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CARLOS VILLAGRA MARSAL (+)
  GUARANIA DEL DESVELADO - Poemario de CARLOS VILLAGRA MARSAL


GUARANIA DEL DESVELADO - Poemario de CARLOS VILLAGRA MARSAL

GUARANIA DEL DESVELADO

Poemario de CARLOS VILLAGRA MARSAL

Editorial LOSADA

Asunción - Paraguay

 




I

 

LOS VIOLADORES DEL TIEMPO


I

MI CAPITÁN DESPIERTO

 

Para Justo José Prieto

 

O Captain! my Captain! our fearful trip is done

WALT WHITMAN

 

  Están tocando a sangre las campanas.

Alón, mi Capitán,

nuestro terrible viaje

continúa.

Y acá está tu nave en la tormenta,

aún en triste travesía, a la deriva y casi naufragada,

de la estela a los mástiles luchando,

y continúa el viaje, y tú en la prora

sigues escribiendo tus cartas

desde otro infierno a que ayer nos condenaron.

 

  José de la Cruz

Ayala, hoy te agobiamos con tus cruces

renacidas,

con los mismos destierros.

 

  Y éste tu nombre, Alón, es de nosotros.

Lo tenemos aquí, necesario y filoso en el puño,

alto y blandido como un machete ardiendo,

para enseñar a recobrarnos

la libertad, que no se gana conversando con los tigres,

la libertad que queremos peleando,

la libertad de pie que amamos,

la libertad que duele por parir y tanto

y tan limpia que anhelamos.

 

  Este tu nombre es de todos lados:

en Norte a Sur, en el calor de tu valle,

en el relámpago que alumbrase al lapacho,

en la hambre enjuta, roída y salada en las manceras,

en el labio de las islas, en mangrullos y desmonte,

         en las ruinas,

en la resolana de los corredores,

en cañadones de desierto largo,

en los ojos del agua y el quebracho bañado en sudor,

en puros pueblos,

en trajinadas veredas de ciudad y en viento.

 

  Pero tu muerte, no, tu muerte no es de nadie,

que en panteones violados y de olvido,

que dentro de tu caja muerta,

que tan debajo del suelo y estos árboles

puede subir aún, está creciendo,

está viniendo allí, está presente,

y sola y erguida

como madre que corona nuestra frente,

nos protege a cada uno

y a los otros

hermanos

que beben de este cántaro de hiel como nosotros.

 

  Alón, ala pequeña

de tórtola y ternura,

pero después halcón de piedra y de venganza,

cernido ya y espantando

la voz que desgasta estas hojas,

ala de un tamaño de cielo

que cae y oscurece y que desgarra

las cadenas del polvo y desatina

los pasos que manchan los caminos,

pico que trae el nítido lucero

para nuestro firmamento de mañana.

 

  Alón, mi Capitán,

pañuelo azul que al viento se levanta,

que saluda en el tiempo, es música temblando,

azul es en el aire, encandilando,

y celeste en la lágrima.

Alón, mi Capitán,

montonero del grito y la palabra,

embanderado de sueños y fronteras,

embanderado

liberal y profundo,

y tambor y estandarte en la memoria

de tus nuevos regimientos, tan jóvenes de brazo,

y armado, y en armas la cabeza.

 

  Y acercado a nosotros, Capitán como espada,

         contra todos

los que tuvieron por costumbre

hollar más allá de las mujeres.

Los que creyeron

que el odio no es una palabra

sino quemazón, sino abismo

donde se incineren o se hundan los verdes mandiocales,

el yerbal madurado a sollozos,

los troncos seguros de la hombría,

los arroyos, los libros y la honra.

 

Los que indicaron

que un color, un inocente trozo de cielo

que podía estar en cualquier parte

-en una corbata veinteañera, en las cintas de una niña,

escondido en el perfume de azahar de las novias-,

era el santo y seña, el principio del ultraje,

de la suelta locura animal,

del exterminio.

Contra todos

los que no reparan si tienen frente al hacha

al hermano de alma,

cobardes con miedo de sus propios ejércitos,

nada esperan de un amigo

ni entierran a sus muertos.

Contra todos aquellos

que una tarde de llanto de varones,

una tarde con su astro vespertino apagado

por una cerrazón de espasmos, de fatiga, de estruendos,

una tarde poblada de prisioneros

cayéndose,

con las manos alambradas a la espalda,

una última tarde traicionada,

una tarde que anocheció dos veces

y hasta ahora,

aquellos que una tarde enterraron

 una sucia lanza en nuestro pobre,

descubierto costado.

(¿Cómo, cómo iba a poder el río

descansar esos cadáveres ? Se los llevó

boyando. De bruces en el torso cambiante del agua,

camalotes perdidos

chocando con las duras barrancas.

De los peces, pero también nuestros

 su carne y su martirio.)

 

  Y contra todos, Capitán encendido, acercaremos

nuestra polca en campamento y en fuegos desvelando,

nuestra polca como un cerro avanzando,

nuestra polca de leones al sol

de arreadores y calvarios, pero siempre rugidores, siempre

desnudos atacando,

nuestra polca de batallones saliendo

adelante del tiempo y del lamento,

nuestra polca de aquella penúltima

diana amaneciendo,

nuestra polca de nuevo a bayoneta calada,

al asalto y sonriendo,

nuestra polca triunfante de sed

y en reconquista,

nuestra polca rasgueada en truenos que florecen o germinan,

nuestra polca de fiesta y de batalla, de luz y de trinchera,

nuestra polca de alegría y cuchillos, de estrellas y de tiros,

nuestra polca de pueblo caminando,

nuestra y más nuestra porque la sabemos

de rostro paraguayo y gritando.

 

  Y junto a ésta la otra,

de dieciocho cruces de madera de guitarra,

nuestra polca de luto punteado,

nuestra polca de sombra desvalida,

nuestra polca de Octubre asesinado,

nuestra polca sufrida,

nuestra polca de padres aguardando,

nuestra y más nuestra porque la traemos

en mitad de la sangre y susurrando.

 

  Y con las dos en el pecho, Capitán, cantaremos

un canto con garganta de amenaza,

un canto de raza regresando,

un canto más antiguo que tú,

un canto comunero,

por tus clarines, mi Capitán, despierto.

 

  Y repicando a sangre las campanas cantaremos

el canto entero de un alba de fusiles.

1954.

 

II

CARTA A SIMÓN BOLÍVAR

 

  Simón Bolívar:

                           Hoy te escribo esta carta

y te recuerdo y quiero

alcanzar desde lejos tu rostro y tu memoria

y me acuerdo y me inclino

hasta tocar tu nombre con la frente.

 

  Cuando estabas por montar a caballo

un perfume alto como un cántico

se esparció por el cielo de tu América y la mía.

Y a tu paso

los volcanes tañían como campanas,

las campanas derramaban lágrimas de alegría como mujeres,

las mujeres se abrían el pecho como los hombres,

los hombres flameaban como roncas banderas,

las banderas se entrechocaban

con un rumor creciente

de sangre que incendia los caminos,

las banderas eran invencibles como los muertos

y los muertos levantaban nuevamente sus ojos

con luz bajo la tierra.

 

  Y recuerdo

cómo florecías

cada vez que colmaba tu boca la palabra Libertad.

La libertad

populosa como un trueno,

despertada por tu voz de mando,

rodando con los cañones,

traspasando como una lanza interminable

el frío en la aguda cordillera,

relámpago y amor de los jinetes,

recién nacido azul para las gentes

que encontraban tu abrazo.

 

  La libertad, esa pequeña palabra

que después de la derrota

alzaste en hombros

como a una niña

que estuviese latiendo todavía

y que supo

vuelta a vuelta

crecer junto a tu puño trozador

de cabezas y cadenas.

 

  La libertad,

pétalo del mundo,

antiguo corazón del hombre,

aroma de plata entre las constelaciones,

madrugada sin tiempo,

enceguecedora columna en el océano

y ala eminente

sobre el claro territorio de tu América y la mía.

 

  También me acuerdo que una noche,

frente al mar,

cuando ya no se sabía si continuabas siendo un hombre

o te habías vuelto un astro remotísimo

frente al mar,

dijiste:

He arado en el mar.

 

  Y porque araste, Simón, no sólo el mar

sino el curso callado de las venas,

yo no puedo olvidar el aire que respiro,

yo no podré olvidar tu delirio y su sombra,

no podría olvidar tu brazo y su centella.

 

  Y así, General, yo sé que sigues

corriendo por tu América y la mía

como una sangre faenosa

desde la inaccesible mirada de la nieve

al secreto metal

en las profundas edades de la tierra,

sí, como una sangre

que ruge oscuramente

de un mar a otro mar.

Una sangre, Bolívar, una sangre

que está haciendo palpitar las estrellas,

savia en los montes

que mueren y nacen cada día,

sangre

de la roca al temblor de la paloma,

del guayacán al viento,

del jaguar a la espuma

sangre, Simón, una sangre

que se escucha de repente en la orquídea

y el cerrado aguacero,

en el palmar y el alba escondida

sangre, raíz entera

en la planta de todos

los que lloramos y creemos y luchamos

con el arma o el grito que tú nos enseñastes.

 

  Y es por esa sangre Bolívar

que duele desde el cuerpo

a la pluma que escribe,

con esa sangre Bolívar

yo te escribo esta carta, Simón,

y me prosterno

hasta rozar tu nombre con la frente

y te escribo y te recuerdo y quiero

decirte una palabra más.

 

  Simón Bolívar:

mira

hacia el Sur,

aquí en el quemante centro de tu América y la mía,

aquí donde te escribo,

en este crisol de fiebre,

recinto de músicas curtiéndose

en una afilada fragancia de sombras y azahares,

aquí en mi patria de fáciles cuchillos

y luna que hinca lentamente ese blanco fervor

en sus escuetas criaturas,

en mi ignorado Paraguay

de rostro grávido

de siglos y castigo,

aquí está mi patria en el Sur, Simón Bolívar,

aquí esta su norte de guitarras sin sueño,

sus islerías

perdidas en el viejo silencio,

las cruces que acechan y costean

sus delgados caminos,

y aquí se yergue

su intacto corazón valiente

como una llamarada

coronada de espinas.

 

  Pero atiende

a mi patria en el Sur, Simón Bolívar:

en el abandono inmemorial y el sol venciendo

se abre una mano amoratada y sedienta,

una mano enguantada de llanto y cicatrices,

una mano que tantea como una pobre ciega

la firme ruta de tu pecho,

una mano de pueblo que te busca,

mano en alto,

compañera de tantas que definen

este cielo entregado de tu América y la mía,

mano que te demanda, como tantas y tantas,

a caballo una vez más, General,

Bolívar con el sable sangrando en el fondo del mar,

Bolívar gritando con los cabellos más allá de los cóndores,

Bolívar diluviando en el desierto,

Bolívar desnudo con un terremoto a los pies,

Bolívar peleando solo en las esquinas,

Bolívar llorando como un río sin madre,

Bolívar en el llano, Bolívar en el tiempo,

Bolívar celeste en la tormenta,

a caballo otra vez, con un clamor sin número

de hombres flameantes,

de bendiciones y lumbres y de flores

y de sangre que encienda los caminos.

¡Al galope de nuevo, con banderas

insurgiendo a la orden

de tu rápido ceño!

 

  ¡Que tu condición de fuego

nos señale y ocupe

en la hora del combate

final!

1954.

 


TU DESTIEMPO


  Al entregarme apenas,

tú desnuda de ojos y distancia,

al tocarte ingrávidamente, casi al quererte,

te estoy formando

de arcilla vaciada

en el reencuentro

que llamaste primero,

en la siesta que se doraba al recordar tu apodo.

 

  Y más acá,

sublimada en alquimia

de sombras recuperadas,

en este tuétano

que me conoce el hueso únicamente.

 

  Tenerte,

mi prisionera sola, en silencio,

delante de ti,

avanzando,

y aquí dentro

embarrancándote y cayendo

en mi tinaja de sustancia profunda,

trasegada en el fondo

que oscuramente truena,

refrescante, plena bebida de los dos,

yo el insaciado.

 

  Tenerte y no tenerte.

Saber que existe el sitio

hastiado, irremediable,

donde se queden quietas nuestras manos trenzadas,

ese lugar que existe pese a los relojes

que han principiado

a arrancarse de madre,

a pesar de la búsqueda,

de la vieja custodia de la tierra,

a pesar de la espera que late todavía.

 

  El corazón, lloviendo.

 

  Y yo hasta allí,

guarecido

y deseoso de hallarte

la curva secreta

de tu suave rodilla,

la voz que te sale

como callada a veces, desasida.

 

  Es cierto.

Ya viene tu destiempo,

ése del miedo

inconfeso

de retornar naciendo.

1954 .

 

TRÍPTICO DEL AMOR CAMINANTE

 

I

Y arrancaré esta flor, pero quisiera

que el mañana del beso moribundo

recuerde y tape el sueño en que te fundo

y vigile el costado de otra espera.

 

  Jazmín de lluvia y lluvia en primavera,

cómo canta tu piel, y qué profundo

es su calor despierto frente al mundo

del miedo en que sollozas, prisionera.

 

  Y temblorosa y mía si desciende

el cielo hasta la llama que me toca,

tronco y savia en el sol, guitarra y cuerda

 

  sonoras por la sangre que se tiende,

y trigueña tu luz para mi boca,

he de arrancar tu flor, aunque te pierda.

 

II

  Cuando no seas tú la que pregunta

por qué se muere el pecho si me inclino,

al fin sabrás que tal es el destino

del viento que nos suelta y que nos junta.

 

  Cuando sepas que fuimos una yunta

de pájaros sin nido y sin espino,

ya no podrás saber por qué camino

haciendo el corazón de punta a punta.

 

  Cuando creas volver, cuando mis brazos,

como un ramo ceñido a tu cintura,

echen broto de nuevo y te resguarde

 

  mi voz de ese silencio, de los trazos

con que los dos borramos tu figura,

ya no vendrás igual, o va a ser tarde.

 

III

  Si, cierra un solo lado de la herida,

se acordará tu cuerpo del cuchillo.

Todavía está aquí, como un anillo,

la fragancia en mi mano, retenida.

 

  Tan limpia de memoria, tan perdida

aquel agua de cántaro sencillo

que me dieron tus labios, con el brillo

que no esconde tu rostro ni se olvida.

 

  Pero el hervor del tiempo en su caldero

ya cuece nuestra carne fugitiva.

Impávido y sutil, y claro, y triste,

 

  abiertamente azul, soy el lancero.

Y allá se va de amor, siempre hacia arriba,

la lanza para el blanco que no existe.

1955.

 


RABELERO


Para Julio César Troche

 

Toca el rabel sonoro,

y el inmortal dulzor al alma, pasa

 FRAY LUIS

 

  De sed a río irás. El viento norte,

más que un zumbar sin término en tu oído,

más que grito hacia el sol, será el latido

que a triste sangre errante te transporte.

 

  Viejo destino y pobre musicante:

de polvo tu horizonte, y arribeño,

dejas un sitio azul, quemas el sueño,

partiendo siempre solo y trashumante.

 

  Como un agua bebida en el camino

el alba te penetra, y en el cielo

tu alto dolor, cruel halcón en vuelo,

vigila tu silencio peregrino.

 

  Y agrietas -candilante de luz plena

 toda la muerte caminera a cuestas-

tus duros calcañares por las siestas

en los pequeños soles de la arena.

 

  Y al fulgor de la noche vas trayendo

un cayado de estrellas, y la oscura

memoria de algún valle al que procura

llegar tu sombra que se va cayendo.

 

  Pero un rabel profundo te sostiene

con su raíz de luna, su fragancia

nacida de tu brazo, y a distancia

dulce y firme del cielo te mantiene.

 

  Y acá de pronto crece como un rayo,

ronco y ardiente, al aire se desgarra,

y recorre rabel, arpa y guitarra

tu corazón sonoro, paraguayo.

 

  Y así de luna en pueblo vas cantando,

de pueblo en viento corres como un río,

de viento en monte sigue tu albedrío,

de monte en sombra triste vas pasando.

 

  Hombre delgado, antiguo, azul, perdido:

aquí busco el valor de tu mirada,

tu fatiga y penar, con esa alada

vena en flor por tu caja de sonido.

 

  Laya de amigo que preciso, hecho

de pueblo y sueño y tierra y limpia frente,

andando yo a tu lado, en permanente

mixtura de tu música y mi pecho.

 

  Y si hoy te digo dueño del lucero,

naranjal trajinante, nube, hermano,

es que quiero dejar juntos mi mano

y tu rabel herido y compañero.

1955.

 


PRIMER POEMA


Para Ana María

 

 ... peina amó ndetyvytá

yvágare oñepintá

JUAN MANUEL ÁVALOS

 

  Yo no puedo abrazar conjuntamente,

en el primer poema,

la correntada de tu gracia

y la tranquila luz que ordena

tu figura.

 

  Ni puedo descubrir a paso rápido

esa intensa comarca de tu frente.

 

  Sólo con la primer palabra,

cómo viajar toda la noche alta

de tus ojos.

 

  Y cómo beberme en una copa sola el zumo

de tu dulce fruta innumerable.

 

  Porque en un poema

primero,

alcanzo a penas a decirte

leve muchacha traspasada de soledad azul y estrellería,

cándido espacio reciente

de mi vida,

aroma surgido de noviembre,

mi niña pensativa.

 

  O en el poema

primero,

puedo contar sencillamente

que te quiero y levanto

un estandarte claro,

verdadero.

 

  Pero ahora déjame mirarte

desde la ventana pura

del sueño,

y extiéndeme la mano

porque voy a entregarte

mi poema primero.

1957.

 


QUIETUD Y MOVIMIENTO


Para Evelio Fernández Arévalos

 

  Yo no sé,

pero ya he soñado minuciosamente,

una vez,

la órbita de ese poema ciego

que nunca escribiré.

 

  Sin embargo, hasta ahora,

no sé por qué,

cuando mi cuerpo navega hacia el alba,

tal un ángel sin pies,

me aniño y me despierto de repente,

despoblado y con sed.

 

  De cierto modo

que no sabré,

soy madera del puente todavía.

 

  Ya se ve

que puedo seguir desembocándome

sin entender.

1959.

 


GRITO DE TIERRA


Para Guido Parquet Sánchez

Hacia la tierra inclina tu entereza

QUEVEDO

 

  Grita

el cocuecero.

 

  Vuelve de la chacra gritando

el cocuecero.

 

  Viene gritando la tierra cuando grita

el cocuecero.

 

  Con la antigua cruz de la azada

y con su grave y único grito

regresa

este labriego.

 

  Ha sido un día de fuego.

Pero grita su duro grito

el cocuecero.

 

  Trae la espalda rota,

y por eso mismo grita en desafío

el cocuecero.

 

  Sabe bien que la tierra no es suya,

y sin embargo va caminando detrás de su largo grito

el cocuecero.

 

  De oscuro monte a monte

sigue el grito

solo

del campesino moreno.

 

  La luz cobriza se acuesta en el rozado,

mientras grita profundamente

el cocuecero.

 

  Todo el crepúsculo cabe

en ese grito

de arriero.

 

  Grito de madera que se incrusta

en el tremendo

silencio.

 

  Allá el lejano, sufrido

 grito

del cocuecero.

1959.

 


CAMINO REAL

(TIEMPO DE COSECHA)

En recuerdo de Hérib Campos Cervera,

quien también vivió en Piribebuy.

 

  El camino real

bajo el viento.

 

  A un costado, la cruz olvidada

de alguno

de los que asesinaron hace un tiempo.

 

  Y al otro tú, niño pequeño,

de pie en el silencio.

 

  Era en invierno y tiempo

de cosecha y tarea.

Fue en una zafra de pobre gente,

bochinche de unos días;

minúsculo incendio

entre el ayuno de antes

y la hambre de luego.

Allí viniste tú,

avanzando en el frío,

sobre las olas secas del bagazo

hacia el trapiche y la caña que ahí llora

sin término,

hacia la fatiga animal,

la mixtura y las brasas, la fiebre y el trasiego,

llegaste tú, niño moreno,

hasta la encontrada fragancia

del humo azul, el mosto puro y el puro

sudor del pueblo,

cruzaste tú,

grave pulso pequeño

entre insomnes torsos oscuros,

niño callado

entre arrieros de trago largo

y vocerío y trajín de mujeres,

tú, frente de quietos sueños,

pasando

a través de instrumentos ardiendo

entre arribeños,

niño sereno

por entre jinetes de alta risa,

tú, tiento recién hecho

para atarse

a un destino viejo,

tú, apenas a dos palmos del suelo

y ya una ingente manera

de conocer el monte y sufrimiento,

suave cenceño triste

que allá caminaste a pedir

tu limosna de cachaza

con un gesto.

 

  Más tarde

-ya por la miel de dentro-,

un ángel resurrecto procuraba

saltar de tus mejillas

al metálico

cielo.

 

  Y después, sólo alma,

otra vez al camino real

y al viento.

 

  A un lado, entonces, la vieja cruz

de alguien

de los que mataron ya hace un tiempo.

 

  Y al otro tú, niño pequeño,

mojón del silencio.

1959.

 


EL DESTERRADO


Para Elvio Romero

 

  Yo necesito

volver allá,

donde colman de duelo

el cuenco de las madres,

donde llenan de sal nuestras heridas.

 

  Tengo que regresar.

 

  A mi tierra,

donde saquean el agua a los secanos,

donde demarcan las hambres

con alambres de  púa.

 

  De vuelta debo estar.

 

  En mi tierra,

donde unos pocos mandan,

en tanto que en sus ojos le relucen las armas,

cuando a los demás sólo nos queda

sangre sajada en las espaldas

y sed amordazada

y rabia.

 

  Precisamente quiero

volver allá,

porque todos sabernos

que cuanto más ciega sea

la sombra que soporta la patria,

más cercano estará,

a punto de asomarse

el resplandor seguro,

el goce incontenible

de la madrugada.

1960.

 


LUCHA


Para Miguel Ángel Fernández

 

. . . todos los que sufren el tiempo

como una pesadilla indescifrable

GONZALO ROJAS

 

  Desde un sobrado al viento se procura

hender el tiempo, ya jaguar herido,

mientras el alma prende su latido,

trozo de nada en lucha con la altura.


  Rumbeando del monte al agua oscura,

sigo a brazo, a silencio, a sol partido,

quiero cobrarle al tiempo su perdido,

su preciso color y su postura.

 

  Tensa liñada contra el pez salvaje

en un río de olvido. Mi arpa suena

incierta y dura en el central paraje.

 

  De sueño a cerrazón va mi faena,

mi sombra se requema en el viaje

y los vientos me borran con su arena.

1961.

 


PARA EL RÍO PARAGUAY


Al villetano Rubén Bareira Saguier, hijo de río.

 

  Padre que nos das sustento,

nos diste nombre y camino,

y un norte azul para el viento,

nuestro destino.

 

  Padre fluvial, voz que clamas

en monte desierto, maestro

de la luna en las escamas,

tú, padre nuestro.

 

  Padre que estás en la arena,

guarda al cielo que te llega,

al remo y la lenta pena

que te navega.

 

  Al aire desnudo y malva

tu solemne aliento subes,

tiende su espinel el alba,

boyan las nubes.

 

  Del lado celeste acuestas

tu pelo en las resolanas:

la condición de tus siestas

y tus mañanas.

 

  Raíz tropical, padre alado,

verde ríes, rojo espumas,

salta el día del dorado

y de las plumas.

 

  Padre gris, preguntas, manso

de tiempo y lluvia, si existe

el viejo mar del descanso,

oh padre triste.

 

  Frío de pronto, en oleadas

de camalotal mordiente,

la hambre turbia en tus playadas,

padre en creciente.

 

  O bien, tu esqueleto brilla,

agua dura, sol tirante,

la seca muerte en tu orilla,

padre en bajante.

 

  Ancha en sombra, ciego hecho

corazón, tu remansada,

y pesado y veloz pecho

tu correntada.

 

  Monos en tu costa oscura,

rugidos, albas sin dueño,

y fogata sola y dura

del ribereño.

 

  Y en tu canal desamarra

su acción de sueño, sus rizos

de tristeza, una guitarra

de embarcadizos.

 

  Gran río de las coronas,

andas coronando el día,

y en la noche ardientes zonas

de estrellería.

1961.

 


CACERÍA


Para María Josefina Plá

 

  Manteando despacio, va el corazón oscuro

de cacería. Acecha gritos elementales,

sangres, fiebres y sueños en hondos animales,

con su pulso más quieto, con su fusil más duro.

 

  Y en el barrero insomne, junto al silencio puro

que concentra los astros y remueve las sales,

el corazón que tira con sentidos cabales

alza contra la luna su pómulo seguro.

 

  Corazón de mi cuerpo, cazador bajo el viento,

rastreando sin término por palmares quemantes

la pisada sin tigre y el olor sin venado.

 

  Continúa tu busca, y aún recorre tu aliento

por maciegal de sombras y esteros trashumantes

la noche inmemorial, solo y agazapado.

1961.

 



II

 

SITUACIÓN


Para Augusto Roa Bastos

 

  Mientras la noche esparce su trabajo

desde un cielo preciso, abierto, ajeno,

mi memoria trajina solamente

la inútil polvareda de los sueños.

 

  Y asumo, en la vigilia repetida,

la fatigosa condición del cuerpo:

la vana fiebre oral, la vieja cimbra,

el espejo raído del silencio.

 

  Y pasajero de mi edad, reparo

en la cerrada dirección del tiempo;

con temor distraído, voy contando

el demorado agobio, el pecho incierto,

el calor que me acecha y me sujeta,

los pequeños estorbos descubiertos

en mi empeñosa sangre todavía.

 

  Ciegamente me ocupa el entrevero

de roces y descartes sucesivos

y el espacio me aprieta, como un cerco.

 

  Yo no escribo. Me escriben las semanas,

las travesías, el pulsar del juego,

también el lento amor y el agua ansiosa

preciados en el alba. El turbio viento

nos reparte y obliga; en mí señala

la letra, el rumbo y el afán desiertos.

1975.

 


GUARANIA DEL DESVELADO


Para José María Gómez Sanjurjo

 

   El sueño no me llega. Como un Argos yacente,

desganado y oscuro,

aprecio la segura y minuciosa asunción de la noche

y entretanto,

testigo de mí mismo,

la memoria propaga su vértigo callado

y en la oquedad del tiempo desembocan

          dulces rodillas, cabelleras sucesivas

          de difícil olvido,

una línea de T. E. Lawrence

(and wrote my will across the sky in stars),

          el borde de la muralla de York

          y ahí el secreto ademán afirmativo

          de una luminosa mucbacha,

                    cuyo nombre

          vanamente procuro recobrar,

y la penumbra de la piel de Brigitte Bardot

bailando con su joven amante

en un local de la rue Monsieur Le Prince,

         y José Asunción narrándome la causa sublunar

          de los primeros compases de Mburikaó,

y José María dándome a decir,

debajo de un lapacho adolescente,

alguno de sus poemas,

delgado como un ala o el aire,

          y Augusto Roa

          en la barranca de Itapytãpunta,

          mirando conmigo el viento norte

          bajar el Paraguay tostado de atardecer

                     y de nostalgia,

y una firmeza constelada

desplegándose del arpa de Alfonso el Solitario,

          y una campana y un entierro de plata

          perseguidos con Gustavo

          bajo la luna rampante de la malavisión

                    y el amenazo,

y Arístides Benítez al mediodía

con un cocuecero de pañuelo rojo

(ustedes son colorados y yo liberal: ¡venga un abrazo!)

y el mis no Arístides,

tendido ya el clásico perfil

de viaje en la madrugada de su ataúd;

         los discursos, el asalto, los tiros

         y la propia sangre tapándome la cara

         en la tarde del trece de abril

         del año cincuenta y seis,

el panóptico de Takumbú

-Rubén Bareiro se recuerda-

y dentro un árbol capital

con pájaros de libertad huyente hacia la aurora,

clamoroso adelanto

de nuestra esperanza detenida,

          y una oficina sórdida en la nueva

                   Guardiacárcel,

         el alarido lento de un compañero

         y el rostro empapado y vicioso

         de un torturador,

         que también suele presentarse

         cuando duermo,

y el pueblo con banderas torrenciales

derramándose en la Alameda de Santiago

(¡vengan a contarnos ahora, a ver si somos mayoría !)

         el pan y la sal de la aventura

         y el rescate del fuego derribado,

         compartidos con mi amigo Rubén Utria

         y otros fieles al pronto desafío,

y entre dos luces en La Reina, Jorge Teillier

confiando dulcemente una soledad

a su muñeco de trapo,

         y la guarda salvaje de las espumas frente

                  a Don Pablo

         en Isla Negra,

y un remanso del Confuso

sosteniendo una dominación de cielo

del día cuarto de la Creación,

         y la inminencia del tigre en el alto Ytambey,

y el caliente olor compuesto del zoco

                     en Djema-El-Fnaa,

         y el toro zaino embistiéndome

         en un redondel del barrio de Ventas,

y una noche al sereno en los páramos de Ocaña,

con la filosa lejanía del castillo

del Maestre Don Rodrigo Manrique,

         y la tiniebla abstracta y el agua unánime

         en la cueva de Montesinos,

y mi tio Martín Cuevas

atendiendo mi admiración por Campos de Castilla,

         y mis hermanas Maricha, María Elena, Mabel y María Celia

         y luego mis cuatro hijas

         habitando claramente las siestas del jardín

         -más pequeño que el de Lope-

         de esta misma casa

         que hoy contiene en reposo mi vigilia,

la venida de Rodrigo

y la sorpresa feliz ante su sexo diminuto,

         y mi abuelo, cernida frente hidalga,

         poncho calamaco, silla inglesa,

         y un galope corto de su malacara,

         rumbo a la capuera en San Blas,

y la invocación de su padre

con el muslo atravesado por la lanza del kambá en Tujutí,

         y la Dama de blanco

         que aparece al costado

         del mojinete

         de la casa de Piribebuy

         siempre que está por sucederle una desgracia

         a los Villagra,

y Atilio Villagra,

que halló la muerte que buscaba

con el torso deshecho por la ráfaga,

         y Américo Villagra,

         corazón incendiado en las batallas,

         capitán de metálica tormenta,

y los mitos familiares de amor o cautiverio,

         y la voz sencilla de Papá

         enseñándome el Drama en aquel pasaje del Critón

         donde se sabe que, hendiendo el mar del regreso de Delos,

         ya dobló el cabo Sunio el birreme a cuyo arribo

         se cumplirá la sentencia de Sócrates,

         o bien la inserción de El Curioso Impertinente en el Quijote,

         vale decir, de la ficción en la realidad,

y mi madre alisándose el pelo castaño con dos dedos

-convocatoria inútil de un gesto querido

que ya no está-,

         y desde el pulido espacio

         de una fotografía,

         José Marsal, limpio de ceño,

         el aire generoso, el mirar extendido,

         y al fondo la incesante y exacta potestad

         de sus libros,

y el maestro Aleixandre en Velintonia, 3,

la cabeza inclinada por la luz del Guadarrama,

leyendo a media voz y discutiendo

uno de mis versos tristes,

         y Rilke y Ortiz Guerrero

         sintiendo una misma rosa o mariposa imposible,

y la garganta repartida

de Emiliano R. Fernández,

honor de las guitarras trajinantes,

         y el rielar de la conversación

         de Carlos Zubizarreta,

y el escandido rigor de Borges

hablando de vikings y cuchilleros

en un otoño chileno,

         y la dura probidad de Flaubert

         en cada torpeza y cada

         conseguido resplandor de la poesía.

 

  Pero a mi lado, un cuerpo quieto

alienta las delicadas sombras:

quien sabe en qué ríos va boyando

o a que sótanos desciende

mi mujer,

acostada junto a mí.

Voy a tocar el hombro cálido,

las sosegadas curvas poseídas,

cuando mi insomnio quiere que imagine

que la muerte

tal vez no sea

el despoblado y cóncavo descanso

del durmiente,

sino esta precisa lluvia silenciosa

         de tolvaneras, juegos a caballo,

         montes cerrados y navegaciones,

         vehementes saltos de agua y el Senegal violáceo,

         Última Altura y el Sahara,

         las encrucijadas del Ande o del Mediterráneo,

         llamaradas. descubrimientos, avenidas y renuncias,

         contactos, cinturas de suavidad escueta,

         mordeduras y adioses,

         y la fatiga  cruel, la intemperie, las hambres,

         la magia pausada de las letras

         y la inmortalidad de los colores,

         y peleas callejeras, nataciones peligrosas,

         mercados y azoteas,

         diurnos trabajos, velocidades y veranos,

         mariscos, vinos sápidos, frutas amarillas,

         armas cortas, ejercicios y adornados puñales,

         brillosas barajas y formas de arcilla ceremonial,

         y fechas, fábulas, palabras enrarecidas,

         y justos ignorados, modestos sabios y asesinos,

         agonías y bandidos satisfechos, conspiraciones y traidores,

         mártires y ladrones, celestinas y héroes,

         y aún músicas que creyera perdidas.

 

  Una luz sigilosa

está confirmando espejos, retratos,

la almohada y el Cristo.

En cierto momento cruzo

sin darme cuenta

una frontera, y me sumerjo

en el sueño.

1978.

 


EL HALCÓN


In memoriam

Manuel Ortiz Gerrero

y Rainer María Rilke

 

  La luz arriba

sin nadie,

salvo tu vuelo

intocable.

 

  Suelto de alcándara,

de cascabel y guante,

libre del cuero

que procuró cegarte.

 

  Un mi hermano

te sintió una mariposa danzante

en el abierto resplandor del tiempo

que ojala se rescate,

y el otro una rosa imposible,

dicha de ser soñada sólo por los ángeles.

 

  Y yo te creo

certero halcón del aire,

grávidamente azul,

nítido y distante.

 

  Pero tampoco sé

si has de estar una vez a mi alcance.

1978.



UN POEMA TOMADO


Para Miguel Ángel Parini

 

Tuvo una vez el corazón

en el azar viajero,

un ansia de quedarse, de hacer

una pausa en el viento.

 ..........................

Aquietó sus alas,

detuvo todo su estremecimiento,

y durmió por vez primera

su propio sueño.

TMGS

 

  Ha venido un viejo compañero

a leerme su penúltima palabra:

la firme voz asume

un estricto poema que trata

de un hombre que en medio de proyectos,

travesías, suertes, ráfagas,

quiso darse una sencilla tregua

de pájaro en su rama.

 

  Es noche abierta

y estamos en el alto de mi casa;

nos junta la luz maciza

de una tranquila lámpara

y el compartido botellón

que el tiempo de amistad concede y manda.

 

  Afuera, el viento norte

-que ha de seguir hasta la madrugada-

se mixtura con la tiniebla y toca

a la puerta cerrada,

procurando entregar una clave

por ahora ignorada.

 

  De repente, un doble silbo

corta el viento y la noche y la sala:

es el breve tren local

que lentamente pasa,

camino a sus oscuras estaciones

Luque, Botánico, Tablada.

 

  No me cuesta imaginar un pasajero

en el antiguo traqueteo de esa máquina;

viajero que regresa como en sueños,

con un cansancio impasible en la mirada,

a solas en el último vagón,

solo con su pobreza y con su ánima.

 

  Pero poco a poco

parece que este viento tomara

la voz del dicente, y con el viento

el silbido que avanza

y con el silbato el pasajero

y el triste sueño de su cara;

así, llega un momento

en que el sonido y el humo que anda

y el aire y su señal secreta

y el tren cercano, el tren y su precaria carga

se encuentran en el fondo del poema

con aquel que reposa, por una vez, su vuelo en la palabra.

 

  Y también parece

que el aire inquieto borrara

el acento, la letra, el papel

y la estancia;

y entonces van viajando el poeta y su oyente

y el hombre del poema y el pasajero aquel, todos juntos viajan

en la misma penumbra del vagón hacia Tablada.

1979

 


LA ALCÁNDARA


... alcándaras vázias sin pielles e sin mantos

e sin falcones e sin adtores mudados

MYO CID

 

. . o tan, mudo en la alcándara, que en vano

aun desmentir al cascabel presuma

GÓNGORA

 

  Durante muchos años

fuiste una mujer espléndida

que nos conoce de lejos

y secretamente deseamos,

seguros de que un día será nuestra.

 

  Y bien, alcándara, mi casa,

ya he dormido contigo.

Hoy estás trajinada y vestida de mis hijos;

hemos poblado

tu piso rojo

y tus duras madererías olorosas,

la luz furiosa

que tus tapias consienten o rechazan

y el lento giro constelado

en el cielo cabal de tu terraza,

la postura solar de tus sillares

y tus antiguas lámparas,

el chorro puro de tus cantarillas

y las gentiles sombras de tu patio.

 

  Mi alcándara,

es hora de escribirte,

de ser sonoro en ti,

ahora que estás navegando callada en la noche sin fondo

con el empuje suave del Noreste,

ahora que has soltado y trenzado tus perfumes:

cedrón y jazminero Paraguay,

cocotero, guayabo,

koku, resedá y albajaca.

 

  Es tarde,

y la luna ha tramontado los mangos de tu frente.

Nuestros hijos reposan:

afuera duermen los altos árboles tranquilos

y abajo Verónica y Soledad

y Jazmín y Viviana Jerutí

y Rodrigo, todos duermen

su sueño natural,

su sueño abierto,

y acá, junto al pensadero,

Ana María vuelca en sueños

una copa colmada de presencias.

 

  En tal hora, parece

que sólo Argos,

cachorro e negro manto y paso silencioso,

te protege de la jauría invisible que te cerca,

y tal vez de los oscuros trabajos policiales,

pero nadie puede defenderte, te digo,

del mal,

del mal que late hace tiempo

en el aire mismo de la patria,

como ese lejano grito desvalido

que nos llega de pronto cruzando la tiniebla.

 

  La alcándara,

después seremos polvareda

y tú estarás en ruinas.

Pero acaso yo pueda rescatar,

más para una memoria que para la palabra,

algún momento de tu habitado corazón,

como el mate con los amigos del alba:

Parodi el escultor,

Hugo, mi compadre,

Gilberto, cocinador gustoso

de carnes elementales,

Jorge el joven poeta,

Gustavo de la infancia,

y mis hermanales Domingo y Miguel Abdón

y Herman y Guillermo y José Félix,

José María,

mirando a nuestro padre el río

cambiar de piel

con los tiernos cielos iniciales,

desde su viejo pectoral de oro sanguinario

a un espejo celeste,

y la Ciudad en sus costas,

desterrando quietamente su cerrazón ambigua

y esparciendo sus fantasmas diurnos.

 

  O podré recordarme para siempre

de tu noche con Sita

y la guitarra encendiendo a Barrios Mangoré

a favor de su viento natal,

o de la tarde en que el arpa solitaria de Alfonso

te bendijo.

 

  Y en fin,

de tu yvapurũ mordido en el crepúsculo,

o de tus siestas con el mágico sabor del taropé,

profunda leche de la tierra.

 

  O estoy equivocado

y sólo va a salvarte

el decisivo,

irrepetible canto

del havía corochiré

en tu limpia mañana,

alcándara,

mi casa.

1979.









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