; la disciplina funcionaba bien. Todo el mundo conocía su oficio. Dos punteros, con el fusil agarrado con las dos manos, iban adelante, a unos cincuenta metros, como para cazar perdices, entre el pasto; ellos atraerían el fuego apenas los viera el enemigo; yo iba detrás, seguido por mi Plana Mayor; los pelotones, con su Comandante al frente, cubrían un área extensa, formando la retaguardia. Bien atrás iba mi ordenanza con todo su equipo y gran parte del mío. Llevaba una encomienda de no sé cuál de mis Madrinas de Guerra. Algo que a mí me gustaba, y me gusta mucho. Eran dos kilos de masitas de la confitería El Progreso de Asunción. Esa confitería ya no existe. Llevaba también una botella de jugo de limón con alcohol. Un famoso jugo que preparaba, creo, la Cruz Roja. Un jugo contra el escorbuto.

     No sabíamos si nos mandaban a atacar Corrales, o a amagar un ataque, o a flanquear al enemigo. Los mandos menores no sabíamos estos detalles. Ibamos, sí, hacia el enemigo que nunca habíamos visto. De eso no había duda. Yo veía vagamente a los punteros con el fusil listo, casi del todo mimetizados en las malezas y boscajes ralos, o entre el pasto no muy verde. Llegamos a un paraje que nadie conocía; a la izquierda se extendía un cañadón; a la derecha un bosquecito más tupido que los ya cruzados. La mitad de mí Compañía entró por el bosquecito; la otra siguió avanzando por el cañadón. Yo iba por una especie de camino que coincidía con la linde del bosque. Atardecía cuando dejamos atrás el bosque y nos encontramos en lo que resultó ser un campo de tiro, un gran pastizal, sin árboles ni arbustos. (Habían sido cortados para formar el campo raso; pero el pasto, que también debió de ser cortado, había crecido de nuevo, o lo dejaron más o menos como estaba, a propósito). El cielo se estaba volviendo rojo sobre nosotros. Hacia la derecha sonaron unos tiros de revólver. Era, parece, la señal. Los punteros se hicieron invisibles entre el pasto alto; todos nos echamos en tierra. Dos jinetes lejanos atrajeron nuestros tiros. Ya el fuego enemigo venía del uno al otro extremo de lo que era nuestro horizonte.

     Hice emplazar una ametralladora pesada en mi flanco derecho; la Plana Mayor obedecía con rapidez increíble. Felizmente el pasto era alto y los de allá no podían ver nuestros movimientos que, más que de hombres agazapados, parecían de lagartos, verde como era nuestro uniforme y rápidos como eran nuestros deslizamientos a ras de tierra. Mi ametralladora, vieja y descalibrada, se trancaba a cada rato; las del enemigo segaban el pasto, lo cortaban que daba gusto. Dice Arturo Bray que la ametralladora, arma diabólica, es el enemigo de la infantería; destruye y aniquila a distancias cortas medias y largas. Pero mi ametralladora pesada, vieja como dije, no era enemiga del enemigo: disparaba cinco o seis veces, y se paraba. Hice entonces traer una ametralladora liviana, azul de tan nueva, para que estuviese activa mientras se trancaba la vieja. No teníamos cañones ni morteros para que hiciesen callar los parapetados nidos desde donde nos sacudían bala de lo lindo. Cayó la noche de pronto. El enemigo estaría como a cien metros de nosotros, o acaso menos. En la oscuridad se veían las rosetas brillantes del fuego de las ametralladoras. Yo me dormí después de un largo rato, como se durmió mucha gente aquella noche, en los dos bandos, creo. El cansancio a uno lo hace dormir aunque esté entre un tiroteo que uno hace y recibe, y las balas le pasan rozando. A mí me hicieron algunos agujeros en la gorra, y hasta me llevaron algunos pelos de sobre el cráneo; pero yo no me di cuenta de eso. Estaría dormido.

     Hacia el amanecer yo estaba despierto; me extrañó que todo siguiera igual. Había tableteos discontinuos de ametralladoras enemigas; mi ametralladora pesada, afinaba a lanzar una rafaguita y se callaba; la liviana, entonces, se mostraba alerta. Encontré a mi lado una cantimplora llena de agua. Tomé el agua como desayuno, casi caliente, como café. El Sargento de la Plana Mayor me dijo que mi ordenanza había venido desde atrás, mientras yo dormía, con la caramañola de repuesto; agregó que se estaban acabando los proyectiles; le ordené que se fuera hacia atrás y que trajera la mayor cantidad posible. Volvió después de un rato con una bolsa llena, no del todo llena, de proyectiles. Creo que le di una raspa y le grité, porque el ruido era otra vez infernal con la luz nueva, que fuese a buscar más proyectiles, carajo, y que viera qué pasaba, por qué no venían más órdenes desde hacía horas. Volvió el sargento con la noticia de que ya no había nadie detrás; que el resto del Regimiento se había ido no se sabía adónde.

     Todo aquel extraño combate en aquel extraño paraje, bosques que no eran bosques, campos que no eran campos, cañadones y caminos que no eran cañadones ni caminos, toda aquella confusión nos tenía mareados. No creo que nadie haya tenido miedo de verdad; yo no tuve miedo; sueño, sí. Sólo me interesaba estar allí tendido, casi cómodo, viendo si algo distinto pasaba, distinto del ruido. Y cada uno tenía su pocito individual, como una cama de tierra. La noticia, sí, me dio un susto. ¿Qué íbamos a hacer allí, solos? Ordené un desprendimiento, cosa que la tropa entendió por lo entrenada que estaba. La Plana Mayor difundió la orden pelotón por pelotón en un zigzagueo de lagartos. No había teléfonos. La orden indicaba tomar el rumbo que habíamos seguido el día anterior, pero al revés. Mi compañía estaba casi intacta, excepto algunos muertos, pocos, que dejamos insepultos; a los heridos los pudimos traer.

     Desaparecimos de aquel frente sin que los de allá se dieran cuenta de nada. Siguieron tirando y poco a poco el ruido que hacían se fue haciendo menos fuerte. Horas después, no sé cuántas, llegamos adonde estaba el resto del Regimiento. Nos miraron como si fuéramos fantasmas. ¿Qué había pasado? No recuerdo. Tal vez hubo un desbande, tal vez una retirada estratégica. No sé. Lo cierto es que nos recibieron con gran alegría; nos habían dado por muertos; creían que nos habían aniquilado sobre el campo de tiro. La víspera se quemaron más de dos millones de cartuchos; dos millones o un millón. Un millón es lo mismo que dos millones si a uno le disparan desde cien metros de distancia.

***

     ¿Y Julián Talavera? Mi ordenanza no había venido con nosotros cuando rajamos. Lo hice buscar por todas partes; nadie podía dar con él.

     Simplificando lo que cuento para no aburrir: no fue cosa sencilla el desprendimiento; fue duro abrirse paso a machete entre aromitas y cactos. Ustedes deben imaginarse aquello. A mi ordenanza lo di por muerto; me dio lástima. Lo pasábamos mal en aquella campaña. Muy poca agua, y la poca, sucia, caliente; un rancho infame, incomible; la galleta, agusanada. En fin, una vida perra; pero éramos jóvenes hace cincuenta años; todo se aguantaba. Lo que no podíamos controlar era la imaginación. Uno imaginaba cosas raras, tonterías. Por suerte no pensábamos en cosas terribles, al contrario. A mí me dio por pensar horas y horas en las masitas de la confitería El Progreso, que no me había comido. Pensaba también en la botella perdida, de jugo de limón con alcohol.

     Había muchos palúdicos y muchos enfermos de escorbuto. Yo era uno de ellos, y aguantaba. Aguantaba como tantos otros. En aquel tiempo hacíamos cosas que parecían de cajón; pero no lo eran. Para el paludismo había quinina, no mucha; para el escorbuto, de vez en cuando, jugo de limón. Las fiebres me tumbaban sobre el poncho. Tercianas y cuartanas me hacían delirar. Entonces veía a mi ordenanza caminar y caminar por montes y cañadones, perdido, hambriento, sediento, cayéndose cada cien pasos; pero vivo todavía. Uno de mis comandantes de pelotón, amigo mío desde el tiempo de la Facultad, me acompañaba. También estaba palúdico. Llevaba mejor que yo las fiebres porque era más fuerte.

     ¡Qué manía con tu ordenanza, con tus masitas, con tu jugo de limón! -me decía en mis momentos lúcidos.

     Al tercer o cuarto día de no saber nada de su paradero, un soldado amarillo, esquelético, con los ojos hundidos, con la boca saqueada por el escorbuto, llegó tambaleándose hasta mi carpa. No había perdido nada de su equipo. Tenía el fusil terciado; la cantimplora, vacía, le colgaba a un flanco; el yatagán en su tahalí. Era, claro, Julián Talavera. Hizo la venia como pudo, me entregó las masitas, me entregó la botella de jugo de limón. No me explicó cómo se las arregló para sobrevivir. Combatió con patrullas, quemó todos sus cartuchos, se orientó y se perdió cien veces; tuvo hambre, [183]tuvo sed, tuvo pesadillas, tuvo espejismos. Tuvo, sobre todo, sed. Y todo lo aguantó, sobre todo la sed, mil veces peor que el hambre.

     Apenas terminó de hablar, cayó de bruces desmayado.

     Volvió en sí, recuperó las fuerzas poco a poco. Le di, claro, la poca agua que yo tenía y hasta la última gota de la famosa botella.

     ¿Y las masitas? Se negó rotundamente a comer una sola.

     -¡Son de usted, son de usted! -repitió muchas veces entre sus dientes minados por el escorbuto.


 

 

FRENTE A LA PUNTA BRAVA DE BOQUERÓN: SEPTIEMBRE, 1932

 

     ¡Ah la Punta Brava de Boquerón en septiembre de 1932! ¡La Punta Brava tenía bien merecida fama de bravura! Lo más temible de la Punta Brava consistía en un reforzado nido de ametralladoras, con dos pesadas y dos livianas entre bolsas de arena y otras dos pesadas y dos livianas encima de las ya indicadas. Imaginen ustedes la potencia de fuego a ras de tierra de este bastión en el desierto. Y quien mandaba en el baluarte, el subteniente Inofuentes, era un bravo de verdad. Sus hombres, veteranos de dos años en el Chaco, muy bien entrenados, manejaban los ocho tubos mortíferos con fría y devastadora eficacia.

     El nombre de pila del jefe de la Punta Brava era -y espero siga siendo- Clemente. Clemente Inofuentes. El nombre rimaba con el apellido, como si él, el bravo entre los bravos de la Punta Brava y de todo Boquerón, fuese unain-nocua («que no hace daño»), unain-ofensiva fuente de aguas puras de clemencia. Pero los bravos verdaderos, los magnánimos de verdad, son clementes. Y el bravo de la Punta Brava era -lo verán ustedes-, clemente.

     Frente a la Punta Brava se extendía un descampado, un ideal campo de tiro. Por ese descampado atacó a Boquerón nuestro regimiento, el Regimiento 1 de Infantería «2 de Mayo». ¡Qué ataque aquel y qué fulminante el fuego de la Punta Brava contra quienes osaban desafiarla! El primer batallón fue aniquilado; lo mismo, el tercer batallón.

     Tenía yo, al comenzar el ataque, más de cincuenta hombres a mi mando; al terminar, -mejor dicho, al fracasar el ataque-, solamente me quedaban once. Estábamos ya cerca de la Punta Brava cuando a la hora del asalto corrimos hacia ella; sus detonaciones nos ensordecieron. Veíamos las llamas salir de los tubos negros y sentíamos el aire en torno llenarse de plomo encapsulado en acero. Yo vi el destrozo del primer batallón al aproximarse a aquel muro de hierro que lanzaba llamas como de volcán. Yo vi caer a mis hombres fulminados. Y yo caí también, disfrazado de tropa como estaba y empuñando, como mis hombres, un fusil. Clemente Inofuentes tenía ojos de águila. El me vio caer desde su casamata de quebracho y arena endurecida por la presión de la lona; él me vio tras mi caída, revolcándome en el polvo, a través de las malezas ralas que mimetizaban su nido invulnerable.

     Yo, tendido en tierra, sentía un fuerte dolor en la pierna derecha, a unos centímetros encima de la rodilla. El teniente Zotti ya había caído, entre los primeros, no lejos de mí. Zotti, oficial valentísimo, creyó ser inmune a la tormenta de fuego que se precipitaba sobre nosotros. Él llevaba un gran sombrero negro y una capa negra como un doble desafío. En los primeros minutos el fuego lo respetó a pesar de ser un blanco tan ostensiblemente negro; él siguió corriendo hacia la metralla a cuerpo gentil, pistola en mano, el gran sombrero y la capa desafiantes en el furioso viento preñado de puntiagudos, de calientes, de silbantes dardos de metal. Gritó Zotti al caer y yo oí sus gritos:

     -¡Camillero! ¡Camillero! ¡Camillero!

     Nadie podía socorrerlo. Una móvil, una vibrante, una rasante, una invisible cuchilla cortaba todo el campo con un filo que corría, veloz de izquierda a derecha, de derecha a izquierda buscando la carne blanda crispada de horror, y buscando los huesos quebradizos para hacer de una y otros, una pasta palpitante color rojo.

     Yo, tendido en el polvo soliviantado, primero con las manos de uñas rotas y después con la cuchara de estaño, trataba de alzar frente a mí una absurda defensa para mi cuerpo ya ensangrentado: me había palpado la herida con las dos manos y me había sacado de ellas la sangre sobre el pecho, sobre el vientre. Pensé que para no desangrarme debía vendar la chorreante herida. Me saqué la camisa de tropa que me servía de guerrera. Y aferrándola con los dientes y tirándola con las manos a derecha e izquierda, logré rasgarla y convertirla en vendas. Al hacer esto, me ponía en mayor evidencia; pero debía hacerlo. Me vendé la herida a justo tiempo. El fuego arreciaba; sin embargo, tenía yo conciencia de que, como deliberadamente, me evitaba; no venía derecho, rasante, hacia mí, sino que pasaba, diré, de largo, dejándome en el centro de un espacio sin muerte.

     Entonces yo era un hombre joven y fuerte, no este viejo casi octogenario que tienen ustedes delante. Pues bien, me vendé la pierna con la mayor fuerza de que fui capaz para que la venda no sólo contuviese el chorro que manaba sobre la rodilla, sino también parte del flujo interno de la sangre que bajaba hasta mis pies. Esto yo creía ser posible.

     Y yo pensaba que, milagrosamente, el sitio en que estaba yo tendido no era blanco de los infinitos disparos que, durante horas, ensordecieron el campo. Vino por fin la noche y con la noche pudieron venir los camilleros. Me llevaron a retaguardia. Esto último yo no recuerdo cómo fue. Yo iba desmayado en una camilla.

***

     Boquerón cayó aquel inolvidable 29 de setiembre. ¡Aquel septiembre, tan poco primaveral para sitiados y sitiadores! No pude ser testigo del regocijo de la primera, de la decisiva victoria: decisiva por su significado moral para uno y otro bando.

     Días después, no sé cuántos, me llevaron a Puerto Casado y allí abordé el Cañonero Paraguay. El barco gris, como todos los barcos de guerra, apuntaba sus cañones hacia arriba, listos para repeler un ataque aéreo. Un amigo mío, el teniente Jesús Blanco Sánchez, oficial de Marina, segundo de a bordo, me ofreció una litera de su camarote. Yo elegí la de abajo y, al tenderme boca arriba sobre aquel lecho angosto y duro me sentí feliz, con ganas de vivir. Horas después partiríamos para Asunción.

     El Dr. Alberto Torrico vino a hacerme una prolija cura. El Dr. Torrico era un prisionero boliviano caído en Boquerón. El me contó mientras lavaba mi herida con un líquido ardiente, que en el Cañonero Paraguay, allá sobre cubierta, viajaba prisionera la flor y nata de la guarnición de Boquerón. El vendaje resultó excelente. Y esto hacía posible una renguera sin consecuencias peligrosas. Ni el fémur ni otros huesos -no recuerdo sus nombres- habían sido tocados por el proyectil.

     -Doctor, ¿podré subir a cubierta mañana?

     -Sí, sin ningún peligro -me aseguró el médico.

     Conocí, primero a un teniente joven, hombre culto y afable. Su apellido era Calero. Vestía un sucio uniforme y llevaba esa gorra casi siempre arrugada, de copa aplastada hacia atrás, que los bolivianos usaban.

     -¿Quién mandaba en la Punta Brava? -le pregunté apenas iniciado el diálogo.

     -El subteniente Inofuentes -me dijo.

     -¿Está aquí, a bordo?

     -Espere un momento -fue su repuesta-. Voy a buscarlo.

     El teniente Calero volvió enseguida acompañado por un mozo de unos veinticuatro, veinticinco años.

     -¿Usted es el héroe de la Punta Brava?-, le espeté antes de saludarlo.

     Sonrió Inofuentes con una sonrisa complacida, dejando brillar entre sus labios unos dientes blanquísimos.

     -Héroe o no héroe yo mandaba allí -dijo.

     Entonces yo le conté en pocas palabras mi historia frente a la Punta Brava.

     Al callarme yo, Inofuentes, que me había escuchado muy serio, sonrió otra vez:

     -¡Yo lo vi caer a usted y después vendarse!, -exclamó-. Tengo, o tenía durante el combate una vista muy buena. Lo vi rasgar su camisa... ¡Ah! -lo interrumpí-.

     -Y yo di orden -me atajó-, di orden terminante que lo dejaran tranquilo. Vino la noche y ya no pude ver nada. A la mañana siguiente, ya no estaba más usted en el lugar de la víspera.


 

DIÁLOGO EN EL MONTE

 

     Hoy no sé -nunca lo supe- cómo me alejé tanto de los hombres de mi patrulla ni cómo o por qué se alejaron ellos de mí. Lo cierto es que me encontré solo y perdido en el monte. ¿Dónde quedaban nuestras líneas? ¿Dónde las del enemigo? Tan hosco era el silencio como el monte. Mi herida del muslo derecho, curada con esmero y bien cerrada un año antes, me producía un escozor en el centro mismo de su rosada cicatriz. Esta era para mí un pronóstico infalible de inminente lluvia. El cielo -no podía verse bien el cielo desde aquel espinoso bosque- debía de tener nubes de tormenta que no alcanzaba yo a divisar.

     Esta posibilidad de lluvia me daba una gran esperanza. La sed empezaba no sólo a debilitarme sino a trastornarme. Me producía antojos, me hacía ver visiones. A cada veinte o treinta pasos en el ámbito de mi perdimiento, me parecía entrever, detrás de las matas, allí, hacia adelante, a derecha o izquierda, el brillo turbador de una aguada. Mi cantimplora de aluminio, vacía desde la víspera, no me pesaba en absoluto desde el extremo de la correa. Ni la sentía moverse a mi costado.

     Algo debía de pasarle a mi brújula porque su aguja no señalaba la dirección esperable con la fijeza orientadora. Se movía un poco, sí, perdida como yo en el centro de los Rumbos de la Rosa. Como yo, ella ignoraba cuál de los treinta y dos rumbos me llevaría hacia el norte. De indicármelo la brújula en forma inequívoca, ya marcharía hacia el sureste.

     Me sentía febril, excitado y apático en el correr de los minutos. La sed me resecaba la garganta y me parecía que la lengua ya comenzaba a hinchárseme.

     Me he detenido ahora en un claro del monte, tratando de escudriñar el cielo, mirando ansiosamente hacia arriba, de uno a otro lado, cuando siento un breve crujido de ramitas secas a pocos pasos hacia la derecha.

     Bajo yo los ojos y veo con estupor la figura de un hombre joven, un oficial bien plantado, un enemigo, que me encañona con una pistola automática calibre 45. Yo he oído claramente el clic característico del arma al ser amartillada.

     -Mi teniente -me dice la aparición-, no se mueva, quédese allí donde está; cruce los brazos sobre el pecho.

     La voz que oigo es firme pero cordial. Sin la amenaza de la pistola amartillada, la actitud del desconocido, la manera de sonreír bajo el bigote rubio, el gesto de la mano izquierda tendida hacia mí como para ofrecerme algo, todo en él me parece de una urbanidad perfecta.

     El caqui de su uniforme es más oscuro que el verde del mío; el corte -y el estado- de sus botas pardas son mejores que los de las mías. Noto que su pantalón de montar es nuevo o casi nuevo; pero que su gorra de visera parda, es ya veterana. Todo esto lo advierto de un solo golpe de vista. Sin embargo, la imagen que de él tengo no es constante en sus detalles. Los ojos del intruso, azules en el primer instante, no son azules sino negros, muy negros; el bigote, rubio segundos antes, es ahora también negro. En otros detalles también la imagen cambia. La misma voz del desconocido, todavía cortés suena con otro timbre.

     -¿Tiene usted mucha sed? -me pregunta el oficial entre irónico y solícito.

     -¿Cómo lo sabe?

     -¡Ah! -dice una voz ahora ronca- Me es más fácil adivinar la sed que el hambre. No soy bisoño en estos desiertos sin agua.

     -Usted parece andar de paseo, no de patrulla -comento yo sonriendo como él; pero no muy seguro de que la vista y el oído me engañen o no. De si él es de verdad, hombre de carne y hueso.

     -Paseo no es precisamente el mío. -me responde- Está durando ya demasiado y ha de durar bastante más.

     -No parece usted ni cansado ni sediento como yo -le digo.

     -Las apariencias engañan, ¿sabe usted? Pero acaso sea yo más fuerte que usted, si no más joven -me contesta. Y sonríe como divertido y veo en sus ojos -que otra vez parecen azules- una burla amable aunque no ofensiva ni petulante.- ¿Qué edad tiene usted?

     -¿Qué edad tengo yo?, pregunto a mi vez. ¿Y a usted qué le importa?

     -A mí me interesan muchas cosas: su edad, el nombre de su regimiento, el número de su batallón y, claro está, el nombre y apellido de usted mismo.

     -Pero hay cosas que no puedo ni quiero contarle. Ni estoy seguro de que usted esté donde está allí, con esa pistola. Sin embargo, sepa usted que tengo veinticinco años.

     Cruzado de brazos como él me ha ordenado, lo observo yo, también divertido, pero también aprensivo de ser víctima de una extraña broma.

     -Yo también tengo veinticinco años. -me informa- Mi signo zodiacal es Acuario.

     Al decir esto, me pareció que él tenía de pronto muchos más años; que había arrugas en su piel tostada y que su bigote era canoso. Pero como siguiendo una broma inofensiva, contesto:

     -Mi signo zodiacal es Sagitario.

     -¿De Asunción es usted?

     -Se lo diré con gusto si me cuenta de dónde es, primero, usted.

     -Por eso no vamos a reñir: soy de La Paz.

     -Y yo soy de Asunción -declaro, como si ser de Asunción fuese algo muy importante y, además, un desafío.

     -¡Ah! ¡De Asunción, eh! -me dice el hombre de Acuario y de La Paz. Y agrega:

     -¡Tienen fama de hermosas las muchachas de Asunción! ¡Quién pudiera enamorar a una de ellas, a una linda de verdad!

     -Muy fácil -le contesto- Usted me entrega esa pistola, yo lo llevo al Comandante de mi regimiento, y él lo envía a retaguardia. En Asunción tendría usted alojamiento gratis y la ocasión de conocer -sólo conocer- a alguna hermosa enfermera de la Cruz Roja.

     -Eso sería como si un ciego quisiera hacer de guía en este bosque. Hace rato que lo observo yo a usted y que sigo sus pasos de sonámbulo, escondiéndome detrás de la maleza. Usted se ha perdido, usted delira de sed, y usted no tiene ni idea de dónde se encuentra. ¿Qué le parece si hacemos las cosas al revés y yo lo llevo conmigo hasta el Comandante de mi regimiento?

     -No, no puede ser -contesto yo.- Eso me llevaría muy lejos de Asunción, acaso hasta la altísima La Paz. Y sepa usted que en Asunción tengo yo una hermosa muchacha que me está esperando hace ya demasiado tiempo.

     -¿Quiere mostrarme usted su retrato, alguna foto? Yo le mostraré una foto de la mía -me dice-. Y del bolsillo izquierdo de la guerrera saca lo que ha de ser, sin duda, una pequeña fotografía dentro de un medallón de plata, ovalado.

     Yo amago un movimiento como para esconderme detrás de un quebracho y luego, ya empuñado mi revólver... ¡Vaya uno a saber lo que haría! Este enemigo tan cordial me está irritando, me está tomando el pelo.

     -¡Un momento...!- me ataja el desconocido avanzando hacia mí la mano armada, el tubo de la pistola apuntándome el pecho.- ¡No vaya usted a hacer una tontería!

     -No vaya, por ejemplo, a escaparse estando como está extraviado, febril y sin saber adónde dirigir sus pasos.

     -No haré ninguna tontería -contesto con irritación y alzo los brazos en ademán de fastidio.

     -Usted está a merced mía, amigo mío; pero este no es un encuentro inamistoso. Alguien hizo, con un primo hermano mío, más hermano que primo, subteniente de infantería, lo que yo voy a hacer con usted.

     -¿Y qué va a hacer usted conmigo? -pregunto sin disimular mi impaciencia y disgusto.

     -Lo voy a dejar libre y en paz amigo mío; pero antes le indicaré a usted dónde se encuentra y en qué dirección debe marcharse hasta llegar a su unidad.

     -Gracias -le digo y suelto una risa inesperada, a pesar de la sed y de mi cólera.

     Entonces veo con asombro que con rápido movimiento el de Acuario alza primero y luego baja su pistola guardándola en su funda. Y que me dice con amplia sonrisa:

     -Ahora le ofrezco mi cantimplora y beba lo que quiera. Tómela -agrega- y me la tiende asida con ambas manos.

     Ni se me ocurre a mí sacar el revólver calibre 38 que tengo al flanco derecho, listo, y con la tira desabrochada. Me apodero, sí, de la cantimplora y con gran esfuerzo para no apresurarme, bebo lentamente largos sorbos de agua tibia aunque deliciosa.

     -Ahora -dice- vaya por allí a la derecha y a unos doscientos metros encontrará una picada en desuso. Doble a la izquierda y camine hasta llegar a sus avanzadas.

     Yo ya le he devuelto la cantimplora y estoy hurgando en mi billetera.

     -Esta foto es de María Stella -le informo. Es una foto reciente. Muéstreme después la suya.

     Estuvimos un rato, uno junto a otro, como viejos amigos, observando las fotos y elogiando a las ausentes.

     Después nos dimos la mano y nos despedirnos.


 

 

DIÁLOGO CON UN LECTOR

 

     Suena el teléfono una tarde de abril, y al primer campanillazo contesto yo como si estuviera esperando la llamada:

     -Hola...

     -¿Hablo con el doctor X?

     -El mismo. Servidor.

     -Lo llamo -me dice una voz grave, bien timbrada- para felicitarlo por ese artículo o cuento que usted publicó el último domingo en el Diario Noticias.

     -Muchas gracias -digo yo, razonablemente halagado. No es muy común el hecho de que aquí, en Asunción, alguien llame, por razones literarias, para felicitar a un escritor. Ni siquiera suelen llamar, por pura cortesía, los autores -poetas y prosistas- sobre los que se publican elogiosas reseñas o artículos. En verdad, se diría que el autor paraguayo se creyera exento de ejercer la elemental cortesía de dar las gracias. ¡Qué diferentes suelen ser los escritores de otros países!

     (Un amigo mío escritor que residió muchos años en París y cuya obra no pasó inadvertida en los círculos literarios de esa capital, me asegura que la que llamo yo extraña mentalidad se explica como un resabio de nuestra tradición guaraní. -En lengua guaraní- me dice este amigo, no existe la palabra «gracias».)

     Y ha de tener razón. Volviendo ahora a la amable llamada telefónica, prosigo con mi relato:

     -¿Sabe usted? -me dice el desconocido con su voz grave y correcta dicción: -A mí me ha pasado algo casi tan insólito como lo que usted cuenta en su «Diálogo en el monte». Como el protagonista de su cuento, yo marchaba un día, hace más de cincuenta años, por un monte chaqueño. Y como su protagonista yo estaba, también, sediento.

     -¿Dónde fue eso? -pregunto yo.

     -En Boquerón. Yo no era oficial como su héroe innominado. Ni oficial ni soldado raso; pertenecía a lo que en jerga militar se llama «clases».

     -¿Y adónde iba usted por el monte? -interrogo.

     -Se lo diré. En mi pelotón necesitábamos agua urgentemente. (Y no sólo en mi pequeña unidad). Entonces tuve una idea: pedí a cuatro de mis camaradas que me dieran sus cantimploras vacías; yo me escurriría hacia nuestra retaguardia y volvería a la línea de fuego con cinco cantimploras llenas hasta el gollete. Así resolveríamos el problema de la sed.

     -¿Llevaba usted un arma?

     -No. Llevaba cinco cantimploras vacías. Era obvio que estaban vacías porque al andar por el bosque, yo hacía girar dos o tres en el aire y estas vasijas de aluminio no mostraban ninguna... gravidez. ¿Era de mañana o de tarde? No lo recuerdo; pero lo mismo da. Lo cierto es que llegué yo a un claro del monte -tal cual como el protagonista de su cuento- y de pronto vi a unos ocho o diez metros a mi derecha, a un boliviano corpulento armado de un fusil ametrallador.

     Estoy seguro de que el del fusil me vio; es más, yo oí el característico ruido del cerrojo -¿cerrojo?-; no recuerdo ahora el nombre del dispositivo que introduce un proyectil en la recámara del arma. Llamémosle así: cerrojo. ¿Recuerda usted que el personaje de su cuento oyó el clic de la automática al ser amartillada? Yo también oí el siniestro ruidito...

     ¿Qué hice entonces? Pues seguí avanzando en la misma dirección que llevaba aunque con el rabillo del ojo atisbaba angustiosamente la silueta de mi enemigo. Este, que segundos atrás estaba en cuclillas apoyando la espalda contra el tronco de un árbol más grande que los otros, se echó ahora en tierra y emplazó el arma sobre las dos varillas de acero que apoyan el cañón cuando se hace fuego. Y me apuntó con el tubo negro.

     -¿Le dio a usted la voz de alto?

     -No. El boliviano me vio desarmado, inerme hasta de un cuchillo de monte y no necesitaba hablarme; simplemente apretar el gatillo.

     -¿No buscó usted un lugar donde esconderse, algún árbol grueso que lo protegiera?

     -No había más que arbustos a mi paso en aquel bosque ralo.

     Yo, sin apuro, seguí mi camino esperando que de un momento a otro...

     -¿Y no le disparó una ráfaga?

     -Si me la hubiese disparado, yo no estaría hablando ahora con usted esta hermosa tarde de abril.

     -Y ¿a qué atribuye usted la «cortesía» del boliviano? ¿Temía él llamar la atención de las tropas de nuestra línea, que estaban cerca?

     -No, yo creo que no. Acaso tuviera él tanta sed como yo y esperara a que, llenas mis cinco cantimploras, volviese yo a pasar por el mismo sitio. Entonces, apuntándome con su arma, me arrancaría el mayor tesoro en aquel desierto. Entonces, sí, podría liquidarme.

     -¿Y volvió usted a pasar por donde lo había visto?

     -No, de ninguna manera. Orientándome por el fuego que hacían no lejos los de nuestra línea, volví a mi trinchera por otro camino.

     -¿Con las cinco cantimploras llenas?

     -No, no conseguí una gota de agua en retaguardia. Al regresar a mi punto de partida, di parte al comandante de mi batallón acerca del enemigo detrás de nuestras posiciones. Usted tuvo más suerte que yo: el enemigo que a usted le cerró el paso en el claro de su bosque, no sólo lo dejó libre sino que le dio de beber de su propia cantimplora. [201]

     -Si yo fuera escritor -continúa mi nuevo amigo telefónico- yo escribiría unas memorias como las que usted escribe hoy.

     -Usted habla muy bien -contesto- y si se pone a escribir sus recuerdos, podría hacer literatura de buena calidad.

     Mi interlocutor no comentó mis últimas palabras. Se despidió de mí con finas frases de cortesía y yo quedé muy curioso de lo que este señor podría contamos si se decidiera a escribir.

 

 

 

OTRO DIÁLOGO

 

     La noche de aquel día de abril me acosté temprano, leí cinco cantos de la Divina Comedia según costumbre adquirida hacía ya algún tiempo, y apenas apagué la luz cuando caí en profundo sueño. No habría dormido media hora, cuando sonó el teléfono, el que tengo junto a mi cama.

     -¿Quién llamará a esta hora? ¿Será larga distancia? -me dije medio dormido todavía. No, no era de larga distancia la llamada; no era tampoco de un pariente o de un amigo. Era de un desconocido, de un veterano del Chaco.

     -¿Está el doctor X? -pregunta una voz cascada.

     -Soy yo. A sus órdenes.

     -Permita que le cuente un episodio parecido al que usted cuenta en su cuento «Diálogo en el monte...».

     -¡Ah! -pienso yo. ¡Otro encuentro en el bosque!

     -Como usted en su cuento, yo tropecé de sopetón, en pleno bosque, con un oficial enemigo que me encañonó con su automática. Yo, impulsivo, imprudente -yo boxeaba bien en aquel tiempo- me abalanzo sobre él, con un esguince, para tumbarlo de una trompada. Pero él, no menos ágil que yo, da un salto atrás...

     La voz calló al otro extremo de la línea.

     -¿Y? -pregunto yo, interesado ya.

     -El oficial, viendo que yo llevaba la mano al revólver, apretó el gatillo. Yo oí bien el ruido del martillo al golpear sobre el fulminante.

     -¿Y?-

     -Pero no salió el tiro. Entonces él con gran velocidad hizo accionar con la mano izquierda el mecanismo de la pistola para sacar de la recámara el proyectil fallido e introducir otro.

     Yo ya tenía la mano en el mango de mi revólver y ya lo sacaba de su funda. Él, que vio esto, apretó otra vez el gatillo. Yo ya lo tenía encañonado. Por segunda vez no salió el tiro.

     -¡Basta! -le grité. ¡Tire esa porquería que no sirve para nada! No tenía él tiempo para desplazar el segundo proyectil fallido. Mi adversario tiró su pistola al suelo. En ese mismo instante oí ruido de muchos hombres que, detrás de donde estaba él, venían por el monte... Oí el estampido de muchos disparos, cerca. Y entonces...

     Entonces los estampidos me despertaron.


 

 

EL SUEÑO DEL GENERAL EN JEFE

          

«Las victorias suelen tener muchos padres;

          

 

las derrotas son huérfanas».

 

     Hay varias versiones, doctor; ninguna exacta. Usted, que además de viejo amigo es mi médico, va a conocer la verdadera. Todo el mundo sabe que la Batalla Máxima se fue desarrollando en bien calculadas etapas; que fue culminación de una ofensiva estratégica íntimamente coordinada con una ofensiva táctica; que cada una de estas etapas nos conducía inexorablemente más cerca de la meta del plan operativo. Algunos mandos subordinados, previsiblemente, se atribuyeron la concepción de ese plan; otros, la ejecución original, espontánea, de la maniobra decisiva; pocos admitieron lo obvio: que un solo hombre, el único que por su posición podía ver en su lugar estratégico todas y cada una de las piezas sobre el tablero, era el genuino autor del plan. Mucho antes de la victoria, este hombre había descrito la Batalla como una operación infalible; aludiendo a Clausewitz, había anticipado el éxito definitivo, el verdadero éxito, como una suma de éxitos. Esta victoria sería, pues, el precipitado de una serie de victorias menores. Yo fui ese hombre; ningún otro podía serlo.

     Si nuestro contendor no hubiese tenido un plan que le pareciera seguro; un plan cuya ejecución le absorbía hasta el punto de volverlo ciego frente a nuestras intenciones, hubiera adivinado el peligro un mes antes del desastre.

     El enemigo se proponía el copo de nuestras divisiones atrincheradas en el sureste, en un vasto sector boscoso. Nosotros hacíamos lo posible para fingir la candidez de una víctima ingenua. Cada día inventábamos alguna nueva estratagema que despistara más y más a nuestro presunto victimario; hasta se dio el caso de soldados nuestros que se hicieron tomar prisioneros para dar informes falsos. Yo veía tan claro el juego del enemigo como si tuviera sus cartas en la mano. Logré convencer a su Comando de que nuestro interés estratégico estaba muy lejos de la zona en que se iba a cerrar nuestra tenaza.

     Al terminar la undécima semana de continuo maniobrar, de éxitos parciales que iban ya perfilando la Batalla, nuestra ala derecha ya estaba totalmente fortalecida para la operación final de envolvimiento. Ordené que dos Divisiones de reserva se escalonaran disimuladamente en los tupidos bosques, detrás de dicha ala. Había llegado por fin el Día.

     Entonces, a las seis en punto de la mañana de aquel primer domingo de otoño, llamé por teléfono al Estratega que usted bien conoce. Le dije: Todo está listo. Ataque.

     Yo sabía que este señor criticaba acerbamente mi Comando. Enterado de que yo había definido la batalla en gestación como operación infalible o, para citar mis propias palabras, como operación matemática, el Estratega repetía la famosa frase de Antoine Henri Jomini: La guerra, lejos de ser una ciencia exacta es un drama terrible y apasionado; yo sabía éstas y otras indiscreciones próximas a la insubordinación; yo fingía ignorarlo todo; yo lo trataba con urbanidad y respeto. Sus excusas para aplazar unos días el golpe, no me convencían.

     La acción, argüía la voz que llegaba solemne a través de los bosques por el hilo telefónico, no debía desencadenarse todavía. Yo insistí; aseguré que el éxito estaba debidamente calculado; que la operación no podía fallar; que tuviera él fe en los aguerridos veteranos que comandaba. Hablé con suavidad y lentitud; le dije: Nuestro Servicio de Inteligencia nos informa día tras día sobre la creciente desmoralización del enemigo. Entonces él, ex becario en Francia, graduado de la École Supérieure de Guerre, optó por apoyar su argumento nada menos que en Napoleón: On ne manoeuvre qu'autor d'un point fixe-dijo con fatuidad que no pudo disimular.

     -Precisamente ahora ha llegado el momento de la maniobra decisiva -contesté- el grueso de sus fuerzas se halla ya en un punto fijo; ha sido empujado hasta ese punto.

     Al día siguiente muy temprano, el jefe de Estado Mayor, por orden mía, exigió un parte minucioso. El Estratega volvió a argüir que era prematuro desencadenar la acción; que él daría inmediato aviso al Comando en Jefe apenas se hiciese oportuna la maniobra. Entre tanto los comandantes de División se impacientaban; intuían que había llegado la hora de cerrar la tenaza; ignoraban el porqué de la dilación. Mejor dicho: ignoraban su verdadero motivo.

     El miércoles 12, al mediodía, el Estado Mayor volvió a telefonear y a exigir un informe detallado. En la tarde de ese mismo día recibí en mi Cuartel General una extensa carta manuscrita del Estratega. La carta, de seis pliegos, abundaba en citas de Clausewitz, Jomini, von der Goltz, Hamley, Foch, Maude; traía eruditas consideraciones sobre batallas de Aníbal -Tesino, Trebia, Trasimeno, Cannas-; el movimiento de Marlborough antes de la batalla de Blenheim; elogiaba a Napoleón en sus campañas más famosas, sin olvidar la de Waterloo; comentaba las ofensivas de Allenby en [206]Palestina y de Franchet d'Espérey en los Balcanes. Hombre tan alto y fornido como el Estratega, ejerce sin embargo una escritura de caracteres apenas legibles por lo pequeños. De modo que los seis pliegos equivalían a doce.

     -Los ingenuos -decía un párrafo subrayado- se dejan deslumbrar por la Estrategia; creen que la Estrategia es privativa de los «virtuosos»; al paso que la Táctica es para meros «artesanos». En rigor, por Estrategia debe entenderse el arte de la guerra; por Táctica, el arte de combatir. En algunos contextos, Estrategia es lo que se verifica en gran escala; Táctica, en escala menor.

     Estas y otras definiciones y precisiones me dejaron caviloso. Sospeché que, al redactar su carta, el Estratega transcribía párrafos de un libro que hacía años tenía en preparación. Porque lo curioso es que las batallas evocadas y comentadas poco o nada tenían que ver con la que estábamos librando. La única operación que hubiera venido al caso -aunque un año después- era la toma de Beersheba por Allenby. Unos pozos de agua tan indispensables para Allenby en 1917 como para mí varios lustros después, me inspiraron un plan semejante al del General inglés. Al trazar mi plan, yo iba a pensar en la tercera batalla de Gaza, en los pozos de Beersheba, en la gran suerte del vizconde (futuro entonces) de Megiddo y Felixstowe.

     La carta, salvo algunos pormenores algo ridículos y a conceptos de una acaso indomeñable pedantería, estaba bien escrita. Exhibía el considerable saber teórico del Estratega; revelaba, más que nada, con claridad meridiana, su temor a la responsabilidad. Hombre de gabinete, buen organizador, este señor nunca ha servido para mandar, para ejecutar una maniobra de gran envergadura. Ansioso de justificar sus dilaciones, su perplejidad, su indecisión, apelaba a la erudición, a la autoridad de teóricos célebres; inseguro, postulaba la sureté preconizada ejemplarmente por Foch. Habiendo sido presentado a Foch durante unos simulacros, veneraba su memoria y sus libros. Sus demasiado frecuentes monólogos militares, saqueaban los Principes de la guerre y laConduite de la guerre para deslumbrar a sus oyentes con citas de frases lapidarias: «La ofensiva es la ley de la guerra» o «No hay resultado sin una causa; si queréis un efecto, producid una causa» etc.

     Había yo decidido aplazar por dos días la maniobra y durante ese tiempo establecer una cobertura aún más sólida en el sector sureste. Pero llegaban ahora hasta el Cuartel General algunas insinuaciones, luego unas críticas más o menos veladas y por fin inequívocas quejas contra el Estratega. Los mandos subordinados perdían fe en su jefe. La impaciencia de los comandantes de División llegaba a un momento crítico.

     Esa noche tuve un sueño extraño. Me soñé en el claro circular de un altísimo bosque. Un persistente cañoneo se oía desde el oeste. Creo que era de noche; pero el claro comenzó a iluminarse desde muchos ángulos, de entre los troncos de árboles colosales. Y entonces vi unas treinta figuras cuadradas militarmente. Eran jefes y oficiales del Ala Derecha; todos tenían la mano en la visera haciendo la venia. Al frente del grupo se erguía el jefe más viejo y de mayor prestancia.

     -Mi General: -dijo- en nombre de los comandos subordinados y en el mío propio, me permito rogarle que asuma usted el mando directo de nuestro Cuerpo de Ejército.

     La luz se hacía cada vez más clara y yo podía reconocer ahora a cada uno de los oficiales, aunque a algunos, el saludo militar les ocultaba la mitad del rostro dejando la otra en la penumbra. En el sueño, el viejo Comandante de la Sexta División de Infantería parecía aún más viejo. Sus largos bigotes grises, su barba ya casi blanca, le daban un aspecto venerable. Yo iba a contestar cuando todos, a un tiempo, dijeron en voz alta y sonora que produjo una resonancia de muchos, de muchísimos ecos en el bosque:

     -Mi General: asuma usted el mando directo...

     ...General... mando directo... General... repitieron los ecos en torno al claro, lejos y cerca, hasta llenar todo el bosque con un clamor cuya intensidad aumentaba. Por fin se hizo un silencio. Pero enseguida la voz del jefe divisionario decía gravemente:

     -Esta batalla, mi general, que usted ha dirigido en forma tan brillante, ha llegado a su etapa final. Usted lo sabe mejor que nadie; sabe también por qué no ha tenido ya su desenlace. Falta el último golpe. Délo usted, mi General, mañana.

     Y en ese momento, cuando el viejo militar dijo mañana, tomé yo la decisión. Recuerdo muy bien ese instante del sueño en que me resolví a actuar sin dilación; yo creía estar despierto; me sentía en la más lúcida vigilia, no en la irrealidad del sueño; aceptaba aquel lujoso bosque como el bosque real próximo a la batalla; aceptaba las raras luces del sueño como normales y corrientes.

     -Pierda usted cuidado -respondí. Ya he decidido reorganizar los comandos; yo asumiré el mando del Cuerpo, y usted, directamente bajo mis órdenes, ejecutará la maniobra; la destrucción del enemigo no llevará diez días. Señores: regresen a sus Puestos de Comando. Mañana habrá mucho que hacer. Buenas noches.

     Al despertar, advertí que estaba amaneciendo.

***

     Personal, no sólo profesionalmente, la situación era muy desagradable para mí. El Estratega, hombre sin vicios, austero y marcial, tenía buena foja de servicios. Hacía años que, muchos civiles y militares, nos consideraban rivales. No falta quien diga que en Francia fue un favorito de Foch. Esto no es cierto; a mí Foch nunca me dijo nada de él; cuando una vez le mencioné su nombre, el Mariscal no lo recordaba. -No recuerdo haberlo conocido nunca; -me aseguró- al principio creí que usted se refería a un escritor europeo, no a un militar de su país.

     Pero volvamos a los últimos días de la gran batalla. Meses atrás yo había advertido la lucha interior del Estratega; fue cuando llegó al teatro de operaciones para ponerse a mis órdenes. Se me sometió como cumpliendo el más penoso deber; intuí que su sometimiento, según él lo sufría, era el del superior auténtico al superior meramente jerárquico. Adiviné por otra parte, que juzgaba mi actual jerarquía como el resultado fortuito de circunstancias felices. Él debería ejercer el Comando en Jefe; él debería llevar sobre sus hombros las estrellas de mi rango.

     El día de nuestro primer encuentro en el Frente, recordé la frase de uno de mis profesores franceses. Fue en París, hacia 1925. -Su compatriota -me había confiado con aire de misterio- nunca será buen general; jamás se logrará en él la combinación de la sabia teoría y el carácter.

     Usted doctor, que es oficial de Sanidad, no de Guerra, jamás habrá oído hablar de este notable militar francés, autor de un libro -excelente: se llama Charles de Gaulle.

     Apenas clareó del todo, llamé por teléfono al vacilante y le anuncié que esa misma mañana llegaría a su P. C. Me preguntó con tono ambiguo qué me había parecido su carta: En ella he hecho un gran esfuerzo para explicar mis razones -dijo.

     El P.C. era un rancho limpio, con piso de tierra apisonada bien barrido. El Jefe volvería en seguida de una inspección, me dijeron. Sobre una mesa rústica pero amplia y sólida, había una lámpara Petromax, un busto de Foch y, a uno y otro lado, libros favoritos del ausente. Un mapa militar colgaba de la pared izquierda. Sobre una repisa vi fotografías. Me acerqué para observarlas. En una, el Estratega, en uniforme de gala francés, aparecía junto a un oficial, también en uniforme de gala. Este oficial, seguramente francés, de mi estatura más o menos, parecía como empequeñecido junto a la alta y fornida figura del Estratega. Otra fotografía, mucho más grande, mostraba a nuestro personaje ahora en uniforme de gala nacional, con charreteras relucientes, cruces y medallas. Una tercera fotografía evocaba un desfile militar: a caballo, con entorchados dorados, la espada desnuda en la mano derecha, el Estratega saludaba pasando frente al palco presidencial. En un rincón del rancho, sobre una silla de campaña, vi brillar una espada de vaina niquelada y empuñadura con adornos labrados, sin duda alguna, en oro.

     -¡Qué cosa más anacrónica -pensé- traer aquí una espada en la edad de la ametralladora y el tanque! ¡Y tantas fotos en uniforme de gala! El Estratega hubiera querido venir al Frente, vistiendo un uniforme de Mariscal del Imperio como el de Joachim Murat, y como éste montado en poderoso caballo, con una piel de tigre sobre la montura. (Hay un cuadro de Gros o de Gérard, no recuerdo bien, en que se ve un Murat, terrible, a caballo: un verdadero dios de la guerra sobre la famosa piel de tigre).

     -Mi general, ¿Quiere mate cocido o café? -preguntó un ayudante. Yo ordené que me dejaran solo.

     El cierre de la tapa de mi pistolera consistía en una lengüeta de cuero que, metida bajo un fierrito asido duramente a la funda misma de la pistola, mantenía a ésta bien protegida. Yo, por si acaso, saqué la lengüeta de donde estaba y la dejé suelta. Ya antes de mi rápido viaje, había examinado el arma. Tenía su carga completa, con un cartucho en la recámara. Estaba decidido a disparar sobre aquel señor si se mostraba rebelde, si se insolentaba.

     Pasaron varios minutos que aproveché para examinar el mapa y mover imaginariamente, una vez más, sobre el vasto sector, las unidades de la maniobra final.

     La puerta del rancho se oscureció de pronto; una figura alta y fornida se dibujó contra la claridad de la mañana. Era él: el ceño fruncido, los ojos como ascuas verdes bajo las cejas frondosas. En la mano izquierda tenía un garrote. El Estratega era zurdo.

     -Usted está enfermo -le manifesté sin rodeos cuando su mano derecha apenas llegaba a la visera en un saludo que más pareció agresivo que ceremonioso. Usted necesita ser evacuado inmediatamente. Ahora yo asumo el mando directo del Cuerpo.

     Se le demudó el rostro de ordinario pálido, serio y duro. Lívido, abiertos los ojos desmesuradamente, contraída la boca en furioso rictus, el hombre ya insinuaba un paso hacia adelante.

     Tal debió de ser la mirada que recibió de mí, tal la determinación concentrada en ella durante el silencio abrupto que siguió a mis palabras y a su insinuado ademán, que el hombre pareció como detenido en seco por una espada cuya punta le punzara, firme y aguda, en la garganta.

     Hizo otra vez la venia, con los ojos entrecerrados ahora, y se fue.

     Ese mismo día se desencadenó la acción. Las condiciones tácticas y logísticas eran, como yo afirmaba, inmejorables. Una semana después el enemigo capituló con armas y bagajes.

 


 

LA CASA DE LAS CRUCES

 

     Juan Llanos descendió del camión frente al establo de la casa abandonada y esperó a que los tres oficiales con que había venido hicieran pie en tierra. Luego él y los otros se encaminaron hacia la casa que, bajo el sol de febrero, sesteaba silenciosa en el pueblecito evacuado por el enemigo días atrás.

     Los tres oficiales, hombres ya maduros, entraron primero en el que debió de ser el comedor de la vivienda desierta. Juan Llanos se detuvo un instante en el umbral, asqueado por un intenso olor de suciedad y humedad que había adentro. Venciendo el momentáneo malestar, penetró en la habitación. Una oscuridad de gruta lo envolvió cuando, apenas cruzado el umbral, la puerta se cerró sola a sus espaldas. El piso sonaba bajo sus botas a tierra apisonada. Sólo tras las rendijas de una ventanuca baja entraba alguna claridad y se veían vagamente los verdores del patio. Alguien encendió una linterna eléctrica.

     -Ni una silla, ni una mesa -dijo el teniente primero.

     -En ese rincón hay un cántaro roto -dijo el teniente segundo.

     -Tal vez no hayan podido llevarse las camas -dijo la voz del capitán-. Vamos a averiguarlo.

     Y los cuatro avanzaron hacia la única puerta interior situada a la izquierda.

     La habitación a la que pasaron era alta y larguísima; el piso, también de tierra apisonada; las vigas del techo, toscas y llenas de telarañas; las paredes, blancuzcas. El círculo de luz amarillenta se detuvo sobre unas rayas negras pintadas en una pared que no tenía ventanas.

     -¡Una cruz! -exclamó el teniente segundo.

     El capitán, que blandía la linterna, hizo correr la luz a lo largo de toda la pared.

     -¡Tres cruces! -corrigió. Y, en voz lenta, leyó el nombre que sobre cada una de ellas estaba pintado:

     -Blas... Matías... Ricardo.

     Las letras de estos tres nombres se destacaban, negras, gruesas, sobre la húmeda cal blanca.

     -Sin duda los enterraron aquí, bajo cada una de esas cruces -afirmó el teniente primero.

     -¿A quiénes? -preguntó Juan Llanos.

     -A Blas, Matías y Ricardo habrá de ser -dijo el capitán, serio. Luego agregó: -Haremos colocar los catres esta noche cerca de esas cruces. Veremos si Juan Llanos tiene una grata sorpresa a eso de las doce.

     -Me parece que la tierra no está bien apisonada en el espacio de piso frente a la última de las cruces -comentó el teniente segundo-. Esto debe probar que al menos una de las inhumaciones ha de ser más o menos reciente.

     -Juan Llanos no tiene miedo de fantasmas -aseguró el capitán mirando al muchacho, Él ya es un hombre.

     Juan Llanos no hizo ningún comentario, pero observó con detenimiento, ahora a la luz de su propia linterna, el piso de tierra dura y roja del larguísimo cuarto. Juan Llanos no había cumplido aún diecinueve años. Sus acompañantes andaban por los cuarenta.

     Se oyó un ruido de motor en el patio: el chófer metía el camión en el establo. En ese mismo momento el ordenanza del capitán llegó en busca de su jefe para pedir órdenes.

     -Aquí pasaremos la noche -le dijo el capitán secamente, Ármeme el catre en esta pieza; que los otros ordenanzas armen los otros catres también aquí. Y abra enseguida las ventanas para ventilar el cuarto.

     Cuando oscureció, los cuatro oficiales cenaron sobriamente en el patio sentados en unos bancos que los ordenanzas encontraron en el establo.

***

     Sobre un poncho tendido en el piso del desierto comedor y a la luz de una lámpara Petromax venida en el camión, los oficiales jugaban al póquer.

     -Encontré un pedazo de carta quemada en un montón de ceniza que hay en el patio -informó el teniente primero-. El que escribió esa carta hace un año (fue escrita exactamente hace doce meses, el 13 de febrero) habla de tres muertes, de tres muertes violentas en la familia. La firma es de un tal Wenceslao Gutiérrez.

     -Curioso -corroboró el teniente segundo, encima de cada una de las cruces he visto, pintada al rojo, una sola inicial: una G. ¿No la vieron ustedes? Los enterrados allí deben de ser todos Gutiérrez -añadió, señalando con la diestra la habitación contigua.

     -¿Se acabó la caña? -preguntó el capitán.

     Por toda respuesta, el teniente primero gritó:

     -¡Martínez!

     En el acto la figura del ordenanza Martínez se perfiló en el marco de la puerta, bañada en el fulgor potente de la lámpara.

     -Traiga la caramañola de la vieja -le ordenó su amo.

     -Su caña no es vieja ni nueva -corrigió el capitán-. Parece que ni es caña.

     -A falta de pan... -empezó el teniente primero.

     -Volviendo al tema -interrumpió el teniente segundo-. ¿Saben que yo también encontré algo muy significativo?

     El ordenanza Martínez entró en ese instante con la cantimplora y un jarro de aluminio de los capturados al enemigo, lleno de caña. Dejó la cantimplora junto al teniente primero y entregó a éste el jarro. El teniente, sin decir una palabra, se lo cedió al capitán. El capitán bebió un largo trago con una mueca de asco y luego, haciendo chasquear la lengua, se lo devolvió a su dueño.

     -Y... ¿qué es eso muy significativo? -preguntó ya sin asco en la cara y un brillo nuevo en los ojos.

     -El «Diario» o cosa así de la familia Gutiérrez: un libro grueso de tapas negras, sucio, con hojas amarillas y escrito con tinta negra y roja... (Al terminar de decir esto recibió del teniente primero el jarro de la caña y, después de mirar a los tres en los ojos, bebió el líquido con una expresión en que se mezclaban placer y repugnancia).

     -¿Y qué dice el libro? -urgió el capitán.

     -Lo encontré en un saco de cuero dentro de un pozo cavado parece que con mucha prisa y, aparentemente, con intención de que allí se enterraran el libro y algunas cosas más... El que cavó el pozo debió de tener que huir, porque la pala la dejó allí tirada, junto al saco con el libro dentro. No lejos del pozo se ve el impacto de un morterazo y hay esquirlas de granada.

     -Pero ¿qué dice el libro? -insistió el capitán.

     -Era de bautismos y defunciones y de otros sucesos. Estaba en castellano, pero tenía páginas en clave, que no entendía. Todos los nombres de los bautizados o difuntos eran Gutiérrez o López Gutiérrez. Una página rasgada, de la que apenas queda la parte de arriba, tiene estas letras en tinta roja: VENG... Las otras letras de la palabra no se podían leer.

     -¿Y dónde está el libro? -interrogó el teniente primero.

     -Lo tiré en el pozo seco de brocal caído que hay al fondo del patio. Me daba asco. Además, en la primera página leí algo así como esta advertencia: «Nadie tiene derecho a leer ni poseer este libro, a menos que sea de la sangre de los Gutiérrez».

     -De la sangre de los Gutiérrez... -dijo el capitán caviloso.

     Juan Llanos decidió mentalmente rescatar el libro del pozo antes de acostarse y ver si era cierto lo que el teniente decía.

     Entretanto, la partida de póquer languidecía. La familia Gutiérrez interesaba más que el juego. El jarro de caña pasaba de mano en mano, tras de haberse vaciado y llenado más de dos veces. Los oficiales se contaban extrañas historias de familias semejantes a la de Gutiérrez, o al tipo de familia que atribuían a la de Gutiérrez: hablaban de gentes que enterraban a sus muertos en los dormitorios, a varios metros de profundidad, y que, como si tal cosa, seguían viviendo en sus casas.

***

     A las once de la noche el capitán, con los ojos colorados, se puso de pie. Sus movimientos no eran muy seguros:

     -Vamos a dormir, señores -dijo- Mañana debemos seguir viaje al amanecer.

     Juan Llanos salió de la habitación al patio y llamó a su ordenanza.

     -Mi catre, en el medio del patio.

     -Su orden -contestó el soldado.

     Una luna inmensa, redonda, amarilla, brillaba en el cielo. Juan Llanos oyó unas risotadas aguardentosas en el dormitorio de sus compañeros.

     -¿Vas a dormir afuera? -le preguntó el teniente segundo cuando Llanos entró en la pieza en que los tres oficiales se desvestían junto a sus catres.

     -Sí -respondió lacónicamente. Y agregó: -Hace calor aquí y no huele bien.

     -Eso es ser mal huésped de los Gutiérrez -le advirtió el teniente primero-. Además habrá rocío. En cuanto a escapar a ciertas cosas, a ciertas visitas, a ciertas sacudidas... Bueno: en el patio o aquí será lo mismo.

     -A cualquier molestia que tenga esta noche, de hombre o de otra cosa -previno Llanos-, contestaré con tiros de revólver.

     -No hay que olvidar que estamos en casa de los Gutiérrez, y que hay que guardar las formas, es decir, dormir en el dormitorio.

     -¿Y a mí qué me importa de los Gutiérrez, vivos o muertos? ¡Pueden irse todos ellos, con su abuela, a la...!

     Le parecía a Llanos que el uso y el abuso de palabras groseras lo aproximaban a los tres oficiales maduros, gente de otra educación, áspera y socarrona.

     Luego volvió al patio y se fue derecho al pozo a buscar el libro. Era un pozo ciego, lleno de tierra y piedras, de un metro de profundidad, más o menos. Llanos se asombró de encontrar, en efecto, un libro de tapas negras. Y se asombró aún más al comprobar que en la primera página decía: «Nadie tiene derecho a leer ni poseer este libro a menos que sea de la sangre de los Gutiérrez».

     En el patio bañado de luna el ordenanza había ya armado el catre de campaña. Cuando Llanos se acostó, puso el libro de los Gutiérrez junto a su gurupa, debajo del catre. Y el revólver, fuera de su funda, bajo la almohada. Tenía la cabeza pesada por los vapores de la caña. A través de la escasa lana de la almohada sentía en la mejilla la dureza del Smith & Wesson, calibre 38.

     No pudo dormirse enseguida. No sabía si era una irritación de varios días contra los oficiales o una inexplicable aprensión lo que le robaba el sueño. Los oficiales no eran gente mala, no: al contrario. Pero siempre notaba en ellos la burla apenas disimulada. Lejos de tratarlo como a un igual, si no en graduación al menos en hombría, sólo veían en él al niño bien con pujos de virilidad madura. Advertía que les disgustaba su lenguaje y por eso trataba de despojarlo de toda expresión literaria o culta, intercalando entre frase y frase palabrotas prestadas de ellos que (él no lo sabía) sonaban en sus labios peor que las voces cultas.

     -Se burlan de mí -pensó, tratando de dormir y empuñando, bajo la almohada, el Smith & Wesson, el índice en el gatillo-, pero ya les di mi aviso. Esta será la última broma que me hagan. No aguantaré más algo como lo de la otra noche, cerca de aquellos cadáveres enemigos momificados.

     En los árboles del patio graznaba una lechuza. La luna amarilla antes, ahora tenía una blancura azulina, un brillo de nácar. Media hora después Juan Llanos dormía profundamente.

***

     El catre empezó a moverse como en apenas perceptible balanceo. -Es como el camión, el catre -se dijo Juan en sueños-, los caminos estos...

     Y enseguida el sueño lo llevó a otra parte, muy lejos; a los días de la escuela primaria. Mauricio, su compañero de banco, le mostraba un cuaderno de dibujos borroneados. Mauricio era envidioso y obsceno. Después, no entendió cómo, el cuaderno se convertía en el libro de bautismos y defunciones de la familia Gutiérrez. Leyó claramente otra vez en la primera página: «Nadie tiene derecho a leer o poseer este libro...».

     El catre volvió en ese momento a balancearse, ahora como flotando en el aire frío de la noche, lleno de luna y rumores. Juan Llanos despertó con la diestra crispada en el cabo del revólver, el índice en el gatillo. Una suerte de vapor vibrante y translúcido lo envolvía. Creyó por un instante que fuera la luz de la luna, que vibrara metálicamente.

     -¡He dicho que no me molesten!- gritó. Pero el grito se le congeló en la boca al ver, de pie en torno al catre, tres altas figuras, tres pares de ojos fosforescentes que lo miraban.

     Juan Llanos disparó una, dos, tres veces. Las tres figuras se disiparon en el aire frío bajo la luna llena. Juan recordó el libro de tapas negras y lo buscó bajo el catre, para tirarlo lejos, para devolverlo. El libro había desaparecido.

     Sobre el poncho de Castilla que cubría a Llanos reverberó durante unos segundos una cruz fulgurante como trazada con plata líquida.

     -¿Qué son esos tiros? -gritó el capitán desde la ventana de la casa.

     -Vinieron a buscar el libro negro -contestó Juan Llanos. -Ya se lo llevaron -agregó...


 

 

LA MUERTE GANADA

 

     Encantado de verlo -me dijo el capitán-, estrechándome la mano con fuerza. Luego con el rápido ademán de costumbre ordenó a un soldado que trajera el tablero y las fichas de ajedrez.

     El capitán era un hombre bajito, menudo de cuerpo. Supongo que por eso andaba siempre muy erguido y que sus fuertes apretones de mano se explicaban con un instintivo afán de compensar de algún modo la pequeñez de su tamaño. Tenía, no obstante, un extraordinario don de mando, don que ejercía con reposada circunspección y seriedad. En torno suyo, tenientes, sargentos, cabos y soldados se movían como autómatas, impelidos por los resortes mejor templados de la disciplina militar. Hacía meses que vivía yo entre combatientes y, mi amigo el capitán -Pablo, se llamaba- era el único militar absoluto que hasta entonces había conocido. Ser cualquier cosa de una manera pura, perfecta, es algo admirable. En Pablo la milicia era una vocación, un destino, un sacerdocio. Nadie más querido que él en el regimiento; nadie más considerado y generoso que él. Y nadie, tampoco, más exigente con sus subordinados.

     Hasta el momento de evocar el episodio que les cuento, nunca había pensado en cómo pudo habérselas arreglado para suscitar el sorprendente respeto y la ciega adhesión que inspiraba su diminuta persona. Porque, al fin y a la postre, Pablo no tendría más de veinticinco años; su vida, antes de la guerra, había transcurrido en un barrio silencioso de aquella Asunción casi colonial que hoy va desapareciendo. En la escuela, en el colegio, en la universidad, no había sido él más que un muchacho serio y cortés, un poco retraído aunque aplicado y tenaz. Su biografía, antes de la guerra, no registraba nada de notable. Sólo la milicia (ya desde sus primeros meses en le Escuela de Oficiales de Reserva) reveló su vocación verdadera. Ahora, a tres años de su bautismo de fuego, su nombre se había hecho famoso en los campamentos del frente, aun en aquellos lejanos del sector donde operaba su unidad.

     El rostro de Pablo era pequeñito; la nariz fina, los ojos castaños, muy brillantes y también pequeñitos. Y el bigotillo que le sombreaba el labio superior no se decidía a pasar de un esbozo de bigote. Calzaba Pablo botas de caballería y al cinto llevaba una Parabellum.

***

     Empezamos a jugar al ajedrez en el patio de una casa estancia abandonada por el enemigo, donde Pablo había instalado su puesto de comando. Estábamos como a doscientos metros del río Parapití y, por tanto, bien al alcance de las ametralladoras y morteros enemigos emplazados en la orilla opuesta. Una tupida vegetación nos protegía de las miradas de los tiradores enemigos, de modo que no éramos blanco visible. El patio de la casa, ancha explanada de tierra seca y amarillenta, estaba rodeado de verdes cañaverales.

     -Cuidado, que va a morir su rey -le dije al cabo de media hora de juego.

     -No, todavía no, contestó Pablo. Mi rey tiene primero que ganarse su muerte, como todos nosotros.

     -¿Ganarse su muerte?

     -Sí. Ganarse su muerte quiere decir hacerse digno del silencio, del respeto, de...

     -¿Silencio? Todos los muertos lo consiguen... gratis.

     -Tal vez no todos. El respeto, sí, debe ser ganado.

     -¿Y qué debe entenderse por ese respeto? -interrogué.

     -Respeto significa, en este caso, estar ahí uno muerto, como si no se estuviera... O estar ahí de tal modo que nuestra muerte no sea un fracaso... algo sórdido. Estar ahí tan naturalmente como un árbol, o aún, tan naturalmente, repito, como si no estuviera ahí...

     -¿Y quién podría lograr eso?

     -El que haya perdido del todo el miedo a la muerte. Ese merecerá respeto y lo impondrá allí donde se quede.

     Pablo me ganó aquella partida de ajedrez. Yo quise tomarme el desquite, como otras veces lo hiciera, sobre todo cuando perdía en forma tan inesperada, esto es, cuando ya me parecía estar ganando; pero él me dijo:

     -Me parece que es hora de que usted se retire. La luz va faltando y usted tiene siete largos kilómetros por delante. Además ya comienzan los morterazos y el ruido no permitirá que nos concentremos en el juego.

     En efecto, algunas granadas de mortero comenzaron a caer sobre los cañaverales y, como ya la oscuridad era general, podíamos ver las llamaradas de las explosiones contra el fondo lívido de la noche incipiente.

     Al despedirme junté los talones con fuerza, sin darme cuenta de que lo hacía. Y eso que una despedida tan militar no era necesaria entre nosotros, pues no pertenecía yo a su unidad y nuestra relación nada tenía que ver con los deberes del servicio. La nuestra era sólo una amistad fundada en afinidades intelectuales y en una pasión común por el ajedrez. De nuevo sentí en la diestra el fuerte apretón desproporcionado al tamaño de la mano que lo daba, y escuché una serie de fórmulas de cortesía muy serias, aunque cordiales y sinceras.

     Monté en el enorme burro que me servía de cabalgadura y enderecé hacia el camino recto que conducía a mi tienda de campaña. -Es raro que no me haya invitado a cenar -me decía yo mientras tanto-. No hay combates; estamos en realidad de vacaciones junto al famoso río; él no tiene nada que hacer ni yo tampoco. Además -agregué- ¿qué puede haber de molesto en recorrer este camino ya bien entrada la noche? Porque él insistió, al despedirse, que hubiera sido mejor para mí partir una hora antes. «La noche es desagradable ahí -me dijo- en esos caminos...».

     Así monologaba yo cuando llegué a la recta misma, es decir, al larguísimo camino abierto por los zapadores, recto como una regla y polvoriento como si sobre toda su longitud se hubiesen derramado infinitas toneladas de impalpable harina ocre.

     -De aquí a siete kilómetros -pensé- distinguiré a mi izquierda los faroles mbopí de nuestro campamento.

     El burro tenía buen andar. Mi ordenanza lo había encontrado hacía un mes en el monte, cuando el enemigo abandonó la estancia en que ahora acampaba el batallón de Pablo. Habría recorrido yo un kilómetro más o menos cuando cobré súbita conciencia de la soledad que me rodeaba: a ambos lados de la ya oscura cinta polvorienta del camino se erguían las tinieblas de la selva. Estas tinieblas parecían moverse, desplazarse, amenazadoras, en el aire frío. Unos rumores vagos, temerosos, se arrastraban entre ellas; sonaban a mis espaldas; repercutían alejándose y luego volvían a oírse más próximos, a la izquierda, a la derecha.

     -¡Bah! -me dije-. Así es siempre cuando hay muchos árboles, de noche. Miré hacia arriba para no dejarme sugestionar por las masas negras, movedizas, de la selva. Algunas estrellas fulgían y a su débil resplandor la arena del camino, ocre durante el día, adquiría una coloración de indeciso matiz. A veces hasta parecía fosforecer. A lo largo de aquel camino, semanas antes, se había librado una batalla de cinco días y cinco noches. Recordaba yo la tarde de mi llegada a aquel paraje, en un camión lleno de veteranos armados hasta los dientes. De trecho en trecho yacían sobre el camino cadáveres de enemigos rodeados de cuervos persistentes, impacientes. Era de ver cómo los cuervos, a la proximidad del camión, mostraban su fastidio por la interrupción del festín. Algunos saltaban a tierra desde el pecho del muerto en que estaban ocupados y con rápidos aletazos se alejaban unos metros, mal dispuestos a abandonar su presa. Otros volaban hacia los árboles más bajos y cercanos, para volver al difunto con mayor premura en cuanto el vehículo pasase. Otros no se movían de su sitio y seguían hundiendo el pico en la carroña, indiferentes al ruido del motor y a las voces de los soldados.

     Hacía más de un mes que esto había acontecido. Ahora los cuervos no bajaban ya al camino durante el día porque de las carroñas sólo quedaba el esqueleto, aún uniformado, con las botas, algo del pantalón y algún resto de guerrera.

     Me sacó de estos recuerdos una insólita inquietud que advertí en mi normalmente pacífica y flemática cabalgadura; primero fue un estremecimiento que la sacudió toda; luego me percaté de la alarma que revelaban sus grandes orejas erectas. El animal, de pronto, se detuvo. Miré hacia adelante y luego a uno y otro lado: a pocos pasos, a nuestra izquierda, yacía un esqueleto, calzadas las botas pardas, hebillado el ancho cinturón sobre el vacío de lo que fuera el vientre. La calavera miraba hacia nosotros con la negrura de las cuencas vaciadas a picotazos por los cuervos.

     -¡Vamos! -grité al animal y le hundí los talones en los ijares- El animal, erizado de espanto, retrocedió. El espanto que estremecía a aquella carne pesada hecha para la esclavitud y la carga se me comunicó en ese instante como una descarga eléctrica. Tuve miedo, miedo como nunca. De la cabeza a los pies comenzó a circularme un zigzag de escalofríos. Me asaltaron imágenes de consejas terribles. Y recordé algo que había oído no sé cuándo: que mulas y burros perciben la presencia de los aparecidos; que para estos animales lo sobrenatural existe.

     -¡Adelante! -grité blandiendo a manera de látigo una caña que llevaba en la diestra y descargándola con furia sobre las ancas del animal. Este reaccionó, pero en vez de correr hacia adelante se precipitó hacia la derecha y me introdujo unos cinco metros en la selva. Allí las tinieblas eran densísimas; al entrar en ellas sentí en la cara bruscos arañazos de ramas espinosas y me hallé rodeado de una agitación ubicua, como de presencias acechantes que se acercaban y alejaban.

     Logré conducir la bestia de nuevo en el camino, pero ésta se empeñó en hacerlo lejos del lugar en que yacía el esqueleto, de modo que el trecho de regreso a través de los árboles a la visión de las estrellas fue bien largo. Tenía ya la garganta seca de los gritos con que pugné por alejar el miedo y dominar la rebeldía del animal.

     Proseguí la marcha, pero una marcha insegura, jalonada de sobresaltos que eran violentísima sacudida en el cuerpo gris del animal. De la selva llegaban graznidos de pájaros nocturnos y el mismo rumor de antes, aunque ahora más claro, más distinto, en quejas de hombres heridos.

     No insistiré en describir el miedo que me tenía tenso y afiebrado. Cualquiera creería que con un poco de paciencia y serenidad hubiese sido fácil dominar mi cabalgadura y hacerla marchar normalmente. Para mí aquello fue imposible. Era imposible también abandonar al animal y huir solo de su miedo y de mi miedo: mis piernas parecían estar amarradas al cuerpo gris de la bestia. Como quien ha asido un cable de alta tensión y ya no puede desasirse de él, así el miedo me tenía preso. El viaje duró una eternidad. Ante cada nuevo esqueleto se repetía el mismo episodio: fuga hacia la selva y luego el penoso retorno al camino entre la tenebrosa maraña.

     Al fin vi brillar a lo lejos el amarillo fulgor de los faroles mbopí del campamento.

***

     Durante varios días estuve como enfermo. Permanecía horas todo vestido, acostado en mi catre de campaña. De vez en cuando mi ordenanza asomaba su busto oscuro entre las lonas de la tienda con el pretexto de pedirme órdenes. Advertía en su cara una extrañeza que me inhibía. Como yo, él no tendría aún dieciocho años. Pero había nacido y se había criado en el campo. Era un hombre.

     El teniente Centurión, de la Sanidad, vino a verme dos veces. Me dijo que tenía fiebre, que a lo mejor tenía paludismo. No era cierto, pero no le di explicaciones.

     No fui más a ver a Pablo, aunque me hizo invitar por estafetas. Di pretextos de enfermedad, de ocupaciones inventadas. Pero él sí vino a verme una tarde de improviso.

     -¿Dónde está el ajedrez? -me preguntó.

     Mi ordenanza trajo las fichas y el tablero. Noté que Pablo me observaba y que sus ojos se detenían en mi mano al hacer yo una jugada. Al despedirse me la retuvo más que de ordinario en el familiar apretón:

     -Ya tendrá noticias de mí -me aseguró. Mientras tanto, repóngase. No hay razón para andar tan deprimido. Todo se arreglará.

     Días después su regimiento inició una maniobra. En un ataque frontal, Pablo cayó al frente de su batallón. Su cadáver llegó a nuestro campamento a las dos de la tarde. Tenía la cara limpia y tranquila y el pecho con una pequeña mancha de sangre. Alguien devolvió la pistola a su funda porque Pablo había caído con la Parabellum en la diestra y, ya muerto, aún la tenía allí, amartillada.

     Lo enterramos al borde del mismo camino de nuestro campamento, en un cementerio cuya primera cruz fue la suya, no lejos del lugar de mis terrores de aquella noche. El enemigo, entretanto, había sido empujado bien lejos, hacia el Norte.

     Un atardecer, después del rancho, me atreví a caminar solo por la recta. La oscuridad cayó de pronto, densa, sobre la selva. Yo seguí caminando alzando de vez en cuando los ojos hacia las estrellas recientes.

     Y esa noche comprendí que en adelante ya no habría más terrores en aquel camino. Sólo paz y silencio. Pensé que Pablo los había conquistado; pensé que él estaba allí cerca, imponiéndolos; pensé que él estaba allí como si no estuviera.


 

 

EL HOMBRE DEL INFIERNO

 

          

lo vidi certo, ed ancor par ch'io '1 vegga,

          

 

un busto senza capo andar...

 
 

Inferno, XXVIII, 118-119.

 

 

     Desde el balcón del apartamento de Arturo Escalada contemplamos el río Hudson. Seis pisos abajo comienzan a encenderse las luces del Riverside Drive.

     -A menudo me asomo a este balcón, y siempre a esta hora -me dice Arturo.- Al atardecer el Hudson es toda una parábola. Al destroyer que ves pasar en este instante, aguas arriba, puede suceder un barco de carga de Holanda o del Japón, aguas abajo. Todos los barcos, Martín, se construyen para que naveguen; no todos para que surquen el Hudson.

     Esto y otras cosas suelo pensar. Vivo ahora a un kilómetro de ese río que ya me es más familiar que ningún otro; nací en un vaporcito que navegaba el Paraná hace cincuenta años. Al Paraná apenas lo vi una vez, ya hombre, cuando me alejé para siempre de aquella tierra.

     Arturo se queda absorto mirando al destroyer. El perfil gris se recorta nítidamente contra el crepúsculo. Un minuto después desaparece la proa, primero y, poco a poco, todo el buque detrás de la fronda que, hacia la derecha, oculta el panorama del Hudson.

     -El barco desaparece... -murmura Arturo.

     Yo, que hace veinte años que lo vi por última vez antes de este encuentro casual de hoy en Manhattan, lo observo en silencio. Recuerdo no haberlo entendido nunca bien, ni cuando éramos condiscípulos en un colegio destartalado, ni en los días del Regimiento. Y menos ahora, que está avejentado y sombrío y que me habla del destroyer y de no sé qué parábola. Arturo continúa abstraído un largo minuto. Yo vuelvo los ojos hacia su escritorio que se va haciendo oscuro; veo, sobre su mesa, un busto de Dante; en los anaqueles, centenares de libros que no he leído nunca y unas litografías de figuras atroces en cuyos vidrios se despide el crepúsculo. Son de Doré y hay más de seis, de gran tamaño, según noté al entrar una hora antes.

     -Antonio Marino, ¿te acordás de él? -inquiere Arturo de pronto.

     -Claro -respondo- Murió en 1934 o 35.

     -Todo eso que ves allí dentro -me dice- tiene que ver con él; a él le debo la idea...

     -¿Qué idea, Arturo?

     -La de buscar una explicación, la de aclararme ciertas cosas...

     Y entonces Arturo comienza a hablar con animación creciente. Apenas puedo verle la cara y en la cara los ojos cansados en que de vez en cuando se refleja una luz fugaz venida desde abajo. Ha caído la noche y ya no se ve el río. Con voz adiestrada en años de cátedra y, a veces, como si se dirigiera a todo un auditorio y no solo a mí, en este alto balcón en que llegan incesantes los rumores del Drive, me dice:

***

     Desde el momento en que Antonio Marino llegó a nuestro regimiento noté que, más que un hombre raro era un hombre enigma. ¿Qué hacía él en el ejército del Paraguay peleando en una guerra que no le iba ni le venía? Era imposible sonsacarle nada. Al poco tiempo de conocerlo sospeché primero y tuve la convicción después, de que ni siquiera su apellido era el verdadero. Su porte era realmente extraordinario; no me refiero a su estatura, a su complexión atlética sino a todo el aire que envolvía su persona. Vestido con el sucio uniforme de campaña que no se lavaba nunca porque no teníamos agua, en Marino había una elegancia ingénita que a algunos irritaba y a otros imponía sujeción. Él advertía esto y trataba de ser lo más llano posible para que todos se sintieran a gusto en su rededor. Pero a veces se descuidaba, sobre todo si hablando, el tema lo enardecía. A su lado, entonces, nos era patente la distancia enorme que nos separaba de él en todas las cosas, en mundo, en Señorío, en saber. Sus esfuerzos para neutralizar el efecto de aquella abrumadora personalidad, rara vez fallaban. ¡De qué compradora campechanería sabía valerse para salvar aquella distancia y cómo se las arreglaba para conseguir, allá, en aquel desierto, lo que nadie tenía y repartirlo luego entre los amigos como la cosa más natural del mundo!

     En lo que se mostraba irreducible hasta la insolencia, cuando se lo presionaba, cuando menudeaban los jarros de caña, era en guardar el misterio de su origen y de su verdadera identidad. Porque ni el más ingenuo tardó en advertir que el Tano Marino, como lo llamábamos no estando él presente, no se llamaba Marino, ni era astrónomo, ni arquitecto, ni pintor, ni médico ni todas las muchas otras cosas que parecía ser con igual competencia y plenitud. Su misma edad resultaba para nosotros un enigma. A veces aparentaba menos de treinta años; mejor dicho, esa era la edad que normalmente aparentaba. Pero había noches y aún días enteros en que tenía la apariencia de un viejo; un viejo distinguido y triste, hercúleo y cansado al mismo tiempo.

     Todos lo respetábamos, pero ninguno como yo. Vos mismo, que murmurabas acerca de esa rareza, nunca te atrevías a decirle nada personal cuando estaba presente. Ni siquiera atinabas a tutearlo aunque él sí te tuteaba y hasta te tomaba muy finamente el pelo...

     Conmigo él era un poco menos reservado. De noche, cuando los de nuestro grupo se acostaban, Marino prefería quedarse dos o más horas junto al fuego, mateando. Le gustaba el mate. ¿Recordás? Decía que nada mejor había en América que el mate. Yo volví tarde una noche después de un largo patrullaje. Lo encontré cebándose el mate; su ordenanza dormía como un tronco en el suelo. Aunque estaba yo cansado, me senté frente a Marino. Hablamos mucho tiempo.

     -Yo creía que eras español cuando te conocí -le dije- por tu manera de hablar.

     -Pasé casi toda mi niñez en España -contestó- pero nací en Italia cerca de la frontera con Suiza.

     Quedé estupefacto con la insólita revelación. Tuve que hacer un esfuerzo para disimularle mi asombro. Fue el comienzo de nuestra amistad porque esto hubo desde aquella noche entre nosotros: amistad. La confidencia estableció una especie de complicidad entre nosotros. Por un momento, pareció inquietarle el impensado cambio de nuestra relación. Le hablé entonces de mi patrullaje, de los prisioneros capturados, de lo terrible que había sido, en plena selva, el duelo con una ametralladora enemiga. Y él me escuchó con profundo, con genuino interés y quiso saber todos los detalles de mi aventura.

     Aquella fue la primera de una serie de largas charlas nocturnas. Apenas te ibas vos y se iban los otros -Segur, Guzmán, Peralta- él cambiaba de tono y monologaba. Yo apenas lo interrumpía de vez en cuando para hacer una pregunta o pedir aclaración de algo difícil. Nunca nadie me enseñó tanto. Tenía él necesidad de sacar de sí una increíble cantidad de cosas que sabía y en que pensaba sin descanso. Si por casualidad me atrevía a insinuar que me contara cómo tenía aquellos conocimientos, se sonreía y contestaba con evasivas. No llegué nunca a enterarme qué estudios especializados había cursado. Hablaba de todo menos de sí mismo y me resigné a aceptarlo como era. Renuncié a mi curiosidad. Llegué a conocer muchas de sus obsesiones. Fui un discípulo tan obstinado en aprender lo que él me iba a enseñando como él obstinado en callar lo que callaba. Sus charlas solían dejarme insomne, con una lucidez que duraba a veces hasta el amanecer. A solas, meditaba sus palabras, reconstruía conversaciones enteras. Llegué al fin a descubrir algo que le apasionaba, que era su obsesión fija, su preocupación máxima, trascendiendo todo interés literario o científico:lo preocupaba el infierno.

     Fue así:

     Un atardecer marchábamos por una picada polvorienta como ninguna; había un gran silencio. A ambos lados de la picada, el bosque inextricable. La luz del poniente tenía no sé qué de amanecer. Eso precisamente recordaba ayer de tardecita, Martín, mirando el crepúsculo sobre las arboledas del Hudson.

Iban delante unos soldados; detrás el resto del batallón. No se oían las pisadas sobre el polvo espeso: sólo el rumor metálico de las armas y de las cantimploras moviéndose al ritmo de la marcha. Marino a mi lado fruncía el entrecejo mirando la luz que, declinando, parecía, como te dije, estar alzándose desde el poniente.

     De pronto vimos dos animales de andar elástico y ojos fosforescentes salir del monte sobre la picada. En el acto, tres de los soldados que iban delante les hicieron fuego. Los animales desaparecieron ilesos, creo yo, aunque les tiraron a quemarropa o a quemapiel. La noche cayó en ese instante mismo sobre el eco de los disparos.

     Marino se había detenido alzando los brazos; los que venían detrás también se detuvieron: yo había quedado inmovilizado en el sitio desde donde había visto salir las dos sombras elásticas, en el ademán de disparar mi automática. La rapidez del incidente apenas me dio tiempo de sacarla de la pistolera y amartillarla; él, ajeno al lugar y al momento, recitó con una voz magnífica que no le conocía, algo de que apenas pude entonces entender unas palabras. La emoción de esas palabras, de todas las que dijo, me llegó hasta lo más hondo. Hoy, desde hace ya muchos años, las sé de memoria:

 

                          

Questi parea, che contra me venesse

          

 

con la testa alta, e con rabbiosa fame,

 
 

si che parea che l'aer ne temesse...

 

     Aquella noche, cuando hicimos alto y se sirvió el rancho, Marino, sentado sobre un cajón vacío de proyectiles y con un jarro humeante de cocido en la mano derecha, me habló del León y de la Loba en el camino de la selva oscura.

     Vos viniste a sentarte con nosotros; te aburría la teología, me dijiste en guaraní, y te mandaste a mudar al poco rato. Te olvidaste de la cantimplora en que tenías la caña; nosotros la vaciamos en unas horas. Él habló con insuperable hermosura de palabras; yo le escuché hasta quedarme dormido junto al fuego apagado. Al amanecer me despertaron los rumores del rancho; un infinito sonar de cucharas sobre las duras galletas redondas que se partían secamente al impacto del estaño.

     Al reanudarla marcha, le dije a Marino que quería aprenderme todo el Infierno de memoria. Él no respondió nada ni ese ni los días siguientes cuando volví a insistir sobre mi propósito. Pero cuando acampamos en Algodonal y nuestros ordenanzas levantaron la carpa grande, él se acostó en su catre y, a la luz de la Petromax que brillaba colgando junto a su cabecera, me dijo:

     -¿Ves este librito? No estoy autorizado a regalártelo como quisiera; lo estudiaremos todos los días si todavía te interesa saberlo de memoria. Yo te voy a enseñar un método infalible y, en pocas semanas, no tendrás dificultad en repetir lo que aquí está escrito, aunque tengas los ojos vendados...

***

     No me resultó tan eficaz el método como él predijo pero lo asombroso fue que muy pronto el lenguaje de aquel libro me pareció familiar. Tenía la oscura convicción de que lo había hablado antes, como en otra vida de que no me quedara ningún recuerdo preciso aunque de cuya realidad me era difícil dudar. No sé si fueron las fiebres de aquel tiempo las que me hicieron creer aquello. Lo cierto es que a menudo, cuando Marino leía un terceto que yo aún no conocía, me oyó anticiparle palabras o versos enteros. Él se me quedaba mirando fijamente. Yo, tendido en mi catre, convaleciente de mis fiebres, le decía entonces: -Puedo recordar más, pero primero tengo que oír la mitad de un canto...

     Terminamos -mejor dicho, terminé- de aprender bien todo el vocabulario del Infierno antes de la última ofensiva de aquella campaña. Pero no sabía bien de memoria todos los cantos, especialmente los del final del Infierno.

     Nuestro batallón recibió orden de ocupar una posición que el enemigo había abandonado en el sector del norte. Nos pusimos en marcha a media tarde. Nuestro Comandante tenía instrucciones de no detenerse hasta llegar al paraje que debíamos fortificar.

     Durante las primeras horas de marcha Marino y yo conversamos mucho. Yo tenía la imaginación llena de los grabados atroces de su librito, la edición más hermosa que he visto nunca. Recuerdo que al caer la tarde, la luz declinante transfiguraba el paisaje adusto de montes ralos, de enormes cactos y de cañadones sembrados de cadáveres desecados. Los aviones enemigos había bombardeado durante semanas aquellos cañadones y caminos. Todavía los cuervos se posaban sobre los uniformados esqueletos buscando alguna piltrafa entre los huesos. Marino señalaba los árboles desnudos que se erguían a uno y otro lado de la picada y los comparaba con imágenes del librito. Se exaltaba al divisar los cráteres abiertos por las bombas rodeados de cactos erguidos aquí y allí como cruces vegetales que al crecer perdían su forma hasta parecer hombres verdes cubiertos de espinas. Esos cactos decía, eran figuraciones de almas condenadas en aquel infierno por que marchábamos. Nunca estuvo tan elocuente. Yo podía seguirlo en sus alucinaciones porque ya comprendía la alusión menos obvia.

     -Mañana es Domingo de Ramos -le dije al verlo callado un largo rato. Es la fecha en que me prometí darte una sorpresa.

     -¿Qué sorpresa? -interrogó.

     -Recitarte completamente de memoria, el Canto XXVIII.

     -¿Por qué el Canto XXVIII? ¿No hay cualquier otro mejor que ése? Me asombró la violencia con que me respondió.

     Yo estaba orgulloso de saberme los cuarenta y siete tercetos de ese canto. Tuve para aprenderlo una facilidad sorprendente. Memoricé también las copiosas notas que explican y aclaran sus pasajes más oscuros.

     Como es posible que no recuerdes de qué trata, te diré algo sobre este terrible canto. En el círculo noveno penan los que siembran disturbios civiles y querellas religiosas; los réprobos allí están atrozmente mutilados. Allí purga su culpa Beltrán de Born, el Trovador de Gascuña que intrigó contra Enrique II de Inglaterra. Al hijo de este rey Beltrán incitó a destronar a su padre.

     Dante, en el Canto XXVIII, hacia el final, ve la sombra del trovador, Beltrán de Born lleva en una mano su propia cabeza sosteniéndola de los cabellos. El réprobo avanza hacia el puente desde donde lo contempla el poeta. La cabeza, dice éste, cuelga como una linterna. Cuando llega el trovador al puente, alza el brazo para acercar lo más posible su voz hacia Dante y le pregunta si ha visto castigo igual en el infierno y luego se identifica: Yo soy Beltrán de Born; yo me interpuse entre el Rey Enrique y el príncipe su hijo:

     «Hijo y padre entre sí tomé crueles...»

***

     Te contaba, Martín, que Marino hubiera preferido otro canto y que me contestó destempladamente. Pero yo no le hice caso y allí mismo, mientras marchábamos, tomé mi cantimplora por la correa como si fuese la cabeza de Beltrán y acercándosela a la cara, le recité, en el original, que es mucho mejor que la versión que te doy:

 

                           

Cuando del puente al pie llegó terrible,

          

 

paró, y el brazo alzó con la cabeza

 
 

para acercar su voz lo más posible,

 
 

y dijo: «¡Oh, tú, que vivo, la crudeza

 
 

de las penas vas viendo de los muertos,

 
 

mira sí alguna ves de más fiereza!»

 

 

 
 

vedi se alcuna è grande come questa!

 

     Marino, entonces me arrancó la cantimplora de la mano y la arrojó furioso contra un cacto.

***

     Anochecía cuando llegamos a nuestro destino. Era un paraje sin árboles ni arbustos en ninguna parte. Había, sí, cráteres de bombas de avión sobre y a los bordes del camino.

     Nos tendimos en tierra, exhaustos. Yo me hundí en el sueño como si cayera cabeza abajo por un precipicio, hacia el centro de la tierra. Todos nos dormimos así, como si nos hubiéramos muerto, los centinelas inclusive. Fue aquella noche la víspera del Domingo de Ramos.

     Nos despertó una explosión atroz. Temblaba la tierra como en un terremoto. A esta explosión siguió otra más cercana. Y luego otra más. Entonces comprendimos que había aviones en el cielo y que tenían muchas bombas para nosotros. El aire estaba lleno de polvo y no sé de dónde venía una niebla inmensa. Yo recordé uno de los cráteres vistos la noche anterior, a pocos metros de donde había dormido. Y fui hacia él y me tiré de cabeza porque el zumbido de una bomba me urgió a protegerme sin parar mientes en el golpe. Caí sobre el fondo del cráter en el momento mismo en que una explosión como de diez rayos abría otro cráter aún más grande, cerca. Y fue la última explosión. Miré hacia arriba y no se veía el cielo ni siquiera el sol. Esa niebla de que te hablaba nos cubría todo el desierto paraje. Los aviones revolaban más lejos; sus motores apenas se oían.

     Lo que se oía, sí, ahora, era un grito ronco y duro. Creí que era de un solo hombre pero era de muchos. Aunque magullado por el golpe de la caída dentro del cráter, pude salir fuera, al polvo y a la niebla.

     Y fue cuando vi, y todavía sigo viendo, un hombre sin cabeza que avanzaba a largos trancos. Avanzaba entre la niebla con los brazos extendidos en cruz. El muñón del cuello le sangraba a borbotones. Pasó el hombre -era alto aunque iba sin cabeza- y sus botas hacían crujir la tierra dura del camino. Pasó a unos metros de mí y desapareció entre la niebla.

***

     Hice enterrar a Marino en el mismo lugar en que descubrimos su cuerpo decapitado. No le encontramos nunca la cabeza. En el bolsillo izquierdo de su guerrera estaba, casi limpio de sangre, el ejemplar de la Divina Comedia, que todavía conservo. Es éste...

     La niebla que nos escondió de los aviones, fue un milagro, dijeron los soldados, del Domingo de Ramos. Hoy me tenés aquí, estudiando siempre el libro de Marino en muchas ediciones y comentarios. Y trato de enseñar lo que ese libro dice, a los que no han de saber nunca en esta tierra, lo que es ver pasar, en el Infierno, un busto senza capo, un hombre sin cabeza, amigo mío, entre la niebla...


 

 

VETERANO Y RECLUTA

 

     El espejo le ofreció una imagen que lo defraudó. Esperaba verse transformado en alguien más maduro, más militar y severo y hasta con un aire de veteranía. La palabra, inventada por él, le parecía eufórica y hermosa. Ese aire veterano debía de dárselo el viejo y desteñido uniforme que un tío capitán, vuelto del frente un poco antes, le había regalado. El cuello de la guerrera estaba algo deshilachado allí donde el verde se había hecho casi blanco; las presillas -con «la estrella solitaria», él también había acuñado la frase para el discurso solemne de la graduación- no eran ya iguales a las que obtuvo de la Intendencia General de Guerra. No, las presillas que llevaba sobre los hombros no muy marciales, habían sido desdoradas, minuciosamente anticuadas por él, para que adquirieran una vetustez veterana. La gorra, con la visera deslustrada allí donde las venias dejan su huella y la mano derecha ejerce su presión en ciertas ceremonias militares, simulaba antigüedad, uso, servicio. Él también había arrugado, anticuado, la gorra poco antes nueva.

     Pero la cara del flamante Teniente Segundo no tenía remedio. Era una cara de dieciocho años, demasiado adolescente, de cutis sonrosado y tercamente inmune a los soles bajo cuyos rayos tropicales se habían verificado las marchas y ejercicios de su entrenamiento. ¡Esa cara imberbe o casi imberbe donde el trazo escueto del bigotillo exigía, para hacer visible y oscura su capilaridad incipiente, la ayuda de un cosmético de su invención. El Teniente Segundo, aficionado a la pintura al óleo y a la acuarela, sabía mezclar colores...

     -En fin, -pensó- el hábito no hace al monje. Ya soy oficial y debo serlo de verdad, cueste lo que cueste.

     Se alejó unos pasos del espejo para verse de cuerpo entero. Las botas tampoco eran nuevas; las nuevas se las había cambiado al tío por las viejas y bien veteranas que el capitán había calzado en los cañadones del Chaco. La espada, la misma que ceñían los oficiales prusianos de la última guerra, se la había regalado la viuda de un jefe fallecido en la revolución del año 11. Su pantalón de montar, de corte impecable y, eso sí, bien planchado, había pertenecido al hermano mayor que hoy combatía en interminable batalla. Y, claro está, no era nuevo sino una excelente reliquia de veteranía...

     El Teniente desenvainó la espada a medias y, con un sonrojo por nadie advertido, leyó en la hoja el mote heroico que, mentalmente, se prometió cumplir. Con los dedos enérgicos empujó los gavilanes hasta hacer desaparecer la hoja brillante en su recta vaina niquelada, y salió de su casa con rumbo al cuartel. Evitó un último vistazo hacia el espejo.

***

     Él y otros oficiales de reserva recién graduados no marcharían en seguida al frente. El Director de la Escuela había decidido que los más brillantes de la última carnada formasen parte del personal docente de su plantel para que entrenaran a los reclutas -universitarios casi todos- que a su vez se convertirían en oficiales que llenarían nuevos cuadros del Ejército en Campaña.

     En el enorme patio de la Escuela vio más de un centenar de reclutas azorados por las vociferaciones de dos rudos sargentos encanecidos en el servicio. Él conocía bien a estos dos sargentos de carrera. Los había padecido durante largos meses de casi intolerables ejercicios y de continuas «salidas al terreno».

     -Brutos -pensó-. Pero sin esos dos brutos no habría soldados...

***

     Aquella misma noche sería él Capitán de Cuartel. A las ocho y media comenzó el recorrido obligatorio por los vastos patios y los corredores de gruesos y altísimos pilares. Había una luna grande en la mitad del cielo; una luna apenas azulina, cuyo rayo más vertical, si aquel rayo pudiera discernirse desde la fotosfera hasta la tierra, caería -pensó el Teniente- justamente en el centro del aljibe cuyo brocal ocupaba, a su vez, el centro mismo del patio de las paradas. Un resplandor fantasmal definía las murallas almenadas contra un azul lejano de estrellas dormidas. La luz lunar clareaba los corredores cuyos pilares enhiestos, como con rigidez militar, trazaban largas sombras sobre las baldosas enceradas. El gran edificio hasta hacía poco resonante de gritos y de pasos violentos parecía ahora abandonado en un silencio absoluto.

     -Inspeccionaré todos los patios y cuadras -se dijo. Después iré al de la Sala de Guardia, después...

     Los tacones de sus botas, sus espolines de plata, su espada prusiana colgante del tahalí suscitaban ruidos demasiado marciales que perturbaban la emoción de sentirse solo en tanto silencio y bajo tanta luna. Sujetó la espada junto al muslo izquierdo, aminoró el taconeo excesivo. La imagen de una muchacha de vestidura vaporosa se insinuaba en la penumbra del corredor por el que se dirigía hacia una de las cuadras. ¿No lo estaban mirando ansiosamente unos anchos, húmedos ojos castaños? En las últimas noches de encierro militar lo asediaban estas alucinaciones: entreveía la imagen que parecía seguirlo silenciosamente tenaz; entreoía su propio nombre cerca, a veces muy cerca, y otras apagadamente desde lejanos rincones oscuros del edificio. Tanto él como ella se habían entendido con palabras vagas y silencios tímidos. Él estaba ya casi seguro de que cuando terminara la instrucción y partiese al fin para la guerra como los otros, como sus compañeros de ayer, como su hermano cuyas hazañas propalaban ahora los periódicos, ella lo esperaría, le guardaría la ausencia, y se escribirían. Ya tenía mentalmente escrita la primera carta; se veía a sí mismo bajo el cubre cabeza de una trinchera, a la luz de una vela, escribiendo...

***

     En la Sala de Guardia, montado sobre una silla de baqueta, el sargento Mendoza apoyaba los recios brazos sobre el respaldar. El sargento Galarza, en otra silla igual, apenas podía mantenerse despierto.

     -Parece que el pibe disfrazado de oficial, con espada y todo no se acuerda de que esta noche no debe dormir. Seguro cree que está en casa de su mamá -dijo Mendoza.

     -No, amigo -bostezó Galarza-; el muchacho es bueno y cumplidor. Procura hacer bien las cosas...

     Mendoza tuvo una mueca de desdén. Su bigote gris de agudas guías verticales en el rostro moreno de retadores ojos verdes y su nariz aguileña y puntiaguda eran las de su difunto tío, el coronel. Se había criado en casa de este jefe cuyo prestigio militar lo enorgullecía. El Coronel, sin hijos, lo había adoptado: el sobrino haría la carrera del tío, entraría en la escuela militar como cadete y luego... ¡Si no hubiera muerto el Coronel el año 11 y caído en desgracia la familia!

     -El coronel -masculló Mendoza- solía decir que un oficial se forja en años de disciplina de hierro, que no se puede amasar alfeñique y creer que ya está hecho un teniente.

     -Hay excepciones, Mendoza. El muchacho nunca se quejaba como otros más forzudos. Al principio me hacía gracia su seriedad y su manera de mantener los ojos fijos; unos ojos con demasiadas pestañas junto a una nariz chiquita que, como sus ojos, parecían de mujer. Aprendió a no parpadear y llegó un tiempo que, de tan rígido, me hacía pensar en un maniquí vestido de verde, con un fusil al hombro.- Maniquí rosado -le dije un día cerca del oído y sin mucha malicia. Entonces sí, se le movieron los ojos y te aseguro que su mirada me hizo sonreír por fuera, por fuera no más. Entonces no era ni cabo nuestro Tenientito.

     -Lo hubieran mandado enseguida al frente. Allá a lo mejor lo hacían hombre o lo devolvían antes de un mes con fiebre y colitis.

     -La verdad que él me recordaba a Juancito, tu hijo; querías hacer de él un soldado. Él no era fuerte como éramos nosotros a su edad. Yo, severo con él por exigencia tuya, comprendí que había que dar tiempo al tiempo. Y quién sabe lo que hubiera pasado sin aquella desgracia tan grande...

     El Sargento Mendoza miró severamente a su viejo colega; iba a decir algo, le temblaban las guías del bigote cano, pero no dijo nada. Sacó del bolsillo de la guerrera un reloj de oro de tres tapas; antes de ver la hora, sus ojos entrecerrados contemplaron un instante una fotografía circular. Sobre unos bigotes de guías en punta, unos ojos parecidos a los suyos, le devolvieron la mirada.

***

     En el centro de la Sala de Guardia había una mesa cuadrangular y sobre ella un tintero de vidrio, unos cuadernos y la gorra del Sargento Mendoza.

     -¿Que hora es? -preguntó el Sargento Galarza, y advirtiendo la gorra junto al tintero volvió a preguntar antes de recibir la respuesta:

     -¿No te la ponés? Estamos de guardia.

     En ese instante se oyeron unas pisadas y un tintineo de espolines; la figura del Teniente se perfiló nítida a la luz de las lámparas colgantes del techo.

     El Sargento Galarza se puso de pie e hizo la venia; era un recio profesional a quien veinte años de servicio habían automatizado para los gajes de la milicia. El Teniente ya iba a contestar el saludo cuando advirtió en un segundo de estupor que el Sargento Mendoza no se movía, que seguía montado en su silla, los brazos sobre el respaldar y en la cara oscura una sonrisa displicente en que brillaba un diente de oro.

     -¡Sargento, levántese y cuádrese! La orden estalló tan inesperadamente atronadora, tan inconcebible en quien la daba que, Galarza, que ya iba a bajar la mano de la visera, sobrecogido de sorpresa y aturdimiento, volvió a tocar con los dedos el cuero semicircular de la gorra.

     En el largo corredor, en el vastísimo patio, la voz repercutió alarmante y dura. En el acto, un precipitado, un pesado rumor de pasos avanzó hacia la Sala de Guardia.

     El Sargento Mendoza se irguió en l la silla colérico y desafiante. Y ya el Teniente estaba sobre él, la mano derecha en la empuñadura de la espada y ésta a medio salir de la vaina reluciente:

     -¡Dos números de guardia!

     La Guardia, detenida ante la puerta, entró.

     -¡Lleven a este individuo al calabozo y enciérrenlo allí con centinela de vista!

     Dos largos fusiles, con la bayoneta calada, golpearon el piso con sus ferradas culatas. Pálido, desencajado y violento, Mendoza salió entre bayonetas de la sala. Minutos después, desde los fondos del cuartel se oyó un chirriar de cerrojos y en seguida el portazo característico seguido de un nuevo chirriar de cerrojos.

     Brillaba ya alto el sol sobre el cuartel cuando el Teniente llegó a la puerta del calabozo. El carcelero y el centinela esperaban órdenes.

     -Abra -dijo el Teniente.- Y váyanse.

     Cuando los pasos de los dos hombres se apagaron en la distancia soleada del corredor, el Teniente empujó la puerta y entró. A la luz que penetraba por el ventanuco de cuatro barrotes cruzados, se cuadraba, rígida, la figura del Sargento Mendoza, la mano derecha en la visera, la otra plegada al flanco izquierdo. Los ojos, toda la noche insomnes, del veterano miraban, inexpresivos, hacia adelante. La luz bruñía su perfil cobrizo y acentuaba lo insólitamente hirsuto de su bigote cuyas guías habían perdido su verticalidad de ordinario tan cuidada y compacta.

     -Sargento Mendoza -preguntó con gravedad el oficial. ¿Cuánto tiempo hace que usted está en el ejército?

     -Veinticuatro años, mi Teniente.

     En la penumbra ahora más luz que sombra, el rostro del bigotito indeciso y del cutis imberbe ahora pálido manifestó una sorpresa apenada.

     -¿Cómo es usted tan recluta, Sargento, que todavía no aprendió el reglamento militar y no sabe respetar al superior?

     -Nunca es tarde para aprender, mi Teniente. Tengo más años en el servicio que usted de edad; pero usted ha sabido darme una lección que nunca he de olvidar. ¡Perdone usted!

     -Bueno, abuelo, sonrió el Teniente entre irónico y amable y dándole una palmada casi cariñosa.

     -Váyase a desayunar y a hacerse planchar bien el uniforme...

 


 

LA CANTIMPLORA

 

     Dormía yo pesadamente en mi catre de campaña cuando me despertaron unas voces confusas, excitadas, y una rápida sucesión de estallidos secos, como de bombillas eléctricas que estuvieran explotando, allí mismo, bajo la tienda polvorienta. Debo advertirles que yo estaba hospitalizado en un puesto sanitario, a unos doce kilómetros detrás de las líneas de fuego, y esto me sucedió en una siesta sofocante en que soplaba un viento lleno de arena. Yo, tendido en el catre desde hacía una semana, no sabía si aquel viento que sacudía las lonas de la tienda venía desde el norte o desde los oscuros paisajes de la fiebre.

     Las voces que me despertaron eran de mi compañero de carpa, el capitán Díaz, un hombre de cuarenta años, que solía hablar solo durante horas, y cuyo catre de campaña, hundidas las patas en la arena finísima del Chaco, estaba ahora a la izquierda del mío, a un metro de distancia.

     -¡Morales! ¡Morales! ¡A levantarse! ¡A correr!

     Medio dormido aún, más en la fiebre que en la carpa, volví la cabeza hacia ese lado. Lo primero que vi fueron las polainas pardas de Pedro Díaz. Luego advertí que se las estaba poniendo con unas manos huesudas que le temblaban. Esto lo hacía con el sobresalto que seguía a un sueño interrumpido bruscamente en el bochorno de la siesta, entre el rumor del viento caliente.

     Las bombillas eléctricas dejaron de estallar dentro de la carpa.

     (Mejor dicho: caí en la cuenta de que no había bombillas, como había creído al principio, con el temor de que, al estallar, los fragmentos de vidrio me lastimasen la cara). Pero los estampidos seguían, violentos, persistentes, cada vez más próximos: eran ráfagas de ametralladora.

     La fiebre, sin embargo, amortiguó aquellos ruidos (ya tan familiares) y se me cerraron los ojos. Cesó el viento, huyó la arena; se hizo en mí un silencio. En rigor, no me habían abandonado todavía las imágenes del sueño reciente: se habían agazapado en la sombra y volvían a apoderarse de mí, como en la sala de pronto tenebrosa de un teatro el haz de luz del proyector inunda la pantalla con súbitas visiones.

     Y otra vez volví a encontrarme lejos, muy lejos del frente, del árido desierto; lejos del viento aquel; lejos de la guerra, en suma.

     Volví a encontrarme en Asunción, en mi casa de Asunción, en el alegre patio embaldosado de mi casa de Asunción; un patio poblado de palmas de hojas brillantes, con un gran jazminero abrazado al muro blanco, y una parra verdísima, abundante en racimos maduros. Un sol benigno, colándose entre los sarmientos, iluminaba las baldosas azules, rojas y blancas.

     Apagado completamente el estruendo de los disparos, oía yo otra vez la voz de mi madre, la risa de mis hermanitas y el chirrido de la polea balanceante sobre el aljibe de brocal húmedo, del que Petrona, la criada, sacaba un balde de agua limpia y luminosa.

     -¡No hay un minuto que perder! ¡Arriba muchacho, arriba!

     Pedro Díaz me sacudió con fuerza y volvió a gritarme:

     -¡Arriba!

     Luego corrió hacia la salida de la carpa alzó la lona que a ésta servía de puerta, y desapareció en fuga ya hacia la selva.

     Entonces, sí, me desperté del todo y lo comprendí todo: una fuerte patrulla enemiga había salido a retaguardia, cortando el único camino que conducía hacia nuestras bases, en el sur; y hacia la línea de fuego, en el norte. Y ahora, los patrulleros enemigos, escondidos en los matorrales a uno y otro lado del camino, descargaban sus automáticas sobre las carpas de los enfermos y heridos del puesto sanitario.

     -¡Aquino! ¡Aquino!

     Mi ordenanza no me contestó. Más que ordenanza, Aquino era en aquellos días mi enfermero y tenía orden de no alejarse de mi tienda.

     -¡Aquino!

     Por suerte yo dormía casi enteramente vestido. Sólo debía calzarme las botas y ceñirme el cinturón con brújula y revólver. Recordé que en el revólver no me quedaban más que cuatro cartuchos acardenillados.

     Corrí hacia la salida de la tienda. El estruendo de los disparos me taladraba las sienes haciéndome cerrar los ojos. Soplaba el viento como cargado de ceniza y pólvora. Algunos disparos -disparos de fusil- sonaban a cinco, a diez, a quince metros de donde estaba yo: unos cuantos camilleros, vueltos de su sorpresa, contestaban al fuego con los nueve o diez fusiles que había en el puesto sanitario. Trataban así no sólo de ganar tiempo hasta que llegasen refuerzos desde nuestra línea de combate, sino de cubrir la retirada de los que pudieran ponerse en pie y huir hacia el monte o esconderse en los montes.

     Me alejé de la tienda hacia el camino, mimetizándome entre los bajos arbolitos de un verde grisáceo que allí crecían, siempre, abatidos de sed. Y vi, a unos cien metros de distancia, a unos jinetes cruzar al galope un claro del monte: eran patrulleros enemigos que buscaban una posición nueva para ametrallamos más cómodamente.

     Volví a zancadas a la tienda creyendo encontrar en ella a mí ordenanza. Pero Aquino no aparecía por ningún lado. Distinguí su gurupa y su manta en el suelo, pero no su carabina de la que nunca se separaba.

     -¡Aquino!

     ¡Y yo que solía tenerle lástima y que por eso lo trataba casi como a un camarada, compartiendo con él cuanto me enviaban de casa para suplir la dieta terrible de la campaña!

     De pronto me acordé de la cantimplora, de mi abollada caramañola que debía de estar colgando de uno de los palos de la tienda, junto a mi catre. ¡La caramañola! En aquel desierto de tierra seca como ceniza, de árboles verde-grises, de inmensas formaciones de cactos, entrar en la selva sin cantimplora era marchar a la muerte por laberintos de sed.

     Penetré en la carpa. Colgando, junto al catre, la cantimplora. El viento, que se arremolinaba dentro de la carpa, la hacía balancearse, al extremo de la vieja correa, una correa que había absorbido el sudor de las marchas de toda una campaña. La cantimplora estaba vacía. Salí de la tienda. A pocos pasos de ésta, había un barril de gasolina, de metal gris brillante, que ahora estaba lleno de agua turbia de una aguada remota; un agua fangosa, calentada por el sol de enero.

     Traté de inclinar el barril a fin de trasegar su líquido a mi cantimplora, a través del único agujero (de dos pulgadas de diámetro) que aquél tenía en el disco de metal que le servía de tapa. Fueron inútiles mis esfuerzos. Estaba yo demasiado débil para mover el peso del barril. Las manos, enflaquecidas y amarillas, se me quemaban y lastimaban luchando contra la geometría de hierro del cubo hecho por la Standard Oil. Un sudor copiosísimo se me convertía en fina capa de barro sobre la cara cubierta por el polvo del viento.

     -¡Aquino! ¡Aquino!

     Me ardía la garganta. Con alivio vi venir hacia mí una figura de un palúdico, delgada y filosa, en la que al fin me pareció distinguir a mi ordenanza. La figura se arrodilló y se tendió en la tierra. Fui hacia el caído y lo miré de cerca, apoyándome en una rama baja. No: aquel no era Aquino. Era otro palúdico, que ya no tomaría más quinina.

     El tiroteo castigaba los arbolitos circundantes y ahora se concentraba sobre mi tienda. Las ráfagas acribillaban las lonas sacudidas por el viento, restallaban perforando los palos, picoteando troncos y en este instante hacían sonar, como a un tambor asordinado, el barril de metal lleno de agua.

     Entonces, sí, pude cargar mi cantimplora. Por las perforaciones de las balas, el agua fangosa caía en oscuros chorros sobre la arena. Recuerdo bien que, después de aplicar el gollete de la cantimplora bajo uno de los chorros, vi que había otro chorro más grueso. Y bajo este chorro se llenó mi cantimplora.

     Eché a correr hacia un bosque de cactos adivinando una ruta más corta hasta nuestras líneas a través de aquel paraje. Por entre los cactos apenas podía correr; la fiebre y un mareo cruzado de ígneas visiones me hacían vacilar sobre las botas ahora erizadas de espinas. A veces un brazo mío, torpemente extendido para conservar el equilibrio en los saltos de la fuga, chocaba con aquellas duras masas de pulpa verde y espinosa y sentía yo la carne rasgada por largos alfilerazos. En torno a mí, los árboles giraban: un cielo plomizo, reverberante, se llenaba de cohetes y el aire se quemaba. Caí varias veces. En una de ellas pensé que acaso sería mejor quedarme allí sobre la tierra, esconderme, dormirme acaso, volver al sueño. Pero los ladridos de metal de las ametralladoras me empujaban hacia el norte. Me detuve un instante al llegar bajo el follaje de un aromita. Tenía sed. La cantimplora se había caído.

     -¡Mi teñiente, mi teñiente...!

     Una voz avanzaba detrás de mí, una voz opaca, nasal, urgente y humilde:

     -¡Mi teñiente...!

     La reconocí: era la voz de Aquino, voz de una boca minada por el escorbuto.

     Volví la cabeza y lo vi llegar a mí llevando en las manos pajizas una cantimplora con la correa soltada.

     -Su caramayola... se le cayó...

     Me apoderé de la cantimplora y bebí en largos sorbos el agua oscura y caliente. Y le ordené que me siguiera, que se viniese conmigo a un cauce seco próximo donde podríamos hallar refugio del fuego y orientamos juntos, allí, para después proseguir la fuga. Corrimos hacia el cauce.

     -Yo estaba con los camilleros, con la carabina... Tiré todas las balas...Y vine a la carpa...

     La voz entonces se le hizo un grito. Volví la cabeza y vi a Aquino desplomarse sobre el mentón, con los brazos abiertos.

     -¡Mi teñiente!

     Me incliné sobre él sintiendo una fuerte opresión en la garganta.

     -Mi teñiente,... la caramayola...

     Quería él hablar sin poder mirarme, con la mejilla izquierda apoyada sobre la tierra seca. Y acaso en esa postura, comprendió que no necesitaba terminar la frase. Y allí se quedó tendido Marcial Aquino, el cabo Marcial Aquino, entre los cactos, como profundamente dormido, con una mancha roja sobre la espalda.

***

     Vagué perdido por el bosque, mucho después de que se dejaron de oír las ametralladoras de los patrulleros. Pasé la noche bajo unos aromitas. Al día siguiente oí rumor de lejana artillería. Eso me orientó, no la brújula, que ya no servía.

     Cuando llegué a nuestro campamento, lo primero que vi fue al coronel, de pie, en la mitad de la carretera, rodeado de sus oficiales. El coronel, famoso viejo corajudo, tan famoso por su valor como por sus sarcasmos, me recibió con estas palabras:

     -¡Aquí viene otro de nuestros corredores! ¡Qué susto les ha dado a ustedes la patrullita de ayer! Me place tener en mi unidad mozos que después de la guerra podrían participar con honor en las Olimpiadas...

     La cara del viejo coronel estaba llena de risa. Lo miré en silencio, pero sólo un instante, porque su rostro colorado burlón se desvaneció y, por rara alucinación, en vez del suyo, ancho y bermejo, vi el palúdico y cetrino de Marcial Aquino y oí que la voz jadeante y angustiada de mi ordenanza me decía:

     -¡Mi teñiente!... su caramayola...

     Y allí mismo, acaso por estar enfermo y exhausto, caí desmayado a los pies del coronel.

     El viejo, mientras unos soldados me llevaban a la Sanidad, recogió del suelo mi cantimplora -me contaron después- y ordenó que como la correa se había soltado le pusiesen otra nueva.

 


 

EL CAMINO DE LA DESESPERACIÓN

 

     ¡Ah, los caminos del Chaco! Uno de ellos se llamaba El lóbrego. El lóbrego iba de Campo Jurado a Capirenda. Y era, en efecto, un camino lóbrego, sombrío, cruel, cuyo impalpable polvo oscuro formaba nieblas de pesadilla al paso de las tropas y convoyes. Otro se llamaba «Picada Mister Long». Acerca de este camino escribí yo siendo adolescente.

 

                           

¡Picada Mister Long, horrenda vía!

 
 

¡Cincuenta y tres kilómetros macabros!

 
 

¡Cómo el camión saltaba

 
 

sobre la pestilencia de los cráneos!

 

 

 
 

¡Despojos de un Ejército en derrota

 
 

sobre los cañadones chamuscados!

 
 

¡Cadáveres mefíticos roídos

 
 

de asquerosos gusanos!

 

     Seguramente había otros caminos tan atroces o más que estos dos. En otro poema de juventud evoco yo el que iba de El cruce a 27 de Noviembre o de Yrendagüe a Carandayty. (Ahora la geografía se me confunde en la memoria). Vía crucis los dos, de idénticos horrores:

 

                              

Todo un Cuerpo de Ejército enemigo

          

 

vencido en Picuiba

 
 

pereció en los caminos de la Sed.

 

 

 
 

Los caminos ahítos de cadáveres

 
 

y negros de camiones incendiados

 
 

hablan de aquel vía crucis.

 

 

 
 

El más grande estratega

 
 

en la inmensa, espantosa soledad

 
 

fue un fantasma: la Sed.

 
 

Despierten los recuerdos,

 
 

quiero hablar de la Sed...

 

     Eran, casi todos los trajinados por la derrota, cementerios de muertos insepultos, si así puede decirse. Hoy quisiera evocar una picada, una que iba de Cañada Tarija a Carandayty, si mal no recuerdo. Los bolivianos la bautizaron con este nombre: el Camino de la Desesperación. ¿Qué recuerdo yo de este camino con mayor nitidez? ¿He marchado yo por él horas y horas de sed y de fatiga? ¿Duró la agonía de esta marcha de un sol hasta otro sol, bajo el ametrallamiento de aviones de vuelo casi rasante y el asedio de cobardes emboscadas?

     No, nada de esto. Nada absolutamente. Yo no di un solo paso sobre ese largo río de arena gris, río ardiente, que no fluía, que estaba fijo, pero que las tolvaneras, los camiones, los pies de los infantes hacían levantarse en sombríos remolinos, en negras nubes tras cuyos perfiles fantasmales se desdibujaban los bosques paralelos.

     ¿Qué es entonces lo que me induce hoy a la recordanza del camino aquel del desesperamiento, del extremo sufrir y la agonía que inspiró a muchas vidas el afán de arrojarse a la muerte?

     Pues, personalmente, es muy poco lo que puedo contar como testigo de uno de sus tristes episodios. Lo que hoy evoco es una escena, nada más que una escena que no habrá durado más de unos breves minutos.

     Sin embargo, el recuerdo de aquel día en el Camino de la Desesperación, de aquel oscuro día atardecido, no puede borrarse de mi memoria después de más de medio siglo.

     Yo iba al caer de la tarde en un camión que transportaba municiones de guerra y municiones de boca. Encima de los cajones de proyectiles se habían amontonado bolsas de galletas, muchas, muchísimas bolsas de galletas. Y sobre estas bolsas se equilibraban, inseguramente, unos cinco soldados y un sargento obeso, fornido y brutal, cuyo enorme cuerpo ocupaba el sitio de dos o más de los cetrinos adolescentes a su mando. En la cabina, junto al chófer, viajaban dos oficiales de más de una estrella cada uno. El más viejo de los dos, era un capitán removilizado, que había combatido en la revolución del '22 al '23.

     Del rostro e identidad de los oficiales, del chófer, del sargento, de los soldados, no tengo nada cierto que decir. Los veo como sombras sin caras, entre dos luces.

     Yo explayaba la mirada sobre el camino sombrío y vagamente podía ver, hacia adelante, unas siluetas negras, hasta que de pronto el camión llegó a un paraje de un área de unos cincuenta metros de arena voladora, donde se afanaban en arreglar -¿tenía arreglo?- el malísimo camino en uno de sus tramos peores. Había allí unos quince o veinte prisioneros esqueléticos que, a duras penas, con palas largas o cortas, trataban de allanar los baches. Como las ruedas de tantos camiones habían amontonado irregulares colinas de fina arena gris a una y otra vera del camino, los prisioneros traían esta arena hacia el medio del camino y allí la aplanaban con el revés de las palas.

     Después, la apisonaban con troncos de quebracho manejados lenta, dificultosamente por dos o más infelices, roídos por el hambre, el escorbuto y la fatiga afiebrada.

     Tarea la de estos miserables casi enteramente inútil: el paso de cada camión volvía a deshacer esta labor de Sísifo; las lluvias convertían el camino en largo, inacabable lodazal en que se hundían las ruedas hasta los ejes, patinaban impotentemente sur place, sin avanzar una pulgada, batiendo circularmente el fango oscuro como un repulsivo, maloliente chocolate.

     Aquel día, aquel atardecer soplaba, implacable, una furiosa tolvanera negra. Las figuras de los que trabajaban en el camino, a cierta distancia, borradas por el polvo y, desde cerca, fantasmales, eran del patetismo más conmovedor. Yo las miraba como a esos spirti de que habla Dante, fustigados por el viento infernal.

     Al pasar el camión entre aquellos desgraciados sumidos en la furiosa niebla, casi negros, apenas capaces de lentos movimientos, nos tendieron sus manos descarnadas:

     -¡Una galletita! ¡Una galletita por amor de Dios!

     Dos o tres sádicos guardias, blandiendo largos garrotes, se precipitaron sobre las sombras mendicantes que osaban suspender su tarea y los golpearon con toda furia, en el pecho, en las espaldas, en las piernas vacilantes. Uno de los garrotes, con un grueso nudo en el extremo, dio tan fuerte golpe sobre el centro del pecho de una de aquellas sombras que yo, pese al ruido del motor, oí el golpe y vi la víctima caer de espaldas con los brazos en cruz.

     Dos o tres soldados que iban conmigo en el camión, estremecidos de piedad y de horror, cortaron con sus machetes trozos de la lona de una de las bolsas de galletas y arrojaron puñados del duro bizcocho esférico a la turba gemidora. Entonces los feroces guardias se ensañaron contra los que, para recoger la limosna, arrojaban la pala y con ambas manos recogían de la arena una o dos galletas.

     Pronto dejamos atrás al miserable grupo y sus verdugos. Yo esparcía la vista hacia atrás, como fascinado por el atroz espectáculo. Pero nada más podía ver. Dije más arriba que soplaba un viento negro de velocísimos torbellinos. Imposible ver nada a quince, veinte metros. Los ojos se llenaban de rabiosa arena.

 

 

LA BUFERA INFERNAL

 

     Muchos años después, en la Universidad de California, urgido por exigencias académicas, tuve que hacer un minucioso estudio del Inferno de Dante.

     Conocía la obra pero no en detalle. En el Canto V, versos 28-33, hallé con un estremecimiento una descripción, diré, de lo que he contado arriba:

 

                                            

lo vermi in loco d'ogni luce muto,

          

 

che mugghia, come fa mar per tempesta,

 
 

se da contrari venti è combanutto.

 

 

 
 

La bufera infernal, che mai non resta,

 
 

mena gli spirti con la sua rapina;

 
 

voltando e percotando le molesta.

 

 

 
 

(Arribé yo a un lugar sin luz alguna (¡Mudo de luz! ¡Admirable hallazgo!)

 
 

que mugía cual mar tempestuoso

 
 

cuando contrarios vientos lo combaten.

 

 

 
 

La tormenta infernal que nunca cesa

 
 

arrastra a los espíritus, girando

 
 

y girando y golpeando los tortura)

 

 

     La bufera infernal, esta tromba infernal que nunca cesa y que arrebata a las sombras en sus torbellinos, me hizo revivir aquella escena horrible del Camino de la Desesperación.

 

 

 

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