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CECILIO BÁEZ


  ENSAYO SOBRE EL DR. FRANCIA Y LA DICTADURA EN SUDAMÉRICA - Obra de CECILIO BÁEZ


ENSAYO SOBRE EL DR. FRANCIA Y LA DICTADURA EN SUDAMÉRICA - Obra de CECILIO BÁEZ

ENSAYO SOBRE EL DR. FRANCIA

Y LA DICTADURA EN SUDAMÉRICA

Ensayos de CECILIO BÁEZ

Editado por Cromos S.R.L. / Mediterráneo,

Asunción-Paraguay 1985

Segunda edición, 302 páginas

(Primera edición, 1910 –

Talleres Nacionales de H. Kraus)

 

Edición digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY

 

**/**

 

NOTA DE LOS EDITORES

 

La obra del Dr. Cecilio Báez, salvo aportes parciales, no ha sido todavía motivo de estudio. En esto incide, desde luego, la extensión bibliográfica que la acompaña y que comprende casi sesenta años de la vida del autor.

Por otra parte, la mayoría de sus obras son desconocidas por el público lector y sólo suelen estar al alcance de los especialistas en bibliotecas públicas o privadas. Desde su muerte, hace más de cuatro décadas, una especie de molesto silencio rodea su trabajo y su propia figura, no obstante lo mucho que hizo por el progreso cultural del país.

Se hace necesario, entonces, poner en manos del lector común uno de sus libros más importantes, el que podría decirse que mayor sentido de actualidad contiene: EL DOCTOR FRANCIA Y LA DICTADURA EN SUDAMÉRICA, publicado en 1910, y cuyo tema guarda relación con la evolución de la historiografía del Río de la Plata.

Varias de las ideas incluidas en este volumen pueden ser consideradas como iniciadoras del revisionismo histórico en nuestro país y precursoras en el ámbito rioplatense. Esta es una de las sorpresas que encierran sus páginas, a las que se les ha agregado "la prueba fundamental", que consiste en demostrar que ya en 1888 se insinuaba una corriente que hoy tiene prestigiosos cultores. Ese asombro crecerá al advertirse en Alón una manifestación previa, expuesta hace exactamente un siglo en su artículo: "Un héroe olvidado".

Esta edición mantiene escrupuloso respeto a los lineamientos establecidos para la primera.

LOS EDITORES se complacen en dejar expresado su agradecimiento al Dr. Amadeo Báez Allende, hijo de don Cecilio por las facilidades que brindara para la concreción de este propósito, entre las que se destacan numerosos datos -en particular de índole familiar- que aparecen en la cronología.

Asimismo queda reconocida a la generosa y patriótica contribución del Dr. Justo José Prieto, sin la cual no hubiera sido posible documentar los inicios del revisionismo histórico nacional en los cuales el nombre de Cecilio Báez brilla con caracteres propios y definidos.

 

ESTA EDICIÓN

 

Transcribe íntegramente el volumen: Ensayo/ sobre el Doctor Francia/ y / la Dictadura en Sud-América/ por / Cecilio Báez/ Asunción / Talleres Nacionales de H. Kraus / 1910/ VII 198 p. + Índice.

Ejemplar fotocopiado y ofrecido, de su biblioteca privada, por el Dr. Amadeo Báez Allende.

Los complementos correspondientes a introducción, índice de autores, cronología y bibliografía, a cargo del profesor Raúl Amaral, se editarán por separado, aunque integrando el total del presente volumen.

CROMOS / MEDITERRANEO

 

 

 

ENSAYO

 

SOBRE EL DOCTOR FRANCIA Y LA DICTADURA EN SUD-AMERICA

 

PRÓLOGO

 

Bossuet, en su oración fúnebre sobre Enriqueta María de Francia, reina de Inglaterra, refiriéndose a Cromwell, había dicho: "había allí un hombre de increíble profundidad de ánimo, hipócrita refinado tanto como hábil político, capaz de toda empresa y de todo disimulo, igualmente activo en la paz y en la guerra, que nada dejaba al azar en tanto pudiese contar con la previsión y el consejo; y por lo demás tan vigilante y pronto a todo, que jamás desatendió las ocasiones que se le presentaron de secundar a la fortuna; en fin, uno de esos hombres inquietos y audaces que parecen nacidos para trastornar el mundo".

** Víctor Hugo, en el prólogo de su drama Cromwell, añade acerca del mismo personaje: "Oliverio Cromwell pertenece al número de los personajes históricos que, siendo muy célebres, son poco conocidos. La mayor parte de los historiadores han dejado incompleta esta gran figura. Parece que no osaron reunir todos los rasgos del colosal prototipo de la reforma religiosa y de la revolución política de Inglaterra. Casi todos se han limitado a reproducir con mayores dimensiones el sencillo y siniestro perfil que de él trazó Bossuet, bajo su punto de vista monárquico y católico. El autor de este libro daba crédito a tal biografía. Pero leyendo la crónica y hojeando al acaso las memorias inglesas del siglo diez y siete, empezó a notar que se desarrollaba ante sus ojos un Cromwell enteramente nuevo. No era únicamente Cromwell militar y político de Bossuet; era un ser complejo, heterogéneo, múltiple, compuesto de elementos contradictorios, bueno y malo, lleno de genio y de pequeñez; austero y sombrío en sus costumbres, pero con cuatro bufones a su lado; que escribía malos versos; sobrio, sencillo y frugal; soldado grosero y político sutil; hábil en las argucias teológicas; orador enojoso, difuso y obscuro, pero que sabía hablar al alma a los que quería seducir; hipócrita y fanático; visionario dominado por fantasmas desde su niñez; que creía en los astrólogos y los proscribía,-- excesivamente desconfiado, siempre amenazador y rara vez sanguinario; rígido observador de las prescripciones puritanas; brusco y desdeñoso con sus familiares, acariciando a los sectarios que temía, engañando sus remordimientos con sutilezas; grotesco y sublime; en una palabra, siendo uno de esos hombres cuadrados por la base, como les llamaba Napoleón en su lenguaje exacto como el álgebra y colorido como la poesía... Después de pintar al hombre de guerra y al hombre de Estado, faltaba dibujar al teólogo, al pedante, al mal poeta, al visionario, al bufón, al padre, al marido, al hombre Proteo, en una palabra, al Cromwell doble: homo et vir... Regicida, quiso sustituir a Carlos I. El Protector al principio se hace rogar; y la augusta tarea comienza por las peticiones que le dirijen las comunidades, las ciudades y los condados, a los que sigue un bill del Parlamento. Cromwell, que es el autor anónimo de esta farsa, aparece descontento, y después de avanzar la mano hacia el cetro, la retira, y se le ve aproximarse oblicuamente hacia el trono del que ha tenido valor de barrerla dinastía. Al fin se decide bruscamente.... se encarga la corona a un platero.... la rehúsa al fin después de haber pronunciado un discurso que duró tres horas, ante el concurso reunido para la coronación en la gran sala de Westminster.. El autor pinta los fanatismos, las supersticiones, las enfermedades de las religiones en ciertas épocas... y describe el partido puritano, fanático, sombrío y desinteresado, amontonando debajo y al rededor de Cromwell la corte, el pueblo y el mundo de que él fué el principal motor".

Demos de mano al poeta, autor del drama en cuestión, y saquemos a cuento al historiador de Cromwell.

Nos referimos a Thomas Carlyle.

Para este filósofo la explicación de la historia debe buscarse en las almas de los grandes hombres que tejieron su complicada trama. Al efecto, el historiador debe leer sus pensamientos y sus ideas, y conocer sus gustos e inclinaciones, hábitos y pasiones, ya en sus palabras y discursos, ya en sus acciones y conducta. Entendida así la historia, ésta viene a ser, no una simple narración de hechos, sino un estudio de psicología. Carlyle estudia de este modo a su héroe, compilando y comentando sus cartas y alocuciones diversas.

Es conocida generalmente su manera de pensar sobre este tema. Para él la historia universal es la historia de los grandes hombres, los cuales son héroes por el espíritu de sacrificio que aplicaron a la realización de los grandes hechos, por su sinceridad en llevar a ejecución lo que pensaron, sintieron y quisieron. Los hombres nada pueden hacer sin grandes pasiones, o sin grandes emociones. Todas las revoluciones políticas son el resultado de estados del alma de los individuos extraordinarios. El sentimiento heroico les mueve a ello. De ahí que el carácter de todo héroe es atenerse a la realidad, apoyarse sobre las cosas, no sobre sus apariencias. El héroe concibe algo real y positivo, lo proclama y lo realiza

Este método de escribir la historia ha sido fecundo en resultados; él nos hace penetrar en las almas y corazones de los héroes, y comprender mejor el espíritu de las edades pasadas. La simple descripción de las batallas y de los hechos políticos no suministra un conocimiento de ese género.

El doctor Francia es generalmente conocido como tirano y como hombre enfermo; se le ha instruido su proceso político, e incluido entre los alienados; pero hasta la fecha nadie que sepamos nosotros ha intentado averiguar cuáles fueron sus sentimientos íntimos, sus aspiraciones e ideales patrióticos, las grandes emociones de su alma, su carácter y los móviles de su política en relación al Río de la Plata.

El doctor Francia, como los demás prohombres de la revolución americana, fué su más ardiente partidario y además un convencido republicano. Por su espíritu circularon las mismas corrientes de ideas que animaron a los otros, y agitaron su corazón los mismos temores y dudas que generalmente se abrigaba acerca del éxito de la gran contienda.

El doctor Francia deriva sus ideas políticas del Contrato Social de Rousseau; y gracias a haber sido discípulo del filósofo ginebrino, llegó a ser el autor de la revolución paraguaya y el fundador de la República. De la lectura de sus escritos se desprende con efecto, que él profesaba esta doctrina; que la sociedad civil es el producto de un contrato por el cual los hombres han renunciado a su independencia natural para adquirir en cambio la seguridad; que toda organización política descansa sobre el dogma de la soberanía popular, directamente ejercida por la multitud, como en las democracias de Grecia y Roma; que la libre voluntad es la fuerza creadora del orden social; que por derecho natural todos los hombres son libres e iguales y tienen derecho a buscar y procurar su felicidad mediante un gobierno libremente establecido.

Los escritores del Río de la Plata, que han falsificado toda la historia sud americana, han esbozado su política del punto de vista argentino, es decir, con un criterio partidista y manifiestamente apasionado. Pretendemos nosotros completar ese estudio fragmentario acerca del famoso dictador del Paraguay, quien, como Artigas, ha hecho política independiente y concitándose todas las cóleras de los unitarios y monarquistas de la revolución argentina. Además, queremos demostrar que la dictadura ya individual, ya colectiva, nació con la revolución de la independencia, no siendo la dictadura paraguaya un caso esporádico o un hecho aislado, si bien que revisten caracteres particulares. Todas las juntas y gobiernos revolucionarios fueron dictatoriales y todos fusilaban y expulsaban del territorio a los sospechosos de españolismo y confiscaban sus bienes, lo mismo en el Paraguay que en Buenos Aires, en Chile, como en el Perú bajo los gobiernos de O'Higgins y San Martín.

Tal es la razón de este Ensayo, que escribimos con sinceridad y buena fé. Nuestra época se caracteriza por los estudios históricos que propenden a hacernos conocer mejor el pasado y restablecer la verdad desfigurada por el espíritu de partido y la vanidad nacional, o la rivalidad entre los mismos países que concurrieron a la guerra de la independencia.

 

 

Enlace al IR AL INDICE de la edición digital en la BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY

Nota de la Editorial

RETRATO DEL DR. FRANCIA

PRÓLOGO

L. DISCURSO PRELIMINAR

II. ESPAÑA Y AMÉRICA

III. LA REVOLUCIÓN NORTEAMERICANA

IV. LA REVOLUCIÓN FRANCESA

V. LA REVOLUCIÓN HISPANOAMERICANA

VI. LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY

VII. ETOGRAFÍA DEL DOCTOR FRANCIA

VIII. POLÍTICA INTERIOR DEL DICTADOR FRANCIA

IX. POLÍTICA EXTERIOR DEL DICTADOR FRANCIA

X. HECHOS QUE EXPLICAN LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY

XI. JUICIO FINAL SOBRE EL DICTADOR FRANCIA

XII. LA DICTADURA EN EL RÍO DE LA PLATA

XIII. LA DICTADURA EN CHILE

XIV. LA DICTADURA EN EL PERÚ

XV. BOLÍVAR

XVI. EPILOGO

APÉNDICE – EL PANAMERICANISMO

BIBLIOGRAFÍA

LA PRUEBA FUNDAMENTAL (1888) : El Dictador Francia. Fundador de la nacionalidad paraguaya

RETRATOS DEL DR. CECILIO BÁEZ : Retrato del Dr. Cecilio Báez // Dr. Cecilio Báez, Ministro de RR. EE. en su despacho // El Dr. Cecilio Báez con autoridades universitarias y profesores de la Facultad de Derecho. // Busto en bronce del Dr. Cecilio Báez, homenaje como firmante del // Tratado de límites entre Paraguay y Bolivia. // Dr. Cecilio Báez con profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional. // Dr. Cecilio Báez como integrante del gabinete del S. E. Prof. Dr. Félix Paiva // Dr. Cecilio Báez con integrantes de la promoción de 1939, Facultad de Derecho, U. N. A.

 

 

LA PRUEBA FUNDAMENTAL

(1888)

EL DICTADOR FRANCIA

Fundador de la nacionalidad paraguaya

I

Presentamos hoy a los lectores de La Ilustración el retrato del personaje más célebre de la historia patria, del tirano más original que se haya conocido en el continente colombiano.

El solo nombre del doctor Francia, el implacable dictador del Paraguay, nos hace recordar un mundo de ideas y de hechos: basta pronunciar ese nombre para que se nos vengan a las mientes sus crueldades y locuras, sus extravagancias y perfidias, al mismo tiempo que las impías doctrinas de ciertos filósofos y escritores, que ora pintan de tigre al hombre, ora tratan de justificar actos de inhumanidad, cometidos por los tiranos y los déspotas de todas las edades de la historia. En los extremos puntos, difícil es hallar la verdad: ésta, por lo general, se encuentra en los intermedios, como los nodos y concatenaciones en las cuerdas vibrantes.

Al escribir esta breve biografía del doctor Francia, trataremos nosotros de no dejarnos arrastrar ni por la pasión ni por la admiración al tirano.

II

José Gaspar Rodríguez de Francia fue hijo de un paulista, llamado el Capitán García Rodríguez França ó Francia y de la señora Josefa Velázquez, nativa de la Asunción.

Nació el 6 de Enero de 1758 en esta misma ciudad, según unos, y según otros, el 6 de Enero de 1756, en Yaguarón. Por parte de madre, era descendiente de Fulgencio Yegros, criollo, gobernador que fue del Paraguay desde 1764 hasta 1766 y que no debe

confundirse con el héroe de la independencia, que lleva el mismo nombre.

Hizo sus primeros estudios en el Colegio Real y Seminario de San Carlos, mandado fundar por Carlos III, en 1783. En él se enseñaban humanidades, latín, teología, filosofía y algo de matemáticas y física. Era José Gaspar de carácter alegre y expansivo, imaginación ardiente y propenso a la lujuria en los primeros años de su juventud; de manera que no pudo soportar la disciplina de aquel Colegio y abandonó sus estudios cuando tenía 20 años.

Pero su padre, deseando refrenar los ímpetus de aquella naturaleza salaz y rebelde, creyó que un convento le convendría, y le envió a Córdoba, en cuya Universidad se graduó de doctor en teología y, más tarde, de doctor en derecho.

A los treinta años regresó a su patria, bastante ilustrado para su época, pues, aparte de la ciencia del sacerdote, carrera para la cual le había destinado su padre, sabía latín, francés, que hablaba con bastante soltura, matemáticas, geografía, historia, algo de ciencias naturales y jurisprudencia. Pronto entró como catedrático de latín en el Seminario

de San Carlos, donde él se había iniciado; pero espíritu rebelde e incrédulo como Voltaire,

y a pesar de haber sido enseñado por frailes en Monserrat, se había hecho antipapista y clerófobo. Así fue que presto se indispuso con el Vicario y vióse obligado a abandonar la cátedra que gratuitamente desempeñaba.

El claustro operó una transformación notable en el carácter del joven Francia, sin refrenar su propensión a la lascivia, cual deseaba su padre.

Concibió por éste un odio implacable, a causa del encierro a que le había sometido en el convento de Córdoba, y acaso también por su segundo matrimonio, hasta el punto de que se negó a recibir de él el último abrazo que le ofrecía en el artículo de la muerte.

Así que, de alegre que era, tornóse más tarde misántropo, vengativo y cruel hasta la ferocidad.

Más como era tal vez el hombre más capaz de su época, fue tanta la consideración y la autoridad de que gozó que le llamaron a ejercer, sucesivamente, varios cargos públicos, entre otros el de Defensor de Capellanías, Promotor Fiscal de Real Hacienda, Diputado interino del Real Consulado y Síndico Procurador General. Fue también Teniente Asesor de los gobernadores siguientes de Velazco, hasta que éste le hizo reemplazar por el abogado porteño Pedro Somellera. “Este era el personaje llamado a constituir la nacionalidad paraguaya, después de tres centurias de conquista, opresión y fanatismo; personaje que vivió lo bastante para ver consumada su obra o por lo menos, suficiente adelantada su ardua empresa en la primera mitad del siglo XIX”.

III

Al producirse el movimiento de Mayo, él se retiró a Ibiray, distante unos cinco kilómetros de la capital, para evitar que se le comprometiera por intrigas, tan comunes en medio de situaciones delicadas, como la que acababa de crear aquel acontecimiento.

Desde aquel solitario retiro él oyó el ruido de la expedición de Belgrano y no volvió a la Asunción sino cuando fue llamado para dirigir la revolución, ya concebida por los patriotas Pedro Juan Caballero y Fulgencio Yegros.

Caballero era de parecer que para hacer el alzamiento se esperase la llegada de

Yegros, que se encontraba todavía en Itapúa, hasta donde había seguido a Belgrano en su derrota; pero Francia, más astuto y perspicaz, creyó que debía precipitarse el golpe, pensando que toda demora sería perjudicial para la causa de la independencia. Así fue que la noche del 14 de Mayo de 1811, Caballero, seguido de algunos compañeros, dirigióse a los cuarteles y se apoderó de ellos sin resistencia alguna de parte de las tropas. Una muchedumbre que había acudido a la plaza de armas, adhirióse a la revolución, que quedó así consumada sin la efusión de una sola gota de sangre.

Los revolucionarios intimaron entonces a Velazco que asociara a su gobierno dos vocales, los cuales serían paraguayos. Al principio resistióse a hacerlo; pero al fin se vio obligado a ceder.

Organizóse en consecuencia la nueva Junta Gubernativa del Paraguay, teniendo por presidente a Bernardo de Velazco y Huidobro, y como adjuntos a José Gaspar Rodríguez de Francia y Juan Valeriano de Zeballos.

Mas, habiéndose hecho sospechoso Velazco de tramar una contrarrevolución, de acuerdo con el príncipe regente de Portugal, cuya corte se había trasladado a Río de Janeiro, fue depuesto y arrestado con muchos otros realistas, confiriéndose interinamente

el gobierno a sus colegas Francia y Zeballos, hasta la reunión de un Congreso general, que debía convocarse sin demora.

El 18 de Junio del mismo año de 1811 se reunió aquella respetable Asamblea, en cuya ocasión los duunviros dieron cuenta del estado de la nueva República y desarrollaron las más sanas ideas sobre el principio de la soberanía nacional y de la independencia de la patria.

“La naturaleza, decía el documento redactado por el doctor Francia y leído delante de aquella Asamblea, “la naturaleza no ha criado a los hombres esencialmente sujetos al yugo perpetuo de ninguna autoridad civil, antes bien, hizo a todos iguales y libres de pleno derecho. Si cedieron su natural independencia, creando sus jefes y magistrados y sometiéndose a ellos, para los fines de su propia felicidad y seguridad, esta autoridad debe considerarse devuelta, o más bien permanente en el pueblo, siempre que esos mismos fines lo exijan”.

El Congreso aprobó los actos todos de los duunviros y resolvió, entre muchas otras cosas, crear una nueva Junta Gubernativa de cinco miembros, eligiendo al efecto a Fulgencio Yegros, Gaspar Rodríguez de Francia, Pedro Juan Caballero, Francisco Javier Bogarín y Fernando de la Mora. Nombró también al mismo doctor Francia para diputado al Congreso General de las Provincias del deshecho virreinato, cuyos actos no tendrían valor sin ser ratificados por la Legislatura Paraguaya.

Pero la Junta Gubernativa pensó que, antes de partir el representante del Paraguay, debía anticipar a la Junta de Buenos Aires sus ideas de absoluta independencia de todo poder extraño, que Francia se empeñaba en inculcar a sus colegas, algunos de los cuales deseaban la unión con las provincias argentinas.

Con este motivo le envió el veinte de Julio una nota, en la cual, entre otras cosas, le decía:

“Cuando esta Provincia opuso sus fuerzas a las que vinieron dirigidas de esa ciudad, no tuvo ni podía tener otro objeto que su natural defensa. No es dudable que, abolida y deshecha la representación del poder supremo, recae este o queda refundido naturalmente en toda la nación. Cada pueblo se considera entonces en cierto modo participante del atributo de la soberanía, y aun los ministros públicos han menester su consentimiento o libre conformidad para el ejercicio de sus facultades”.

… … … … … … … … … …

“Este ha sido el modo como ella (la Junta del Paraguay) por sí misma y a esfuerzos de su propia resolución se ha constituido en libertad, y en pleno goce de sus derechos; pero se engañaría cualquiera que llegase a imaginar que su intención había sido entregarse al arbitrio ajeno, y hacer dependiente su suerte de otra voluntad”.

Esta franca y enérgica declaración era necesario hacer a la Junta de Buenos Aires, que a pesar de la derrota de Belgrano y consiguiente capitulación en Tacuarí, seguía alimentando la ilusión de que el Paraguay era argentino y que debía someterle. Pero Francia, que quería la independencia absoluta, a todo trance, supo con su astucia hacer fracasar todos sus planes y abortar todas las conspiraciones que tendían a realizar la anexión. De ahí el odio de los anexionistas argentinos contra el hábil dictador y la nacionalidad que él fundó.

IV

Un nuevo Congreso de mil diputados se reunió en la Asunción, el 1º de Octubre de 1813. Su primer acto fue ratificar la independencia, cambiando el nombre de Provincia por el de República, cuyo gobierno quedó confiado a dos magistrados con la denominación de cónsules.

Fueron elegidos para estos cargos el doctor Francia y Yegros, que desde luego resolvieron la reunión de otro Congreso para el año siguiente. Este tuvo lugar el 15 de Octubre de 1814, y los cónsules dieron cuenta de sus actos y resignaron el poder ante aquella Asamblea de mil diputados. Concluyeron su mensaje, pidiendo la sustitución de su gobierno por una dictadura temporal, que tuviese la misión de salvar la patria, no solamente de sus enemigos de adentro, que eran los partidos porteñista y realista, sino que también de los de afuera, que eran Buenos Aires y los portugueses, que defendían los supuestos derechos de la princesa Carlota.

El peligro, en efecto, existía, y el Congreso se vio obligado a crear la dictadura, nombrando para tal cargo al doctor Francia, cuyas funciones no debían de durar sino tres años.

Una vez dueño único del poder reformó su propia vida, adoptando poco a poco la mayor austeridad en sus costumbres.

“Su preocupación constante, desde entonces, fue la de proveer todos los empleos de la administración civil y militar en individuos adictos a su persona o sectarios de su causa.

“Para abatir a los partidos disidentes del suyo, el realista y el porteñista, promovió Francia la lucha entre ellos y aumentó el número de los departamentos establecidos en el gobierno consular, a fin de colocar mayor número de comandantes militares adictos a su causa.

“Asegurando así su poder, comenzó Francia su administración con algunas reformas radicales: la primera fue la de abolir la inquisición, cuyo espantoso tribunal, denominado irónicamente Santo Oficio, tenía un Comisario en el Paraguay, que se ocupaba en descubrir enemigos a la fe católica y perseguir hechiceros; la segunda fue la de establecer la libertad de confección a trueque de armas y toda clase de elementos de guerra, y la tercera, la de cerrar la línea de defensa de las fronteras, aumentando a las fortificaciones construidas por los españoles, varias otras, especialmente las del Orange, Formosa y Monteclaro, para contener las devastadoras incursiones de los indios del Chaco”.

V

Dos años después de haberse adueñado del poder por su astucia, y faltándole uno para terminar su período, convocó extraordinariamente un nuevo Congreso, con el fin de investirle de la dictadura vitalicia, pues Francia creía que él era el único hombre capaz de salvar la patria de tantos peligros que la amenazaban.

Aquella débil Asamblea se dejó seducir por las amenazadoras insinuaciones del dictador y le acordó lo que deseaba, disolviéndose ella en consecuencia como innecesaria bajo el régimen del despotismo vitalicio.

Así quedó Francia dueño único y absoluto del mando de la República.

Para conjurar todos los peligros que amenazaban su independencia y crear una nacionalidad genuinamente paraguaya, apeló al terror, pues tenía que chocar contra enemigos internos y externos, y contra costumbres sociales y hábitos inveterados.

A este fin se esforzó en destruir a los porteñistas y realistas españoles, que eran los detritus dejados por la denominación española; destruyó los privilegios de la nobleza y del clero; favoreció la población criolla, que era el núcleo de la nacionalidad; proclamó la igualdad de las clases, fomentó el cruzamiento de las razas, y expulsó del país a cuantos eran sospechosos de ser adictos a la causa de la anexión.

Luego hizo reformas religiosas y, a semejanza de los Czares de Rusia, se declaró jefe de la Iglesia paraguaya, desconociendo la potestad de la Santa Sede; anuló la autoridad del obispo Pedro B. García de Panes; suprimió el Seminario y Colegio de San Carlos y las comunidades monásticas de San Francisco, Santo Domingo y la Merced; nombró por sí solo a los vicarios y a los párrocos; redujo los días festivos; abolió las procesiones y el culto nocturno de los templos, y se arrogó el conocimiento de los asuntas del fuero eclesiástico.

Para favorecer la agricultura y el comercio, mandó que se sembraran las tierras y habilitó el puerto de Itapúa para la importación de las mercaderías extranjeras.

Todas estas reformas se operaban desde su nombramiento de dictador vitalicio hasta el año 1819. Desde el siguiente, se dejó conocer por actos de la más refinada crueldad. Viejo ya, hipocondría co y maniático, taciturno y receloso, gobernó el país con la más cruda tiranía y despotismo, mientras las Provincias Argentinas se destrozaban en sangrientas guerras civiles, con la misma ferocidad que los musulmanes hacían en otra época la guerra a los cristianos.

En 1819 llegó a descubrir una conspiración fraguada contra su dictadura por los patriotas de la independencia, en inteligencia con el gaucho de Entre Ríos, Ramírez, que sembraba el espanto y el terror por las campiñas argentinas (Se trata del caudillo entrerriano Francisco Ramírez.). Todos los sospechosos, después de haber sido torturados en el potro del tormento, cayeron bajo la cuchilla inflexible del implacable tirano.

Entre las víctimas se hallaban el preclaro Yegros y el valiente Caballero, que se suicidó en la cárcel, haciendo el voto de que su sangre cayera sobre la conciencia del tirano.

Las ejecuciones, comenzadas el año 1821, terminaron recién a fines del 24, quedando extinguida la aristocracia paraguaya.

Ya antes de ellas había exigido crecidas contribuciones a los españoles de la capital, sumiendo en la cárcel a los que no podían satisfacerlas. De éstos fue el ex-gobernador Velazco, anciano venerable que murió de pesadumbre dentro del recinto de la cárcel.

La crueldad del nefario dictador no se limitó únicamente a los extraños, sino que se extendió también a miembros de su familia, Cuéntase, en efecto, que mandó fusilar a un cuñado suyo, porque no quería que su hermana gozase de las delicias del matrimonio.

Las constantes hostilidades de los enemigos de afuera y las perpetuas luchas de los pueblos argentinos, indujeron al dictador a incomunicar completamente al país de sus vecinos, poniendo mil trabas odiosas a la entrada y salida del territorio. Por eso fue que largos años retuvo a los sabios Bonpland, Escofier y Descalzi, que visitaron el Paraguay al sólo objeto de sus investigaciones científicas.

El sistema del aislamiento trajo consigo la pobreza y la ruina de la nación. Con todo, el dictador, en virtud del tratado del 12 de Octubre de 1811, celebrado entre el Paraguay y Buenos Aires, suministró a esta provincia y al caudillo oriental Artigas, municiones de boca y de guerra para la manutención de los ejércitos destinados a rechazar a los portugueses, que trataban de apoderarse, no solamente de la Banda Oriental del Uruguay, sino también del Paraguay.

No pudiendo conseguir el comercio libre para con las Provincias Argentina, del litoral, que le hostilizaban a todo trance, y considerando que era altamente ruinoso para la nación el sistema de incomunicación que se veía obligado a establecer, buscó relaciones comerciales con la Inglaterra, según afirma Robertson; pero este paso le salió infructuoso, como era de esperarse.

De manera que el viejo dictador sólo tuvo la complacencia de haber realizado su obra principal y la que le ha dado derecho a la inmortalidad: la de fundar la nacionalidad paraguaya, formada de elementos, por decirlo así, ingenuos.

Murió el 20 de Setiembre de 1840 en brazos de su médico D. Vicente Estigarribia.

Una multitud curiosa, que acudió en tropel a la sala mortuoria, le lloró, en vez de alegrarse a las sonrisas de la libertad, que quedaba vengada con su desaparición del teatro de sus abominaciones e iniquidades.

VI

Francia es el personaje más original de la historia americana. Reúne en sí misteriosas contradicciones, que hacen difícil se le juzgue con acertado criterio filosófico.

De lascivo que era al principio, tornó a ser tan austero como un cenobita. Educado en la religión cristiana y enseñado por frailes, fue incrédulo e irreligioso. Admirador de Franklin, Voltaire, Rousseau y otros filósofos enemigos de toda opresión y despotismo, se hizo un tirano abominable y ahogó toda libertad, hasta la de hablar en voz alta. Desobediente y rebelde a sus padres, castigaba con la muerte al que a él le faltaba al respeto. En una palabra, Francia es el peor diablo que pudieron fabricar los frailes. Habiendo vivido largos años en un estrecho convento de Córdoba, en el rigor de una severa disciplina, quiso fundar otro donde pudiese mandar él como amo e imponer con imperio su inflexible voluntad, e hizo del Paraguay su monasterio. Gran parte de sus malas obras se deben a la educación que recibió en el seno del jesuitismo más refinado. Esa educación le transformó moralmente tornándole misántropo, taciturno, irascible y cruel.

La Dictadura de Francia fue la edad media en el Paraguay. Aquella época nefasta de nuestra historia se caracteriza por las mismas particularidades de los tiempos de Torquemada y Maquiavelo.

Francia nunca usó del veneno, como se le ha querido acusar. No se comprende, en efecto, cómo un hombre absoluto que tenía de sobra el valor salvaje para mandar fusilar a cualquiera que le desagradaba, pudo un momento abrigar la infame cobardía de emplear el tósigo como medio de aplacar sus neurósicos furores.

No tenía, no, necesidad de valerse de ese medio, ni de armar el brazo del asesino para satisfacer sus venganzas. Nadie podría probarlo tampoco.

Este rasgo distingue especialmente a Francia de los demás tiranos, que, cobardes y pequeños de espíritu, tenían sus sicarios y envenenadores, que obraban en la oscuridad y silencio de la noche o se valían de la traición para ejecutar el crimen. Aquél, por el contrario, asumía personalmente la responsabilidad de sus hechos, y poco faltó para que se convirtiera él mismo en verdugo de sus víctimas.

Malvado y jesuita, estableció como sistema de delación el espionaje; y el pueblo tanto se acostumbró a denunciarse, que no tardó en desaparecer la confianza mutua del hogar de la familia. Considerábase un crimen el no revelar al tirano lo que de él se decía; la acusación de un hermano o de cualquier otro pariente parecía la cosa más natural del mundo, aunque de ella debiese seguir la muerte del denunciado.

Educado y hecho hombre en un convento, amó la soledad, tanto para él, como para el pueblo que gobernaba. La ciudad no era sino un vasto monasterio, cuyo silencio sólo se turbaba por el triste clamor de las campanas. De ahí, ni aves agoreras lo interrumpían con sus graznidos fatídicos.

Y la gente se acostumbró a la soledad y el mutismo, porque, habiendo exterminado el tirano a la vieja generación, era a la nueva a quien iba imprimiendo los hábitos monacales. Así formó un pueblo enteramente especial, como lo fue el paraguayo de aquella época; pero así también fundó la nacionalidad paraguaya.

No hay que buscar justificación a los crímenes de Francia; mas no es hacer su apología presentarle a los ojos de la posteridad como un hombre superior a su época y superior a cuantos tiranos han horrorizado la humanidad con sus abominaciones y torpezas.

Teúrgo político, leía en los menores detalles de la vida, como los magos antiguos en el curso de los astros, como los augures romanos y los adivinos de todas las edades en los fenómenos de la naturaleza, como los grandes hombres en sus horóscopos, como las sibilas en sus proféticos libros, los acontecimientos a suceder, cual si en realidad no poseyera la ciencia misteriosa del porvenir. Genio eminentemente matemático, especie de geómetra de la historia, todo lo medía y todo le salía a la medida de sus cálculos y deseos. En una palabra, Francia poseía la inspiración, la clarividencia de las cosas y todas las dotes del genio, unidas al temple de los hombres llamados a cumplir una misión providencial sobre la tierra. Y a fe que había teatro para accionar y se desarrollaban entonces acontecimientos, cuya dirección reclamaba hombres como Bolívar y como Francia; pero circunstancias que no pudieron preverse, hicieron que éste fuese a pervertirse en un claustro y luego viniese a fundar una tiranía cruel y sanguinaria, a la cual imprimió la fisonomía propia de su genio melancólico y sombrío.

Semejante a un gran artista, fundió en el crisol de su tiranía al pueblo que había entonces y que era una informe amalgama de realistas, porteñistas, y amigos de la política lusitana. Toda esta escoria fue separada y derramada, y no quedó en el fondo sino el elemento puro, que fue la nacionalidad paraguaya, compacta y homogénea.

Tal fue Francia y tal ha sido su obra. Maldigamos aquél por sus crímenes, pero bendigamos esta última.

Cecilio Báez

Asunción, Diciembre de 1888.

 

 

VIII

POLÍTICA INTERIOR DEL DICTADOR FRANCIA

Asegurado en el poder por el voto del Congreso, comienza por separar del mando de las tropas a aquellos jefes y oficiales, que no eran afectos a su persona, que le habían hostilizado cuando fue vocal de la Junta de Gobierno, y a quienes consideraba ser porteñistas. Ellos eran los Yegros, los Iturbe, Troche, Rivarola, Mallada, Estigarribia, los cuales fueron reemplazados por individuos de su confianza. Con esta medida, el dictador ahogó en su cuna al militarismo naciente y afirmó su predominio sobre el pueblo. Introdujo la disciplina más rigurosa en el ejército, cuyo instructor era él mismo. No hay duda que se había puesto a estudiar táctica militar para enseñar a sus soldados, ya por desconfianza, ya por no existir hombres instruidos en el país.

Con un diccionario de artes y oficios y otros libros que poseía, el dictador enseñaba a los artesanos procedimientos mejores o más modernos. Como un arquitecto, él dirigía las obras públicas. Y cuenta Rengger que un año en que se perdió la cosecha por causa de las langostas, Francia reveló a los agricultores el secreto de sembrar de nuevo una parte de las tierras devastadas por el acrido, obteniendo el éxito más completo. Desde entonces los campesinos saben recoger dos cosechas al año.

Teniendo en vista aislar al Paraguay del contacto de las provincias argentinas, prohibió la salida de los habitantes y los obligó a dedicarse a la agricultura. De esta suerte los paraguayos cesaron de emigrar, cultivaron sus hazas, y se cambió de tal modo la economía rural del país, que éste no tuvo necesidad de introducir comestibles de Buenos Aires, bastándose a sí mismo para entretener su existencia. Se cultivaron entonces el arroz, el maíz y la mandioca en grande extensión; las hortalizas y las legumbres que antes no se conocían; finalmente, el algodón, que se utilizó en ancha escala por la gente del campo. Progresó también visiblemente la ganadería, pues el país se llenó de animales, que antes no abundaban y vióse en situación de exportarlos.

Por las mismas causas adelantó también la industria manufacturera. Bajo el látigo del dictador, los paraguayos se hicieron tejedores, herreros, cerrajeros, armeros, zapateros, guarnicioneros, albañiles, plateros y orfebres, pues es de saberse que durante la dominación española escaseaban muchísimo los artesanos. Abundaron de tal modo los plateros en la época de la dictadura que se pusieron a fabricar monedas falsas y a adulterar los metales preciosos con que se hacían alhajas. Entonces Francia expidió el decreto del 21 de Abril de 1829, reglamentando el oficio de referencia para evitar nuevos fraudes.

Otras medidas económicas adoptadas por su gobierno consistieron en suprimir el diezmo, sustituyéndolo con moderados impuestos, abrir caminos, transformar y sanear la ciudad y ejecutar otras obras de pública utilidad. Pero, siguiendo los ejemplos suministrados por los gobiernos dictatoriales de Buenos Aires, Chile y el Perú, apeló también a las confiscaciones de los bienes de los españoles, a los secuestros, contribuciones forzosas, confinamientos y fusilamientos, para abatir al elemento realista y aterrorizar a los amigos de Buenos Aires.

En cuanto a la instrucción pública, dice el doctor Rengger, no la favoreció, pero tampoco intentó oponerse al fomento de la instrucción privada. Había muchas escuelas particulares, donde se daba enseñanza a los varones, de suerte que era raro encontrar un hombre que no supiese leer y escribir. Suprimió el Seminario o Colegio de teología; pero en su época se ilustraron todos los personajes principales que figuraron en la época de López I, como puede verse en mi historia de la instrucción pública en el Paraguay.

No obstante la aserción del nombrado escritor, que salió del Paraguay el año 1825, asegura el señor Zinny, muy conocedor de los países del Plata, que en la época de Francia había escuelas públicas en casi todos los pueblos y villas, y los habitantes en general sabían leer, escribir y contar, porque era obligatoria la instrucción primaria. Añade que en la Asunción existían una academia militar para los jóvenes consagrados a la carrera de las armas, y una casa de educación para las muchachas pobres. El dictador organizó el ejército y las milicias para defender la independencia del país y su territorio, y abrió caminos públicos entre la capital y las villas principales.

El motivo de la supresión del Seminario de San Carlos se encuentra en el espíritu suspicaz y receloso del dictador. Temía que los profesores españoles y porteños del instituto enseñaran máximas contrarias a su sistema de gobierno y tuvieran ascendiente sobre los alumnos y sus familias.

El Paraguay era frecuentemente atacado, ya por los brasileños del Norte, ya por los indios del Chaco. El dictador estableció entonces una línea de fortines a lo largo de ambas orillas del Río desde las Tres Bocas hasta Fuerte Olimpo. Otro cordón de guardias se extendió a lo largo del Aquidabán para contener a los Mbayáes. Esto no obstante, el pueblo de Tebegó fue abandonado en 1823, en consecuencia de nuevas y más tenaces incursiones de los indios que venían provistos de armas de fuego que les suministraban los brasileños del norte del Apa. El comandante del Fuerte Olimpo era don Manuel Antonio Delgado, y existe en el Archivo Nacional un voluminoso legajo de correspondencias cambiadas entre éste y el dictador acerca de las intentonas de los brasileños para avanzar hacia el territorio paraguayo.

Con el fin de no dejar en pie ninguna institución de origen español, el dictador declaró extinguido el Cabildo de la Asunción, conservando los Alcaldes y demás funcionarios judiciales, y suprimió el Tribunal del Santo Oficio, y las Conventualidades, incautándose de sus bienes. Empujábale a ello el odio a las instituciones aristocráticas y religiosas, igual que a Robespierre, quien en la demencia del furor, abolió el culto católico, el calendario gregoriano, los conventos y los institutos del antiguo régimen. Pero Francia nunca mandó asesinar a hombres, mujeres y niños como el otro.

Y para que no hubiera en el Paraguay ni sombra de jurisdicción extranjera, el dictador declaró autónomo e independiente de todo poder extraño el orden religioso nacional, arrogándose el derecho del patronato nacional.

“Exigiendo las presentes circunstancias y el estado mismo de la República – dice el decreto correspondiente --que las comunidades religiosas existentes en el territorio de ella sean exentas de toda interferencia, o ejercicio de jurisdicción de los prelados o autoridades extrañas de otros países; prohíbo y en caso necesario extingo y anulo todo uso de autoridad o supremacía de las mencionadas autoridades, jueces o prelados residentes en otras provincias, o gobiernos, sobre los conventos de regulares de esta República, sus comunidades, individuos, bienes de cualquiera clase, hermandades o cofradías anexas o dependientes de ellas. En esta virtud las expresadas comunidades religiosas quedan libres y absueltas de toda obediencia y enteramente independientes de la autoridad de los provinciales, capítulos y visitadores de otros Estados, Provincias o Gobiernos, prohibiéndoseles que reciban de ellos títulos, nombramientos de oficios, cartas facultativas, dimisorias o letras patentes de graduación, habilitación, gobierno, disciplina, o de otra cualquiera policía religiosa. Por consecuencia se gobernarán en lo sucesivo con esa independencia observando sus respectivas reglas e institutos bajo la dirección y autoridad del Ilustrísimo Obispo de esta Diócesis así en lo espiritual como en todo lo temporal y económico”.

Con esta medida el dictador alejaba toda influencia extraña, pues los visitadores y prelados españoles de otros países podían ser – a los ojos de su espíritu desconfiado y suspicaz – agentes de propaganda secreta contra su gobierno, acaso de discordia e insurrección en el país.

El era consecuente con su sistema: el Paraguay tenía que ser libre e independiente de todo poder extraño, así interno como externo, en el orden político igual que en el religioso.

Más tarde, cuando el obispo señor García Panés fue atacado de demencia senil, declaró caduca su autoridad canónica y le asignó para vivir una pensión de que gozó hasta el día de su muerte.

Esta conducta generosa contrasta con la del general San Martín, Protector del Perú, quien arrojó violentamente del país a su anciano obispo, so color de ser sospechoso de fidelidad a la santa causa de la independencia nacional. Francia, en consecuencia de la incapacidad manifiesta de aquel prelado, delegó su autoridad en el Dean de la Catedral don Antonio Céspedes, nombrándole Provisor y Vicario General. Facultóle para secularizar las órdenes religiosas, y le impuso que en lo sucesivo ninguna profesión religiosa se instituya, ni se celebre matrimonio alguno, so pena de nulidad, sin la anuencia del gobierno.

El dictador no pretendía erigirse en pontífice, seguramente; pero en el Contrato Social había aprendido que un Jefe de Estado puede establecer la religión civil y el matrimonio civil.

Juan Jacobo no tuvo empacho en decir que el matrimonio no es más que un contrato civil, y que es peligroso que el clero se atribuya exclusivamente la facultad de autorizarlo, porque podría hacerse dueño de las herencias, de los destinos y de los ciudadanos en detrimento de la seguridad del Estado.

José Gaspar tuvo el buen sentido de apartarse de su maestro en eso de establecer una religión civil, a pesar del ejemplo dado por Maximiliano, quien instituyó el culto del Ser Supremo en París, en los días del terror.

El se limitó a hacer a los doctores Rengger y Longchamp esta advertencia: Profesad la religión que más os plazca, pero cataos de ingeriros en los asuntos que conciernen a mi gobierno.

Y agregan aquellos extranjeros que se guardaron muy bien de contrariar esa prevención, porque una conducta contraria les hubiera costado caro.

El Dictador respetó siempre la libertad de conciencia, o sea la creencia religiosa del pueblo.

***

En sesión del día 19 de Junio de 1811, el Congreso General había resuelto: “Que todos los empleos concejiles, políticos, civiles, militares, de Hacienda, o de cualquier género de administración, se provean en los naturales o nacidos en esta Provincia, sin que nunca puedan ocuparse por los españoles europeos, a menos que la misma Provincia determinase otra cosa; pero en lo sucesivo todo americano, aunque no sea nacido en esta Provincia, quedará enteramente apto para obtener dicho cargo, siempre que uniforme sus ideas con las de este Gobierno.

El dictador, fundado en la anterior resolución y en los decretos análogos sancionados en Buenos Aires y demás países americanos, que se inspiraban en el temor a la influencia de los españoles, dictó el siguiente decreto:

“No pudiendo por más tiempo resistir a los latidos de mi conciencia sobre la continuación de algunos empleados extraños, que aún permanecen en la ocupación y goce de oficios y cargos de consecuencia con rebaja de la estimación y justa consideración debida a los Patricios Beneméritos, y muy idóneos para obtenerlos: he tomado con esta fecha la resolución, que expresa el Decreto del tenor siguiente:

“Desde que la provincia recobró el uso y ejercicio de su libertad imprescriptible, ha sido la voluntad general constantemente manifestada, el que los oficios y empleos de cualquier clase se ocupasen y sirviesen por los patricios, siempre abatidos, vilipendiados y postergados hasta entonces. Toda razón, todos los derechos, y la naturaleza misma, reclaman la preferencia de los hijos de un país a la ocupación de los cargos honrosos y lucrativos, que ofrece y proporciona su suelo nativo. Penetrada de esta verdad la Asamblea general de 1811 dejó establecida en el particular una disposición muy conveniente. Pero no es la justicia sola la que conduce y obliga a esta determinación. La seguridad general, la salud pública, la consolidación de la libertad e independencia civil de la República, constituyen un doble motivo, que hace tan urgente como importante esta medida en la presente crisis. Bien sabida es la influencia, que en todas partes tienen los empleados en lo que es opinión pública. Si por la oposición o indiferencia de aquellos llegase esta a debilitarse, o a contrariar al sistema adoptado, y al nuevo orden establecido, fácil es calcular los males que entonces resultarían en la sociedad. Es preciso que los funcionarios públicos francos, si se admiten, o consienten, sean también notoriamente adheridos a la causa sagrada de nuestra regeneración política, y ningún Gobierno por poco ilustrado que fuese, podría dispensarse de velar sobre este punto, que tanto influye en el bien y en la conservación general del Estado. De lo contrario se expondría este a abrigar y alimentar en su propio seno a los enemigos de su felicidad, tal vez ocultos, o disfrazados con mengua de la justa consideración y atención debida a los patricios, y con daños y menoscabo de sus derechos. En esta virtud el Escribano de Gobierno notificará a don Antonio Miguel de Arcos y a don José Baltazar Casafús, que desde luego cesen en los empleos y oficios eclesiásticos que ejercen, los cuales quedarán vacantes, a menos que obtengan de este Supremo Gobierno carta de incorporación y ciudadanía, acreditando a este fin de un modo inequívoco, y con pruebas incontestables, que han tenido una adhesión constante y decidida a la actual constitución, libertad a independencia absoluta de esta República, reconociendo manifiestamente, que es justa la defensa que hacen los Americanos de su Patria y libertad contra toda dominación exterior. Dada en la Capital de la Asunción a veinte y uno de Diciembre de mil ochocientos quince”.

Transcribo a V. S. esta disposición para su noticia e inteligencia –

Asunción 21 de Diciembre de 1815 – José Gaspar de Francia.

***

Con el mismo intento de abatir al partido realista que podía conspirar contra la independencia, Francia, siguiendo el ejemplo dado por los demás países americanos, resolvió poner restricciones al matrimonio de los europeos con este decreto:

“Como medida necesaria, exigida por la necesidad de facilitar el progreso de la sagrada cusa de la libertad de la República contra las maquinaciones de sus enemigos, el gobierno consular acuerda: 1º Que no se autorice matrimonio alguno de varón europeo con mujer americana conocida y reputada por española en el pueblo desde la primera hasta la última clase del Estado, por ínfima y baja que sea, so pena de extrañamiento y confiscación de bienes de los párrocos o curas autorizantes de tal matrimonio; y de confinamiento en el Fuerte Borbón del europeo contrayente por diez años y confiscación de sus bienes. 2º Que en el caso de intentar los europeos contraer matrimonio con mujer americana de la expresada calidad y clase española, por ínfima que sea, clandestinamente, serán castigados con las mismas penas, sin perjuicio de decidir sobre la nulidad del matrimonio así contraído. 3º Que en ningún juicio secular o eclesiástico se admitan peticiones o esponsales de europeos, aun prometidos por escritura pública, a mujeres de la referida calidad, ni sobre estupro alegado con el fin de obligar a contraerse el matrimonio entre tales personas, bajo las mismas penas señaladas. 4º Que los europeos no deben ser admitidos en los bautizos como padrinos de pila, ni en las confirmaciones de niños de la clase mencionada; ni ser admitidos como testigos de ningún matrimonio, bajo las mismas penas. Pero los europeos podrán casarse con indias de los pueblos, mulatas conocidas y negras – Asunción 1º de Marzo 1814 – Francia – Yegros – Cónsules de la República”.

La razón del antecedente decreto era impedir que los españoles tuvieran influencia social y política en las clases principales del pueblo, que gozaban de consideración por sus bienes y esclavos.

En una ocasión don Estanislao López, gobernador de Santa Fe, se apoderó piráticamente de una partida de tercerolas o rifles que un buque mercante traía para el dictador. Este, por vía de represalia, hace recoger a la cárcel a todos los santafecinos que había en la ciudad. Estos desventurados permanecieron varios años en las gemonías del Estado. Venganzas de esta clase hubo en todas las épocas de la historia: en la antigüedad, en los tiempos medios, en los modernos y aun en los contemporáneos. En los días de la revolución americana, los españoles fueron perseguidos bárbaramente en todas partes. Durante las guerras napoleónicas, se cometieron atentados mayores. El ministro Canning, de Inglaterra, ordenó en 1807 el alevoso bombardeo de Copenhague, sólo por que el rey de Dinamarca no se animó a poner en ejecución los decretos lanzados por el gobierno británico contra el emperador de los franceses. Así los pueblos lastan por la culpa de sus gobernantes.

Francia retuvo en Santa María de las Misiones – los más hermosos lugares del Paraguay – al sabio Bonpland durante ocho años por haberse establecido en territorio paraguayo con licencia del gobierno argentino, y no con la de él. Este cautiverio del sabio botánico excita todas nuestras simpatías en su favor, mas es justo reconocer que no fue maltratado por el dictador. Muchos hombres del extranjero se interesaron por él. El mismo Bolívar dirigió cartas a Francia pidiéndole la libertad del ilustre cautivo. Por fin se la devolvió, pero Bonpland prolongó voluntariamente su permanencia en el país para estudiar la naturaleza y aumentar sus colecciones botánicas. Habiéndose conducido como médico y filántropo en las Misiones, los paraguayos llegaron a cobrarle cariño; y él tuvo tanta grandeza de alma que jamás se quejó del dictador.

El guerrero de la independencia y creador de la República del Uruguay, su patria, José Artigas, habiendo sido derrotado y perseguido por el caudillo Francisco Ramírez, de Entre Ríos, vino a buscar asilo en el Paraguay, en donde entró el 24 de Septiembre de 1820. Consta que dijo que si no se le daba este refugio, iría a guarecerse en los bosques en busca de sosiego y seguridad. El dictador le acogió generosamente; pero, por desconfianza, le confinó a la Villa de San Isidro Labrador, asignándole el sueldo de 32 pesos mensuales e instalándole en una chacra para cultivarla. Ordenó al comandante del distrito que le suministrara todo lo que necesitase, aun las cosas de mero recreo, y le tratase con la mayor consideración. El dictador nunca le molestó para nada, porque Artigas observaba una conducta ejemplar en el pueblo de su residencia, que era una de las mejores Villas de la época.

Los temores del dictador aumentaron desde entonces con el triunfo y las amenazas del nombrado caudillo Ramírez. Antes de este suceso, Francia guardaba las espaldas a Artigas contra sus enemigos comunes, y Artigas a su turno servía de antemural al Paraguay contra Buenos Aires.

Aquellos temores no eran vanos, ni cosa fingida por el dictador, como lo afirman los escritores unitarios del Río de la Plata. En 1817, Pueyrredón, dictador de Buenos Aires, pretendió insurreccionar el Paraguay por medio del paraguayo Balta Vargas, instrumento del gobierno porteño desde 1810.

En 1820, con la derrota de Artigas, hubo la amenaza de la invasión de Ramírez.

Este ambicioso caudillo pensó nada menos que en conquistar el Paraguay, es decir, en repetir la expedición de Belgrano diez años después de Tacuari. Un historiador argentino dice a este propósito:

“Después de haber vencido a Artigas, Ramírez proyectó expedicionar al Paraguay, con el propósito de que esa importa nte sección del antiguo Virreynato... volviera a formar parte de la nueva nación constituida en el Río de la Plata. A este fin organizó en Corrientes un ejército de cerca de cuatro mil hombres de las tres armas, y lo disciplinaba activamente.

“Su proyecto de reconquistar la Provincia Oriental, que él había hecho conocer del gobierno de Buenos Aires, al celebrar los tratados del Pilar, quedaba aplazado, pero no abandonado. Creía Ramírez más seguro el éxito en la lucha proyectada contra los portugueses, después de vencer al Paraguay, de donde pensaba también poder sacar recursos.

“El tratado celebrado por el Gobernador de Santa Fe con el Gobierno de Buenos Aires, para el cual don Estanislao López prescindió en absoluto de Ramírez (su aliado y amigo), le infundió a éste la sospecha de que algo se había estipulado secretamente contra él. Esa nueva situación, imprevista para el General Ramírez, fue la causa que lo hizo suspender su proyectada expedición al Paraguay... Lo que comunicó en una circular dirigida al caudillo salteño don Martín Güemes, regresó a Entre Ríos, declaró la guerra a

Buenos Aires y fue batido y muerto en 1821, (Ruiz Moreno. Estudio sobre la vida pública del General don Francisco Ramírez. Paraná, 1894).

La conspiración del año 20 tenía conexión con el proyecto de Ramírez, El autor de El clamor de un paraguayo, escrito atribuido a Molas, refiere el hecho como sigue:

“Conocíamos muy bien la indómita fibra del sujeto que gobernaba; y el único medio que nos mandó la razón adoptar fue el de la insurrección. Las acechanzas y las conjuraciones eran el único derecho que tenía lugar contra un déspota que, amparado de la fuerza, atropellaba todos los derechos de la comunidad. A una violencia inicua tratábamos de oponer una violencia justa. Repeler la fuerza con la fuerza era un derecho natural común a todos los vivientes. ¿Mas cuál sería su sentimiento y sorpresa, cuando se supo que un hombre débil (Bogarín), de los que componían el circulo de los insurgentes, dijo in confessione los planes de la conjuración a fray Anastasio Gutiérrez? Este mandó que diese parte de este acontecimiento: lo ejecutó, y para este caso, y para las medidas, preparaciones y castigos que tomó el tirano, es que invoco vuestra atención y sensibilidad (El autor se dirige a Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, en 1828),

En consecuencia de la delación hecha por el cura Gutiérrez, el dictador toma rápidamente sus medidas, y caen presos todos los conjurados, los cuales eran principalmente los amigos de Buenos Aires, los militares despedidos por Francia, a saber, los Yegros, Caballero, y sus cómplices los Aristegui, los Acosta, los Montiel, los Escobar, Zamborain, Balta Vargas, Marcos Valdovinos, el teniente Latorre, los Noceda, el mismo Molas y otros que no son nombrados. De ellos muchos o varios fueron sacrificados. El autor de aquel relato afirma que hubo sesenta y ocho víctimas; pero no da la nómina de ellas. Rengger dice cuarenta. Lo que sí se sabe de cierto es que el año 21 comenzaron las ejecuciones, y que fueron fusilados los principales personajes nombrados, excepto Caballero, que se suicidó en la prisión. Molas también se salvó y pudo escribir la pieza histórica de referencia, exagerando las circunstancias, que pinta con los colores más sombríos, para inducir a Dorrego a invadir el Paraguay.

Estas ejecuciones produjeron el terror en la República, pero también ahogaron para siempre toda aspiración a la alianza o unión con Buenos Aires. Como quiera que sea, el suplicio de los conjurados fue una medida de vigor injustificado, como el de los cuarenta y tantos españoles de la supuesta conjuración de Alzaga, en Buenos Aires, los cuales fueron arcabuceados por el tribunal revolucionario que dirigían Rivadavia, Monteagudo y Agrelo.

Una de las consecuencias de la conspiración de que nos ocupamos, fue el bando expedido por el dictador para que se reúnan en la plaza pública el 9 de Junio de 1821 todos los españoles residentes en la ciudad. Una vez congregados, se les mandó a la cárcel. Eran como trescientos, entre los cuales se hallaban el ex-gobernador Velazco y el obispo García Panés. A éste se le soltó en seguida. Velazco murió de sus achaques poco después de su prisión. Los demás recuperaron su libertad, pagando una contribución de 150.000 pesos en virtud de un decreto expedido el 22 de Enero de 1823. Nuevas contribuciones forzosas fueron impuestas a los españoles en los años de 1834, 1835 y 1838.

Los temores del dictador se calmaron después de aquellas ejecuciones. “Desde entonces – dice Rengger – su espíritu pareció tranquilizarse y volver a la moderación, insinuando a sus allegados la idea de que no estaba lejano el día en que el Paraguay gozaría de alguna libertad. Los apresamientos fueron menos frecuentes, las condenas capitales no alcanzaron más que a los delincuentes comunes, y no se acogieron más las delaciones. Dio, en fin, la libertad a un gran número de reos de Estado”.

El dictador no mostraba interés especial en la sustanciación de las causas comunes del fuero judicial. Estas eran juzgadas libremente por los jueces. Cuando había mujeres condenadas a muerte por crímenes ordinarios, les conmutaba siempre la pena por el confinamiento. Así lo denuncian los procesos que hemos leído en el Archivo.

La tiranía de Francia no espanta por el número de los ajusticiados en 1821 y 1822, que, según el testigo imparcial Rengger, fueron cuarenta más o menos. Gil Navarro, en su obrita titulada Veinte años en un calabozo, nombra a algunos santafecinos que fueron víctimas de aquél, pero sin decir el número exacto, ni precisar nombres.

El gobierno de Francia aterra más bien por su larga duración de 26 años, por la falta absoluta de libertad, por la ausencia de garantías para los derechos individuales, por la incomunicación del país y por las largas prisiones que sufrían los reos de Estado. Pero no es cierto que hubiese fusilado a los personajes conspicuos, ni a ningún otro, por el placer de fusilarlos. Los que sufrieron suplicios en los cadalsos no eran sino los sospechosos de realismo y de porteñismo. La prueba de ello consiste en que esas víctimas pueden nombrarse y contarse con los dedos de las manos cuatro o cinco veces a lo más, y en que cuando él murió en 1840, había en el Paraguay una multitud de hombres distinguidos por su regular instrucción y posición social, como los López, los Rivarola, los Varela, los Gill, los Maíz, los Caballero, los Palacios, los Miltos, los Moreno, los Decoud, los Urdapilleta, los Jovellanos, los Peña, los Berjes, los Caminos, los Molas, los Zalduondos, los Aguiar, los Loizaga, los Machain, los Escaladas, los Urdapilleta, los Iturburu, los Recalde, los Egusquiza, los Guanes, los Saguier, los González Garro, los Carísimo, los Cazal, los Báez, los Haedo y muchos otros, que vivían, ya en la ciudad, ya en el campo.

Decimos esto, no para excusar al tirano, sino para rendir homenaje a la verdad. Los parientes de las víctimas y los escritores argentinos han exagerado las cosas de la dictadura de Francia, porque éste fue enemigo implacable tanto de la influencia española como de la porteña. En otros países, en la misma época, y so pretexto de defender la sagrada causa de la libertad, se pusieron en planta los mismos procedimientos inhumanos contra los españoles, como ha de verse más adelante.

Otra de las consecuencias de la conspiración de 1820, fue la incomunicación del Paraguay o la clausura del comercio exterior. Mas este estado de cosas no podía subsistir de una manera absoluta, porque era necesario dar salida a los barcos que se pudrían en el puerto y hacer vivir al país. El dictador así lo comprendió y obró en consecuencia. Y como su sistema obedecía al plan de no reanudar relaciones con las provincias argentinas, siempre convulsionadas por la guerra civil, y que hostilizaban al comercio paraguayo, las estableció con el Brasil, país que no sufría de los espasmos de la demagogia. Al efecto se puso en inteligencia con el general Lecor, gobernador de Montevideo, y en Abril de 1823 celebró con él un convenio por el cual se habilitaba el puerto de Itapúa, sobre el Paraná paraguayo, para realizar el intercambio comercial entre los dos países.

Y como todas las cosas tenían que subordinarse al sostenimiento de la independencia, que era la obsesión del dictador, su tema o su manía, dispuso que el que pretendiese traficar por dicho puerto, debía estar provisto de un certificado del juez de paz acreditando dos cosas: que los artículos destinados al negocio fuesen frutos de la propia cosecha del postulante, y éste un buen servidor de la patria y adicto a la sagrada causa de la libertad. (Decreto de 1824).

A la vista de este recaudo, el dictador otorgaba la licencia pero nunca a los españoles europeos.

No se deduzca de esto que el dictador carecía de ideas justas sobre el comercio. El las tenía como los demás hombres de su época; pero su sistema le arrastraba a violar los principios y los derechos, teniendo conciencia de lo que hacía. Así recorriendo sus decretos en la colección de Los Amigos de la Educación, encontramos en uno del 13 de Noviembre de 1814 lo siguiente: “No hay duda que la opulencia en los Estados es un nervio y un apoyo a su defensa. Así es que todos anhelan multiplicar las causas de las riquezas, y los canales que las transportan.... La extracción del metal precioso no es necesaria para mantener el comercio exterior, supuesto que la exportación del país supera siempre a las importaciones”. Y en consecuencia prohíbe la extracción del numerario, salvo las sumas que se abonan por compra de armas traídas a la República.

Otro decreto del año 25 dispone que el comercio por Itapúa se verifique por permuta y que los derechos de exportación se abonen en efectos, ya que los traficantes extranjeros no pueden llevar del país especies metálicas.

El año 30 adoptó esta importante resolución: considerando que el diezmo eclesiástico es gravoso e innecesario, bastando la autoridad del Estado para imponer las contribuciones indispensables a sostener las cargas públicas y los gastos del culto, lo declara suprimido, sustituyéndole una contribución fructuaria. Declara igualmente extinguido el impuesto llamado de estanco que se cobraba de la yerba y el conocido por ramo de guerra; y reduce a la mitad los derechos de alcabala.

Y partiendo del principio de que los impuestos innecesarios deben suprimirse para aligerar las cargas que pesan sobre el pueblo, por otra providencia dictada el año 32 abolece el de cuatropea con que estaba gravada la ganadería, y disminuye la contribución fructuaria.

Como se ve, todas las medidas tomadas durante los últimos quince años llevan el sello de la equidad y de la moderación, sin cesar no obstante el dictador de hostilizar a los españoles, contra quienes abrigaba un odio irresistible, como aborrecía Robespierre a las clases aristocráticas.

La molestia a los españoles se causaba por medio de contribuciones forzosas. El decreto correspondiente de 1834 comienza con este considerando:

“Respecto a que los españoles europeos pudientes y con posesiones, y los herederos y sucesores que otros de la misma clase han dejado en su parcialidad, no toman ni pueden tomar, como enemigos de la causa de la patria, ninguna parte activa en su defensa, viviendo sin embargo en quietud y seguridad, y que aún desean y anhelan, como es reconocido y comprobado, que por otros Estados se hostilice y haga la guerra al Paraguay y a este gobierno, y que se destruya y fenezca su independencia; al paso que los patriotas ocupados continuamente en servicio y defensa del Estado pasan años fuera de sus casas y familias, sufriendo molestias, trabajos y quebrantos de su salud, expuestos además a los peligros y riesgos de enemigos de afuera en las dilatadas remotas fronteras, que cubren; y siendo justo que los referidos europeos y demás expresados sufraguen para los gastos de la presente guerra, se imponen las contribuciones siguientes, etc.” Que alcanza a Alejandro García, Juan José Loizaga y Cayetano Iturburu, y los herederos de Trigo, Recalde y Miguel Guanes; a Zalduondo, Martínez Varela, González Granado,

Astigarraga, Solalinde, Zeballos, Juan Machain y su mujer hija de la santafecina Clara Aguiar, Olmos, Pombo, Alonso Cal, Carti, Villarino, Vidal, Escobar, etc.

***

En el antiguo derecho existía el albinagio o Derecho de Aubana, Droit d’ Aubaine, en virtud del cual el soberano venía a ser el heredero de los extranjeros fallecidos en sus dominios.

Inspirado en la máxima romana de hostilidad a los extraños no menos que en el espíritu fiscal de las instituciones feudales, el Derecho de Aubana hacía pesar sobre el extranjero, casi en toda la Europa, una serie de incapacidades inicuas según las cuales quedaba privado de los que llamamos hoy día derechos civiles.

El conjunto de esas incapacidades constituía el Derecho de Aubana en un sentido general. Pero en un sentido más restringido, el Derecho de Aubana propiamente dicho consistía en lo siguiente: el extranjero no podía transmitir los bienes que dejaba por su muerte, ni por testamento, ni por sucesión abintestato: el fisco heredaba sus bienes, con exclusión de todos sus parientes, a no ser que dejase hijos nacidos en el país de su residencia.

Además, el extranjero era incapaz de adquirir por testamento o por sucesión: si se abría una sucesión a su favor, era suplantado por los parientes no extranjeros.

Los intérpretes de la humanidad habían atacado el bárbaro derecho de aubana. Montesquieu y todos los filósofos y publicistas de su época lo rechazaban en nombre de la fraternidad, y reclamaban iguales derechos para todos los hombres.

Rousseau decía: “Los pueblos deben ligarse no por tratados de guerra, sino por los lazos del bien. Que los una pues el legislador, haciendo desaparecer la odiosa distinción entre regnícolas y extranjeros”.

En consecuencia de aquella propaganda, la Asamblea Constituyente, en un decreto de 1790, declaró: “que el derecho de aubana es contrario a los principios de fraternidad que deben ligar a todos los hombres, cualesquiera sean sus gobiernos y países; que este derecho, establecido en la época de la barbarie, debe ser proscrito en un pueblo que ha fundado su constitución sobre los derechos del hombre y del ciudadano, y que la libre Francia debe abrir su seno a todos los pueblos de la tierra, invitándolos a gozar, bajo un gobierno libre, de los derechos sagrados e inviolables de la humanidad”. Un segundo decreto expedido el año siguiente concedió a los extranjeros el derecho de disponer de sus bienes por todos los medios que la ley autoriza y les permitió recoger las herencias dejadas por sus parientes franceses o extranjeros.

Ello no obstante, el derecho de aubana fue restablecido indirectamente por el Código Napoleón con la agravante de declararse que el extranjero era también incapaz de adquirir por donación: pero fue definitivamente abolido en Francia en 1819, y en Bélgica recién en 1865.

Pues el dictador Francia mantuvo en vigor el derecho de aubana en el Paraguay, y lo ejercitaba, según Rengger, de una manera desapiadada.

Francia no dictó ningún decreto de carácter general sobre la materia; pero usaba de aquél derecho en cada caso particular, y en virtud del decreto siguiente de la Junta Superior Gubernativa:

“Siendo esta Junta Superior Juez nato de bienes de Difuntos de los Extranjeros y Ultramarinos, a cuya consecuencia se han pedido y mandado traer a la vista todos los Autos de esta materia para tomar el conocimiento privativo que nos corresponde: lo prevenimos a Vdes. para que registrando en sus Juzgados los que sean de dicha clase, los remitan a esta Junta Superior como también los de cualesquiera otros intestados aunque sean del Reyno, no teniendo herederos conocidos dentro de esta Capital y Provincia, en los grados prevenidos por las Leyes. Y del recibo de ésta nos darán Vdes. aviso acompañando a su tiempo relación de los Expedientes pertenecientes a dicho departamento.– Asunción Abril 9 de 1812. – Fulgencio Yegros – Pedro Juan Caballero – Fernando de la Mora – Señores Alcaldes de 1º y 2º Vto. de esta Capital”.

Durante su larga dictadura, el doctor Francia estuvo asistido de un ministro ejecutor de sus decretos, o fiel de fechos, que era don Policarpo Patiño. Como él vivía aislado en la casa de gobierno y no tenía más órgano de comunicación con el público que dicho funcionario subalterno, encargado del despacho universal, éste se llevaba la responsabilidad de todas las delaciones, aquél la responsabilidad de la historia. Por eso las clases sociales inferiores amaban a Francia y odiaban a Patiño, como culpable de muchos actos tiránicos de la dictadura.

“El dictador era inaccesible – dice Juan Andrés Gelly en la primera de sus cartas sobre el Paraguay; – no se podía llegar ante él sino mediante una petición escrita que se entregaba al actuario o fiel de fechos, el cual la recibía o la rechazaba, según sus caprichos o sus afecciones. Si la tinta no era suficientemente negra, o el papel regularmente liso; si alguna expresión no era comprendida por él o no le sonaba bien, por más que fuese usual y corriente; cualquiera de estas cosas bastaba para que desechase el petitorio.... Este ministril se complacía en hacerse esperar delante de la puerta de su despacho por los solicitantes, al sol y con la cabeza descubierta, hasta que se le antojaba hacerlos entrar... Ni el rango, ni la edad, ni la virtud, ni nada de lo que los hombres de sociedad estiman o veneran, era parte a ponerlos al abrigo de las insolencias de ese funcionario... Cuando murió el dictador, pensando sin duda reemplazarle, sugirió a los cuatro comandantes de los cuarteles la idea de erigirse en autoridad y formar un nuevo gobierno. Este consejo agradó a los militares, los cuales procedieron a constituir una Junta Gubernativa, nombrando como presidente a un magistrado judicial y a Patiño como secretario. Pero ni la Junta ni el secretario supieron o pudieron sostenerse, y los cuatro comandantes tuvieron que decretar el arresto del antiguo actuario, el cual se suicidó en la cárcel”.

Esos cuatro comandantes de las tropas eran los pilares del edificio de la dictadura.

El doctor Francia había abatido al militarismo en su cuna, es decir, en 1812, época en que los jefes ensoberbecidos de las tropas se le rindieron. El historiador americano Washburn considera como un mérito el que el dictador procediese en las ejecuciones que ordenaba, con arreglo a las prácticas judiciales de su tiempo, cuando en otros países los tiranos mandaban envenenar y apuñalar a los ciudadanos, secreta o públicamente.

No manejaba él personalmente los caudales del Estado, pues éstos se hallaban custodiados por dos funcionarios, cada uno de los cuales guardaba en su poder una de las llaves de los cofres del tesoro. Ambos abrían y cerraban juntos para depositar en ellos el dinero o darle salida, en virtud de orden escrita del dictador. Este les otorgaba un recibo de las sumas que recibía por cuenta de sus sueldos, y cuando murió, el tesoro público le debía más de treinta y dos mil pesos fuertes por ese concepto.

En 1836 declaróse una epizootia en el ganado vacuno. Los animales se cubrieron materialmente de los insectos llamados íxodes o garrapatas, que se multiplican por millares y causan estragos en la raza bovina. Se cuenta que el dictador, para extirpar tan dañoso parásito, ordenó la matanza general de las vacas donde ellos apareciesen. Este hecho dio pie a sus enemigos para propalar la versión de que él no tuvo en vista otro objeto que arruinar a los hacendados ricos.

El dictador prohibía a los ciudadanos y a los extranjeros salir del país. Para emigrar, se necesitaba una licencia especial. De otras Repúblicas se expulsaba a los españoles.

Así, por ejemplo, en Buenos Aires se expidió un decreto en Septiembre de 1813 mandando que todos los españoles peninsulares abandonasen la ciudad y los distritos de la campaña que se encuentren situados a cuarenta leguas a la redonda. Y del Perú, bajo el Protectorado de San Martín, fueron expulsados más de nueve mil españoles radicados en él. El doctor Francia los retenía en el país. Pero en 1825, después de la victoria de Ayacucho, acordó a los residentes ingleses el derecho de retirarse, por haberse mostrado Inglaterra favorable a la independencia sudamericana. No otorgó igual franquicia a los franceses, porque el gobierno de la Restauración había restablecido en el trono de España al malvado rey Fernando VII.

***

IX

POLÍTICA EXTERIOR DEL DICTADOR FRANCIA

La política exterior de la dictadura fue de paz y amistad con todas las naciones, y de no intervención en las provincias vecinas.

Después de la derrota de Belgrano en 1810, Velazco había mandado ocupar la ciudad de Corrientes para ocurrir a futuras invasiones al Paraguay. Adviene la revolución de Mayo 14 de 1811, y el doctor Francia, miembro integrante del nuevo gobierno, induce a éste a dictar y publicar el 30 del mismo mes este bando:

“Evacuar y dejar libre la ciudad de Corrientes ocupada por nuestras armas, considerando que el pueblo ilustrado de Buenos Aires y todo el mundo imparcial, a vista de un ejemplo singular de moderación y generosidad después de la victoria conseguida por las armas de la Provincia, se convencerá mejor de la sinceridad de nuestras intenciones y de que el pueblo valeroso del Paraguay, desplegando la energía de sus fuerzas, nada más ha deseado, sino el que se respete su libertad; que no se trata de usurpar los más preciosos e inmutables derechos naturales de los hombres; y finalmente, así como no se entromete ni se entrometerá jamás en el régimen interior de otras provincias, en la forma de su gobierno o administración, en la provisión de sus cargos, ni menos en disponer de su debilidad o de sus fuerzas; tampoco consentirá a ninguna que sin la asistencia, influjo y cooperación de sus representantes legítimos, y sin la precisa igualdad de derechos, por las miras mal entendidas del interés común, o solamente por la prepotencia y ambición, o tomando ocasión de las convulsiones de la anarquía, intente someterla, o hacerse e! árbitro de su felicidad, despojándola anticipadamente de la verdadera libertad civil, inconciliable con semejante sujeción, que no la [autoproclama] precisamente [por haber sido] la ruina de Corrientes y de la Bajada. Sospechan además que en la Banda Oriental hay el proyecto de agregar a aquella Banda la Bajada con su territorio, separándola de la liga con Buenos Aires, en cuyo caso Corrientes por consecuencia quedaba perdido, y sería preciso que se agregase al Paraguay, o también a la Banda Oriental… lo que sería fácil coadyuvando el Paraguay”.

Pero conste que el dictador jamás intervino en esas intrigas que respondían a la política brasileña.

El ya citado escritor inglés Juan Robertson trasunta sus ideas acerca del comercio internacional en estos términos:

“A mi llegada al palacio fui recibido por el cónsul (Francia) con una afabilidad y cortesía que no eran habituales en él. Su fisonomía se hallaba iluminada por una expresión de contento que casi se aproximaba al deleite; su capa colorada pendía en preciosos pliegues de sus hombros; parecía fumar su cigarro con una satisfacción que rara vez mostraba y saliendo de su costumbre de servirse de una sola luz en su pequeño y humilde aposento, ardían esta vez dos magníficas velas de estearina. Dándome la mano con mucha cordialidad – siéntese, don Juan,– me dijo. En seguida acercó su silla a la mía y me manifestó que deseaba que yo escuchara con atención lo que iba a comunicarme, y en efecto me habló así: “Vd. sabe cuál ha sido mi política con respecto al Paraguay, que no ha tenido intercambio con las demás provincias sudamericanas para evitar el contagio del espíritu de anarquía y de rebelión que más o menos ha degradado y debilitado a todas ellas.... Mi deseo es promover un intercambio directo con Inglaterra de manera que cualquier Estado que quiera distraer a los otros y por cualquier impedimento que quieran oponerse entre ellos, sean esos Estados los que únicamente sufran y no el comercio ni la libre navegación. Los buques mercantes de la Gran Bretaña recorrerán el Atlántico, penetrarán en el Paraguay y en comunicación con nuestras flotillas, desafiarán toda interrupción del comercio, desde la embocadura del Río de la Plata, hasta la laguna de los Jarayes. El gobierno británico tendrá su ministro aquí, y el nuestro residirá en la

Corte de Saint James. Los compatriotas de Vd. negociarán sus facturas y municiones de guerra y recibirán en cambio los nobles productos de este país”.

Los escritores del Río de la Plata se han burlado de este proyecto del dictador, pero no hay razón para ello. Ese pensamiento revela que el doctor Francia sentía, desde que fue cónsul (1813), la necesidad y conveniencia de entretener relaciones comerciales con Europa, obstaculizadas entonces por las convulsiones de las provincias del Río de la Plata. Inglaterra, Francia, Prusia, Cerdeña y los Estados Unidos no quisieron celebrar tratados de comercio con el Paraguay por causa del dictador Rosas, que lo impedía, contestando su independencia por notas y protestas diplomáticas. Dichas potencias no se decidieron a ello sino recién el año 1853, es decir, un año después de la caída de Rosas y en consecuencia del reconocimiento de su independencia hecho por el general Urquiza, presidente de la Confederación Argentina.

De aquí se desprende naturalmente lo que dijo el doctor Alberdi: que no fue el dictador Francia quien aisló del resto del mundo civilizado al Paraguay, sino la guerra civil argentina y la oposición de Rosas; ni fue el presidente López quien levantó esa incomunicación, sino el general Urquiza.

La interdicción comercial se produjo de la siguiente manera: Cuando el Congreso General de 1813 resolvió, bajo la inspiración de Francia, declarar definitivamente independiente al Paraguay, el gobierno de Buenos Aires impuso un oneroso gravamen a los productos paraguayos. Los cónsules reclamaron de esta medida de hostilidad mercantil, en nota del 25 de Octubre de dicho año, dirigida al señor Nicolás Herrera, diciéndole: “Que sería injusto creer en una indiferencia por la gran obra que el Paraguay se ha propuesto teniendo la vista fija en su emancipación, puesto que ama la libertad y se hace idólatra de su independencia. Que el pueblo está animado del amor de la gloria y del espíritu republicano. Que el gobierno prestaría oportunamente los socorros solicitados contra los enemigos de la causa general de la América; pero que para este fin sería muy conveniente que el de Buenos Aires retirase los derechos nuevamente impuestos a la introducción de los productos del Paraguay. Que de este modo se conservaría más seguramente la buena armonía de una y otra provincia, y así se podría consolidar nuestra alianza anterior”.

EL gobierno porteño, no solamente no hizo caso de esta reclamación sino que lanzó el 8 de Enero de 1817 un decreto prohibiendo la introducción del tabaco manufacturado o cigarros del Paraguay hasta la incorporación de esta provincia a las restantes de la nación.

En consecuencia, Buenos Aires introdujo el tabaco de Chile y Norte-América, y del Brasil la yerba, interrumpiéndose todo comercio entre el Paraguay y las provincias argentinas.

Como el Brasil se declarase independiente en 1822, el dictador quiso entretener con él relaciones diplomáticas y de comercio, y se abrió al efecto el puerto de Itapúa para mercadear, aunque con restricciones y formalidades fastidiosas. El gobierno de Río de Janeiro acreditó entonces al Paraguay un agente consular, el señor Antonio Manuel Correa da Cámara, quien llegó a la Asunción en 1824. Dos años después elevó su categoría a la de encargado de negocios. Francia, con todo, expulsó del país a este diplomático cuando el Brasil intentó ocupar clandestinamente territorios paraguayos. Esta circunstancia hace absolutamente inverosímil la leyenda aquella inventada por los enemigos del dictador de que éste había pensado alguna vez en someter a su país al dominio del monarca brasileño. “Es un absurdo creer – dice Rengger – que el dictador hubiese pensado alguna vez en someterse al emperador don Pedro, o a iniciar negociaciones con España por su intermedio. Tan alta idea tiene de su persona y de las fuerzas de que dispone para ponerse bajo la dependencia de nadie”.

El escritor suizo llegó a conocer bien al doctor Francia. Jamás hubo gobernante de más levantado orgullo que el dictador paraguayo. Era uno de aquellos hombres que han nacido para mandar, nunca para ser mandado. Si él buscó la independencia del Paraguay con la pasión de un fanático, fue precisamente para que éste no sufriera la humillación y la afrenta de ser una provincia dependiente de ajena autoridad.

“Se engañaría cualquiera que llegase a imaginar – decía la nota del 20 de Julio redactada por él – que su intención había sido entregarse al arbitrio ajeno, y hacer dependiente su suerte de otra voluntad. En tal caso nada más habría adelantado, ni reportado otro fruto de su sacrificio que el cambiar unas cadenas por otras y mudar de amo”.

Otra prueba de lo insospechable de la conducta de Francia y de la firmeza de sus convicciones la tenemos en el desaire que hizo a Rivadavia. Este personaje, llevado de la tendencia invencible de entenderse con España, celebró en Julio de 1823, con los comisarios de ésta, llegados al Río de la Plata, un acuerdo por el cual se comprometía él a suspender las hostilidades en América y a tratar de paz con su Majestad Católica. Al efecto tuvo que dirigirse a todos los gobiernos, para recabar su adhesión a aquel curioso convenio. Rivadavia, ministro de Relaciones Exteriores de Buenos Aires, comisionó al doctor Juan García de Cosio para venir a entenderse al efecto con el dictador paraguayo.

Impuesto éste de la nota que le trasmitió el enviado argentino desde Corrientes, donde se había detenido a esperar órdenes, no se dignó a recibirle, porque el objeto de su venida era inaceptable: desdén propio de un hombre resuelto a no permitir de manera alguna que se revocase a duda la independencia del Paraguay, que para él era un hecho consumado, desde que fue declarado caduco el poder del rey. El año siguiente los cañones de Ayacucho anunciaron que había terminado para siempre en América la dominación española.

Los peligros exteriores nunca intimidaron al dictador paraguayo. Los gobiernos de Río de Janeiro y Buenos Aires encontraron siempre en él un arrogante Jefe de Estado y un guardián celoso de los derechos territoriales de la República. Las fronteras de ésta se hallaban resguardadas por fuerzas considerables, que impidieron a las portugueses brasileños el usurpar nuevos territorios, y a los caudillos de las provincias vecinas el convulsionarla.

Contrasta esa su actitud con la de Rivadavia, Belgrano, Posadas, Alvear, García, Pueyrredón y otros políticos del Río de la Plata, los cuales, soñando con peligros imaginarios, cometieron muchos errores y actos de humillación.

Alvear, apremiado por Artigas, suplica a Inglaterra para que reciba como colonias suyas a las Provincias Unidas.

Rivadavia se presenta en Madrid a pedir perdón a Fernando VII y a rogarle que acepte de nuevo el vasallaje de sus antiguas colonias.

Todos, en fin, se confabulan para entregar la Banda Oriental al Brasil en gaje de sumisión, y convienen en buscar para el Río de la Plata un rey europeo, en lugar de un príncipe de la familia de los Incas, que en 1816 no desagradaba al mismo San Martín.

El Libertador Bolívar invitó al dictador a poner término al sistema de neutralidad en que se mantenía respecto de las demás Repúblicas, y recibió una contestación negativa (23 de Agosto de 1825).

En aquella época el Libertador tenía en Buenos Aires como encargado de negocios al célebre dean Fúnes, mal mirado por Rivadavia, pues éste, por celos, guardaba prevenciones contra el héroe colombiano y sus admiradores.

A su vez el gobierno argentino había acreditado ante él a los generales Alvear y Díaz Velez como ministros plenipotenciarios, con la misión de saludarle por sus triunfos militares y de solicitar aparentemente su cooperación en favor del Estado Oriental contra el Brasil, pero el verdadero objetivo de ella fue pedir la incorporación de Tarija a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

En las diversas conferencias que celebraron, hablaron sobre diferentes tópicos, los plenipotenciarios argentinos trataron de halagar al Libertador; y como éste era un hombre accesible a la lisonja, le pasó lo que al cuervo de la fábula soltó la presa, que era Tarija, y se ofreció a venir al Paraguay a derribar a Francia y luego pasar al Brasil y libertar la Banda Oriental.

Los plenipotenciarios argentinos, bien instruidos por Rivadavia, cogieron la presa abandonada, pero no aceptaron la oferta quijotesca del Libertador, cuya presencia en el Río de la Plata se consideraba peligrosa, so pretexto de que Inglaterra o su ministro Canning era contrario a la guerra con el Brasil por la posesión del Estado Oriental. Y se retiraron, trayendo el decreto de Bolívar que autorizaba al gobierno argentino a anexarse la provincia boliviana de Tarija.

Esos hechos están sucintamente relacionados en las minutas de las conferencias redactadas por los diplomáticos argentinos, y en las notas que el dean Fúnes trasmitía al presidente de Colombia y dictador del Perú.

Fúnes no comprendía el ardid diplomático de Rivadavia, pues insistió ante él para que permitiese a Bolívar invadir el Paraguay por el Bermejo. En nota de 29 de Septiembre de 1825 comunicaba a este último lo que sigue :

“Hace pocos días que tuve el honor de escribir a V. E. dándole razón de todos los asuntos que tuvo a bien confiar a mi cuidado. Tendrá presente V. E. que fue uno de ellos averiguar si por parte del gobierno había algún embarazo para que las tropas peruanas hiciesen una incursión en el Paraguay a fin de sujetar esta provincia rebelde. Entre los obstáculos que este ministro me opuso a la ejecución de este proyecto, dijo que fue uno de ellos tener ya este gobierno tiradas sus medidas para rendir por negociaciones pacificas (¿?) la obstinación del gobernador Francia, y que se prometía los mejores resultados ( ¡ ¡!!)... El cónsul británico Parish, que hace poco entró en la carrera diplomática como agente de negocios cerca de este gobierno, concibió el laudable pensamiento de escribir al gobernador del Paraguay (por insinuación de Rivadavia), y en calidad de mediador hacerle presentes todas las razones políticas que podían inducirlo a un avenimiento justo y razonable. Aprovechó también esta ocasión para interesarle vivamente por la libertad del naturalista Bonpland (a quién Bolívar deseaba rescatar), inhumanamente confinado a un oscuro retiro. Se prometía, sin duda, el agente británico, que cuando no fuese por sus respetos, a lo menos por los de su nación, ganaría partidos en su ánimo; pero ignoraba que Francia era uno de esos hombres extravagantes e intratables de que la historia no hace mención. En breve lo supo a costa de un rústico desaire. Impuesto Francia de lo que contenía el paquete, lo cerró y se lo devolvió, sin más respuesta que este insulto”.

El dictador consideraba, sí, como un insulto el que se le hiciese la proposición de someter el Paraguay a una soberanía extranjera, como lo intentó Parish inocentemente.

Ese hecho demuestra que aquel hombre estaba resuelto a hundirse bajo los escombros de la patria, antes que rendirse. Al devolver su nota impertinente al agente británico, quería decirle como Leonidas a los persas: Ven a conquistarla. Fue un rasgo de altivez propia de su carácter.

Según las notas de Fúnes a Bolívar, creían en aquella época que Francia ayudaría al Brasil en la guerra con las Provincias Unidas por la libertad del Estado Oriental. Pero se equivocaban, porque éste, por su política de no intervención en los países vecinos, y por la necesidad de defender el suyo propio, nunca hubiera prestado tal apoyo al Brasil, cuyo agente diplomático expulsó de la Asunción en 1828.

Esta neutralidad observada por el doctor Francia en las disensiones de las provincias limítrofes le atrajo las simpatías del tirano Rosas. Cuando nuestros cónsules López y Alonso y más tarde el primero como presidente de la República, celebraron, imprudentemente, alianza con los unitarios y la alzada provincia de Corrientes (1841 – 1845), en contra de Rosas – violando el principio de neutralidad y de no intervención – el dictador argentino, vivamente ofendido por ese hecho injustificado, comenzó a hostilizar al Paraguay y contestar su independencia. Al mismo tiempo, mandó publicar en el Archivo Americano, de Buenos Aires, núm. 29, el elogio del doctor Francia, en que se censura la conducta impolítica y hostil de López hacia el gobierno de la Confederación.

La parte pertinente de ese escrito dice así:

“Pero en su aislamiento el doctor Francia nunca repudió los principios proclamados por los fundadores de la independencia americana, y fue tan contrario al sistema colonial como a las intervenciones extranjeras. Tomó parte por las medidas que dictó, aun en el estado de aislamiento, en favor de la lucha de la independencia. Propendió así a su defensa, lejos de estipular alianzas con los que venían a atacarnos. Fue recto y severo en el ejercicio de la autoridad, e intachable en su conducta como americano, y por más rigoroso que sea el juicio que se emita sobre su administración, no podrá repudiársele el mérito de haber librado a su Provincia de los horrores de la anarquía y de la influencia ominosa y maligna de los salvajes unitarios. Este aislamiento, tan reprochado al doctor Francia, fue pues, un medio de conservación, y tal vez el único que podía adoptarse. Hizo lo que prescribe la razón y lo que practican todos los gobiernos en casos idénticos.

¿Quién ha nunca pensado en reprobar las medidas sanitarias, y la incomunicación de una ciudad, de una provincia y hasta de un reino, para preservarlos de una enfermedad contagiosa? Y la anarquía no es menos temible que la peste y el cólera morbo”.

El doctor don Juan Bautista Alberdi, emitió muchos años después un juicio análogo.

“¿O toman a lo serio esas Repúblicas (del Plata) – decía – el error que excluye al Paraguay de los hijos de la revolución de América? – La América no conoce la historia de ese país sino contada por sus rivales. El silencio del aislamiento ha dejado a la calumnia victoriosa. La América debe juzgar a esa hija de su revolución con su propio juicio, y rehacer su historia en honor de su gran revolución, a la cual pertenece el mismo doctor Francia, que como Robespierre y Danton, reúne a un lúgubre renombre, el honor de haber concurrido al triunfo de la revolución americana. El doctor Francia proclamó la independencia del Paraguay respecto de España, y la salvó hasta de sus vecinos por el aislamiento y el despotismo, dos terribles medios que la necesidad le impuso en servicio de su buen fin”.

Solo una rectificación cabe hacer a doctor Alberdi, y es que no puede establecerse paralelo entre “Francia y aquellos dos terroristas de la Revolución Francesa. Robespierre y Danton han sobrepujado a los mayores monstruos de la humanidad. Ellos se llevan la responsabilidad de las matanzas de centenares de presos en las cárceles de París; de los ahogamientos y fusilamientos en Nantes; de las ejecuciones de Burdeos y de la Vendea y del ametrallamiento e incendio de Lyon; de las cien mil víctimas, en fin, sacrificadas a su furor en toda la Francia.

En su Historia de los Girondinos, Lamartine describe los días del terror en París en los términos que siguen :

“Más de ocho mil sospechosos llenaban las prisiones de Paris un mes antes de la muerte de Danton. En una sola noche fueron arrojadas en ellas trescientas familias del barrio de San Germán, todos los grandes hombres de la Francia histórica, militar, parlamentaria y episcopal. No se tomaban ya los delatores la molestia de suponerles un crimen; su nombre les bastaba, sus riquezas los denunciaban y su clase los entregaba.

Eran culpables por barrios, por categorías, por fortuna, por parentesco, por familia, por religión, por opinión, por presuntos sentimientos, o, por mejor decir, no había inocentes ni culpables, no había más que verdugos y víctimas. Ni la edad, ni el sexo, ni la ancianidad, ni la infancia, ni las enfermedades que hacían materialmente imposible todo género de criminalidad, salvaban de la acusación ni de la sentencia. Los ancianos paralíticos seguían a sus hijos, los hijos de la tierna edad seguían a sus padres, las esposas a sus maridos, las hijas a sus madres, unos morían por su nombre, otros por su fortuna, unos por haber manifestado una opinión, otros por su silencio o por haber servido al trono, o por no haber abrazado con ostentación la República o por no haber adorado a Marat, o por haber sentido la muerte de los girondinos, o por no haber aplaudido los excesos de Hebert, o por haber aprobado la demencia de Danton, o por haber emigrado, o por permanecer quietos en su casa, o por haber introducido la miseria en el pueblo sin gastar su patrimonio, o por haber mostrado un lujo que insultaba a la penuria pública. Razones, sospechas, pretextos contradictorios, todo era bueno.

“Bastaba hablar los delatores en su sección y la ley los animaba dándoles una parte en las confiscaciones. El pueblo, a la vez denunciador, juez y heredero de las víctimas, creía enriquecerse con los bienes confiscados. Cuando faltaban pretextos de muerte a los proscriptos, espiaban en las prisiones las conspiraciones verdaderas o falsas.

“Espías disfrazados con la apariencia de presos provocaban las confidencias, los suspiros por la libertad, los planes de evasión entre los encarcelados; algunas veces inventaban a su antojo y enseguida se lo revelaban todo a Fonquier Tinville.

“Inscribían en sus listas de delación centenares de nombres de sospechosos, los cuales sabían sus crímenes por la acusación a estas ejecuciones en masa se daba el nombre de Hornadas de guillotina. Dejaban en los calabozos grandes vacíos y hacían creer al pueblo que se acababa de castigar un enorme crimen, y que, gracias a la vigilancia y severidad de la República, se había alejado un peligro inminente. Mantenían el terror e imponían silencio a los murmullos. Todos los días se aumentaba el número de las fatales carretas destinadas a conducir a los sentenciados al cadalso; a las cuatro rodaban por el Pont-au-Change y por la calle de Saint Honoré más o menos cargadas, hacia la plaza de la Revolución. Se alargaba su camino para prolongar el espectáculo al pueblo y el suplicio a las víctimas.

“Estos carros fúnebres encerraban muchas veces al esposo y a la esposa al padre y al hijo, a la madre y a sus hijas. Los semblantes llorosos que se contemplaban mutuamente con la ternura suprema de la última mirada, las cabezas de las doncellas apoyadas en el regazo de sus madres, las frentes de las mujeres inclinadas, como para cobrar ánimo, sobre el hombro de sus maridos los corazones apretándose contra otros corazones que iban a cesar de latir, los cabellos blancos y los cabellos rubios cortados por las mismas tijeras, las cabezas venerables y las cabezas seductoras segadas por la misma cuchilla, la marcha lenta del cortejo, el monótono chirrido de las ruedas, los sables de los gendarmes formando una muralla de hierro al rededor de las carretas, los comprimidos sollozos, los sarcasmos del populacho, esta venganza fría y periódica, que se encendía y apoyaba, a hora fija, a la calle por donde pasaba la comitiva, imprimían a estas inmolaciones alguna cosa más siniestra que el asesinato, porque éste era el asesinato dado como espectáculo y como placer a un pueblo entero. Así murieron, diezmadas en lo más escogido, todas las clases de la población, la nobleza, el clero, la clase media, la magistratura, el comercio, el pueblo mismo; así murieron todos los grandes y obscuros ciudadanos que representaban en Francia las categorías, las profesiones, las luces, las situaciones, las riquezas, las industrias, las opiniones, los sentimientos proscriptos por la sanguinaria regeneración del terror. Así cayeron, una a una, cuatro mil cabezas en algunos meses, y entre ellas las de los Montmorency, los Noailles, los la Rochefoucauld, los Mailly, los Lavoisier, los Nicolai, los Sombreuil, los Brancas, los Broglie, etc. etc. La democracia se hacía lugar con el hierro, pero, al hacérselo, horrorizaba a la humanidad”.

No hay necesidad de añadir, después de esto, que en el Paraguay no se han presenciado espectáculos semejantes en ninguna época de su historia. La dictadura de Francia no fue más que el oscuro reinado de un déspota apasionado por la independencia de su país que no ofreció el ejemplo de esas carnicerías humanas, sí de una existencia tranquila y embrutecedora, porque se la pasaba en el sopor y en el aislamiento impuesto por circunstancias excepcionales que esperamos no volverán a presentarse. No es esto pretender excusar los errores de su política interior y exterior, no. Explicamos su conducta no la justificamos; por que si él desplegó una energía salvaje para conservar la independencia de la República, debió también levantar el nivel moral del pueblo, ilustrarlo y civilizarlo. Y esta tarea que se imponía al primer López, no la llevó tampoco a cabo éste, sin tener derecho a alegar en su obsequio, como su predecesor, el peligro exterior, porque vivió protegido por el poderoso Imperio del Brasil desde el año 41, y contó con la amistad y benevolencia del general Urquiza desde el 52. Así lo demostramos en nuestro Resumen de la historia del Paraguay.

***

X

HECHOS QUE EXPLICAN LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY

Desde la fundación de la Asunción, el Paraguay pudo considerarse como Provincia autónoma. Cabeza de toda la gobernación del Río de la Plata hasta 1620, arraigóse en él la idea de la nacionalidad. Tuvo su historiador en el nieto de Irala, Ruydiaz de Gusmán, su gobernador criollo en Hernando Arias de Saavedra, y sus mártires ilustres en los valerosos comuneros de 1724, que predicaron el derecho democrático y expiraron en los cadalsos por la causa del pueblo. La creación del Virreynato del Río de la Plata, ocurrida en 1776, que le puso bajo la dependencia de Buenos Aires, avivó en él la conciencia nacional ya formada por el sentimiento que naturalmente produce una mudanza de este género. Su organización municipal había despertado en el pueblo el espíritu democrático.

Desde el primer día de su existencia tuvo su Gobernador, electo a las veces por él, su Obispo, su Cabildo, su Hacienda, sus milicias ciudadanas y demás autoridades propias, civiles, militares y eclesiásticas, en cada una de sus villas. Su población era enteramente homogénea y civilizada, pues, si bien es cierto que era, como todas las demás de América, atrasada en luces, se componía esencialmente de criollos y mestizos, todos gente agricultora y pacífica, de costumbres completamente urbanas. Por eso en el Paraguay nunca hubo caudillos montaraces y degolladores, ni gauchos trashumantes, como de ello dan fe todos los viajeros que le visitaron, principalmente don Félix de Azara.

Así como en Chile, predominó aquí el elemento civil, y no hubo dictadores militares. El doctor Francia fue un hombre de Estado de cuño europeo como Rivadavia.

El espíritu de independencia fue una consecuencia lógica de la conciencia nacional anteriormente formada. Francia no la creó, sino que fue su encarnación personal.

Impregnado de las ideas del Contrato Social, republicano a la manera de los revolucionarios franceses, y penetrado del espíritu de su siglo, hízose su intérprete y su caudillo en el Paraguay. Los hombres que marchan con las ideas de su país, como Francia, triunfan. Los que van contra ellas, como Rivadavia en Buenos Aires y como San Martín en el Perú, fracasan.

El éxito del doctor Francia en el Paraguay se debe pues a que él se hizo el intérprete de la aspiración nacional. Venció a todos sus adversarios y enemigos, prueba evidente de que era superior a ellos.

Y puso en jaque a Buenos Aires, prueba evidente de que colocó al Paraguay en condiciones superiores a los de ella.

Cuenta Robertson que el dictador, vanagloriándose de ello, le dijo un día: “¿Sabéis cuál ha sido mi política como gobernante del Paraguay? – Pues lo he mantenido incomunicado respecto de las otras provincias sudamericanas para salvarlo del espíritu de la anarquía y de la demagogia, que les ha acarreado tantos males. Por eso es más próspero que los demás pueblos; en él imperan el orden y el respeto a las leyes; pero luego que salgáis de sus fronteras, herirán vuestros oídos el estampido del cañón y el estrépito de las guerras civiles, que paralizan el comercio y proscriben el bienestar y el progreso. “¿Y de qué proviene eso? – Lisa y llanamente de que en Sudamérica no existe sino un solo hombre que comprende el carácter de su pueblo y que es capaz de gobernarlo. Ese hombre soy yo. Se decanta el amor a las instituciones libres, cuando lo que realmente hay es la pública expoliación. Los naturales de Buenos Aires son los más ligeros, vanos, volubles y libertinos de todos los que pertenecen a las antiguas colonias españolas de este continente, de ahí mi resolución de no tener con ellos relaciones de ninguna clase.

El doctor Francia no hacía justicia a los habitantes de Buenos Aires al describir su carácter. Los porteños eran y son hasta el día cultos, amables, benévolos y muy cumplidos caballeros. Es cierto que son algo frívolos y fisgones, como los parisienses,

gustan de reírse de los provincianos y de los hombres demasiado graves y solemnes que toman todas las cosas au tragique, y de burlarse de todo aquello que les parece una exageración, una ridiculez o un absurdo. Proviene esto de su buen humor habitual. Pero no por eso dejan de ser corteses y respetuosos con todos, principalmente con los extranjeros, Su natural bondadoso los hace ingenuos y sinceros, francos y generosos.

Son muy accesibles al entusiasmo por todo objeto noble y desinteresado, como la libertad y la gloria, como la humanidad y la patria, por ejemplo. Así, durante las guerras de la independencia sudamericana, prodigaron su sangre y sus recursos por el bien general.

Buenos Aires, por ser capital del Virreynato del Río de la Plata, y ser una ciudad opulenta y de mucho comercio, fue mirada con prevención y hasta con inquina por las otras provincias. Esa prevención subió de punto cuando, con motivo de la revolución, ella se arrogó el derecho de capitanearlos e imponerles su voluntad. Entonces se manifestaron las insurrecciones locales, que produjeron la conflagración general en la República. Primero se alzaron el Paraguay y el Uruguay, y luego las demás provincias. Y como la guerra civil vino a ser permanente en la Argentina, y se culpaba de ella a Buenos Aires, el doctor Francia creía también que los porteños eran no solamente anarquistas, sino también volubles o tornadizos, por causa de los cambios frecuentes de sus gobernadores, sin comprender que tales mudanzas eran sólo el resultado natural de la democracia naciente, no encauzada todavía.

Con todo el dictador nunca pensó en agredir a Buenos Aires, ni siquiera en incomodarle con intrigas en las provincias. Nunca prestó atención a las proposiciones de los caudillos alzados contra ella aunque al principio alentó los planes de Artigas, por considerar que la causa uruguaya era igual a la paraguaya, o que la Banda Oriental era de hecho una República independiente como el Paraguay.

La segregación del Paraguay de las demás Provincias de dicho Virreynato ha sido generalmente mirada como el origen del federalismo argentino. En el tratado del 12 de Octubre de 1811 se hablaba de federación, y de esta palabra – dicen – derivaron su programa y su bandera los caudillos provincianos que se alzaron contra la unitaria Buenos Aires.

Piensan otros que no pudieron haberle dado nacimiento ese documento diplomático, ni las Instrucciones que dictó Artigas a sus diputados el año 13, sino que se debe buscarle abolengo más remoto, en las tradiciones de los pueblos, en España y en las costumbres de los fenicios que vinieron a poblarla.

Esto equivale a arrancar del nacimiento de Helena la historia de la guerra de Troya, o hacer remontar la genealogía de los españoles a Tubal, como lo asegura la Crónica de Florián de Ocampo mandada escribir por Carlos V.

Para nosotros el origen del federalismo se encuentra en la naturaleza humana, fuente de todas las instituciones civiles, políticas y religiosas.

Antes de independizarse de la madre patria las colonias inglesas, ya existía en ellas el espíritu federalista, entendiéndose por tal el sentimiento de la autonomía local. Un proyecto de unión federativa que proyectaron, fue combatido por el gobierno británico.

Esta idea no la realizaron los americanos sino después de la independencia, con admirable buen sentido, por virtud de un pacto político que ha quedado como modelo. Y para prevenir todo recelo de las colonias entre sí, fundaron la capital en territorio neutral.

En Sudamérica, al estallar la revolución de 1810, igual movimiento democrático se produjo, según Restrepo, en Venezuela y Nueva Granada. En la primera se formó luego la Confederación de las Provincias Unidas de Venezuela, y en la segunda la provincia de Cartagena irguióse frente a Bogotá, no queriendo reconocerle supremacía. Aquellos países, cediendo a la influencia de Bolívar, pronto se unieron y formaron la República de Colombia con el Ecuador.

El Río de la Plata, que se componía de tantas provincias, no podía sustraerse a esta evolución natural de las sociedades. De ahí el credo federalista que reclamaba la autonomía provincial en virtud de un pacto entre iguales. Es que existe en los pueblos el sentimiento del gobierno propio, como extensión del sentimiento individual, de tal suerte que cuando se desatan los vínculos que los ligan a otro poder, aspiran todos a la independencia. Pero los políticos de Buenos Aires desconocieron la verdad de este hecho y se obstinaron en no resolver el problema en forma racional, provocando la guerra civil permanente y la dictadura, estado de cosas que duró hasta 1864, e influyó para que el Paraguay no saliese de su retraimiento hasta 1870.

El dictador Francia no aisló al Paraguay por el mero gusto de aislarlo. Lo adoptó como medio de defensa contra la demagogia argentina. Y él no fue el único que pensaba de ese modo, pues de ese mismo sentir era el Mariscal Sucre, quien, rigiendo los destinos de Bolivia, insinuaba a Bolívar la idea de que para preservar a su país de aquel contagio, era necesario que Tarija no saliese de su dependencia. Desde Chuquisaca le escribía esta carta que lleva fecha de 12 de Abril de 1826:

“Dije a usted que también le hablaría de Tarija, que si queda en poder de los argentinos, Bolivia se infecta del desorden y de la anarquía, que la Constitución será minada y traída a tierra desde allí, donde los argentinos a ochenta leguas de tres capitales nuestras, y a las orillas y lindando con cincuenta pueblos de tres departamentos, nos introducirán sus principios desorganizadores... Ya han ocurrido allí (Tarija) dos revoluciones y quitado y puesto dos gobernadores; este ejemplo tan cerca, ve usted cuán fatal nos es”.

La incomunicación mantuvo al Paraguay en la pobreza, pero, es necesario repetirlo, la causa de esta medida no debe buscarse en el capricho del dictador, sino en el peligro exterior. País enteramente mediterráneo, rodeado de vastas regiones inhabitadas y de provincias anarquizadas por el caudillaje y las montoneras, rodeabanle enemigos por todos lados. En el norte los portugueses brasileños, quienes fieles a su vieja costumbre de avanzar sobre el dominio ajeno, se mantenían siempre en acecho de una ocasión propicia para usurpar más territorios, y en el sud las hordas desvastadotas de Chagas y

Andresito, que destruyeron las misiones del Uruguay y del Paraná, y los caudillos federales de Corrientes y Entre Ríos, que le amenazaban con invasiones armadas. Para prevenir esas tormentas, que ponían en peligro la independencia nacional, el dictador acordonó de tropas el territorio de la República, no permitiendo más comercio exterior que por uno solo de sus puertos fluviales. Y a decir verdad, no le quedaba otro medio de defensa por causa de la escasez de sus elementos de combate. Por eso mismo la política del dictador fue esencialmente estática y conservadora. Pero salió de ella el Paraguay como potencia militar con una población aproximada de trescientos mil habitantes. Fue en su época la Esparta americana.

Carlyle juzga su gobierno de este modo:

“Estábamos en la creencia de que Dionisio el tirano de Siracusa, y, en realidad, la estirpe entera de los tiranos, había desaparecido muchos siglos atrás, llevándose su merecido; cuando he aquí que en nuestras mismas narices se levanta un nuevo tirano que nos reclama también su galardón. Precisamente cuando la libertad constitucional comenzaba a ser comprendida, y nos lisonjeábamos de que con las correspondientes urnas electorales y las correspondientes comisiones de registro y los estallidos de elocuencia parlamentaria, se formaría en aquellos países (de América) algo así como un verdadero Palaver nacional, se levanta este bronceado, este descarnado, este inexorable doctor Francia, traba embargo en todo aquello, y en la forma más despótica le dice a la libertad constitucional: Hasta aquí – Es un hecho innegable, aunque parezca increíble, que Francia, siendo un particular macilento, practicante de derecho y doctor en teología, haya tenido por espacio de veinte o cerca de treinta años, extendida su varilla sobre el comercio extranjero del Paraguay, diciéndole Detente! Los buques en seco con las junturas sin brea, se abrían abandonados en las riberas arcillosas del río, y nadie podía comerciar sin una licencia especial suya. Si alguno penetraba en el país y a Francia le disgustaban sus papeles, su conversación, su porte o el corte mismo de su rostro, tanto peor para él, ya no podía salir del Paraguay... La libertad de opiniones privadas, a menos de estarse con la boca cerrada, había concluido en el Paraguay. Por más de veinte años permaneció éste en entredicho, separado del resto del mundo por el nuevo Dionisio. Todo el comercio extranjero había cesado, y, con mayor razón, toda forma constitucional doméstica. Extrañas cosas son éstas. Avergüenza el pensarlo! Después de inclinarse en un tiempo a ser uno de los mejores amigos de la humanidad, fue gradualmente endurecido por el éxito y el amor al mando, convirtiéndose en una especie de demonio rapaz o ladrón nocturno solitario, que sustrajo los palladiums constitucionales de sus recintos parlamentarios y ejecutó más de cuarenta personas. Francia no volvió a convocar ningún otro Congreso. Había hurtado los palladiums constitucionales e impuesto su perversa voluntad. Francia no era hombre de dejarse burlar con conspiraciones. Miró, expió, averiguó, hasta darse cuenta exacta de la extensión, posición, naturaleza y estructura de la trama y luego... luego, como un milano o como fiero cóndor que surge repentinamente del invisible azul, se precipitó sobre ella, le revolvió el corazón con el pico y con las garras, la despedazó hasta reducirla a pequeñísimos fragmentos y allí mismo se lo devoró. “Oh gauchos constitucionales, mi dominio del Paraguay, mucho más duro de lo que vuestras estupideces lo suponen, es de por vida; el contrato es: morirás si te quitan tu dominio. No atentéis contra mi vida, o por lo menos que lo haga un hombre que esté arriba de don Fulgencio el domador. ¡Por el cielo; si atentáis contra mi vida, he de obligaros a que cuidéis de las vuestras! Ejecutó más de cuarenta personas! A cuántas otras arrestaría, flagelaría, interrogaría él, que era hombre inexorable! Mal lo pasaban los culpables o sospechosos de tales...”. Carlyle se burla de la democracia sudamericana como de una parodia de la del Norte; de Itúrbide como de una caricatura de emperador; de San Martín, porque dentro de su habitación tenía colgado su retrato entre los de Napoleón y Wellington; de Bolívar, porque sus panegiristas le comparaban con Washington; y con el héroe de Wagram y de Austerlitz.

Téngase en cuenta que él escribía ese trozo histórico en 1843, en la época en que el dictador Rosas daba seria ocupación a Francia é Inglaterra, la prensa de ambos mundos publicaba las tablas de sangre de Rivera Indarte, y se alzaban por doquiera, en Sudamérica, los caudillos militares con las constituciones y las leyes. Contemplaba él con asombro esa danza macabra, ese cuadro sombrío de las luchas de los partidos, y sólo en el Paraguay veía, al través de Rengger y de Robertson, un hombre que supo librar á su país de esa calamidad, y formuló este juicio: “el doctor Francia vale más que los palladiums constitucionales, porque él, no siendo más que un oscuro abogado, se impuso a sus conciudadanos, les enseñó las artes de la paz, y se hizo respetar de sus vecinos”.

 

XI

JUICIO FINAL SOBRE EL DICTADOR FRANCIA

Francia murió de una vieja enfermedad el 20 de Septiembre de 1840, a los setenta y cuatro años de edad. Vio llegar la hora de su muerte con la ataraxia de Marco Aurelio. Su médico Estigarribia no recogió ningún testamento de sus labios.

Por su actuación histórica no guarda semejanza con los tiranos antiguos de la Roma Imperial, ni con los gauchos degolladores de la América del Sud como Rosas y otros. Fue un hombre de Estado que se propuso fundar una República independiente y recurrió al efecto al despotismo, como Richelieu, Cisneros, Pombal y los príncipes de la edad moderna, que apelaron a los mismos medios para anonadar a los señores feudales, fundar las monarquías absolutas y engrandecer a sus respectivas naciones. Todos sus actos lo presentan como un hombre de inteligencia superior y pasiones concentradas, que persigue un objeto único; de ambición elevada e inclinado al mando, no por amor a él sino por cálculo, de penetración de espíritu y astucia diplomática para urdir planes y adivinar las intenciones ajenas; de voluntad imperiosa, característica de los hombres que se creen superiores a los demás, e inquebrantable en sus propósitos, como hombre de convicciones profundas que no transige sobre el fin que busca, el cual, siendo su ideal, constituye su pasión y su fuerza. Hombres de este género son incorruptibles e inexorables, sin ser naturalmente perversos.

Los escritores unitarios no ven en el dictador Francia más que un maniático, un malvado y un ambicioso de mando por el placer de mandar.

¡Cuán de otro modo le juzga un escritor de genio, el famoso historiador de Cromwell!

Con profunda ironía, a la vez que con gran dosis de buen sentido, se burla de aquella insustancial acusación en estos términos:

“El amor del mando sin más objeto que el de poner en movimiento a los lacayos, es un amor, se me ocurre, que sólo puede caber en el espíritu de gentes de condición muy pueril. Y a un hombre ya crecido como el doctor Francia, que, según se me asegura, no necesitaba sino de tres cigarros diarios, un mate y cuatro onzas de carne, no podían darle otra cosa más todos los lacayos del mundo, unidos y preocupados constantemente de él.

Y ése ya lo tenía y siempre lo había tenido. ¿Por qué pues había de querer el mando de lacayos? ¿Le placería, acaso, verlos a su alrededor, con sus asiduidades servirles, con sus morisquetas y sus lealtades mentidas?”

Tiene razón el zumbón escritor británico. Un hombre de verdad, como el doctor

Francia, no ama el poder sino para dominar el desorden, o para realizar un fin. Francia tenía el suyo y lo consiguió. No convocó Congresos populares para renunciar su cargo, fingidamente, porque no era cómico. Ni se gozaba con los placeres frívolos, ni le hacían feliz la adulación y la lisonja. Llevó la vida de un hombre adusto, zahareño y desamorado.

Pero es de suponer que habráse deleitado con la realización de su obra, empresa que llevó a término con verdadero espíritu de sacrificio, con sentimiento heroico y con una emoción que se parecía a la abnegación de los apóstoles de una religión nueva.

El doctor Francia, al conferirse en 1816 la dictadura perpetua, no reclamó la suma del poder público, cual sucedía en Buenos Aires. Se hizo dar sencillamente el mando político y militar de la República en estos términos: “Se le declara y establece – dice el acta correspondiente – Dictador perpetuo de la República, durante su vida, con calidad de ser sin ejemplar”.

Es decir, que esa dictadura no serviría de precedente para conferírsele a otro, después de él. Francia quería, pues, que la dictadura en el Paraguay concluyese con su persona, comprendiendo que de ese mando puede abusarse en detrimento de la libertad.

Los gobiernos de Buenos Aires pedían siempre el poder absoluto, la suma del poder público, o sea, el poder de dictar leyes. Y las legislaturas se lo concedían siempre, desde 1810 hasta 1852.

Francia gobernó el país con las leyes españolas, que quedaron vigentes. Los decretos que él dictaba no eran leyes, sino medidas de policía y de seguridad, que las circunstancias exigían.

El dictador no ha creado en el Paraguay un estado de sociedad como el de los tiempos de Mario y Sila, y de los emperadores de Roma, como generalmente se cree por ignorancia.

Camilo Desmonlins, condenando los excesos de la Convención Francesa, pinta de la sociedad romana, por vía de comparación, este lúgubre cuadro:

“Después del sitio de Perusa, dicen los historiadores, a pesar de la capitulación, Augusto respondió: ¡Todos debéis perecer! Fueron conducidos al Palacio de Julio César, y allí degollados el día de los Idus de Marzo, trescientos de entre los principales ciudadanos; después de lo cual, se pasó indistintamente a cuchillo el resto de los habitantes, y la ciudad que era una de las más hermosas de Italia, quedó reducida a cenizas y borrada como Herculano de la superficie terrestre. Había antiguamente en

Roma, dice Tácito, una ley que especificaba los delitos de estado e imponía la pena capital. Estos crímenes de lesa majestad se reducían en tiempo de la República a cuatro especies. Si un ejército ha sido abandonado en territorio enemigo; si se habían excitado sediciones; si los miembros de los cuerpos constituidos habían administrado mal los caudales públicos; si la majestad del pueblo romano había sido envilecida. Los emperadores sólo necesitaron algunos artículos adicionales a esta ley para envolver a los ciudadanos y a las ciudades enteras en la proscripción. Así que se consideraron las palabras como crímenes de Estado, ya no quedaba más que un paso para cambiar en delitos las simples miradas, la tristeza, la compasión, los suspiros y hasta el silencio.

Presto se tuvo por crimen de lesa majestad o de contrarrevolución el monumento que Mursa había erigido a sus habitantes, muertos en el sitio de Módena, combatiendo bajo las órdenes de Augusto; pero por combatir entonces Augusto con Bruto, Mursa sufrió la misma suerte que Perusa.

“Crimen de contrarrevolución a Libonio Druso por haber preguntado a los que decían la buena ventura, si poseería algún día grandiosas riquezas. Crimen de contrarrevolución al publicista Cremucio Cordo por haber denominado a Bruto y Casio los últimos romanos.

Crimen de contrarrevolución a un descendiente de Casio por tener en su casa un retrato

de su bisabuelo. Crimen de contrarrevolución a Mamerto Escauro por haber hecho una tragedia en que había cierto verso que podía tener dos interpretaciones. Crimen de contrarrevolución a Torcuato Silano por gastar mucho. Crimen de contrarrevolución a Petrio por haber soñado con Claudio. Crimen de contrarrevolución a Apio Silano, porque su mujer había soñado con él. Crimen de contrarrevolución a Pomponio, porque un amigo de Seyano había venido a buscar asilo en una de sus casas de campo. Crimen de contrarrevolución por quejarse de las desgracias de los tiempos, porque era esto hacer el proceso del gobierno. Crimen de contrarrevolución, por no invocar el genio de Calígula; por haber dejado de hacerlo, muchos ciudadanos fueron destrozados a golpes, condenados a las arenas o a las fieras, y algunos aserrados por medio del cuerpo. Crimen de contrarrevolución a la madre del cónsul Fabio Gemino, por haber llorado la muerte funesta de su hijo.

“Alegre debía manifestarse en la muerte de un amigo, de un deudo, el que no quería exponerse a perecer. En tiempo de Nerón, muchas personas a cuyos allegados había hecho matar, iban a dar gracias a los dioses; y además ponían luminarias, porque había que tener un aire de satisfacción, un aire de contento y serenidad. Se tenía miedo de que el miedo mismo hiciese a uno culpable. Todo inspiraba sospechas al tirano. Si un ciudadano tenía popularidad o era rival del príncipe y podía suscitar una guerra civil : sospechoso.

“¿Era uno pobre? ese hombre debía ser vigilado de cerca; nadie es tan emprendedor como el que nada posee: sospechoso. ¿Teníais acaso un carácter sombrío, melancólico o vestíais con descuido? estabais afligidos porque los negocios públicos iban bien?... sospechoso.

“Si uno era virtuoso y austero en sus costumbres, bueno; era otro Bruto que pretendía con su palidez censurar a una corte amable y bien penada: sospechoso. Si uno era filósofo, orador o poeta, era porque aspiraba tener más fama que los que gobernaban.

¿Podía consentirse que se hiciera más caso del autor que del emperador en su palco de celosías? Sospechoso.

“En fin, si alguno había adquirido reputación en la guerra era tenido por más peligroso por causa de su talento. Hay recursos para un general inepto. Si es traidor, no puede entregar su ejército al enemigo sin que vuelva alguno. Pero si un general como Corbulón o Agrícola hiciere traición, arrastraría consigo a todos. Vale más deshacerse de él, o al menos conviene alejarlo cuanto antes del ejército: sospechoso. De esta suerte no era posible tener alguna cualidad, a no ser haciendo de ella instrumento de la tiranía, sin despertar los celos del déspota y sin exponerse a una pérdida evidente. Era un crimen desempeñar un gran destino o renunciarlo; pero el mayor de todos los delitos era el de ser incorruptible. Uno era acusado por su nombre o el de sus antepasados; otro por su hermosa casa de Alba; Valerio Asiático, por que sus jardines habían gustado a la emperatriz; Itálico, por haberle disgustado su cara; y otros muchos sin saber por qué.

“Toranio, el tutor, el antiguo amigo de Augusto, estaba proscrito por su pupilo, sin achacársele otro motivo que ser hombre de probidad y amante de su patria. Ni el pretorado ni su inocencia pudieron libertar a Quinto Galio de las sangrientas manos del ejecutor; ese Augusto, cuya clemencia se ha ensalzado tanto, le sacó los ojos con sus propias manos. Era uno vendido y asesinado por sus esclavos o sus enemigos; y si no tenía enemigos, se hallaba un homicida en un huésped, en un amigo, en un hijo. En una palabra, durante aquellos reinados, tan extraña era la muerte natural de un hombre célebre, o de un funcionario, que se publicaba como un grande acaecimiento, transmitiéndolo el historiador a la memoria de los siglos. En este consulado, dice nuestro analista, hubo un pontífice, Pisón, que murió en su cama, lo cual fue tenido por prodigio.

“A tales acusadores, tales jueces. Los tribunales protectores de la vida y de la propiedad se habían convertido en carnicerías, donde lo que llevaba el nombre de suplicio y confiscación no era más que robo y asesinatos. Si no había medio de enviar un sospechoso se recurría al asesinato o al veneno. Celor Elio, la famosa Locusta y el médico Aniceto eran envenenadores de profesión, titulares, del séquito de la corte y una especie de grandes dignatarios de la corona.

“Si no bastaban estas semi-medidas, el tirano recurría a una proscripción general. De esta suerte, Caracalla, después de matar con su propia mano a Geta, declaró enemigos de la República a todos sus amigos y partidarios, en número de veinte mil; y Tiberio, enemigo de la República, mató treinta mil, y de esta manera Sila, en un solo día, prohibió el uso del agua y del fuego a setenta mil romanos. Si un emperador hubiese tenido una guardia pretoriana de tigres y panteras, no hubiera despedazado más personas que con los delatores, libertos envenenadores y sicarios de César, porque la calamidad ocasionada por él cesa con el hambre, pero la causada por el terror, la codicia o las sospechas de los tiranos no tiene límites. Hasta qué grado de envilecimiento y bajeza podrá llegar la especie humana, cuando se considera que Roma consintió el gobierno de un monstruo que se quejaba de no ver su reinado distinguirse con calamidad de peste, de hambre o terremoto; que envidiaba a Augusto el haber tenido en su reinado un ejército destrozado; a Tiberio los desastres del anfiteatro de Fidenas, donde habían perecido cincuenta mil personas; y para decirlo todo en una palabra, que deseaba ver el pueblo romano con una sola cabeza para derribarla de un golpe!”

Se falsea la historia cuando se pretende establecer un paralelo entre el dictador

Francia propagandista de la Revolución y de los derechos imprescriptibles del individuo, y los tiranos antiguos y modernos, enemigos del género humano.

Nerón y Tiberio, Calígula y Domiciano, César Borgia y Carlos IX, Enrique VIII y

Felipe II, Fernando de Nápoles y Fernando VII de España, Murillo y Boves, Rosas y Solano López, representan a los últimos.

En la historia de estos malvados, como en la de los convencionales franceses, se cuentan matanzas en masa por ciudades, por familias y por clases sociales, proscripciones, incendios, asesinatos, parricidios, envenenamientos, orgías, incestos y otros crímenes nefandos.

¿Acaso el dictador Francia cometió tales monstruosidades? Evidentemente, no. Su vida privada fue ejemplar, y como magistrado supremo no corrompió a los ciudadanos por dádivas, recompensas y honores, ni formó aduladores. Antes bien, exigió de todos el sacrificio de sus intereses para fundar la Esparta Americana, que salió poderosa de sus manos. Más todavía: hizo del Paraguay una orden de caballería, una milicia armada, destinada exclusivamente a defender su causa.

Se le puede censurar, sí, por algunos actos cometidos abirrato, o en momentos de mal humor; por haber extremado la incomunicación del país y no haber fomentado la instrucción del pueblo; y por haber usado de rigor con los individuos acusados del delito de conspiración contra su persona en 1820; pero es imposible dejar de reconocer que fue un abogado de conciencia, un funcionario íntegro, y un magistrado que conservó puras sus manos en el manejo de los caudales públicos. Él sacrificó su nombre, su reputación y su prestigio personal a la conservación de la República que había fundado, mostrándose un déspota severo al estilo de Richelieu y de Cisneros. No hizo del poder asunto de granjería, ni lo convirtió en instrumento de venganza, sino que se sirvió de él para afirmar la patria independencia, que fue su ideal y su pasión. No odió la libertad, porque en todos sus escritos prohijó la doctrina de los derechos humanos inalienables, la libertad de conciencia y la de cultos, aún cuando las circunstancias le obligaron a vulnerarlos. Pero hay que convenir en que en su época la justicia no existía en ninguna parte de América. A Rengger dijo que esperaba ver en breve al pueblo paraguayo gozar de la libertad. Fue un sincero republicano, y reprochó siempre a los monarquistas su extravío. No fue un talento al servicio de las pasiones, como dice Estrada, sino una inteligencia y una voluntad fuerte al servicio de su Patria. “Palpitaba, sí, en su alma el nervio de la concepción rápida y altanera, de la ambición elevada, de la perseverancia indomable”, según el mismo escritor; pero no era nulo en su organización el resorte de la moral, ni el sentido de la justicia, como en César Borgia y en los Nerones antiguos y modernos. El mismo autor lo

confiesa a renglón seguido, cuando agrega: “Francia aventaja al héroe del Príncipe toda la altura del genio y toda la trascendencia de su empresa...”

Francia tenía el instinto político y la complexión del hombre de Estado. Su ideal era patriótico, pero no llegó a personificar la humanidad y la democracia, por causa de su severidad. Carecía de vicios, pero sus pasiones eran violentas. Amaba la verdad y la justicia, pero le faltó la generosidad. Fue un déspota inclemente por cálculo, no por maldad natural, como se le supone.

Estadista de sagaz penetración, comprendió desde el primer día el sentido de la revolución americana, y se puso a su servicio dentro de su país. Alentó a Artigas a ese mismo fin, de suerte a crearse un aliado que persiguiese la misma causa que él, en medio de la gran contienda argentina; pero no se mezcló en ella.

Entusiasta admirador de las doctrinas políticas de Rousseau, las propagó en sus discursos y escritos oficiales, especialmente las que se refieren a la soberanía popular y los derechos humanos imprescriptibles. Y provisto de estas armas, proclamó el principio de las nacionalidades y defendió la independencia del Paraguay.

Su espíritu esencialmente práctico, cual conviene a todo hombre de Estado, y su buen sentido, le llevaron a prescindir de todo lo utópico y paradójico que había en el Contrato Social. Augusto Comte le considera como uno de los tipos representativos de la política moderna.

Como Rivadavia en Buenos Aires, el doctor Francia se creyó el hombre providencial en el Paraguay. Él lo hacía todo: arreglaba las calles y las plazas, disciplinaba sus tropas, enseñaba a los reclutas y dirigía a los sastres que tenían que cortar y componer los uniformes para los soldados. Cuando se construían obras públicas, él era el director obligado de los albañiles. Tenía a su cargo el despacho universal. Él fomentaba la agricultura, enseñaba los cultivos y las artes útiles y reglamentaba las profesiones. En la antigüedad hubiera sido adorado como aquellos fundadores de ciudades, Cadmo o Cécrops, o como los legisladores Minos y Licurgo.

En carta o nota dirigida a su Delegado de Itapúa, el 10 de Diciembre de 1828, le describe el estado del país antes de su gobierno, y le cuenta sus afanes, desvelos, trabajos y sacrificios por defender al Paraguay contra sus enemigos y por sacarlo de la oscuridad y atraso en que vegetó por causa del régimen embrutecedor de la dominación española.

He aquí uno de sus párrafos:

“Aquí, cuando recibí este desdichado gobierno, no encontré de cuenta de tesorería ni dinero, ni una vara de género, ni armas, ni municiones, ni ninguna clase de auxilios, y no obstante he estado y estoy sosteniendo los crecidos gastos, la provisión y apresto de artículos de guerra, que demanda el resguardo y seguridad general, a más de costosas obras y faenas, a fuerza de arbitrios, de maña, de diligencias aún con otros países, y de un incesante trabajo y desvelo, supliendo por oficios y ministerios que otros debían desempeñar en lo civil, en lo militar, y hasta en lo mecánico; recargado por esto aún de ocupaciones que no me corresponden, ni me eran decentes, todo esto por hallarme en un país de pura gente idiota, donde el gobierno no tiene a quien volver los ojos, siendo preciso que yo lo haga, lo industrie y lo amaestre, todo por sacar al Paraguay de la infelicidad en que ha estado sumido por tres siglos. Por eso después de la revolución todos se atrevieron a robarlo, y lo robaron a satisfacción porteños, artigüeños y portugueses”.

Efectivamente, al recibir Francia el gobierno, no había en las cajas públicas, ni un centavo. Él se hizo comerciante por cuenta del Estado, estableció impuestos y exigió contribuciones forzosas a los españoles y hombres pudientes, y de esta manera allegó recursos para comprar armas y municiones, y mandar ejecutar obras públicas. El Paraguay llegó a ser, relativamente, un poderoso Estado militar defendido en sus fronteras por fortines y guarniciones armadas.

El dictador no se preocupó del juicio de la posteridad. Nunca se hizo elogiar por nadie, ni dentro ni fuera del país. Es cierto que de su época queda una pieza laudatoria a su persona: la arenga del cura de la Catedral doctor José Isasa. Pero por ser la única y por el hecho de haber sido pronunciada en el templo, es racional suponer que él no la insinuó y que fue una salutación espontánea del predicador, según la costumbre establecida. Todos los actos de su vida revelan que la palabra gloria no tenía sentido para él. Y si alguna vez pensó en ella – de lo cual no existe el menor indicio – ha debido decir con Marcial: Si post fata venit gloria, non propero.

Sin duda, él creía cumplir una misión, la cual consistía en crear una nación independiente, llamada a perdurar al través de las edades. La República del Paragua y es su obra, y ella sobrevivirá a las maldiciones de su siglo. Por eso ha podido decir con Horacio: Exegi monumentum are perennius.

 

 

 

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