HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ (+)

Foto de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ (+)
Nacimiento:
25 de Noviembre de 1917

Fallecimiento:
16 de Noviembre de 2007

ROMANCERO. TIERRA ADENTRO - Autor: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

ROMANCERO. TIERRA ADENTRO - Autor: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

ROMANCERO. TIERRA ADENTRO



Autor: HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


Publicación: Alicante, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

Notas de reproducción original: Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), Alber, 1999.



Poesía de tierra adentro, Patria de siempre

Este tramo -no por infrecuente menos cierto, en tierra paraguaya- se inscribe, con sus trazos temporales internos, dentro de la mejor tradición hispanoamericana, heredera de voces lejanas convertidas en propias con el andar de los siglos. Y es que Hugo Rodríguez-Alcalá, desde sus libros iniciales, ha sabido darle a su concepción lírica -dicho esto en un tono genérico- la amplitud que le permitiría sumar la experiencia del ayer cumplido a las instancias de lo porvenir.

Aunque a simple vista, no lo parezca, el aire reminiscente que informa un amplio sector de su obra, está implícito en la mayoría de sus poemas, asediados muchos de ellos por el recuerdo inmaterial de la patria -hogar paterno, gentes, cosas, sucesos cotidianos recuperada a la distancia tras un largo vivir y desvivir en tierra extraña.

Su primera propuesta -que ha informado con posterioridad su retorno al solar nativo- ha consistido en ajustar la expresión a una temática local iluminada por reflejos universales. Y esto señalado sin hipérbole, porque la justicia literaria también debe existir, pertenece a la silenciosa y no siempre comprendida andanza de la poesía de todas las épocas en este perdido ángulo sur de nuestra América.

Busca el poeta su camino más claro en el romancero, vuelto hacia lo que le es propio en una tarea de recreación que en verdad es creadora, para acercarlo a un lenguaje, que, para mayor paradoja, se valga de lo cotidiano, trascendiéndolo. Demás está agregar que su acierto más evidente ha consistido en la denominación de tierra adentro para representar a este haz de —6→ destrezas poéticas en las cuales el rigor de la memoria, sin excluir la fresca y necesaria espontaneidad, asoma a un panorama de profundos registros espirituales que tocará al lector o al crítico situarlos en su auténtica dimensión.

Habrá que recomendar esta nueva aportación de Hugo Rodríguez-Alcalá que lo aproxima a las vertientes -en su caso cristalinas y a la vez raigales- de la Nación paraguaya en su pueblo. Y ponderar el advenimiento de este libro será como poner alas al Paraguay de siempre.

Raúl Amaral

(Isla Valle de Areguá, marzo de 1999)



Elección de Irala

(1544)

I

Reinaba en el mundo Carlos

-que era el primero en España

y que, como emperador,

era el quinto en Alemania.

En Asunción, una aldea 5

no mucho antes fundada,

-toda una revolución,

la primera en serie larga

depuso a aquel Alvar Núñez

que era... Cabeza de Vaca. 10

(De haber sido ésta de Toro

nunca aquello le pasara).


Fue entonces cuando eligieron

al habilísimo Irala

gobernador en el vasto 15

confín: Río de la Plata.


Y es que el año treinta y siete,

el emperador firmara

la Cédula celebérrima

que mandaba: las vacancias 20

en el mando de esas tierras,

habrán de ser subsanadas

por el voto popular:

¡Tan lejos la Corte estaba


de la aldea de ultramar! 25

Los fieros conquistadores

bien claro la recordaban:

y mientras que, prisionero,

Alvar Núñez iba a España

en una nave rebelde 30

-la Comuneros llamada,

asumía un legal mando

aquel Martínez de Irala.


II

Este histórico romance

debe apoyarse en lo cierto. 35

Aquí no lucen metáforas

que abundan en otros versos:

a fuegos artificiales

preferiremos los hechos.


A principios del reinado 40

del dicho Carlos primero,

hubo una sublevación,

un popular movimiento


contra duras exacciones

del Rey y los extranjeros 45

en altos cargos. Odiosos

resultaban los flamencos.

La Corte extraña exigía

intolerables impuestos.


Llamáronse los alzados 50

contra su Rey, Comuneros.

Mil quinientos Veintiuno

fue el año en que el movimiento

terminó en una batalla

ganada por el ejército 55

de Carlos, y los rebeldes.

Padilla y otros murieron

en el cadalso.


El Común

fue sinónimo de pueblo. 60


Movimiento «democrático»

en España, tuvo ecos

en la remota Asunción,

con los rebeldes arrestos

de los secuaces de Irala, 65

aquellos que depusieron

al de Cabeza de Vaca.


Llamáronse «Comuneros»

los sediciosos, y «Leales»

los que el gobierno perdieron. 70

El derecho de elegir

gobernadores el pueblo

fue en el Común de Asunción

excepcional privilegio

durante casi dos siglos 75

en todo el hispano imperio.

Tocante a las consecuencias

más abajo las veremos.



Octubre

1998

Entre el yugo y la horca...

La última hora de los condenados

no había llegado, sin embargo.

Las maquinaciones de Irala les tenía

reservado un suceso

verdaderamente extraordinario. 5

Preparados a bien morir, Ortiz

de Vergara y Alonso Riquelme

recibieron la última noche, de labios

de su confesor Francisco de la Rada,

la singular oferta de morir en el 10

patíbulo o ganar la libertad para él

y sus amigos casándose con dos de

las hijas del gobernador.

Marco Antonio Laconich

Caudillos de la conquista



Entre el yugo y la horca

Alonso Riquelme de Guzmán y Francisco Ortiz de Vergara

(Siglo XVI)

¡Qué sonoros apellidos

tienen los dos condenados!

El uno, Ortiz de Vergara,

el otro, no menos rancio,

es Riquelme de Guzmán. 5

Mas estos dos hijosdalgo

no son parciales de Irala,

el caudillo vascongado.


Irala, el gobernador,

no absuelve a sus adversarios. 10

Mañana por el verdugo

de la horca serán colgados.


El de Vergara y Riquelme

han ido al confesionario,

y el sacerdote a los dos 15

absolución les ha dado.


Muy responsable el verdugo

ya ha preparado el cadalso:

las sogas son excelentes

y está muy limpio el tablado. 20

Fervorosamente rezan


los hidalgos entretanto.

E Irala concibe un plan

de político taimado.

Tiene él dos hijas hermosas 25

de muy atractivo encanto,

que en dos indias principales

promiscuamente ha engendrado:

Ursula y María son

de trece o catorce años. 30


Sus cuerpos, esculturales.

Sus ojos grandes, rasgados.

Don Alonso y don Francisco,

ardientes mozos hispánicos,

más de una vez las han visto, 35

y, claro está, deseado.


Dos huríes guaraníes

de aquel Edén Mahometano

que regía el lujurioso,

duro y despótico vasco. 40


(Paraíso de Mahoma

a la colonia han llamado,

por sus huríes morenas

en los tiempos que evocamos).


Irala concibe un plan: 45

¡como ya hemos anunciado!

ofrecer en matrimonio

sus hijas a los contrarios

los cuales deben optar

entre el altar o el cadalso. 50


Consideraron los reos

el yugo mucho más grato

que la horca, y sin vacilar

por las huríes optaron.


El yugo matrimonial, 55

tan gratamente aceptado,

convirtiose en más de un

genealógico árbol:

de las huríes descienden

guerreros, próceres, magos. 60



Septiembre,

1998

Addendum no indispensable

A presencia de los presos

traen las mozas morenas,

de bustos esculturales

y bien torneadas piernas.

Otros detalles se omiten 5

respetando la decencia,

y eso que, en las circunstancias

más que diosas, eran bellas,

con sus negras cabelleras,

y otros encantos no dichos 10

de voluptuosas promesas.


Ortiz de Vergara elige

a María, dulce, esbelta,

de cintura modelada

en curvatura perfecta. 15


Ursula, ha tiempo fascina

a Alonso Riquelme y ésta

lo sabe a fuer de mujer.

La boda no fue problema.


Así, ya en vez de adversarios 20

tendrá Irala parentela:

muy oportuna alianza

al crecer su descendencia.


Paz hoy reina en la Provincia,

paz mas o menos incierta, 25

siempre hay brotes de anarquía

entre esa gente guerrera,

naturalmente insumisa.


¡Qué historia la historia nuestra

desde el siglo dieciséis 30

-¡hasta nuestra misma época,

en que el poder, el poder

corrompe, enfurece y ciega?



Octubre

1998

Irala y la yernocracia

Se puede afirmar... que Irala no tuvo ya necesidad de llevar a los capitanes Gonzalo de Mendoza

y Pedro Segura al pie de la horca para concertar los casamientos...

Marco Antonio Laconich


¿Quién era Alcalde Mayor

bajo el gobierno de Irala?

Un yerno suyo, un Mendoza

hidalgo de ilustre casa.


¿Y Alguacil Mayor? Alonso 5

Riquelme, que se salvara

de la horca, por sus bodas

con hija niña de Irala.


Otro Alcalde era otro yerno:

Francisco Ortiz de Vergara, 10

según queda antes escrito

en estas semibaladas.


Un poblador de Asunción

envía al Rey una carta:

«Esta tierra» -el Paraguay 15

«Es sólo para el que manda,

para sus hijos y yernos,


sus compadres de Vizcaya,

y algunos de Extremadura,

todos parientes de Irala». 20


La población era ínfima,

mas la justicia abundaba:

rige el Alcalde Mayor

cinco Alguaciles con varas:

todos parientes, que ejercen 25

su poder en la comarca.


Yernos, yernos y los deudos

de estos yernos, con Irala

al frente de todos, forman

poderosa yernocracia. 30


Capitán era Mendoza

de conocida prosapia;

capitán Pedro Segura,

Hombre de muchas agallas.

Pues bien, ¿Por qué no casarlos 35

con otras hijas, con una

habida en la india Águeda,

y otra más joven, Ginebra,

muy bellamente llamada?


con nombre tal adornada? 40

Hermosa haría este nombre

a quienquiera lo llevara.


La conquista de los dos

capitanes no fue ardua.

La amenaza de la horca 45

era superflua amenaza.

Con ellas los capitanes

se casan de buena gana.


Cuatro oficiales Reales

eran contrarios de Irala; 50

Irala con cuatro yernos

hábilmente los reemplaza.


Seguro está en su gobierno

el caudillo de Vergara:

firme se ha hecho, invencible, 55

la potente yernocracia.



Noviembre

1998

«La guerra de las comunidades»

Y es, entonces, cuando estalla el general alzamiento, la lucha cruenta que en la Historia de España se denomina Guerra de las Comunidades. Los partidarios, héroes y mártires de este movimiento, denominados Comuneros, serán los esforzados defensores beneméritos de los derechos populares, que las Comunidades fueran gestando siglo tras siglo.

V. Díaz-Pérez



Revolución de los comuneros del paraguay

(1717 - 1735)

¿Recuerdan que en mil quinientos

treinta y siete, el Rey don Carlos

suscribió una Real Cédula

por la que este soberano

concedió a nuestra Provincia 5

el poder privilegiado

de libremente elegir

a los que ejercen el mando?


(Elegir gobernadores

con libérrimo sufragio 10

siempre que hubiera vacancias).

Y hubo casos, muchos casos

en que se ejerció el derecho

del libérrimo sufragio.

Fue Carta Magna del pueblo 15

la Cédula del Rey Carlos.


Vigente estuvo la Cédula

por casi doscientos años,

favoreciendo la práctica

del civismo provinciano. 20


Ya en el siglo dieciocho

-siglo revolucionario

un señor gobernador

Diego de Reyes llamado

-y, Balmaceda, además- 25

dio ocasión para el escándalo.


Tal vez porque se llamara

de Reyes aquel Don Diego

creyó poder gobernar

con poderes casi regios... 30


El gobernador de Reyes,

con mal uso del gobierno,

se amistó con jesuitas

sin respeto de su pueblo.


Y su pueblo, el Paraguay 35

colonial, era severo,

era estricto defensor

de ya antiguos privilegios.

Indígenas destinados

a servir a encomenderos, 40

Don Diego entregó a jesuitas,

en transgresión de un derecho.


Ante la Audiencia de Charcas

fue denunciado Don Diego,

merecedor de castigo 45

por reprobables manejos.


Énfasis puso el oficio

en trastornos del comercio,

crueles matanzas de indios

y otros varios desafueros. 50


Pero la queja callaba

lo esencial, bien encubierto:

un agravio que debían

callar los encomenderos.


Su sistema de encomienda 55

difiere del de otros reinos

y podría ser juzgado

ilegal de tierra adentro.


Y fuera de la Provincia

hay que guardar el secreto. 60

Envía la Audiencia un juez

pesquisidor, un honesto

magistrado, muy letrado

que es de origen panameño.


El juez, José de Antequera, 65

escucha a los comuneros

-así llamados más tarde

y abraza la causa de estos.


A Reyes de Balmaceda

destituye del gobierno. 70


Mas los jesuitas protegen

al gobernador depuesto,


y, tras hábiles gestiones

invalidan el proceso.

El Virrey toma el partido 75

del que ya era casi un reo,

y ordena desde el Perú

lo reinstalen en su puesto.


Los vecinos de Asunción,

sordos, en cabildo abierto, 80

resuelven no recibir

a Balmaceda.


Un ejército

de las Misiones, intenta

hacer cumplir el decreto

virreinal.


Los provincianos 85

en otro cabildo abierto


optan por la resistencia.

Al jurista panameño

nombran jefe de las tropas,

ya abiertamente insurrectos. 90


La batalla que se libra,

triunfo de los comuneros,

es la gloria de Antequera

en el cenit de su éxito.


Proclamado ahora Padre 95

y Defensor de la Patria,

pugna por abanderar

mayor hueste en la comarca.


Lúcido líder, intuye

que vendrán otras mesnadas, 100

y que por mucho que él luche

será vencida su causa.


Hay un jefe militar

en el Río de la Plata,

contra cuyo poderío 105

deberá cruzar su espada.


Su nombre es Bruno Mauricio

y su apellido Zavala.

Zavala es hombre de guerra,

hombre experto en la batalla: 110


desde muy lejos reluce

el destello de su fama.

Antequera entonces vuela

hacia la Audiencia de Charcas.


Espera apoyo y defensa 115

mas la Audiencia no lo ampara:

prisionero, encadenado,

al duro Virrey lo manda.


Y el Virrey condena a muerte

al Padre de aquella patria... 120


Cuando supo la Provincia

el suplicio de Antequera

y el de su bravo alguacil,

el patricio Juan de Mena,


Asunción rugió de ira 125

y hubo convulsa violencia

contra el colegio jesuítico

y contra su misma iglesia.


Se expulsó a los sacerdotes,

esta vez por vez tercera. 130

Y se vieron por doquier

conmovedoras escenas.


Toda vestida de blanco

la hija de Juan de Mena

dijo al pueblo: «-No lloréis 135

por estas muertes excelsas;

la libertad de la Patria

ha inspirado su grandeza».


Muy dolorida, Asunción,

sus tristes lágrimas seca. 140


Mas la rebelde ciudad

sigue firme en su revuelta:

aun persiste en combatir

con altivez comunera.



Allende el mar, la Metrópoli 145

está asombrada y suspensa,

ante insólitos sucesos

en tierras sobre que impera.


A don Manuel de Ruiloba

la Corona en fin envía 150

como pacificador

de la insurgente Provincia.


Esta, al principio obedece

a la autoridad legítima,

pero cuando se descubre 155

que a Ruiloba y jesuitas,

con peligro del Común

amistad secreta liga,


estalla la rebelión

y, en batalla decisiva 160

vuelve a triunfar el Común,

ebrio ya de su vindicta.


Y entonces, horribles Diosas,

la Discordia y la Anarquía,

rompen, con luchas internas, 165

la Unidad de la Provincia.


Don Bruno Mauricio de

Zavala, que viene al mando

de un ejército de indios

por jesuitas formado, 170


vence al Común en batalla1

aquel catorce de marzo

de mil setecientos treinta

y cinco.

Y ya ha terminado 175

la saga de Comuneros

en luctuoso fracaso.


Zavala, en la punitiva

acción, aplasta los cuadros

de paraguayos, que, en sangre 180

enrojan el verde campo

de Tabapy. Y la Provincia

es ya un mudo camposanto.


Abolida fue la Cédula

por la que en libre sufragio 185

podría el pueblo elegir

a los que ejercen el mando,

toda vez que por vacancia

fuera el voto necesario



1988

Fulgencio Yegros

(1780-1821)


«En plantar una Esperanza

me pasé todos los años...»

Fulgencio Yegros


Han sido nombrados cónsules

Yegros y Gaspar de Francia.

Se espera que ambos gobiernen

por turno, la nueva patria.


(En mil ochocientos trece 5

se vivía de esperanzas.

Yegros, ilustre patriota,

caballeresco, sin mácula,


nos lo dijo en un romance

sobre su vida romántica. 10

General de tres estrellas,

ganadas tras sus batallas,

tiene él secreto enemigo

que lleva puesta una máscara.


Hábil, más hábil que nadie, 15

José Gaspar se prepara

para usurpar el poder

sin que nadie lo comparta.


Cónsul él y Cónsul Yegros,

para serlo a la romana, 20

tendrán su silla curul:

las dos, curules se llaman,


Una César y la otra,

-signo de aleve añagaza-

tiene el nombre de Pompeyo, 25

aquel vencido en Farsalia,

asesinado en Egipto

donde refugio buscaba.

Y es que en el año trece

de trascendentes mudanzas, 30


venenosa tiranía

sus designios amañaba:

la silla llamada César

ocupa Gaspar de Francia...


Y cuando en el año veinte, 35

impera desembozada

la tiranía perpetua,

cae Yegros en desgracia,


y entonces será el Pompeyo

que su curul auguraba. 40

Desde muy joven, Fulgencio

por su valor se destaca.


En mil ochocientos uno,

en defensa de su patria,

él estuvo en el encuentro 45

a orillas del río Apa.


En mil ochocientos siete

ganoso de altas hazañas,

defiende a Montevideo

y otras ciudades del Plata 50


de las huestes invasoras

que aportan naves británicas.

Años después, capitán

en su tierra paraguaya,


se bate en Paraguarí 55

y en Tacuarí, con espada

triunfante de la invasión

que el porteño comandaba.


En mil ochocientos veinte

la conjura es delatada: 60

preso es Fulgencio Yegros

por José Gaspar de Francia,


el cual lo condena a muerte

en inapelable causa.

La muerte será después 65

de la inconcebible infamia,


de hacer torturar al héroe

por indios de horrible estampa,

que en el patricio engrillado

salvajemente se ensañan. 70


El fusilamiento mismo

concede al héroe una gracia:

él ha de ser el que mande

el piquete de matanza.


«-Preparen, apunten, ¡fuego!-» 75

truena una voz bien timbrada,

y el patricio cae muerto,

muerta con él la Esperanza.



Don Carlos Antonio y la Bruja del agua

I

¡Qué marinero es el barco

que envía Estados Unidos!

Su misión, misión científica:

el estudio de los ríos

del Paraguay, un estudio 5

a todas luces pacífico.


El Water Witch es un barco

que hoy sería muy antiguo:2

del tiempo de su venida

más de un siglo ha transcurrido. 10


Don Carlos Antonio López,

Presidente vitalicio,

gobierna nuestra república,

dictador, sí, mas benigno.


¡Compárenlo con Gaspar 15

que rigió un vasto presidio,

carcelero de un país

de tristes huesos con grillos!


¡Compárenlo con su duro

heredero, con su hijo! 20


Tuvo Don Carlos disgustos,

apenas mediado el siglo,

con un angloamericano

que después fue su enemigo.

A raíz de estos disgustos 25

dictó un decreto:

«Prohibido

navegar por el canal

del Paraná, en que este río


tiene en su margen un fuerte

cerca de los torbellinos 30

que en Paso de Patria forman

al confluir los dos ríos».


Llamábase Itapirú

el fuerte arriba aludido,

fuerte con artillería 35

de cañones bien servidos.


El lenguaje del decreto

era sin rima y sin ritmo,

no como el de este romance

apretado en octosílabos. 40


Pero sí, con otros términos

decía, justo, lo mismo.


El Water Witch, a vapor,

buque de guerra, agresivo,

con dos ruedas propulsoras, 45

y de cañones provisto,

surca el canal, navegando

por donde estaba prohibido.

En vano de Itapirú

le hacen llegar un aviso: 50


el decreto de Don Carlos

en claro español escrito.

El comandante del buque

no se da por aludido.


El no comprende el decreto: 55

«¡Este idioma no es el mío!»

y en vez de dar marcha atrás

el imprudente marino,


sigue avanzando, confiado

en su naval poderío. 60

El jefe de Itapirú,

hombre enérgico, aguerrido,


ordena romper el fuego

contra el autor del delito.

El timonel, inocente, 65

cae mortalmente herido,


y al mismo, buque, un impacto,

lo deja a merced del río,

rota una de sus ruedas

y su timón destruido: 70

no lejos están girando

espumosos torbellinos...


II

¿Qué significa en inglés

Water Witch? Bruja del Agua.

Ahora esta Bruja fluvial 75

ha quedado derrengada,

en aguas impetuosas

en que sin miedo flotaba.


Graves serán las resultas

de esta penosa jornada. 80

Gobernaba los Estados

de la Unión,3 Jaime Buchanan.


Sólo un año era más viejo

que Don Carlos, mas las Parcas

seis años más a Don Jaime4 85

le dieron, de vida larga.


El Gabinete de Washington

decide enviar una armada

de veinte buques al mando

de un Comodoro de fama 90

y un hábil Comisionado

con rumbo hacia nuestra Patria.

La flota debía entrar

por el Río de la Plata

y desde allá, aguas arriba 95

llegar hasta nuestras playas.


Y aquí, a cañonazo limpio

tomarse cruenta venganza

del agravio de Don Carlos

hecho a la Bruja del Agua. 100


El Paraguay, impertérrito,

espera a la gran armada.

La expedición, por fortuna

no demostró ciega saña:


Negociaciones felices 105

aplacaron a la escuadra,

la cual se volvió hacia el Norte

triunfante de marejadas.


¡Imaginaos qué hubiera

sucedido, si la armada, 110

provocando la indomable

heroicidad paraguaya,


hubiese -no era imposible-

sufrido cientos de bajas,

quedando rota, sangrante, 115

en nuestras costas y playas!


¡Si el Paraguay, como luego

contra la Triple Alianza,

combatiera con los buques

en paroxismos a ultranza! 120


Esa potente nación,

espejo de democracias,

¿Iría a dejar impune

la furia de nuestras armas?


Doy ahora fin al romance 125

sobre la Bruja del Agua.

Quien quiera saber la historia

aquí apenas esbozada,

léase los dos volúmenes 130

de la sin par obra magna

de don Pablo Max Ynsfrán5

que abajo será citada:

amenamente don Pablo

nos reanima todo el drama. 135



Romances sobre Albino Jara

Sin embargo poseía cualidades esencialmente viriles, que lo hacían simpático, chispeante causer que dicen los franceses, consumado bailarín, valiente hasta la temeridad, gimnasta con articulaciones de caucho -pateaba con los dos pies, a un mismo tiempo, eximio jinete y esgrimista de primer orden, atraía a los hombres y seducía a las madres, con las cuales solía mostrarse zalamero, cuando así convenía a sus planes... De buena planta, bien parecido, con la espalda recta como la cuerda de un arco, vestía con prestancia y donaire el uniforme militar: impecables sus botas de charol, ceñida la levita de corte prusiano, centelleante la vaina niquelada del sable que portaba invariablemente en la mano izquierda...

Coronel Arturo Bray



Albino Jara el 2 de julio

(1908)

Están los grises cañones

aun con grasa de la fábrica,

silenciosos aunque ansiosos

de estallar en rojas llamas.


Fundidos para la guerra, 5

la quieta paz los enrabia.

Han venido desde Europa

soñando cruentas matanzas

y hoy, en el Parque de guerra

su epifanía terrible 10

con muda impaciencia aguardan:


esperan un redentor

y éste será Albino Jara.

Albino Jara aquel día

de julio, ya antes del alba 15

sale en busca del poder,

todo él astucia y audacia,

y entra en el Parque de guerra,

tras otras previas hazañas,

desembala los cañones 20

y los emplaza en la plaza

que del cuartel enemigo

está a propicia distancia.


¡Muy oscuro es todavía.

Nervioso está Albino Jara: 25

es que ya llega el momento

de jugar la carta brava!


Allá se ve el gran cuartel

de guarnición bien armada.

Élite de tiradores 30

de belicosa prestancia:

¡Hay que ver a esos soldados

en su uniforme de gala,

con su casco empenachado

y el resplandor de sus armas! 35


Jara, famoso artillero,

personalmente dispara

el más potente cañón

que ha venido de Alemania.


Temido es ese cuartel 40

erguido en vasta manzana,

y en el que Elías García

con mano firme comanda;

de excelente arquitectura

y de artística fachada; 45


-doce arcos de medio punto,

troneras en las murallas-

es un bastión, formidable

de disciplina espartana.


Jara calcula con tino 50

sus terrestres andanadas

y en atroz relampagueo

de cárdenas, áureas llamas,

demuele a fuego rasante

defensas de la fachada. 55


Elías García, profeta

de los designios de Jara

los ha anticipado en vano

ante indolentes jerarcas:

traidores, acaso cómplices 60

del golpe que lo amenaza.


Jara eligió sigiloso

esta fría madrugada

de julio, funesto julio

para su golpe de maza. 65


¡Segundo lustro del siglo,

cuán próspero comenzaba!

Un gobierno progresista,

que la justicia arianza,

y el Paraguay, renaciente 70

recobraba la esperanza!


Tras el atroz genocidio,

sus heridas restañadas,

hacia un destino brillante

el Paraguay avanzaba: 75

nuevas fuentes de riqueza

eran doquiera explotadas.


Un escritor argentino,

testigo de esta bonanza,

en un libro memorable 80

al Paraguay renaciente

llamo El Paraguay en marcha...


Cómo cambiaron las cosas

después del golpe de Jara!

La marcha del Paraguay 85

se detuvo ensangrentada!



Albino Jara y la belleza


Adornan su levitón

de puro corte prusiano

doce botones de oro

y lucientes entorchados.


El sable, que nunca cuelga 5

de sus tiros, en la mano

izquierda, ágil lo lleva

con bizarría, con garbo.


Las guías de su bigote

a lo Káiser, bien cortado, 10

con gallardía marcial

apuntan hacia lo alto.


Marcial es el Coronel,

tan marcial como simpático,

seductor irresistible 15

de cuantos halla a su paso.


Seductor es en política

de hombres con fama de sabios

y de otros con mala fama

fama de astutos y falsos. 20

(En política los buenos

no suelen ser necesarios).


¡Y qué decir de mujeres

que él honrando, ha deshonrado!

Famosa es una aventura 25

entre muchas de sus fastos:


el Coronel llega al lecho

en que le están esperando

una belleza sin par

y el más lujoso pecado. 30


El Coronel, muy galante,

besa los trémulos labios

y deja el sable y la gorra

sobre un diván perfumado,

testigo de otros amores 35

no precisamente castos.


Y es entonces cuando ella,

al besador grita -¡Alto!;

lo que va a pasar aquí

será secreto sagrado. 40

¡Júreme usted por su honor

que a nadie habrá de contarlo!-


¡Señora! -contesta él,

dolorido, consternado:

si la gozo yo quisiera 45

mi gozo tan propalado

que no quede un envidioso,

enemigo o partidario

sin saber la inmensa dicha

que a mi suerte le ha tocado! 50


Me voy, señora, me voy,

el corazón destrozado...

Y se abrocha diez botones

de su levitón prusiano.


Y está Jara, junto al lecho, 55

rígidamente cuadrado:

el sable en la mayo izquierda

y la gorra en la otra mano.


La niña espera la boda

Con su levitón prusiano

que hasta las corvas le llega;

su largo sable, muy largo,

cuya vaina centellea;


con sus botas de charol 5

y su alta gorra altanera

y ese bigote imperial

de punzantes guías negras,


el Coronel es un hombre

a quien se admira y respeta. 10

Entre sus amantes, una

es directora de escuela:


le obtuvo tal nombramiento

para no tenerla cerca.

El pueblo en que hoy ella vive 15

es un pueblo casi aldea.


Ella en su escuela rural

ansiosamente lo espera.

Moza joven pero brava

que él sedujo en una fiesta, 20


cree que él ha de cumplir

su apasionada promesa:

casarse por ley civil

y casarse por la iglesia.


Sí señor, a esta muchacha 25

que no cuenta muchos años,

aunque es de carácter fuerte

y desplantes temerarios;


a esta amante casi niña

él se ha juramentado 30

llevarla al pie del altar

toda vestida de blanco.


Al Coronel no preocupa

el juramento prestado:

él seduce otras mujeres 35

y la niña llora en vano.


Pero sucedió que un día

de viaje, el Coronel,

pasó por el pueblo donde

se detiene todo tren. 40


Y ella, la niña celosa

siempre a la espera, lo ve

sin sospechar él que están

viéndolo desde el andén.


Lo ve con unos amigos 45

riendo a más no poder.

La niña entró en el vagón,

pistola en mano, furiosa,


y le afeó la conducta

-temible, amenazadora- 50

con lágrimas en los ojos

pero la voz dura y bronca.


«¡No cumple usted la promesa

de convertirme en su esposa!

Usted no es más que un perjuro 55

y un traficante en deshonras!»


El Coronel no se inmuta

y exclama: -¿Cómo preciosa

piensas que te es necesario

esgrimir una pistola? 60


«-Ve, corre en busca del cura

y nos casamos ahora.

El cura es muy buen amigo

y entiende en cosas de honra».


Súbitamente calmada 65

vuela la niña afanosa

en busca del sacerdote

y el champán para su boda.


El Coronel, divertido,

ordena al tren que regrese 70

hasta Asunción, y esta orden

se cumple inmediatamente.


Cuando la niña regresa

con el cura, muy alegre,

ve que a lo lejos el tren 75

y su humo desaparecen.



Albino Jara en Chile


El cadete Albino Jara

(que nada tiene de albino)

estudia en Chile, Santiago,

y anda siempre en amoríos.


¡Quién pudiera contener 5

los arrebatos, los bríos,

de este futuro oficial

ya veterano padrillo!


Se cuenta que este cadete

«en pleno Parque Cousiño» 10

con un rival temerario

«batiose a sablazo limpio».


El rival era oficial

de policía; el motivo

los favores de una moza, 15

de una moza del partido.


¡Duelo en el parque famoso

sin padrinos ni testigos!

Arturo Bray nos los cuenta

con recio, irónico estilo. 20

Ignoramos si en el duelo

hubo al menos un herido.


Sabemos que a Albino Jara

le impusieron el castigo

de un calabozo, además 25

de fuerte barra de grillos.


Pero de aquel calabozo

huyó el formidable Albino.

Huyó sí, mas con los hierros

que le herían los tobillos. 30


¿Qué fin tuvo la aventura

del duelo y de su castigo?

Hay en la vida de Jara

lances no bien conocidos.


Toda su vida arriscada 35

fue un sinfín de desafíos.

Prematura muerte trágica

fin le dio a sus desatinos.



Enero

1998


Espías en la azotea



Mi hermano y yo hemos subido

a la azotea prohibida.

Prohibida, sí, y peligrosa

por las balas infinitas

que silban allá en lo alto 5

desde hace ya varios días.


A nosotros esas balas

por ser balas nos fascinan.

Su plomo tiene una funda

de acero, que es su camisa. 10


Queremos ver en secreto

lo que pasa, desde arriba,

en la calle y sobre todo

en casa de la vecina.


Una vecina soberbia 15

de nombre hermoso: Virginia.

Yo inocente en aquel tiempo

no sabía todavía

qué es ser virgen o no virgen

y otras cosas de la vida. 20


Mi hermano, en cambio, ladino,

estas cosas ya sabía

y miraba boquiabierto

a nuestra hermosa vecina.


La cual, en su verde patio 25

quedaba a veces dormida

en ancha hamaca, y entonces

una diosa parecía.


Había revolución

en Asunción, bien recuerdo, 30

y tronaba el horizonte

como erizado de truenos.


Subidos a la azotea

aquella tarde de invierno,

hacía frío y soplaba 35

frígido y rápido viento.

En el patio de Virginia

no había nadie por eso.


Trepamos sobre las tejas

para, desde un parapeto, 40

mirar la calle.


¿Y qué vimos?

Vimos todo un regimiento

con mulas y artillería

venir marchando en silencio

con rumbo a la Recoleta 45

según después nos dijeron.


Cuando terminó el desfile

con todo aquel armamento,

quedó la calle vacía

pero no por mucho tiempo: 50


frente al balcón de Virginia,

tras un galope violento

vimos llegar a un jinete:

José Gill, el guerrillero.


«-¡Virginia! -gritó- ¡Virginia! 55

¡Por usted de lejos vengo!»

Y Virginia se asomó

misteriosa, sonriendo...



José Gill y Virginia

I


José Gill sin disfrazarse,

orgulloso en su alazán,

en plena guerra civil

se ha infiltrado en la ciudad.


Ante el ornado balcón 5

de Virginia Corvalán

sofrena el alto caballo

con apostura marcial.


La bella Virginia ha oído

la llegada del galán 10

y abriendo la celosía,

hechicera sin igual,

se deja ver, rubia de oro

y de celeste mirar.


-Virginia, rubia divina, 15

incomparable beldad,

yo desafío diez muertes

sólo por verte asomar

a tu balcón, como aurora

de esplendor primaveral.- 20


Desde el alba los cantones

hacen fuego sin cesar.

Y retumba un largo trueno

de artillería naval.


Un escuadrón de enemigos 25

a cien metros o algo más,

identifica al jinete

y su famoso alazán.


Virginia apenas sonríe,

Virginia aterrada está: 30

puede ver cien fusileros

y los oye disparar.


Ella los ve. Llega el plomo

en granizada fatal.

Destrozada una mejilla 35

José decide escapar.


Con la diestra en la visera,

mudo gesto militar,

saluda, manando sangre,

a Virginia Corvalán. 40


Ella cierra su balcón

-dorada visión fugaz-

José Gill huye al galope,

el Diablo lo ha de salvar.


¡Tantas veces lo ha salvado! 45

Puede hacerlo una vez más!



José Gill y Virginia

II


Ante el ornado balcón

de Virginia Corvalán

para el rápido corcel

de un brioso militar.


José Gill sin disfrazarse 5

se ha infiltrado en la ciudad.

Pérfida guerra civil

ruge en nuestra capital.


Virginia sale al balcón.

Él la empieza a requebrar: 10

-«Yo desafío cien muertes

sólo por verte asomar

a tu balcón, como aurora

de esplendor primaveral».


Truenan sombríos cañones 15

y no dejan de tronar;

hacen fuego los cantones,

hacen fuego sin cesar.


Un piquete de enemigos

reconoce el alazán 20

del jinete temerario

que lo está haciendo piafar.

—62→


Virginia los ve a lo lejos

-doscientos metros o más

y oye unos veinte fusiles 25

en súbito disparar.


Y llegan ya los balazos

en granizada fatal.

Rotos los labios, sangrando,

José atina a saludar 30


con la diestra en la visera

mudo gesto militar:

es la sola despedida

de quien ya no puede hablar.


Se ha cerrado la persiana 35

de Virginia Corvalán.

José Gill huye al galope,

el Diablo lo ha de salvar:

Otros mueren, él escapa:

nadie lo habrá de atrapar. 40



Diciembre

1997

José Gill y Virginia

III


Llega audaz el temerario

José Gill a la ciudad.

Guerra civil estremece

la sufrida capital.


Hombre sin miedo el rebelde 5

monta brioso alazán.

Si lo descubren lo matan.

No lo van a perdonar.


José Gill, enamorado

de Virginia Corvalán, 10

viene a ver a esta Virginia

suspirante en su beldad.


Hacen fuego los cantones

y retiembla la ciudad.

El riesgo no lo amilana. 15

Es valiente de verdad.


José Gill jineteando

un parejero sin par.

ante el balcón de Virginia

hace al caballo piafar. 20


Virginia sabe quién viene

y no se hace rogar.

Abre la alta celosía

y sonríe a su galán.


Y ante el balcón José Gill 25

se pone así a requebrar:

-Hermosa, la más hermosa

de cuantas mujeres hay,

yo desafío mil muertes

sólo por verte asomar 30

al balcón como una aurora

de esplendor primaveral...


Un piquete de enemigos

identifica al don Juan

a cien metros de distancia, 35

por su apostura marcial.


Virginia, palideciendo,

da dos pasos hacia atrás:

ve en la esquina fusileros

y los oye disparar. 40


Y vienen ya los balazos

en granizada fatal.

La calle se ha vuelto roja.

La tarde incendiada está.


Súbito un plomo destroza 45

labios que saben laudar.

Un saludo ensangrentado

es la venia militar.


Ya se cierra la persiana

de Virginia Corvalán. 50

José Gill huye al galope:

¡el Diablo lo ha de salvar!



Noviembre,

1997


José Gill y la hermosa jamona


Una de las cien comadres

que José Gill más admira,

es jamona, sí, jamona,

pero graciosa y muy linda.


Ha tiempo que José Gill 5

fija la tiene en la mira,

y sólo espera ocasión

para empezar la conquista.


José corteja a mujeres

que se le muestran esquivas: 10

estas tientan al halcón,

gran ave de altanería.


¿Quién podría resistir

a José Gill? Sus amigas

siempre caen en sus garras 15

enguantadas de caricias.


Y una noche de alta luna

la jamona se rendía:

en el lecho, ya sin ropas,

baja la guardia, aunque altiva. 20


-«José -suspiró- me rindo

pero antes vas a jurarme

sobre esta Sagrada Biblia

que habrá entre nosotros boda

en menos de quince días.» 25


José Gill jura, muy serio,

pero todo picardía:

«La jamona dice entre,

entre nosotros, medita.


Pues habrá una boda entre 30

nosotros, en pocos días.

En la próxima semana

se me casa una sobrina.


Yo me he de poner a un lado,

y en el otro a mi querida. 35

Los novios, claro, en el medio;

y los cuatro, la homilía

del cura oiremos devotos.

Y así tendremos cumplida

la promesa de ese entre, 40

preciosa jamona mía...».



José Gill y dos enemigos

A Ramón Selliti


I


Violencia en todo el paisaje.

Violencia en el manso pueblo.

Guerra civil traicionera

habla su idioma: el del fuego.


En las Plácidas Misiones 5

han instalado el infierno.

Fugitivos de derrotas

en crueles entreveros,

dos caudillos liberales

hallan refugio en el pueblo. 10


No importan sus apellidos

aunque muy bien los sabemos.

Una noche de tormenta

de relámpagos y truenos

duermen los dos fugitivos 15

en un oscuro aposento.


Al filo de medianoche

José Gill con gran estruendo

derriba la puerta y entra

profiriendo juramentos. 20


Aterrorizados oyen

al despertar de su sueño

las terribles amenazas

del terrible condotiero.


«¡Al fin apreso a estos dos 25

miserables, yo el sin miedo!

Los dos serán torturados,

y con su fusilamiento

a la gentuza maldita

daremos un buen ejemplo». 30


II


Un gran revólver esgrime

José Gill y con siniestros

alaridos continúa

insultando y maldiciendo...


Los dos liberales miran 35

con los visajes del miedo,

cómo, de pronto, el intruso,

se saca el poncho riendo,


enfunda su gran revólver,

y exhibe un frasco repleto 40

de un licor, el más famoso,

por lo puro y por rebueno.


-¡Brindo por dos liberales

que yo estimo y que respeto,

y juremos esta noche 45

que amigos siempre seremos!


III


La amistad quedó fundada

sobre firme fundamento.

No mucho después la guerra

dio fe de que esto era cierto. 50


Porque un día José Gill

cayó herido y casi muerto

tras una de sus hazañas

de incansable condotiero.


Y fueron los liberales 55

por él helados de miedo,

quienes salvaron su vida

afrontando más de un riesgo.


Pero aquí no he de contar

los incidentes del cuento. 60

Me contento con decir

que el suceso es verdadero.6



Enero 7,

1998

José Gill, el condotiero


José Gill, hombre sin par

y con todo el mundo amable,

nunca falta si hay reyertas

y líos entre compadres.


Tampoco falta si hay fiestas 5

en cien pueblos y ciudades.

A él lo quieren y respetan

su valor en todas partes:


lo quieren rojos y azules

con simpatías iguales. 10

Y aunque tiene sus defectos

nunca de él se queja nadie.


Le dicen: «-Ataque el pueblo.

-¿Cuál pueblo? -El de González

y Servín, los estancieros, 15

y famosos comerciantes».


Acampa él sin vacilar

en los mismos arrabales.

Sus mercenarios son tropa

de apariencia formidable. 20


En el pueblo cunde el miedo

aunque el silencio es muy grande:

donde las tropas acampan

sólo hay humos en el aire.


José Gill no ataca: espera 25

reacciones a él favorables.

Llegan vinos y licores,

y como peces y panes

se multiplican los dones

que aportan los habitantes: 30


Lechones muy bien asados,

apetitosos hojaldres,

dulces de leche y guayaba,

que hasta a los muertos dan hambre.


Y banquetean las tropas 35

con las más sabrosas carnes,

golosinas exquisitas

y bebidas a raudales.


Del pueblo sitiado vienen

con música las beldades 40

y las poleas ya electrizan

hasta a ancianos venerables.


Al final llegan del pueblo

los esperados caudales:

José Gill levanta el sitio 45

sin alardes militares

y abraza a nuevos amigos

y a muchachas de buen talle.



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