"Jaku’éke Paraguay, oguahẽmako la hora"
Emiliano R. Fernández
(Rojas Silva rekávo)
"Néina lo mitã, ñañomoirũmba:
taheñói jevy ñane mba’e"
Antonio Figueredo (Ana Barreto)
(Taheñói jevy ñane mba’e)
"Yo no sé si aún estará esa esquina de mi barrio
donde antaño yo aguardara a la dueña de mi amor"
Néstor Romero Valdovinos
(Tardes asuncenas)
"Ne rembemimi yvága rokẽ
ha nde ropea amambái roky"
Lorenzo J. Delvalle
(Panambi hovy)
HISTORIAS QUE NOS ACERCAN INTIMIDADES
Mario Rubén Álvarez nos cuenta la gestación de estos trabajos en el prólogo del primer volumen de LAS VOCES DE LA MEMORIA, imprescindibles para conocer a los autores de nuestra rica cultura popular. Le movió el deseo de indagar en las ideas, sentimientos y circunstancias que alientan a los autores a expresarse. El resultado es enteramente encomiástico. El lector se mueve entre el asombro, la curiosidad, la perplejidad, la ternura o la sonrisa frente a la ingenuidad de unos versos pretenciosos, pero escritos con los impulsos de un corazón herido.
En los tres tomos anteriores, como en el presente, los temas son recurrentes: el amor triunfante o frustrado, la nostalgia por la patria chica, la madre ausente o no. Hay, desde luego, versos que se distancian de estos tópicos. Entre todos, conforman una literatura popular vigorosa. Si no fuera por el paciente buceo de Mario, habría permanecido, en la mayoría de los casos, soterrada para siempre.
Nos encontramos con historias conmovedoras que nos acercan a la intimidad de celebridades como José Asunción Flores, de quien conocemos y admiramos sus creaciones musicales, pero que a muy pocos les fue dada la ocasión de casi tocar los arpegios de su alma. Cholí, su celebrada composición, esconde una trágica novela de amor que, no obstante, se convirtió en una briosa polka. En el recuerdo del músico quedó, no la tristeza de un final, sino la alegría de un comienzo. De esos comienzos que nunca acaban. Tanto es así que el oyente, conocedor a partir de ahora de la historia, encontrará en cada nota los sentimientos que unieron y desunieron a los protagonistas del relato.
Excelente poeta en guaraní y en castellano, Mario cuenta con la autoridad que le da su talento y su sensibilidad para descubrir a otros creadores, no para seccionar los versos en engreídos estudios, sino para acercarnos al alma que les dio vida. Y como la vida biológica, la poética está cargada de contradicciones, de profunda humanidad. Pensamos en el celebrado guitarrista Efrén Echeverría, más conocido como Kamba'i, en las circunstancias que le hicieron un artista de pies a cabeza; en su primera composición imitando el cacareo de una gallina que estaba en la lista de espera para el sustento familiar; con su hacha tirando árboles y subido a las hangadas por el Jejuí, el Ypané. La dureza de estas y otras tareas no impidió que su espíritu se derramara en delicadas melodías. Al fin llegó a Asunción "sin hacha y sin plata y sin guitarra y sin documentos (...) En Asunción, era un pájaro fuera de su querencia. Se sentía un extraño en medio de un monte diferente, hecho de cemento, bocinas, urgencias y luces perpetuas". Pronto dejó de ser un extraño. Con su novedoso estilo ascendió a la fama donde permanecerá por siempre. Por lo menos, eso sería lo justo.
No es cierto que los poetas escriben sentidos versos de amor sólo al estar enamorados. También cuando están necesitados de dinero -tan poco parecido al amor, pero que suelen llevarse bastante bien- son capaces de crear inspirados poemas como nacidos de un corazón que implora de rodillas. Esto se desprende de la historia de una hermosa canción, Josefina, de Aniceto Sánchez Goiburú y Mauricio Cardozo Ocampo. En rigor, los versos se deben a la pasión de un herrero, Victoriano Gallardo Soto, que yéndose en suspiro por Josefina Ortega Núnez, acudió al poeta para encargarle la "confección" de un poema. No sabemos si el acuerdo económico fue antes o después del trabajo. Los versos se hicieron famosos con la melodía de don Mauricio.
¿Quién no conoce
Bella virgencita amada
cómo quisiera besar
esa tu boca de miel
que es un rico fontanar
Y ese tu negro lunar
que tienes en la mejilla
y que es una maravilla...?
Es frecuente encontrarnos con versos que, sin la música que les tocó en suerte, tal vez nunca serían conocidos. Incluso algunos de los mejores escritos en guaraní como Ne rendape aju, Nde ratypykua, Jasy morotĩ, Chipera Luque, Virginia, etc.
Este cuarto tomo de LAS VOCES DE LA MEMORIA -acertado título de una serie que recupera del olvido esenciales anécdotas- nos pone frente a la importancia (había sido) de contar en nuestra bibliografía con una acabada y completa recopilación de las circunstancias que rodearon el nacimiento de los versos y de las melodías que son parte de nuestra identidad cultural. Esta identidad a la que cada vez más, desde la globalización, o sea, desde el neoliberalismo, se trabaja para hacerla desaparecer. En un reciente artículo, uno de los principales y talentosos difusores de esta corriente, Mario Vargas Llosa, afirmó que "la identidad cultural es una ficción confusa ...y una noción aberrante".
Frente a los intentos de reducir la identidad cultural a términos mercantilistas, bien está el esfuerzo singular de Mario Rubén Álvarez que desde mediados de 1998 nos ofrece, vía Correo Semanal del diario Última Hora, una pequeña gran historia de algunas de las grandes creaciones poéticas y musicales, junto con otras que permanecían escondidas, pero igualmente valiosas como testimonio de una expresión cultural.
En estas nuevas VOCES DE LA MEMORIA, como en las tres anteriores, encontramos rectificaciones de algunos relatos que pasaban como auténticas y que si no fuera por la rigurosa investigación de Mario Rubén, persistiría el error tal vez para siempre. Así, por caso, la autoría de TAHEÑÓI JEVY ÑANE MBA’E, esta conocida canción nacida en el corazón mismo del stronismo para denunciarlo de costado en un festival estudiantil cuyo reglamento prohibía que se hiciera de frente.
Encontramos también los versos de ELEGÍA A JOSÉ ASUNCIÓN FLORES, de Rubén Bareiro Saguier, con música de Francisco Marín. La profecía de Rubén se cumplió plenamente al anunciarnos: Cuando despierte el alba/ las manos de tu pueblo/ devolverán tu cuerpo/ a la tierra fraterna./ Tu guarania de viento/ será nuestra bandera.
Le agradezco a mi amigo Mario Rubén Álvarez la ocasión de inscribir mi nombre en este trabajo. Desde mucho antes de que apareciera el primer tomo, y como lector que disfrutaba y aprendía semanalmente de su tarea, le preguntaba cuándo reuniría en un libro tantas y valiosas voces que documentan un retazo valioso de nuestra historia artística y literaria en su arista más desconocida. Hoy ya está por el cuarto tomo con anuncio del quinto. Antes de este rescate era inimaginable que alguna vez nos encontraríamos leyendo tantas anécdotas que forman un todo del pasado y del presente de nuestros creadores.
Emiliano R. Fernández era un andariego. A pie, a caballo, en carreta, llegaba a todos lados. Una mañana se lo encontraba en Caballero, otra tarde en el Km. 61 de Carlos Casado en el Chaco. La noche lo sorprendía en "Caballero pueblo" y miraba los ojos del alba en Puerto Yvapovó, cerca de Concepción. Caminando sin tregua ni fatiga, con su poesía despierta, a flor de manos, llegó a la compañía Cabañas, de Caacupé. Frecuentaba ese lugar pues allí residía su padrino de casamiento y amigo, el poeta MATÍAS NÚÑEZ GONZÁLEZ (nacido en Cabañas el 24 de febrero de 1903).
En ese lugar, en la casa de un señor de apellido Careaga, el autor de PYHARE AMANGÝPE conoce al músico EUSEBIO GONZÁLEZ VERA, quien tiene 84 años en el momento en que se escribe esta historia y vive aún en la Compañía Cabañas, Caacupé.
RAMÓN CAJE, del diario última Hora y ocasional colaborador de esta memoria de papel, conversó en su casa con el músico y compositor, rescatando así del silencio y del seguro olvido al que hubiera estado condenado el poema que sólo registra el recuerdo de ese artista ya anciano.
"Después de conocernos nació entre nosotros una amistad. Y Emiliano, generoso como era, me regaló una letra suya no registrada", le cuenta González Vera, acotando que el encuentro se habría producido alrededor de 1940.
-Te estuve observando y tocás bien-, le elogió Emiliano-. Por eso te voy a regalar esta obra mía para que le pongas música-, remató el poeta.
Eusebio, inmediatamente, se abocó a la tarea. De su inspiración iba brotando la melodía para unos versos que si bien le habrán resultado extraños -por el destinatario-, también pudieron serle familiares por el tema que abordaba.
A JOSÉ P (DE PATRICIO) GUGGIARI se llama la poesía de Emiliano. Por la situación que describe tuvo que haberlo escrito en 1928 ó 1929 después de la primera gran movilización para enfrentar a los bolivianos tras el incidente del Fortín Vanguardia (5 de diciembre de 1928) en el que tropas paraguayas atacaron a las bolivianas. El episodio se sumaba al que había ocurrido el 25 de febrero de 1927 con la muerte del Teniente Adolfo Rojas Silva y sus soldados. Pareciera que al desmovilizarse los candidatos a combatientes -entre ellos el voluntario Emiliano R. Fernández-, tras la Conferencia de Washington donde se pospuso el inicio de la contienda bélica, el vate se despidió de quien consideraba su jefe natural, el entonces Presidente de la República, del Partido Liberal.
El poeta de Yvy Sunu, ávido de combate en defensa de la patria, dirigiéndose a quien era conocido popularmente como José P, le aclara que tomará las armas para pelear contra los invasores, pero nunca ya contra sus hermanos. Por lo visto a Emiliano le había conmovido profundamente su participación en la revolución de liberales contra liberales -sáko mbyky contra sáko puku , en filas gubernistas combatiendo hasta Ka'i Puente (Hoy Coronel Bogado), en la batalla decisiva donde el alzado coronel Adolfo Chirife fue derrotado por las fuerzas constitucionales al mando de José Félix Estigarribia.
Eusebio González Vera aseguró que Emiliano le dio la letra alrededor de 1940. Resulta extraño que el poeta guardara tanto tiempo su obra. Es probable que a esa altura ya tuviese una melodía -rasguido doble tal vez, como acostumbraba-, y que, fiel a su práctica, hallase el clima espiritual de comunicación propicio para darle a un compositor en busca de una nueva melodía.
Fuente: EUSEBIO RAMÓN VERA.
A JOSÉ P GUGGIARI
Opáma che ruvicha ko kytyapu oikova'ekue
iporãntema ningo che cherogami aha ahecha
oime taita ha mama, che ra'y tavymimi,
ahejava'ekue avei ponóike romomarã.
Bolivia oúrõ guarãnte a la furia ajuva'ekue
che konkúrso a'ofrese huguaitĩvo aha haguã
porque asela che retã ñande Chaco guasuete
ndoitiraichéne avave ndosói aja che jyva.
Voluntário aju va'ekue añete añepresenta
heta he'íva oñekuã, chéve umíva mba'evete
che aikuaa la che rape, ne'írã añesambyhy
péro oikótarõ la mbaipy pohejáta mante che.
Bolivia ku okyhyje, rei ñande rete yuhéi,
umíva na'ikuimba'éi, no'afrontáiko mba'eve,
pero che añandupaite na'umívaiha la maka
sino ko'ápe oĩ la tata ha umívagui che ajerese.
Hetáma ajehogea káusa yma che tavy
ha upéva chembopire rasy, chembokaigue ja'eha
ajevérõ nde che taita, ñandétaramo oñondive
porque che ndajúi va'ekue che ermáno ajuka haguã.
Pero ko'ápe aime, che retia'énte akói
opa voi che remói Bolivia ndieta guive
anínte upégui ñasẽ tia Chika hu'y mombópe
ni noticia mboka che pópe hasta otro día, tío José.
Letra: Emiliano R. Fernández
Música: Eusebio González
PEDRO CANOERO
UNA VIDA LLEVADA POR EL RÍO
Letra y música: TERESA PARODI
El viento de setiembre, lentamente, mecía el agua del lago Ypacaraí y la canoa bailaba al son de una música de olas crecidas. Los pasajeros que el canoero llevaba no eran los habituales. Se les notaba diferentes en los comentarios, en la emoción y en el trato con el propietario de la embarcación de recreo. Eran TERESA PARODI y algunos de los integrantes del grupo vocal Cantoral que habían venido para el FESTIVAL DEL LAGO YPACARAÍ en "la vieja Tacuaral".
- Ud. es correntina, verdad-, le preguntó el canoero a la rubia cantautora mientras se alejaban de la costa.
-Sí-, le respondió ella sin recurrir al lugar común del cómo lo sabe porque de sobra conocía que su acento y en particular su rr medio mordida -proveniente del guaraní incrustado en el castellano regional, sin duda-, la delataban a simple palabra.
"Era moreno, quemado por el sol. Me pareció una persona maravillosa habitando el agua. Recuerdo que cuando iba a subir a su canoa, hizo un gesto de como quien abre una puerta e invita a pasar a su casa. Eso me encantó. Tenía una radio portátil, una mantita, un calentadorcito. Al percatarse de mi origen, empezó a hablarme y a cantar chamamés antiguos", cuenta Teresa en el Club 24 de Mayo de Ypacaraí mientras espera su turno para actuar en la 28a edición del Festival del Lago Ypacaraí.
Ella no le preguntó su nombre, pero desde el primer momento entre el canoero y la pasajera ocasional se estableció una comunicación -desde los afectos comunes descubiertos al inicio de la conversación-, muy fluida.
"Al regresar a Buenos Aires -creo que habrá sido 1982 ó 1983-, en el camino, fui componiendo, simultáneamente, la letra y la melodía. Le llamé PEDRO CANOERO porque me pareció que así debía llamarle", acota la correntina. Pedro es Juan, Luis, Andrés y todos los que en la tierra viven sobre las olas reman-do por la supervivencia cotidiana. Acaso porque el río es más universal que el lago, la maestra de grados -enseñó, en los primeros años de ejercicio de la docencia, en el monte misionero, al costado de una picada-, nacida en Corrientes, lo escogió para expresar una situación existencial.
Desde entonces, Pedro canoero es todo aquel que -en agua o tierra-, navega por la vida abrigando contra viento y marea una esperanza, aun cuando su orilla no sea visible.
Fuente: Teresa Parodi.
PEDRO CANOERO
Pedro canoero,
todo tu tiempo se ha ido
sobre la vieja canoa
lentamente te lo fue llevando el río.
Pedro canoero,
ya no has vuelto con la costa
te quedaste en la canoa
como un duende sin edad y sin memoria.
Estribillo
Pedro canoero te mecía el agua
lejos de la costa cuando te dormías
Pedro canoero, corazón de arcilla
sobre la canoa se te fue la vida.
Pedro canoero
la esperanza se te iba
sobre el agua amanecida
tu esperanza Pedro al fin no tuvo orilla.
Letra y música: Teresa Parodi
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PEDRO CANOERO
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